El sexo de las instituciónes Materiales para una antropología jurídica de lo obsceno (x).

stonhengeHe querido ir como el cazador tras su pieza. No hay sistema. Como tantas veces ese hombre al que nos hemos referido debió perseguir a los inquietos ungulados. Dominado más por las reacciones de éstos que por cualquier estrategia. Debió seguirlos durante días. Debió convivir tanto con ellos que terminaron acostumbrándose unos a otros, sin saber quién imponía la marcha. Perseguir aquel hombre primitivo nos obliga también a este deambular, acortando, a cada estadio, algunos pasos. Un acercarse poco a poco hasta comprenderlo en su mirada.

En el capítulo anterior arrancamos hablando de la muerte para llegar, casi sin saber como, a entrever ese grado cero de las instituciones. En este hablamos, de nuevo, del sexo, de la tensión que arrastró, que empujó, esa gramática de lo erótico hasta apoderarse de las relaciones del grupo. Podríamos decir que, sin saber porqué, el mundo se erotizó hasta la médula. Hemos visto que ahí ocurrió ese cruce que, como en el desarrollo de la lengua, puso en contacto, provocó la comunión, entre la sintáctica de lo erótico, con la semántica de la vida. Hemos visto como esas estructuras sintácticas de los juegos sexuales se acoplaron a los contenidos semánticos de la organización de la manada. Al conjunto de signos de la organización del grupo se acopló la compleja estructura de los ritos eróticos. Es ahí donde intuimos la presencia de ese grado cero de la vida institucional. Pero apuntamos también un extremo. Aquel acoplamiento dio paso a otras cosas, por eso la construcción del sistema institucional tuvo que estar necesariamente vinculada al horror de la muerte.

Si el gran salto del lenguaje fue la construcción del pensamiento, el gran salto de la estructura institucional fue la idea de la muerte. Sólo sobre una inmensa pila de cadáveres pudieron construirse las instituciones. Alrededor de la idea de sacrificio se edificó todo lo que hoy llamamos derecho.  La sangre debió desbordar los altares antes de concebir la idea misma de los dioses. La plaza mayor de la ciudad debió ser un espacio de muerte ritual antes de devenir espacio de convivencia.

Todo debió empezar en ese estremecimiento que recorrió el pellejo de nuestro homínido. Aquel lenguaje dejó de significar y divertir, sus primitivas funciones, para construir el discurso. De la misma manera aquellos gestos, aquella teatralidad, dejaron también el espacio de la escena para construir el derecho y la religión. De nuevo teatro, pero definitivamente sangriento. Sin embargo la separación nunca fue completa. La lengua jamás olvidó la potencia de la poesía (es más, en el fondo jamás supo o pudo salir de sus límites) y el marco institucional se vio siempre envuelto en las exigencias de la liturgia, el ceremonial y el protocolo. Pura carcajada erótica. ¡Más de medio millón de años de desarrollo institucional y seguimos atrapados en el oropel de los trajes de gala que insinúan el canalillo del pecho! O el tamaño de los testículos. El rojo púrpura, los colgantes de oro, los medallones y bandas sobre los hombros, uniformes repletos de plumas, sombreros y coronas que realzan la talla, capas de cola que orientan la mirada hacia el trasero. Demasiado vistoso para que no pensemos en el sexo. Demasiados adornos para no recordarnos los ritos eróticos. La cercanía todavía es tan inmediata como para no percatarnos de estas identidades. Leer “Guerra y Paz” o el “Gatopardo” nos basta para comprender cual era la auténtica función del ceremonial de la corte y la importancia que en él tenía el baile. En el fondo, goce y sexo. Como decimos, las monarquías reflejan esa miscelánea de sexo, poder, familia e instituciones y lo hacen con una pureza que tuvo que apreciarse ya hace más de cien mil lustros. ¡Con que gracia lo contaba Brassen en “Au Gorile”!, fue la toga del juez, con sus “puñetas” de raso, su cola de armiño pegada al pecho y el gorro embolado, lo que encandiló al gorila, lo que le puso cachondo tras escaparse de la jaula del zoo. El protocolo cumplió su efecto y aquel gorila, impresionado por tanto boato, mostró sus respetos al juez y se lo “benefició” por el culo. Uniformes, togas, disfraces, sólo tienen la función de ponernos cachondos.

Pero aun la pregunta queda incólume ¿Cómo, entre todo esto, surge el derecho? Pregunta paralela al origen del pensamiento, del discurso elaborado, de la alta poesía. ¿Cómo surge la narrativa, la épica, la construcción del personaje, la ficción y la reflexión positiva? La respuesta es compleja, pero sólo desde unos fundamentos sólidos seremos capaces de comprender el proceso.

