El Mediterráneo y el nuevo papel de la Unión Europea

mediterraneo_ueLa historiografía moderna se debate respecto a la verdadera dimensión cronológica del pasado siglo XX. Desde el “corto siglo” como lo denomina Hobsbawm, periodizando desde la Gran Guerra hasta la caída del Muro de Berlín, hasta un “largo siglo”, desplazando las balizas señalizadoras desde la restauración conservadora en los años 90 del siglo XIX hasta esta primera década del siglo XXI. Con independencia del valor real de este tipo de análisis, sí nos interesa remarcar algunas de sus propuestas conceptuales.

Si bien es cierta la profunda homogeneidad ideológica que se deduce de la periodización “corta”, centrada en el conflicto europeo –Nolte, llegará a hablar de “la guerra civil europea”-, la propuesta de ese largo siglo XX tampoco carece de unidad interpretativa y es sobre ella donde quisiera ubicar el nuevo papel internacional que “redescubren” las instituciones.

La densidad ideológica del “corto siglo XX” queda realzada por la de perplejidad que hoy recorre numerosas cancillerías y analistas políticos. Desde el “14” hasta los “90” la centralidad europea ha sido tan absoluta que, hasta las dos superpotencias que le arrebataron la primacía, no dudaron en convertir ese misma Europa en el eje central de sus relaciones. El “Tercer Mundo”, la “Descolonización” o, incluso, el poder económico japonés, fueron vistos necesariamente desde una óptica eurocéntrica. El atractivo de la popuesta del “largo siglo” reside en recuperar, en sus dos extremos, el mundo de la exterioridad como algo propio. Tanto la década de los “90” del siglo XIX, como esta década ya en el siglo XXI, incorporan una propuesta de exterioridad inexistente a lo largo del siglo XX. No es sólo que hasta el reparto “colonial” en la Conferencia de Berlín hubo necesariamente un mundo extraeuropeo, sino que el mundo en sí era percibido como una compleja trama en la que Europa no era más que una parte.

Por otro lado y ya en este siglo, no hemos sido capaces de comprender (he ahí la  perplejidad de la que hablamos) que el mundo rota, definitivamente, sobre un eje exterior a Europa. China, la India, incluso el mundo árabe y la misma África, se construyen bajo premisas nuevas, elaboradas desde ópticas que ya no transitan sobre los valores del Viejo Continente. Al Yasira, Bolliwood, o la Bolsa de Shanghai han dejado de soñar y sentir en nuestras claves. Esto se aprecia con especial intensidad en el mundo del arte moderno, hasta hace poco conceptualmente europeo. Hoy son los galeristas chinos los que marcan el mercado, y lo hacen, de nuevo para nuestra perplejidad, orientados hacia obras concebidas y realizadas en Oriente. Europa pierde competencia significante.

Los extremos, nuevamente, se tocan en otro punto virtual: en el papel de las denominadas sociedades civiles. El “corto siglo XX”, pese  a su continua convocatoria, no conoció el valor de la sociedad civil agobiado todo su pensamiento bajo la confrontación ideológica del binomio Este-Oeste. Tanto el estado como los cuerpos  sociales “intermedios” gravitaban alrededor de ese dilema, tributarios de esa exigencia posicional que hacía de intelectuales y activistas, “agentes” de una u otra Potencia. Un a priori ideológico que se arrastraba desde el mismísimo Octubre del “17”.

No era este el panorama registrado en la década “fin de siècle” del XIX. Las dos Conferencias de La Haya son un perfecto ejemplo de esa compleja y rica red de relaciones internacionales que empezaba a tejer la Modernidad tras su primera Revolución post industrial. En cierto grado algo parecido al complejo entramado que percibimos en estas primeras jornadas del siglo XXI. A la postre, y abusando de los paralelismos históricos, ambas décadas apuntan hacia una sociedad civil auténticamente comprometida con su mundo.

La primera Conferencia de La Haya nos proporciona algunas de las claves que debieran servirnos para salir de nuestro letargo. Sin oportunidad política, prácticamente todos los países representados estaban, venían de estar o se avecinaban, en medio de conflictos armados (la misma Holanda, anfitriona del evento, no dejaba de apoyar el levantamiento de la República del Trasvaal contra Inglaterra). La oportunidad no era política sino histórica y, en cierto grado, frente al modelo imperial del poder que continuó su consolidación a lo largo de todo el siglo XIX, la Conferencia fue capaz de crear el primer sistema limitativo de la soberanía de los estados. Allí vinieron a apuntarse aspectos novedosísimos del derecho que es ahora, tras el largo paréntesis del siglo XX, cuando empiezan a dar sus mejores frutos.

