La gramática de lo érotico Materiales para una antropología jurídica de lo obsceno (VIII).

silencios-300x300Decimos que quedan piezas sueltas. O mejor dicho, quedan huecos, y la clave está en los huecos. Hasta ahora nos hemos fijado en las manchas, en la vistosidad de ciertas instituciones lingüísticas, sociales, jurídicas. Ahora nos tocan los huecos. Esos huecos que circundan a las palabras.

Hablamos de instituciones, de lenguaje, de economía. Pero eso es ya definitivamente humano. Silencio en un mundo repleto de sonidos, de modos de ser y estar. El pavo real al que venimos refiriéndonos desde casi el primer artículo, tiene sus propios ritos biológicos, los llamamos nupciales pero no tienen nada que ver con la institución del matrimonio. Como los sonidos de las ballenas, el ladrido o el trinar, no tienen nada que ver con el lenguaje. Una barrera nos separa definitivamente de esa dimensión animal, lo que, parafraseando la terminología lingüística, constituye la “doble articulación” del lenguaje y que se reproduce en todo el acontecer humano.

Llamamos doble articulación a esa mecánica de segundo grado que extraña definitivamente el cuerpo humano de la inmediatez de su entorno. G. Bataille comenta que el animal se siente en el mundo como una gota de agua dentro del agua. Es decir, disuelto en su inmensidad, sin solución de continuidad alguna. Entre sus cuerpos, a duras penas la epidermis identifica la individualidad. El instinto recubre los millones de seres en la armonía de un único e inmenso canto. En medio de esto, el hombre queda solo, carente de sonido. El mundo se distancia de él. Una soledad que le arrastra hacia una diferencia absoluta. Hasta sus propias palabras, su lenguaje, le son radicalmente extraños.

Tanto la antropología social, la teoría de la comuicación, como la psicología de la lengua, reconocen una radical diferencia entre el lenguaje y los gestos y sonidos del mundo animal. Los animales se comunican, intercambian información, los hombres hacen otra cosa: hablan. El sonido animal está profundamente unido a su ser, es parte de su ser en el mundo. En el hombre hay tal distancia entre su ser y su voz que ésta termina independizándose en la densidad de la literatura. El texto alcanza independencia, de ahí su necesaria conversión en escritura. La lengua humana nació para ser escrita. Pero, ¿Cómo nació? La cvlave, como decimos, están en ese hueco, ese grado cero de las palabras.

Chonsky nos habla de una gramática universal (G.U.) inscrita en la propia genética humana. Sólo así es posible comprender la rápida asimilación de la complejidad de una lengua. Hay que ser consciente que no es sólo su elevado número de signos (una lengua corriente contienen unos sesenta mil signos lingüísticos y un simio a duras penas alcanza al uso comunicativo de unos doscientos), lo más complejo es lo otro, la gramática, ella es la que explica la misma posibilidad de un número tan elevado de instrumentos. Unos signos convertidos en actores en medio de una escena. El sintagma verbal se asemeja así a un juego teatralizado donde las subjetividades se entrecruzan. Un acto del habla no es comunicación sino juego, pura pieza teatral. Comunicar es decir algo que interesa, avisar de un peligro, informar dónde se encuentran esas bayas que tanto gustan a la manada, advertir de la presencia de otro macho en medio del grupo. Hablar, como decimos, es otras cosa. Hay patologías psíquicas que nos muestran que se puede hablar sin decir nada. Los niños hablan –aprender a hablar- sin comunicar nada. Puro juego.

Ahora bien, no es cualquier juego. No es un juego de gestos y sonidos a lo loco, sino repleto de reglas y profundamente ritualizado. Frases que se cruzan donde lo importante  no es la semántica, sino la pragmática, no el qué se dice, sino cómo y para qué. Se juega a decir sin importar nada los contenidos. Un sentido que excede la significación para buscar solo el ritual. Las mujeres rezando el rosario reproducen ese acto que debe tener más de mil siglos de existencia. Mejor en latín, repleto de reglas, pero sin entender palabra.