En el lenguaje, el proceso tuvo que arrancar de ese momento en que aquel homínido, en medio de la chanza de sus juegos sonoro-eróticos, pronunció voces que tenían sentido. Aquellas voces designativas de “leopardo” o “águila”, de “bayas” o “nueces”, impronunciables fuera del contexto de su significación inmediata, aparecieron en sus juegos en medio de sus teatralizaciones eróticas. Con ello se alcanzaba la distancia magistral que hace de una voz, de esa mera señal asociada siempre a la inmediatez del objeto designado, una palabra pronunciable en cualquier contexto, pero con capacidad de rememorar esa idea como algo abstracto. Con ello la voz “leopardo” que solo designaba a ese concreto leopardo cuyos ojos había entrevisto escondido en la espesura y que amenazaba con su inmediatez al grupo, pasó a ser una palabra con la capacidad de designar la idea de leopardo. Una idea abstracta, construida con los retazos de recuerdos, miedos y angustias que proporcionaba la resonancia de la palabra. Lo concreto e inmediato pasa a ser abstracto e intemporal, esa materia autónoma, viscosa y manejable que dará paso al lenguaje de los hombres. Ya podía mencionar a leopardos y bayas, pronunciar discursos sobre bayas y leopardos que se le venían al recuerdo o que nunca existieron pero que, como la hoja seca que arrastra el viento y sirve al gatito para entrenar sus juegos de cacería, servían a aquel homínido para incrementar sus juegos sociales, abriéndole las puertas de un mundo ya definitivamente humano. Sin embargo aquella abstracción nunca fue completa, de ahí la imposibilidad de un auténtico lenguaje lógico.

El proceso debió alcanzar una cierta simetría en la construcción del aparato institucional donde se incardinaban la religión y el derecho.  Pero aquí, como venimos insistiendo, la clave estará en la muerte.

Antes de seguir nos vemos obligados a un pequeño excursus. La duda resulta ya insoportable. ¿Tenemos capacidad para acercarnos a aquella mente?. Sólo si respondemos afirmativamente podemos seguir el viaje, si no, tendremos que tirar la toalla y sentirnos definitivamente huérfanos en el recuerdo de nuestros antepasados simiescos. ¿Cuál es mi respuesta? Sin duda digo que sí, y este es el razonamiento que propongo. Tras su nacimiento, las lenguas pronto alcanzaron su cenit. Aunque tardías, obras como el Gilgamés, la Iliada o la Biblia expresan ya  la totalidad del lenguaje. Puede haber multitud de variaciones, recrear estilos, alcanzar nuevas subjetividades, pero todo ya está construido desde esos momentos. La lengua de hace cien mil años a duras penas difiere de la nuestra, será otro idioma, pero su mecánica es la misma y, sobre todo, su capacidad de decir estaba ya plenamente consolidada. Aquellos poemas resultan una muestra veraz de esos otros muchos poemas que debieron existir recorriendo la antigüedad más profunda. Tan compleja y perfecta –en sus imperfecciones- es la lengua del “Gilgamés” como la de “Ser y Tiempo” de Heideger, o la de cualquier poema de trasmisión oral de las culturas de África o Australia. Hay variaciones pero no un cambio que manifieste una superación en el qué decir. Habrá nuevas cosas que decir, nuevos modos de hacerlo e, incluso, nuevas sensibilidades para decirlo, pero es a costa de renunciar a otras, de abandonar otros modos, de perder las metas logradas. En las instituciones, sin embargo el proceso ha recreado otras transformaciones que hacen de nuestra sociedad algo distinto. El lenguaje del “Génesis”, como el “Libro de los Muertos” o el “Bardo Todol” de la tradición nepalí nos pertenece. Pese a sus giros, a sus “arcaísmos”, a las formas que nos sorprenden, en definitiva, nos resulta comprensible. Está en nuestro mundo lingüístico. Es cierto que en el marco de las construcciones sociales esto sucedía hasta hace bien poco. La sociedad romana cuando Escipión o la Castellana de Carlos V, pese a los más de mil años de diferencia, son profundamente semejantes. Aún podemos abrir más el abanico y encontrar esa semejanza entre el Egipto faraónico de, digamos, la X Dinastía y el último barroco, tres mil años de distancia. Poder, espacio, religión, templos y palacios, nobles y plebeyos, el trabajo más o menos esclavo, la riqueza atesorada, el lujo como expresión del poder y la gloria, los reyes, sus queridas y su sexo. La cercanía de las personas y la visibilidad de la fuerza son la característica de esa época. Las instituciones eran expresas, visibles, manifiestas. El Poder, la Gloria, el Lujo alcanzaban el espacio de la mirada. Sin embargo, este modelo nos resulta ya definitivamente extraño. Algo se quebró a los inicios de la Edad Moderna.

