La crisis y sus “salidas”

La crisis y sus “salidas”

crisisLeo las recientes encuestas -el CIS, entre ellas- y constatan lo que era inevitable. Después de la realidad de un proceso que se vive en los bolsillos de una inmensidad de personas, y se vive con el dolor de unas cuentas rotas; después de la machacona insistencia con la que nos repiten el término “crisis” por los políticos y los medios de comunicación; la idea abstracta de crisis se ha instalado definitivamente entre nosotros.

Podríamos dedicar más de una reflexión a como un  concepto abstracto, una idea compleja –un “síndrome”- deviene una realidad con la materialidad de una cosa y la presencia identificable que proporciona un nombre. Pero antes quisiera adentrarme en consecuencias más inmediatas y que nos afectan directamente.

De entrada, pese al carácter neutro del término “crisis” en sus orígenes, hoy nadie duda de su “consistencia” negativa. La idea de cambio, máxime cuando es un cambio impuesto, nos sabe siempre amarga, quizá por eso la cara semántica de la palabra está cargada de potencia negativa. Y sin embargo la crisis puede ser también, como el viento, la mano enérgica que limpie un mundo caduco. Que el viento se lleve algunas cosas de este mundo puede ser una magnífica oportunidad para refundar una sociedad más justa.

Lo fundamental hoy no es saber cómo salvar un modelo que se apuntaba ya como insostenible. Una ligera operación matemática nos hubiera puesto sobre la pista sin necesidad de tantos afamados economistas que, a la postre, se han mostrado incapaces de saber lo que iba a suceder al día siguiente –pese a que sus sueldos respondían a su función de pronosticar la trayectoria de los próximos años. Bastaba multiplicar los volúmenes de uso de materias primas, agua potable, espacio de habitabilidad o energías fósiles por cada europeo o norteamericano por, pongamos, la mitad de la población china y un tercio de la de India –que ya reclaman esos niveles de “progreso”, para comprender lo insostenible de este modelo de crecimiento.

La ecuación se cerraba –y adquiría una vertiginosa potencia- si se añadía una “pequeña” premisa sobre las que se basaba ese mismo progreso: la idea de la persona como centro del orden jurídico –es decir, la doctrina de los Derechos Humanos. Y, no lo olvidemos, el discurso que legitima la idea de progreso, libertad (sobre todo la económica) y, por conclusión, la misma idea de capitalismo, se basan en esa primatura de la persona como algo superior a conceptos como estirpe, pueblo, raza, clase o al mismo estado. Locke, Tocqueville, Smith, pese a sus contradicciones y compromisos, no pueden por menos que referirse  a la universalidad del hombre como la única instancia de la vida social.

Proclamar derechos como los de “Libertad” o de “Igualdad”, o reclamar para todos el derecho a la vida en condiciones de dignidad, como luego asumirá la Modernidad tras la II Guerra Mundial, era incorporar una premisa que, ya en el preámbulo del siglo XXI, se ha demostrado incompatible con la deriva de ese mismo sistema.

Al principio la contradicción se soportaba. A lo largo del XIX los valores se refugiaron –pese a proclamarse su generalidad- en la clase burguesa dominante. Luego, ya en el XX, atravesado el estado por la necesidad de un pacto social generalizado, los valores trataron de constreñirse a la esfera controlable de cada Estado. Así se pretendió limitar el “estado de bienestar” a la competencia de cada nación. Nuevo fracaso: la urgencia de la mano de obra inmigrada y la deriva impredecible de los estados fallidos en los últimos lustros del siglo XX dejaron sin valor –en lo ético, en lo jurídico y en su misma eficacia- a los muros artificiales de las fronteras. ¿Cómo se podía proclamar el derecho a una “injerencia humanitaria” sin recurrir a reconocer la ineficacia de las fronteras confrontadas a la urgencia de los derechos humanos? Si los ejércitos de media Europa  podían pasearse defendiendo Derechos Humanos por media África, ¿No resultaba lógico que emigrantes de esa media África pudiesen refugiarse del hambre en esos mismos países que tan marcialmente proclamaban sus derechos como personas? La contradicción estaba servida. El “enriquecerse” se convirtió en una cultura extensible a todos y, por un momento, pareció incluso asequible a esa inmensidad. Puro espejismo.

Visto en perspectiva comprobamos que las señales eran mucho más visibles y que la política, como tantas veces, se adelantó al análisis económico. Visto en perspectiva comprobamos que la sociedad y sus intelectuales orgánicos ya se percataron del dilema. Ahora bien, la pregunta es ¿Cuál es la solución que verdaderamente queremos? Aproximándonos mucho más: ¿Cuál es la solución que estaríamos dispuestos a soportar para salvar “nuestros” muebles?

Visto así, en perspectiva, se comprende la deriva militar y antihumanitaria (y antihumanística) de los denominados “Neocons” que saturaron la derecha de medio mundo. Guantánamo, las prisiones secretas, la negación radical de los Derechos Humanos son –así lo podemos ver ahora- una respuesta avanzada a la crisis que venía. La doctrina de los Derechos humanos es, vendrían a decir- imposible en un mundo de recursos escasos. No todos pueden vivir igual, es más, la inmensa mayoría debe vivir al borde de la miseria.

Quiero recordar el carácter absolutamente actual de esos planteamientos. Son, no podemos dudarlo, una auténtica alternativa racional a la crisis y en ese marco de la insolidaridad se expresan muchos de los actuales líderes de la derecha.

Aparecerán nuevas formas de respuestas “racionales”. Y entiendo este concepto como modelos de acción con alguna eficacia –o presunción de eficacia- para aquel que los proponga y ejecute. El fundamentalismo es una de estas respuestas y también se predica como racional para sus seguidores, también lo es el ultranacionalismo del “sálvese quién pueda” y la guerra de exterminio y la limpieza étnica. No lo olvidemos, todas estas actitudes tienen su racionalidad en cuanto, si consiguen imponerse, pueden reconstruir el mundo salvando los niveles de consumo y posesión de sus promotores. Otra cosa es la viabilidad de es ese triunfo y su capacidad de precipitarnos, aún a mayor velocidad, hacia el abismo de la tragedia.

Ahora bien, ¿Existen respuestas racionales compatibles con un proyecto humanista? Esta es la pregunta a la que debiéramos dar respuesta.