Como en una canción. Nos duchamos mientras la cantamos. Repetimos el estribillo cantas veces necesitemos hasta terminar el baño. Como el grupo de jóvenes que va marchando o el peán de los soldados reiterado en el desfile. Frases estructuradas donde nada importa lo que se dice aunque sí su corrección. “¡No es así!”, gritarán los compañeros cuando uno se equivoca. “¡Que es <patalón> y no <pantalón>!”, dicen todos los chavales a coro imponiendo una letrilla entre imposible y ridícula, poro lo importante, lo fundamental, es decirlo correctamente aunque nada importe su significado. No hay información, no hay comunicación. Sólo reglas, la letrilla de la canción. Puro juego.

Solo así alcanzó a nacer la gramática. Concebir desde la animalidad el esfuerzo intelectual de la creación de una lengua resulta imposible. Demasiado complejo para surgir de la nada. Demasiado complejo y demasiado innecesario. En cambio, sobre un ritual sexual que ya estaba plenamente consolidado, recrear una gramática pudo resultar mucho más sencillo. Por eso se hace más urgente q ue nunca una gramatología institucional. Una ciencia que nos enseñe cómo es posible construir un sistema gramatical con renuncia absoluta a la semántica. Hablamos de una gramatología anterior al habla, donde la estructura de “frase”, ese sintagma de voces y palabras, funcione al margen de todo sentido.

De nuevo la lengua, como el derecho, como la economía, como la teología o la estética, nos devuelven al momento en que nos caímos del árbol que nos prendía como animales. En el escasísimo espacio de tiempo de esa caída tuvimos que aprender toda la gramática, la sintaxis del juego. Pero ¿Cómo?. Ahí se nos amontonan las preguntas. Algunas nos trasladan directamente al origen mismo de la humanidad. Otras nos devuelven al mundo contemporáneo. La ambivalencia se mantiene en un tiempo denso ¿Somos, acaso, tan diferentes?

De entrada un interrogante que nos cuestiona desde el principio ¿Cuál es la relación entre la lengua y la institución? ¿Son, como propuse en algún punto, una misma cosa? Lengua, economía, derecho, arte, teología, todo, en el fondo, forma parte del modelo institucional. Como lo es también el vestido, absolutamente ritualizado. Decíamos en otra parte: “ni el taparrabos ni el modelo de Cristian Dior buscan resguardarnos del frío. La lengua como institución, como el dinero, un dinero que teatraliza el valor, la gloria. Un brillo que  encuentra en el oro su metáfora más conseguida. No es que el oro se convierta en intercambiador universal. El proceso, como venimos insistiendo, fue al revés: el oro se hizo moneda. Como las hojas y pieles con que se cubrió aquel hombre alcanzaron la estructura de la vestimenta. Como el proceso se convirtió en derecho. La moneda fue antes que la economía y no un producto de la misma.  Volveremos sobre ello. Todo puro espectáculo. Teatralización, rito. La lengua tuvo también su origen dramático y gestual. Insistimos, la gramática no es comunicativa sino escénica, su funcionamiento hay que descubrirlo, no en el acto comunicativo, sino en el lúdico. El gran teatro de las instituciones. El mundo como representación.

El derecho nace así del proceso, como la economía del dinero, la divinidad de la liturgia y la lengua del teatro. ¡Que gran error haberlo contemplado al revés! Siglos de ciencia y teología equivocados. No sólo el hombre está hecho para el Sábado, el mismo Dios resulta ser una creación de su culto. En definitiva, de la gestualización del teatro nació la lengua.

Sólo así alcanzamos la homogeneidad de la caída. Es ahí donde descubrimos la unidad conceptual: el mitema sobre el que se construye el instinto humano. Un acto que tuvo que tener una teatralidad inmensa. A la vez conocido pero siempre emocionante. Repetido continuamente pero cada vez igualmente gozoso. Una teatralidad que reproduce continuamente el acto erótico. Escueta ceremonia, un diálogo entre dos, tres o cuatro o cinco cuerpos. Encuentro y roce, ir y venir. Puro gesto pero que necesariamente termina siempre en un clímax idéntico. Como los cuentos de los niños, o las ceremonias sagradas o las obras de teatro, o las procesiones, o las óperas. Todos sabemos como terminan, lo que uno gusta no es la historia que se cuenta, sino el sonido, las voces que se repiten. La Catarsis. Puro acto sexual que estremece los cuerpos. Ahí nació todo, la caída hizo de este acto al hombre, o mejor dicho, en plena caída soñó que era hombre. La incógnita es resolver como surgió esa gramática.