A partir de un momento determinado algo cambió en el desarrollo de la Historia. Primero en esto que llamamos Occidente, pero pronto extendido a toda la faz de la tierra. No entro ahora en analizar ese cambio, quizá también tengamos aquí algunas de sus claves, pero sí quiero sacar una consecuencia de importancia radical para nuestras investigaciones. Una tesis que facilita enormemente nuestro trabajo: hasta más allá de lo que comúnmente llamamos la Edad Media, las sociedades han sido exquisitamente homogéneas, han pasado los siglos pero las instituciones se mantuvieron casi iguales. Me explico, en el tiempo que reconoce la arqueología ha habido sociedades que nacen, se desarrollan y, tras alcanzar un determinado grado, desaparecen. Y esos ciclos se han repetido hasta casi nuestros días. El nivel técnico de las ciudades griegas era semejante al que, dos mil años después, desarrolla el Renacimiento o mil años antes había alcanzado el imperio faraónico. O al que mil años antes aún desarrollan Babilonia y las sociedades sumerias, o al que alcanzó la cultura de Vinca que hoy empieza a surgir descubierta entre los sedimentos del Danubio.

Al pasear por las ruinas de Pompeya o Herculano nos conmueve por la Historia, pero a la sola vista de aquellos despojos no los vemos más modernos que los que nos propone el Stonehenge. Mi tesis es esta: durante cientos de miles de años, alcanzada ya la madurez humana en lo biológico-simbólico, a duras penas hubo saltos que alejaran ese modelo (de esos modelos, pues se desarrollaron varios, como también sucede con el lenguaje), a duras penas hubo saltos que nos distancien de ese modelo social que hemos podido contemplar en el pasado.

Estructuras urbanas  como las de cientos de aldeas, como las que aparecen todavía hoy en los valles del Pirineo, de los Atlas o en pleno Himalaya debieron existir desde hace cientos de miles de años. ¿Qué quedará de esos pueblos castellanos, al borde de las horcas de cualquier valle, cuando pasen, apenas, mil años de abandono? Ese pequeño conjunto de casas hechas de piedra, barro y madera, ¿Dejará algún recuerdo dentro de diez o quince siglos? Me temo que ni una piedra capaz de despertar el interés de un arqueólogo. Hay que ser conscientes que sólo algunas cumbres culturales son capaces de atravesar la Historia. Nadie dudará de la riqueza social y cultural de la sociedad visigoda en España, más de tres siglos de asentamiento sobre la ya rica cultura hispano-romana, pero visualmente a duras penas alcanzamos a ver una docena de edificios, de Cádiz a Toulouse, absolutamente incomprensibles sin una lectura trasversal que aporte nuestro conocimiento previo. A la vista del lego, más desnudos que los dólmenes de Menorca.

Antes de griegos y fenicios en el Mediterráneo, como antes de los egipcios y sumerios en el Creciente Fértil afroasiático, cientos de otros pueblos conocieron el ciclo mencionado. En medio de se magma tribal en el que se vivía, de vez en cuando aparecían estructuras consolidadas que crecían, se desarrollaban para, luego, nuevamente hundirse en la oscuridad de los tiempos. Las pinturas del templo de Gnosos en Creta nos conmueven por su frescura, como lo hacen las palabras que nos trasmiten esos poemas tan antiguos, como nos inquieta el esfuerzo sobrehumano de los monumentos megalíticos. La gigantesca construcción del Stonehenge no puede por menos que sobrecogernos. Pero es semejante a lo que empezamos a descubrir en la cultura de ….., o a las obras de piedra en las cultura amerindias hechas a mano. Literalmente a mano. Completar visualmente ese mundo es una tarea tan imaginativa como la que nos reclaman las mencionadas ruinas de Pompeya y Herculano. Hay que vestir esas piedras con todos esos otros materiales perecederos: madera, pieles, tejidos, cortezas y plantas para poder comprenderlos: el Escorial abandonado tras tres mil años, a duras penas dejaría ver algunos anchos muros de piedra, tan desnudos como las piedras que vemos en el templo solar del condado de Amesbury.