Hay, así, un  paralelismo es esos dos momentos liminares. De entrada, pese a ciertas hegemonías, y ya francamente en decadencia, el mundo internacional aparecía, como ahora, profundamente multipolar, abierto el juego a un alto número de actores. También la fuerza de las instancias no-estatales, auténticos motores de todo aquel naciente aparato internacional, ensayaban su potencia. Ahí surgieron las grandes “internacionales” al socaire de un concepto que nace en estas fechas y pronto se incorpora al lenguaje político e institucional: la “solidaridad”. Leon Bougeois, su “inventor”, tendrá, además, un destacadísimo papel en la construcción de este nuevo orden que se vislumbraba en el horizonte. Pero sobre todo el paralelismo aparece en la preocupación por crear un nuevo modelo jurídico capaz de proporcionar una alternativa a esas “Torres del orgullo” (Magnífica esta titulación en la obra de la profesora B. Tuchman) que culminaron la fase final del imperialismo en la segunda mitad del siglo XIX. Es cierto que, a partir de aquí el camino se pierde. El mundo multipolar de ese siglo, incapaz de renunciar a la mística de guerra que le unía a un pasado hipernacionalista, se encaminó a la catástrofe. Sírvanos también este hecho a nuestra reflexión política.

Es aquí donde adquiere una nueva dimensión esa sociedad civil construida al margen de la burocracia hegeliana. Cerrado el ciclo se presenta el auténtico fin de siglo abierto a propuestas que quedaron aparcadas a lo largo de todo el siglo XX. Aquellos sujetos, que luego fueron arrastrados por el huracán de la Historia, recobran hoy su protagonismo. El paisaje institucional, encuadrado en una dimensión definitivamente no-europea, cambia a pasos agigantados. Frente a las soberanías “duras” que inventó Europa de la mano de Maquiavelo y Bodino, surgen propuestas “blandas” de creación normativa basadas en la competencia política de los nuevos sujetos. Ciudades, universidades, comunidades, corporaciones, etc., reclaman su voluntad de construir un derecho definitivamente globalizado. Un entramado de civilizaciones, auténtico pueblo internacional (Truyol), sobre el que se asienta ese Contrato Social a escala del Mundo.

Todo esto se ha reflejado en la historia actualísima que estamos viviendo en el Mediterráneo y al que quedan convocadas desde la clásica Unión Europea hasta las más modernas instituciones como la Unión para el Mediterráneo. Un largo proceso, no sólo por los virajes que todas ellas han sufrido en su propio diseño y realización, con cambios tanto en la denominación como en el contenido y socios convocados. No obstante optaré por centrarme en esta última, por ser, desde sus orígenes en el denominado Proceso de Barcelona, heredera de un modelo de relaciones mediterráneas emprendido toda una década antes. Un largo proceso, sobre todo y fundamentalmente, por la sensación que nos deja de que aún no hemos encontrado su definitiva forma y contenido. Y esto no debe ser leído solo como una crítica, el proyecto europeo ha sido desde su nacimiento una obra construida con y en el tiempo. Sin embargo la ceremonia que se teatralizó en la Cumbre de París, aquel 13 de julio de 2008 no deja de ser un magnífico instrumento de análisis. Bajo su liturgia terminaron por colarse algunas de las claves sobre las que se asientan las relación es mediterráneas.

Y nos tenemos que centran aquí, en este último tramo de las denominadas relaciones Euro-Mediterráneas, porque es en este espacio donde nos jugamos la definitiva consolidación de un modelo definitivamente nuevo. Luego avanzaremos sobre ello, ahora señalemos algunas de las claves:

De entrada destaca, y este es quizá el valor más positivo, la renovada importancia del espacio mediterráneo. En los últimos años hemos vivido una gigantesca revolución geográfica. La aparición acelerada de nuevos centros de poder –y no sólo en lo económico- había trastornado la conciencia subjetiva del mundo diseñado en la postguerra donde, pese al “Atlantismo” de su discurso, o justamente por esa relación privilegiada, convertía al Mediterráneo en el epicentro de la política internacional, una frontera además conflictiva que, tras la caída del Muro de Berlín, pudimos apreciar como mucho más compleja que la impuesta por el Oder y el Danubio. Los primeros lustros tras el fin de la Guerra Fría reorientaron la mirada geopolítica hacia nuevas cuencas oceánicas: Pacífico, Índico, el Ártico, recreando una pérdida de subjetividad respecto al clásico Mare Nostrum. En absoluto es errónea la visión de estos nuevos polos de autoconciencia política, o geopolítica (concepto nuevamente puesto de moda por Kaplan) de ahí que la primera clave no debe leerse como el “retorno” a la “Vieja Europa”, sino la conciencia de un mundo que, pese al  discurso de la globalización que parecía disolver la diversidad en una misma y general “aldea global”, presenta una realidad fragmentada en espacios que, sin darse la espalda, asumen su diversidad cultural, política y económica. El Mediterráneo vuelve, pero vuelve en el marco específico de su geografía. Lo que debemos anotar es que, con él, viene también una nueva definición del espacio europeo.