Como anotamos, la gramática tuvo que constituirse sobre un sistema plenamente desarrollado. No pudieron edificarse a la vez las estructuras de la frase y los contenidos del discurso, el que decir y el cómo decirlo. Necesariamente tenemos que distinguir entre intercambio de información y lenguaje. Aquel mono, como sucede en la mayoría de las especies superiores, tenía necesidad de informarse sobre el mundo que le rodeaba y para ello, como el resto de otras especies,  construyó un sistema que alcanza todos los matices necesarios, desde donde hay comida y agua, hasta la presencia de algún peligro: si es una serpiente o un águila o  un leopardo. Para todo esto estableció signos, pero no necesitaba más.

Hablar sin embargo es otra cosa. Aquí entra en escena el discurso. Informar tiene algo de inmediato. Es esto o esto otro, aquí o allí, grande o pequeño, viene volando o se arrastra por el suelo. Con esto le basta, como venimos diciendo; el resto es sólo discutir sobre galgos o podencos. El habla es otra cosa. Genera un texto que termina independizándose del hablante y lo puede hacer hasta los paraísos celestes (o infernales) del lenguaje poético. Ningún otro ser ha necesitado semejante camino. Nos vemos obligados a verlo como una aberración de la especie. Algo ”fallido” que no ha preocupado en ninguna otra especie animal. La urgencia de volar ha hiperdesarrollado a las aves, pero también alcanzan expresiones más o menos completas de ese vuelo mamíferos como el murciélago, reptiles como el lagarto volador e, incluso algunos peces llegan a desarrollar el vuelo. La visión nocturna también ha sido desarrollada desde diversas respuestas. Todo esto son necesidades, por ello la evolución las cubre con respuestas semejantes en especies diferenciadas desde hace millones de años. El lenguaje, en cambio, no ha interesado a nadie. Comunicarse lo practican hasta los insectos y prácticamente todos los mamíferos han desarrollado sus propios modelos de signos. Pero el sistema del habla es exclusivo del hombre. No podemos entenderlo como un gesto de la evolución, habría alcanzado expresiones en otras familias de animales, ninguna otra habilidad aparece sola, por eso, esto no pudo ser un desarrollo debido a la razón de utilidad, sino un error empujado por el despilfarro erótico. Algo absolutamente innecesario, de ahí la absoluta unicidad de esta respuesta evolutiva.

El desierto promovió mecánicas para soportar largas marchas sin agua, como la facilidad del alimento en las conejeras repletas de gazapos propició  el cuerpo alargado y flexible de los hurones. La función de la frugalidad frente a estepas y desiertos o la caza en las complicadas madrigueras bajo tierra arrastró hacia el órgano de la giba en el camello o la estructura serpentiforme de ciertos mustélidos. Pero ¿Qué urgencia modeló la complejidad fonética de la voz y el genial sistema de la doble articulación lingüística? El halcón alcanzó su altísima velocidad cuando sus presas perfeccionaron a su vez el vuelo. Cazar en el aire cada vez se hizo más difícil, lo que le obligó  a evolucionar hacia las altas velocidades. Pero ¿Qué impulsó la compleja construcción sintáctica? Hoy, cuando la competencia entre humanos se agudiza, el lenguaje alcanza virtuosismos expresivos, fonéticos y conceptuales. Pero, en aquellos primitivos ¿Qué les llevó a semejante esfuerzo evolutivo? Hay que ser conscientes que es una evolución que reclama reconstruir todo el aparato fonético respiratorio, faringe, laringe, posiciones dentales, lengua y labios quedan afectados por el desarrollo del lenguaje. La presión evolutiva tuvo que ser magistral para producir tal cantidad de transformaciones en detrimento, a veces, de la misma eficacia de ese aparato bucal para urgencias más inmediatas como la defensa a dentelladas o el esfuerzo respiratorio tras los grandes esfuerzos. Alcanzar la capacidad de pronunciar más de cuarenta mil voces diferentes cuando el resto de animales –los mismos simios de los que procedía- se habían bastado desde siempre con a penas unos cientos imponía sacrificios enormes. La pregunta es esa ¿Qué empujó a la especie a esa urgencia gramática? ¿Qué le llevó a semejante construcción que hasta la fecha había sido absolutamente innecesaria?, ¿Por qué siguió evolucionando hasta las cumbres de la lógica y la poesía? Claro está que no conocemos nada de aquella época. Hablamos de hace cerca de un millón de años. Ese hombre no pudo hacer evolucionar el lenguaje sólo porque le era útil para recitar poesía. Antes de ser todavía hombre, se tuvo que encontrarse con el sistema ya totalmente construido.