Es cierto que un día se rompió el ciclo. Parece que fue en Europa y hacia finales del siglo XVII y con ello un nuevo concepto de cultura se impuso en el mundo. Una cultura que nos parece ya radicalmente diferente. Se inició así una nueva aventura cuyo destino último desconocemos radicalmente. No me interesa ahora esta nueva cultura que, por otro lado, se ha alimentado de los despojos de todo el desarrollo cultural anterior, tanto la lengua, como las instituciones, incluso la religión –o el descreimiento libertino- son el fruto, o la simple continuidad, de los modelos anteriores aunque la “época” sea ya definitivamente diferente. Sin embargo, si asumimos esta tesis, el origen de todo nos aparece como mucho más cercano. Contemplar a Dionisos o leer los himnos a Cibeles no resulta ya un mero trabajo erudito e inútil. Estos himnos y poemas, como las mismas supersticiones de la Edad Media todavía más cercanas y aprensibles, nos remontan, es  cierto, sólo a mil, dos mil o tres  mil años atrás. Una pequeña lasca en la corteza de millones de años. Pero también y por la misma estructura de esa cultura, a cien mil, doscientos mil o quinientos mil años, reiterando el ciclo en esa repetición  homogénea de la que venimos hablando. El ciclo de sensibilidad, de reflexiones, de angustias y deseos a lo largo de la historia de Grecia, se asemejaría  así a esos miles de otros ciclos que debieron existir en otros pueblos anteriores. No pretendo decir que sean modelos que se repiten, sino que se estructuran de formas bastante parecida al construirse sobre unos mismos arquetipos. Unos arquetipos que se volvieron la expresión humana de unos instintos que desaparecieron. La oposición no es tanto entre “pueblos sin historia” respecto a la Historia de los pueblos. En sus ciclos resulta tan semejante los mil años de Roma como la ausencia de tiempo de un pueblo del paleolítico. O como la vida cotidiana de una villa en la Francia de los Capetos.  A semejanza de las colonias de pingüinos que se asemejan año tras año, siglo tras siglo, desde que apareció la especie, así sucedió también con la vida de los hombres y hasta hace bien poco. Y es ahí donde nuestra consideración resulta esclarecedora: la mitología griega, como lo sería la india, la azteca o la egipcia, resulta suficiente guía para comprender como se construyeron los fundamentos básicos del ciclo humano. Es ahí donde alcanzamos a entrever los arquetipos.

Pero para esto hay que adentrarse  en las raíces más profundas de los mitos. Y la clave, como decimos, está en esos dos objetos: la muerte y lo obsceno. Hemos intuido una conexión entre los ritos eróticos y los usos sociales. Los primeros vacíos, pura forma pero profundamente estructurados, los otros directamente designativos, elementales y repletos de sentido. Con unos se juega, con los otros se expresa y comunica. Su unión, como en el nacimiento de la lengua, dio paso al complejísimo sistema de las instituciones. Pero este encuentro no pudo ser neutro. Algo tuvo que estallar, los resultados de aquel encuentro pronto se dejaron ver en el espacio social y así, de pronto,  muerte y obscenidad se cruzaron ante los destinos del hombre.

Hemos dicho que los animales nacen, crían y conviven incluso en grandes aglomeraciones de miles de individuos (decenas de miles en casos como los ungulados o los pingüinos). Pero jamás cuidan de sus muertos ni se estremecen ante sus heces. Dos reacciones que no pueden por menos que llamarnos la atención y ambas construidas sobre los únicos fundamentos de lo social. El culto a los muertos y la estructura orgánica de las ciudades. Religión y derecho. El mito y la poesía se articulan alrededor de estas dos exigencias, verdadero grado cero de los usos institucionales.

Empecemos con la muerte. Dos factores que no puedo por menos que relacionar y que destacan enormemente en nuestra relación con la muerte: de entrada esa necesidad de tratar los cadáveres, ese culto a los muertos que aparecen en las expresiones más primitivas del hecho religioso y que continúa todavía a pesar de toda la modernidad del siglo XXI. El otro, la ruptura de las barreras que impiden el homocidio. En el resto de animales, salvo en casos de accidente, jamás se da el hecho horrible del asesinato. Es más, solo sucede en algunas escasísimas especies, y está siempre asociado a los ritos de aparejamiento. Solo al hombre le gusta matar a los de su misma especie. Imposible no asociar estos dos hechos tan inmediatos y tan extraños. Imposible no asociarlos y asociarlos además a la realidad del derecho y la religión. Pues fue el derecho y la religión los que nos enseñaron a ser felices y honrados matando. Hecatombes, holocaustos y grandes sacrificios, la locura dionisiaca con el desmembramiento de las víctimas, la sangre que rebosaba de templos como el de Apolo o el de Tenochtitlán debieron llenar de goce el espíritu humano. Pura fiesta. Se mataban bueyes, corderos, cerdos, pero también hombres, sobre todo hombres. Matar hombres debió ser lo más gozoso. El momento más enloquecido, lo que más llenaba de entusiasmo. Así debió ser la fiesta que hemos puesto en el centro de nuestra reflexión sobre la humanidad naciente. Es ahí donde ese hombre pronto tuvo que aprender la potencia simbólica e institucional de la muerte. No hay aquí una experiencia, no hay instinto que nos hable de ella, por el contrario hay un profundo goce que le lleva a colocar  el suceso de la muerte en el centro mismo de la nueva experiencia de la vida. Matando a sus semejantes, aquel simio se sintió definitivamente hombre.