Dentro de este capítulo de claves también destaca –y aquí ya anotamos una carga negativa- la angustia ante el futuro. Pese a los fastos que rodearon la ceremonia celebrada en París, la realidad es que desde ese 2008 las sombras han primado sobre las luces. Tras la euforia económica de finales del XX, tras los discursos optimistas de un crecimiento que parecía carecer de límites, hoy sentimos el futuro como algo abierto y amenazante, abierto también hacia el abismo. Todavía, hasta hace bien poco, las cifras hablaban de altos crecimientos en la orilla Sur de nuestro mar, pero a nadie se le escapa la debilidad de estos indicadores. La excesiva dependencia respecto a la otra orilla (remesas de la emigración, exportaciones, deslocalización, etc.) impiden ocultar la posibilidad de contaminación con las dificultades europeas, algo que ya empieza a notarse. Si la crisis dura y se traslada, y parece que esta es la cruda realidad ¿Cómo afectará este cataclismo económico al tejido social de nuestras sociedades? Una cuestión que atañe nuevamente a las dos orillas.

Pero la mayor duda sobre el proyecto la presenta esa percepción sin tapujos que hemos tenido de la indeterminación europea. Europa, y con este término nos referimos tanto a la estructura orgánica de la Unión como a la simbólica de la geografía, ha ido dejando a lo largo de estos últimos años plena constancia de su falta de unidad. Bien es cierto que a lo largo de la Historia el continente siempre se ha encontrado dividido por líneas que marcaban proyectos distintos: Ortodoxia y Papado, Reforma y Catolicidad, Derecho Romano y Anglosajón, como luego, ya en el siglo XX, un Este y un Oeste de fuertes matices ideológicos. Nunca, por otra parte, se había estado tan cerca de un proyecto común como tras la implosión del modelo soviético. Sin embargo nunca como ahora se ha podido constatar la falsedad de esa enunciada unidad de Europa. Por eso, la nueva centralidad mediterránea debe llevarnos a una nueva reflexión sobre la realidad europea. ¿Qué es Europa?

Próximamente, con el juicio a Karadzic ya en plena fase oral, vamos a recordar la gran tragedia de los Balcanes, la indeterminación de esa Europa a la hora de detener la guerra, pero además, y si el Tribunal Internacional para la Ex-Yugoslavia tiene el coraje de llegar hasta el fondo, como también esa Europa tiene algo (o mucho) que ver con el estallido del conflicto.  Fantasmas que anidan desde antes, incluso, de la Gran Guerra. El problema es que el catálogo de fantasmas sigue siendo inmenso: Armenia, Chipre, Argelia, años de plomo en Italia y Marruecos, mitos enquistados en Israel y Palestina, esa transición inacaba en España. Un museo de los horrores donde cada valle –y no sólo en los Balcanes- retrata el rostro deformado de su vecino. Historia, Verdad y Memoria se incorporan a este proyecto, no podía ser de otra forma hablando del Mediterráneo, pero lo hacen, no lo olvidemos, en medio de una época de crisis, es decir, en el peor momento histórico.

Sin embargo, la mera formulación de un proyecto como éste es ya de por sí un éxito incuestionable. Es cierto que en materia internacional abundan esos gestos llenos de buenas intenciones pero irremediablemente vacíos. Sin embargo, incluso en estos casos, detrás de esas proclamas, pese a lo vacío de su buena voluntad, se esconde una auténtica hambre de cambio. En el caso de la Unión por el Mediterráneo esta potencialidad de éxito es aún mayor pues refleja además una urgente necesidad trasformadora. La urgencia de reinventar la realidad mediterránea. Urgencia sobre todo ante la constancia de esas nuevas áreas geoestratégicas de las que hemos hablado y que lleva a nuestra región, por primera vez, a la autoconciencia de la pérdida de su centralidad política. Ahora bien, y esto lo concibo como instrumento de oportunidad: junto a esta pérdida de centralidad, Europa también empieza a acostumbrarse a otra pérdida y ésta absolutamente positiva: la pérdida de su definición ideológica.