Aquí nos proponemos asentar una de nuestras tesis. Aquel homínido pre-humano ya hablaba, articulaba frases donde se apreciaban ya los usos del verbo y el sujeto, declinaba las palabras con prefijos y sufijos, construía estructuras gramaticales con sus distintas formas. Formas adjetivas, adverbiales, sustantivos, artículos y verbos. Distintos sonidos con sus conjugaciones, con sus formas y entonaciones, con su prosopopeya, interjecciones e interrogaciones. Un lenguaje plenamente articulado pero todavía sin sentido. Un lenguaje repleto de significantes pero todavía vacío de contenido.

Todos hemos oído como algunos locos lanzan largas parrafadas carentes de significado. Como los niños que recorren diversas escalas de vocablos en sus juegos de palabras. Trabalenguas y acertijos. Nuestra tesis es que el complejo ritual erótico fue el sistema sobre el que se construyó la gramática. La complejidad  fonética surgió para los juegos del período de celo. Aquellos primates edificaron un complejo  sistema de sonidos sometidos a rigurosas reglas formales, como el ritmo del tambor o los movimientos sincopados de los danzantes y sus rítmicos golpes en el suelo. Como el extraño juego que harían los andrajos y colgantes con los que adornaba su cuerpo.

Imagino que todo esto nació al unísono. Sonidos y más sonidos que construían ese clímax erótico de la fiesta nupcial del grupo. ¿Qué sonidos usaron?, ¿Qué voces y gestos utilizaba en este juego?. Sencillamente, los que tenían a mano, los que la propia genética de los homínidos había ido construyendo como instrumento de información y mensajes. Simplemente ahora los usaba al margen de toda utilidad. ¿Queremos decir algo cuando cantamos?. Las voces nos salen, entre la música, sin ninguna función comunicativa. Ahora bien, junto a estos signos plenamente construidos desde millones de años antes y que ya usaban el resto de simios, otros sonidos empezaron a aparecer enriqueciendo hasta el absurdo la gama sonora. Fue en este proceso cuando, en la tensión de ese uso sexual, se abrió paso la compleja evolución de la estructura moderna del lenguaje.

Ansioso de exhibición en las paradas nupciales, una rama del viejo “dientesable” del Cenozoico desarrolló esa larga melena que hoy identifica al león. Ni el tigre ni el leopardo, que también evolucionaron del mismo ancestro, lo hicieron. Fue su propio camino. No lo hicieron los felinos pero sí el caballo y sus largas crines. Respuestas semejantes en distintas especies.  El grupo “homo” de aquellos homínidos encontró en esa compleja competencia fonética la expresión de su atractivo erótico. Otros simios no requirieron ese derroche de voz, pero sí lo hizo el ruiseñor  y del raquítico piar del resto de las familias de gorriones, multiplicó por mil el juego sonoro. Aquel homínido primitivo multiplicó también por mil las voces enunciadas. Digo eso, voces, no palabras. Meros sonidos pero ya articulados, como hace el niño cuando juega: “con la <a>: canda farnanda sátama, asaba patalán. Con la <e> quende fernende séteme…..” puro juego, decimos, una multitud de sonidos pero que, de vez en cuando despertaban en él un cierto sentido.