El otro punto de quiebra está constituido por lo obsceno. Aquí tampoco hay experiencia. Ningún animal ha construido su vida social tan estrechamente vinculada a los excrementos. Pero insisto, el concepto aquí es “lo obsceno”, no es una repugnancia directa hacia las heces, esa sensación de asco nació luego, más tarde, necesariamente vinculada al sexo. La ciudad como plasticidad espacial del mundo institucional, como venimos insistiendo, con sus calles, sus aceras, su calzada, sus cloacas y letrinas (cuya aparición tan remota nos llena de asombro) nace y se construye alrededor de la evacuación de los excrementos. La mierda, los orines y quizá el mestruo, es decir la miasma que dejan hombres y mujeres tras su paso, diseñó la ciudad más aún que el paisaje y los monumentos. Pero  olvidemos toda función higiénica. Sólo si somos capaces de vincular este acto con la teatralidad de la fiesta, podremos comprender su sentido más oculto.

Vida y muerte, pureza y contaminación, pecado y castigo, lo numinoso y lo nefasto, el espacio fano y el profano, el ocio y el negocio. La idea de lo Santo, lo Justo, lo Bello, todo esto tuvo que surgir de este carrefour donde el hombre se percibe como ser único en el mundo. La clave, el gran misterio, está en ese tránsito, en ese trayecto que, fusionados los elementos de la semántica y la sintáctica social, hicieron surgir los resortes de la mecánica de lo que hemos llamado instituciones. En este tránsito el hombre conoció la muerte y de alguna manera, como decimos, se sintió inquieto ante la imagen de lo obsceno.

A partir de aquí el proceso se consolida de forma natural. Mecánica del deseo y del rechazo, lo puro y lo impuro, la vida y la muerte, la antropología tendrá que comprender como se articularon todos estos juegos, cómo la tribu se convirtió en la ciudad, como el rito se convirtió en Derecho.

Pero aún nos falta un ingrediente: el espacio. El concepto de espacio. Ya hemos anotado algunos síntomas que nos han aparecido a lo largo del discurso. Hemos hablado de la fiesta y ésta necesariamente reclama un espacio, ese escenario donde los ritos eróticos alcanzaron la categoría de instituciones. Pero también la ciudad. La ciudad adquiere así la condición básica de fuente misma de la vida humana. El espacio básico de su ser social. Zoom politikon. Fiesta y ciudad reclaman su vínculo ideológico.

Una  ciudad que hemos definido articulada alrededor de sus cloacas. Espacio místico que evacua lo impuro. Miasmas fruto del propio cuerpo –excrementos, mestruos,…- líquidos arrastrados por la corriente propiciatoria que limpia calzadas y calles. Las otras aglomeraciones animales jamás necesitaron este sistema. Colonias de miles de ungulados se apretujan y circulan en la sabana sin ningún orden, comen y cagan en el mismo lugar sin repugnancia ni rechazo. Como las abejas en la colmena, o los castores en las magistrales construcciones en los ríos. El tema no es la construcción ni el número. Una aglomeración humana de quinientos o mil individuos no necesita viales ni calles. Se podría acceder a las casas por las terrazas, como sucede en numerosas viviendas de diversas culturas tanto en América como en la vieja Mesopotamia, el tránsito resultaba fácil de terraza en terraza, incluso las calles terminan ocultas como pasadizos. Y es que las calles no nacen, como insistimos, para la circulación de las personas y las bestias, sino para la evacuación de los líquidos, la lluvia, sí, pero sobre todo los que surgen del propio cuerpo. Las colonias trogloditas excavadas en las faldas de la montaña, carecen de calles peatonales, pero ya tiene cloacas. Esto no es una medida higiénica. No es un problema ni sanitario ni biológico. ¿Qué sabía aquel hombre de virus y bacterias?. Podemos decir que es social, pero de una sociabilidad radicalmente humana. Directamente podemos decir que es institucional en cuanto está íntimamente ligada a ese cruce dialéctico entre instintos sociales y eróticos.