Es este punto el que más posibilidades de éxito tiene en la nueva construcción. El proyecto ha tenido la valentía de abrirse a toda esa realidad que se reconoce en la cultura mediterránea al unir bajo el marco mediterráneo no sólo el espacio jurídico de la Unión Europea, sino también el mundo árabe en su totalidad. La verdadera vieja Europa describe su laberinto de naciones desde la Mauritania Tingitana hasta la Arabia y Armenia Póntica, eso sí pasando por Hispania (esa Esperia de los viajeros griegos), Galia, Cirenaica, Dalmacia, Egipto, Caria o Lidia, en juego de Zig-Zag entre las dos orillas de un mar denominado nuestro por todos los pueblos que lo habitaron. Y es aquí donde apreciamos el carácter ideológico –la falsa conciencia- en el catálogo de definiciones de Europa sobre el que nos hemos movido, sobre el que hemos construido la “moderna” idea europea, esa que ha terminado residenciándose en los tratados de la Unión. La racionalidad del siglo XX no supo zafarse de esa cárcel a la que le conducía un pensamiento que empezaba a ser único, ese segundo y trágico rapto que nos impidió pensar Europa desde la perspectiva del Mediterráneo.

Sin embargo, donde realmente la Unión se juega el destino no es tanto en la geografía de sus límites, sino en la intensidad de sus objetivos. El proyecto reclama más sustancia, más capacidad de estructurar ese espacio como un auténtico espacio público, donde los agentes sociales se conviertan en copartícipes de un verdadero nuevo Contrato Social. Hablamos de instituciones básicas donde los ciudadanos se sientan identificados en la cooperación efectiva de los sistemas jurídicos. Marcos comunes en el derecho de los negocios y el arbitraje comercial que proporcionen agilidad a una actividad económica compartida; o en el ámbito del reconocimiento de la ley personal y su eficacia jurídica, máxime en un espacio donde las migraciones han recreado un verdadero mosaico jurídico;  como también facilitar la participación política de todos los ciudadanos, allí donde se encuentren, reconociendo una plena eficacia trasnacional a los derechos de ciudadanía, en definitiva, hablamos de Derecho. Si algo echamos en falta es esta construcción mediterránea es la voluntad de estructuración normativa. Por eso, y entrando ya en el capítulo de conclusiones, urge crear las bases de un derecho común, convergente, con eficacia directa para sus ciudadanos, que sepa dotarles de derechos subjetivos inmediatos y aplicables, y hacer todo esto más allá de los respectivos órdenes jurídicos.

Europa ha sabido crecer hacia un Este sobre el que, se decía, carecíamos de fronteras. Es cierto que tras la caída del Muro el concepto europeo se extendía fácilmente hasta la misma Rusia. Pero, recordémoslo, esto carece de bases históricas. Hasta bien entrado el siglo XIX el concepto Europa carecía de un contenido más allá de las cuatro o cinco potencias que reclamaban su función civilizadora y para un diplomático de la época, hubiera sido tan Europa el Imperio turco como el mismo imperio Autrohungaro. Por eso hay que aplaudir el coraje de un proyecto que cerró los ojos a límites históricos y se abrió a una conciencia imaginativa. Es este coraje el que hoy, de nuevo, reclamamos. El Mediterráneo nunca ha sido frontera. No lo fue en la Antigüedad en absoluto, donde, por el contrario, era el único lazo de unión entre todos los pueblos, pero tampoco en la Edad Media como se ha solido decir. El Islán no incorpora ninguna barrera más elevada que las que ya había entre reinos y feudos tras el desmoronamiento del Imperio Romano. Es más, desde un punto exquisitamente jurídico, el sultanato que se impone con la caída de Bizancio resulta ser el verdadero heredero de la cultura greco-latina, no por casualidad todo el retorno a las raíces de Europa (Platón, Aristóteles, el Derecho Romano, la ciencia griega, etc.), todo eso renace en la orilla norte gracias al cultivo que se practicó en la orilla sur. Una misma línea cultural une esa sabiduría de la antigüedad, sus sucesores árabes y judíos hasta el renacimiento escolástico sobre el que se construye la actual conciencia europea.

Vemos así que la historia tiene siempre mil formas de leerse y es hora de romper los falsos mitos. Quizá con ello solo entremos en mitos nuevos, pero estos mitos, sin embargo, nos auguran un mejor futuro.