Sonidos sueltos, encadenados por reglas estrictas, sin sentido alguno pero que, de pronto rebosaban de significado: “Larona, liturpa, ¡leopardo!”. En medio de la cadena absurda una voz cuyo significado todos conocían. No sería extraño que, de pronto, en medio de la danza, esa voz que les remitía a una realidad temida por todos, no llenara de escalofríos al coro de danzantes. Pero junto al leopardo pronto se pudo designar también al león, o distinguir a los pequeños como leopardillos, esta es la virtud de la gramática, la flexibilidad de sus voces, su cercanía fonética en medio de reglas de construcción. Miles de voces a disposición del hablante, voces ansiosas de acoplarse a algún objeto para devenir definitivamente signos. Las voces empezaron a encontrar sus sentidos y ese depósito de sonidos se empezó a infiltrar entre las cosas.

En ese momento de tránsito tuvo que nacer el lenguaje, de tal forma que, una vez construido, como en el capullo de seda que construye el gusano, o mejor, como de la cabeza partida de Zeus, toda armada y definitiva, surgió de pronto la persona humana. Cuando el hombre nace, la gramática estaba ya plenamente construida. Una amplia mecánica que hacía de los sonidos una fuente inagotable de signos. Sobre esa masa de sonidos, de gritos, gestos y voces,  se construyó la doble articulación, la separación definitiva entre los signos y su origen material. Aquí está la diferencia. El aparato informacional que tienen el resto de animales se construye también en base a signos: significantes –sonidos, gestos, voces- que permiten una asociación con sus respectivos significados. El grito de terror que emite el chimpancé cuando divisa al leopardo es un signo perfectamente construido. Su sustancia no es más que una energía vibrante  trasmitida por el aire, pura voz, pero que proporciona al resto de la manada toda la información que requiere para comprender la presencia del peligro. Ahora bien, es una voz inmediata, construida sobre una pulsión informativa que construye este signo como una sustancia única. La agudeza del tono, fruto del pavor del enunciante, aportará la información adicional sobre la cercanía de la bestia. Nadie necesita nada más. Como decía la fábula, nada nos importa saber si son galgos o son podencos. Significante, significado, y enunciante se disponen como una unidad de expresión.

El lenguaje, por el contrario, es otra cosa. El grito que construye la expresión “¡Leopardo!” ya no nos arrastra necesariamente a la inmediatez del peligro. Ya no es un signo unívoco e inmediato, sino una palabra. Si fuera aquel signo me haría huir a las zonas más altas de las ramas del árbol, allí donde sé que no llegará la fiera. La palabra “Leopardo”, sin embargo, ya no me remite a ese riego inmediato. El sentido se distancia de la cosa y del propio enunciante. Resulta ya una voz autónoma que juega en el marco de la representación y no de la realidad inmediata. Cuando el coro pronuncia la voz “Leopardo”, aquel homínido seguía sintiendo un escalofrío, es cierto, pero lo sentía dentro del juego. Un escalofrío y, luego, imagino, un profundo golpe de risas. Todo ello en medio de la danza y la música de la fiesta, en medio del frenesí del jolgorio, en medio de unos ritos que implicaban a toda la tribu, en medio de un coro a cien voces que no es otra cosa que el preámbulo del orgasmo.

No puedo por menos que imaginar esa escena, ese grupo de danzantes reproduciendo el gesto del leopardo al aparecer la voz que lo nombraba. Una teatralización del pavor que les permitía llenar de sentido al resto de vocablos; imitando la lucha, el encuentro, la huida, la caza. Juegos perfectamente construidos ya desde su comportamiento puramente animal. ¿No juega el gatito con la hoja que arrastra el viento? ¿No salta y aprende a cazar con el extremo de la cola de su madre? Las mecánicas del juego ya existían y existían los ritos del acoplamiento sexual, y existían las voces  significantes de las cosas que tenían que comunicar. El proceso surgió cuando aquel homínido usó aquel componente vocal para exhibir su sexo, para adornar su sexo con sus sonidos y poemas. Como también hacía con las hojas y ramas que acoplaba a su cuerpo, con los despojos de algunas de sus presas, la cola del zorro que ataba a su pene para exhibir su tamaño, la crin del caballo recién cazado, las grandes hojas que colgaban de sus brazos. Su parada nupcial se llenó de sonidos que pronto devinieron palabras, de prendas (prendidas y colgadas) que pronto construyeron su ropaje. Como aquellas plumas de aquel saurio emplumado ancestro de los pájaros, todo puro adorno. Un adorno que, de pronto encontró su utilidad en el vuelo. De la misma manera, aquel depósito inmenso de voces y sus juegos corrió hasta edificar el complejo mundo de las lenguas.