Cruce de espacios, el escénico, abierto y vacío donde se teatraliza el Eros institucional y el urbano compacto y recorrido por las arterias de evacuación de las calles. Es ahí donde tuvo que surgir el derecho. Dos espacios profundamente entrelazados, donde la plaza Mayor, el circo, coso, teatro, foro, funcionaba como agujero. “Mundus” que conectaba la ciudad con los mismos infiernos, ese pozo cavado en el centro mismo y antes de la fundación de la ciudad y que se llenaba de recuerdos, quizá de trastos viejos, de miserias, (¿De excrementos?) Imagen del ombligo, ónfalos que nos recuerda el sexo femenino por donde también se evacuan los líquidos del macho. Simetría del ano por donde sale la mierda. Sólo sobre ese punto místico la risa se pudo convertir en derecho.

Como venimos insistiendo, ni el lenguaje nació para asistir a la comunicación de los hombres, ni las instituciones tenían la función originaria de servir a la organización del grupo humano con intención de mejorar su eficacia social. Para comprender el lenguaje no tenemos más que acercarnos a ese juego de niños que repite palabras sin buscar decir nada. Y ese mismo sentido, o ese mismo sinsentido si que quiere, más que en la lógica de la comunicación, se construye en la lógica del chiste y la broma. Esas cancioncillas satíricas que, en la reiteración de la frase, encontraban, de pronto, la ruptura semántica fruto de la rima y el ritmo de los cantores: “Un viejo y una vieja van “pa” Albacete, van “pa” Albacete… y a mitad del camino… va y se la mete,… va y se la mete”. Una estrofa de este tipo, una frase así, está más cerca de la lógica del lenguaje que la expresión más racional de Gödel. En las instituciones tenemos que buscar una lógica semejante. Una creación de juego, con sus premios y castigos, sus actores y espectadores, sus triunfos y derrotas, antes que la pesadez de un orden jurídico

El lenguaje nace para divertir, para atraer a los miembros del grupo, para cantar juntos y estallar de risa destacando el verbo soez del más gracioso. Al que todos –y, sobre todo, todas- mirarán como al campeón de esa justas de ingenio verbal que todavía subsisten en algunos pueblos. Concursos de rapsodas, de versolaris, luego de poetas y cantores, como en la ópera de Wagner. Cantos individuales o en grupo, compitiendo en un verdadero ritual erótico, como lo hacen los ciervos con sus cornamentas o los pavos y aves del paraíso con sus colas o los palomos con sus paradas y bailes. O los cercopithecus del África Oriental con su parloteo que tanto recuerda el humano.

No hay lógica biológica de la selección del más apto. Esto podrá suceder también pero será por pura casualidad, como efecto secundario. Ni el ciervo de más pesada cornamenta, ni el pavo revestido del más abrumador barroquismo son necesariamente los más dotados para sobrevivir en el bosque frente  a lobos y leopardos. Los ritos de Eros no tiene nada que ver con la lucha por la vida, su poder estaba en sí mismo, en la potencia de un atractivo específico que se convertía –sin saber como- en apasionante  para su especie. Una exigencia a veces absurda desde toda lógica, mejor aún, cuanto más absurda mejor. Y lo que es peor, con un terrible coste para los miembros de la especie. Es ahí donde el hombre empezó a parlotear y, si esto contribuyó al desarrollo de sus cualidades verbales, no fue buscando el sentido de las cosas, ni tampoco la trasmisión de saberes e información. Lo que la tribu aplaudía era ese remate de la frase que nadie se esperaba o que, esperándose rompía todas las leyes, ese pudor que empezaba a someterle y que provocaría risas y volteretas, ese “… y va y se la mete, y va y se la mete”. Una poesía cómica, brutal, soez, obscena, en la solidaridad de la risa y que, eso sí, ya poco a poco, en boca de melancólicos y desterrados, fue haciéndose más seria, deviniendo elegiaca, construyendo la lírica y la épica, la tragedia y la mística, la teología y el culto. Hasta llegar a la misma lógica. Pero todo esto fue mucho más tarde.

Respecto a las instituciones, el proceso tuvo que ser parecido. De entrada lo que podemos saber es que no nacieron para construir el mundo orgánico de las sociedades desarrolladas, que no vinieron a poner orden en el caos de la manada sometida siempre al vaivén de la suerte del macho dominante, que no desarrollaron un orden para pasar de la estructura puramente familiar a la definitivamente social hasta alcanzar un día el nivel del Estado. Todo esto tuvo que ser mucho más tarde y por puro accidente, consecuencia inesperada, con esos extraños vínculos con lo obsceno y con la muerte. Aquellas instituciones, como el lenguaje, nacieron para desternillarse de risa.

