De la corona II

monarquia_prohibidaUna nueva era. Como en Túnez y Egipto. Como en tantos otros sitios. No es que las revoluciones hayan triunfado. Por el momento es justamente lo contrario, pero el empuje sigue. Un ¡Basta ya! Resuena en los twitter. Los jóvenes –y los no tan jóvenes- miran a su alrededor y vomitan a la velocidad que teclean en su B.B. Y ese vómito se extiende en la red, ese internet convertido en plaza pública universal. Ahí comienza lo nuevo. Una nueva militancia en el activismo de los chips. Masas cibernéticas que convierten los algoritmos en panfletos. Hace cuarenta años, en esa naciente sociología que nos proporcionaba el informe FOESA (Cáritas española), descubrimos que no estábamos solos. Que, pese al NO-DO, a la prensa del régimen, a una televisión “panen et circensis”, una generación de españoles había madurado los deseos de cambio. En el rincón de nuestra casa nos creíamos “rara avis” sin conexión con el resto de conciudadanos y, de pronto, ese vecino tan endomingado, o ese otro con el que a duras penas entrecruzábamos el saludo mañanero, resulta que pensaba igual que nosotros. Estabamos de Franco hasta los cojones. Jesús Ibañez nos los contaba magistralmente: de pronto, decía, leyendo, buceando en las mil páginas de aquel mamotreto, descubríamos que la sociedad había cambiado. Toda una generación ansiosa de romper con el pasado.

El cambio que se abre el 76 (la muerte de Franco), se gesta justamente en esas lecturas anodinas donde nos vimos reflejados. Un bloque compacto nacía, la clase del cambio. Luego, es cierto, vino el desengaño. “La política”, decían. ¡No. Los políticos!. Los de siempre, incapaces de comprender la madurez de aquella sociedad que hubiera estado dispuesta a llegar hasta el cielo. Portugal nos había enseñado el camino. La cobardía de aquellos políticos impidió la república.
Pero el ciclo se reabre a los cuarenta años. ¡Como los que padecimos bajo el tirano! Ya no queda nadie de aquellos pactos. Nadie ni nada. La Historia vuelve a reclamar un nuevo giro.
Recordémoslo, la “Transición” incorporó discursos contradictorios. Por un lado las propuestas de futuro. Ese construir la democracia, abrir la sociedad a todos. Propuestas de igualdad y solidaridad con las que se pudo construir lo más granado de la Constitución del 78. Ahí están esas proclamas que nos hablan de “asegurar a todos una digna calidad”, “democracia avanzada”, “cooperación entre todos los pueblos de la tierra”; la exigencia a los poderes públicos de “remover los obstáculos” que dificultan la plenitud de los derechos. Principios que hacen de todos, o directamente de “los interesados” (magnífico el artículo 129) el núcleo central de la participación. La igualdad, el progreso, la plenitud de la persona. Pero por otro lado también asoma la sombra del miedo. Esos puntos negros que abochornan el texto y que hoy debiéramos expulsar al basurero de la Historia. Ese miedo que atenazó a muchos ciudadanos y algunos de su líderes, que nos contrajo el corazón en días aciagos (23 F) De ahí se derivan esos puntos negros que decimos, que emborronan el texto olvidando la radical exigencia de que la soberanía, es decir, el Poder, es decir, la política, los honores, las dignidades, residen y pertenecen solo al pueblo. Artículos como ese octavo que sobredimensiona un específico cuerpo de funcionarios (el ejército), convirtiéndolo en garante de la soberanía y el orden constitucional, ¿De qué?, la soberanía y ese orden son competencia de ese mismo pueblo, no se necesitan tutores ni garantes; o la total estructura del Titulo II (De la Corona) absolutamente contradictorio con el resto del texto constitucional. Porque, cuando decimos que la soberanía reside en le pueblo, cuando proclamamos el principio de igualdad como fundamento mismo de nuestros sistema, decimos justamente eso, que no puede haber institución pública que no derive de la voluntad popular a la que debe quedar sometida de forma radical. Pero además, y ahí de nuevo el principio de igualdad, que nadie puede reservarse el dominio (la titularidad) de una institución por ninguna causa. Que discriminar por razón de “sexo”, preferencia del varón sobre la mujer; “filiación legítima”, vinculación a los descendientes legítimos de una determinada familia; “nacimiento” en la preferencia del mayor sobre los menores, o la misma idea de vincular una institución pública al entramado privado de una familia, resultan discriminaciones aborrecibles, suceda esto en España o en Corea del Norte.
Todo esto resonó en esos twitter que miles, millones de jóvenes y no tan jóvenes entrecruzaron en un escándalo que iba más allá de las fechorías de yernos, cuñadas, nietos o de las aficiones al gatillo y a la masacre de especies protegidas. Algunos se lamentan de que la prensa está de capa caída. Son ellos mismos los que la han tirado por los suelos ¿Cómo es posible que ni un solo periódico o televisión fuese capaz de estar en la vanguardia de ese grito?
En los últimos días, es cierto, hemos oído hablar de un viejo pacto. De nuevo ha salido esa extraña historia que viene a justificar lo injustificable. Desde ese: “no es este el momento” que “hay cosas más importantes”, ese “lo bien que se portó en aquel día aciago”, o eso que se dice entre bromas: “peor sería tener a Aznar o a Bono de presidentes”. Una izquierda a la que no comprendo, habla incluso de una supuesta lealtad contraída desde la Transición. Un “Donjuancarlismo” que vendría a justificar la dejación de su credo republicano, dando la razón al viejo caudillo cuando dijo aquello que dejaba el cambio “atado y bien atado”. No dudo de la existencia de esos extraños compromisos. Los comprendo, el miedo nos atenazaba a todos como ya hemos dicho. Sin embargo aquella época ya pasó definitivamente y, en períodos tan largos, prescribe hasta el asesinato.
Y hoy el miedo ya ha prescito. Hoy día ya contamos con un ejército democrático al que le ofendería el que le tuviéramos miedo. Por eso nos sobran ese bochornoso artículo octavo y el estúpido y humillante folklore de todo el Título II. Piezas sin sentido que rompen la unidad de un texto que queremos sea de todos. Además, suprimir estas lacras a duras penas afecta al sistema institucional general, ni una coma quedaría perjudicada del resto del articulado. ¡Y nos ahorraríamos un buen pellizco!.