Es cierto que de todo esto siguen quedando trazas. Hablamos de ruptura, sin embargo algo quedó también en ese mundo perdido del universo animal. Me siguen asombrando las paradas amatorias de algunas aves. El gesto quieto de las gaviotas antes del acoplamiento tiene demasiado de violencia, de terror, como para no recordarme el espanto en el mundo sobrehumano de los mitos. Ese comportamiento agresivo del palomo que no duda ejercer toda su fiereza para anonadar a la hembra recuerda demasiado el combate y la guerra. Cuando la Iliada nos describe los combates heroicos, con sus dos protagonistas revestidos de sus corazas, sus cascos emplumados, con sus lanzas brillantes, sus escudos labrados, su gesto desafiante y sus hermosas espaldas, resultan demasiado idénticos a la de esos encuentros nupciales que descubrimos en el palomo y en otros seres. Aún así todos estos animales optaron por otros modelos para gestionar su sexo. Dejaron ahí la incorporación de los aparatos sociales y se interesaron más por otras respuestas en la solución del coito. El hombre, en cambio, se deslizó por esta cuesta y las estructuras del amor y la guerra no solo se acoplaron –como con un cierto desarrollo sucedió en otras especies- sino que eclosionaron hasta convertirse en el centro mismo de su condición biológica. El pavo real como el ave del paraíso convirtió su atuendo multicolor en la especialidad fundamental de su selección genética, como decimos, él optó por esta otra senda. Sin embargo, en ambos –hombre y pavo- el proceso fue el mismo, ningún otro instinto hubiera tenido la fuerza suficiente para empujar semejante desarrollo. Ni la utilidad (¿Para qué le sirve tamaña cola al pavo?), ni la supervivencia (tanto el pavo como el hombre debieron poner en riesgo su misma existencia como especie, el pavo con un estandarte de difícil manejo en caso de fuga y el hombre con un debilitamiento de sus mandíbulas y dientes que debió costarle capacidad de defensa y de ataque) fueron el objeto de semejante desarrollo evolutivo. Pero al uno se lo exigía la vistosidad que buscaba y al otro el imperioso deseo de la cháchara, el chiste y el canto. Aquella cola creció por la mera exigencia erótica. Aquellos lenguajes, en las palabras y las instituciones, se desarrollaron para acoplarse a su juego erótico.

Es ese pavoneo, exhibición de fuerza y destreza, expresión de lucha y deseo, es ese juego el que, lanzado en la pendiente de un crecimiento veloz, exorbitante, impulsado por la potencia de Eros, el que construye y no lentamente sino a borbotones, con la intensidad con la que los niños complican los juegos una vez que los dominan, el origen de todo. No hay un sentido  de la utilidad, no hay la contención de la necesidad. El lujo de un traje de fiesta no viene dictado por lógica alguna, salvo la de “el todavía más”. El número de medallas, banderas, galones, cinturones, colgajos que es capaz de ponerse un chambelán no depende del frío, ni busca ajustarse a ningún uso. Esas bandas cruzadas, repletas de chatarra del traje del general, no tienen función defensiva alguna, no buscan protegerle de las balas, ni sirven para colgar el mosquetón. Son puro adorno y, si el general de al lado tiene tres medallas más, él reclama ponerse cuatro. Y añadirá flecos a la cinta de sus pantalones y una pluma más a su gorro que no busca protegerle de la lluvia, ni del sol sino solamente exaltar su figura, colmarla de vistosidad en un juego que necesariamente sólo podemos leer como erótico. Necesariamente, insisto, pues es ese impuso el único que alcanza semejante fuerza. El resto de instintos es contenido, ajustado en el equilibrio de esfuerzos y resultados. No se lanzará el león al esfuerzo de la caza si no le acucia el hambre. El derroche de energía es mal visto en la economía biológica. Solo hay un instinto capaz de saltarse  violentamente las reglas económicas: el sexo. Por el sexo se juega muchas veces la propia existencia. Ni por comer se hace tanto esfuerzo. Quizá la defensa de las crías, en la hembra, pueda impulsarla a la lucha más suicida, pero esa relación, puro amor, también esté cuajada de sexo. En definitiva, todo reducido a echar un polvo. Y es que por echar un polvo hay animales que, no sólo arriesgan su vida sino que, la propia naturaleza les impone ya su muerte. La mosca huye cuando ve la mano amenazante. Ya hay ahí instinto de supervivencia. Lo tiene todos los seres, hasta los gusanos. En los insectos es especialmente eficaz y tendrás que ser muy ágil si pretendes cargarte la mosca de un simple manotazo. Pero la mantis macho va directa, sin duda alguna, hacia la muerte cuando realiza su sexo. Como les pasa a ciertas arañas y a algunos otros bichos. ¡Un derroche de vida por un segundo de sexo! No hablo de placer. Aunque a duras penas puedo comprender otro proceso.

Como decimos, en ese pavoneo del palomo ya está todo esto. Es cierto que hay una distancia enorme entre ese juego y la creación de la Unión Europea o la monarquía de los Capetos, o la construcción del concepto de hipoteca, como también la hay entre ese modesto plumón brillante que adorna su cuello y la gigantesca y complicada delicadeza de las plumas del ave del paraíso. Pero ahí ya está todo. De entrada la necesidad de un brillo vistoso, segundo la urgencia de un crecimiento vertiginoso que haga un punto más diferente a cada bicho en la competencia erótica de los ritos sexuales, tercero la fuerza irresistible de un estímulo que, contra toda lógica biológica, es decir, contra toda necesidad en los campos de la utilidad en la caza, el camuflaje, la acesibilidad a los alimentos, la adaptación al medio o la pura supervivencia, impulsara aquel crecimiento a riesgo, incluso  como ya hemos dicho, de la propia vida de sus sujetos. Y cuarto, y aquí está la clave, la existencia de una gramática general que facilitase ese crecimiento exorbitante. Una lógica inscrita en el propio instinto del sexo. Una lógica creada por Eros  y que alienta todos los resortes del sexo. Una lógica propia, mecánica gramatical que condiciona a la vez que facilita el crecimiento exponencial del aparato erótico. Una lógica gramatical como la que bifurca, en un complejo orden, las astas del ciervo imponiendo un orden a la exuberante selva de sus puntas. O la que coordina el juego de colores y formas de tantas crestas y colas de reptiles, peces, pájaros y mamíferos. Una lógica que trasciende de forma tan abrumadora las distintas especies, de un lado a otro de la enciclopedia animal. Pero también una lógica que construye los puros ritos sociales en las ceremonias de acoplamiento. Una lógica binaria que abre o cierra el paso que deja crecer una rama de la  cornamenta a la vez que trunca otra al alcanzar un concreto tamaño, que favorece la nueva bifurcación de una a la vez que deja estéril la otra, que mete un color u otro, una forma u otra. Que impone un paso adelante y otro a tras, un moverse o estarse quieto, un erguirse o inclinarse hasta tocar el suelo. La urgencia de nuevos objetos pronto se debió incorporar a estas ceremonias: exhibir o tapar el sexo, juego del deseo y el rechazo, de ceder o resistir, de llamar o de despreciar. El solo cuerpo pronto resultó demasiado escueto, los despojos de las bestias cazadas, las flores del valle, las ramas del bosque, los huesos y cornamentas de animales muertos. Otros animales ya usaban objetos externos. El nido de las aves, la presa del castor, el palo del chimpancé. Aquel homínido que, quizá como han hecho siempre los monos, solía coger cosas para algunos usos inmediatos, la potencia del sexo, y no el uso, los incorporó a sus ritos sociales.

¿Por qué ese hiperdesarrollo? Pura casualidad. Lo vemos constantemente en la naturaleza. Hay animales que han dejado su ritual erótico en una escueta parada nupcial y un acto de “aquí te pillo aquí te cojo”. Otras, en cambio, han hecho de él el centro de su existencia. De los ritos del gorrión a la riqueza del pavo real o del ruiseñor hay un mundo gigantesco. La pregunta es esta ¿Por qué el hombre ser lanzó por esa pendiente? ¿Qué diferenció al hombre del resto de simios con caracteres semejante? Yo propongo algunas respuestas. Indicios que nos llevan a reflexionar sobre nuestra propia peculiaridad como humanos. De entrada no podemos prescindir de un cierto factor casual. En un momento determinado una especie sobredetermina el sexo más que otras ¿Por qué las mantis macho se deja devorar por la hembra? No hay necesidad biológica para ello. Es una mera sobredeterminación que se consolidó en su deriva genética ¿Porqué esa locura de formas en la cola del pavo real? De nuevo nada tiene que ver con la adaptación al medio y la lucha por la vida. O los complejos ritos que la etología animal describe en los seres más distantes. Este reptil, aquel pájaro, un insecto… Un determinado tipo de ungulados, un simio concreto. En aquel homínido la tentación del sexo le pilló por la boca.