La Gramática Universal de Chomsky encuentra ahí su momento. Pero para comprenderla tenemos que olvidarnos de toda lógica. Así como los vocablos se construyeron en la inmediatez con los objetos, la sintaxis no procede de la lógica sino del juego. El problema es como alcanzar la estructura gramatical desde el mero ritual erótico.

Sin embargo todavía tenemos que aclarar por qué insistimos en el carácter erótico de este ritual para que nuestro análisis se presente como científico. Y la respuesta nos la da la propia etiología animal y lo hace desde el mismo profundo abismo de las especies. No hay nada más ritualizado en los seres vivos que el acoplamiento sexual. Quizá la biología tiene aquí uno de los grandes misterios por resolver, ¿Cuál es la urgencia sistémica para esta insistencia en complejos rituales. Saurios, peces, aves y mamíferos han convertido los preámbulos de ese acto en una compleja economía del despilfarro energético. Lo asombroso es que la otra gran rama de la vida animal, los artrópodos, también invierten aquí grandes caudales de vitalidad en rituales que no dudan llevar a sus miembros al borde mismo del suicidio. Es cierto que unas especies lo hacen de forma más compleja que otras, en unas el asunto es sólo de dos y en otras interviene todo el grupo, pero en todas ellas se combinan juegos de lucha y violencia, “pavoneo” y rito, competitividad y sacrificio. Un juego que provoca la excitación de unos y otros en busca del clímax erótico. Un rito que enfrenta a los machos en lo que los zoólogos denominan la selección del más acto. O del más bello, o del de la melena más radiante, o el de los cuernos más esbeltos. Porque, la especialización de la melena ¿Garantiza la eficacia depredadora en el combate? Ahí está el misterio. Al final, la selección ha ido afianzando esos rasgos desde su origen erótico. Así el pavo real ha alcanzado la plenitud de la cola y la exquisita belleza de su cresta. Así el ruiseñor alcanza las florituras del canto, como los mil pasos en la danza de las palomas, la compleja estructura de los cuernos de los cérvidos, o como los enrevesados juegos de los simios que nos abrirán las puertas al mismo concepto del teatro.

Es importante  apreciar como en este ritual se aprovechan potencias específicas procedentes de otras utilidades. El ciervo recrea verdaderas ordalías y torneos con unos cuernos que debieron tener su origen genético en la búsqueda de defensas. Pero fue su uso sexual lo que movió su desarrollo evolutivo hacia ese gigantesco aparato que exhiben hoy en los bosques, inútil pero bello. Con el pavo real se produce una extraña coda, y esas plumas que ya las aves habían desarrollado para el vuelo, retornan a su primitiva función decorativa y erótica que tuvo en el viejo dinosaurio emplumado. Como la capacidad imitativa del mono –esencial para el desarrollo de su aparato expresivo- deviene danza nupcial en el rito de acoplamiento. La potencia de lo erótico atrae y arrastra estas habilidades, incorporándolas a ese ceremonial que reclama el sexo y, lo más importante, lo que aquí nos interesa, con una capacidad enorme para trasformarlas. Aquellos sencillos cuernos defensivos de los primitivos ungulados, devienen complejos, exuberantes y bellos. El sencillo piar de los pájaros, útil para marcar su territorio, alcanza la compleja estructura del canto del ruiseñor o del canario. El ralo pelaje de los felinos apto para el camuflaje, deviene la exuberante melena del león carente de cualquier otra función más allá del erotismo. Una hipertrofia que, más de una vez, convierte en casi inútil el órgano afectado. Le desvía de tal modo de su función primitiva que puede terminar atrofiándolo. Tal es, decimos, la potencia de la llamada del Eros.

Así ocurrió con aquellas voces que permitían al simio enviar información sobre el mundo que le rodeaba. Aquellos simples cien o doscientos sonidos diferentes, se convirtieron en decenas de miles. Pero no fue la necesidad de intercambiar nuevas informaciones, no hubo ninguna presión evolutiva desde la racionalidad de una especialización comunicativa. No había necesidad de nada de ello. La urgencia fue erótica e, incapaz de introducir nuevas piezas y sonidos y, menos de memorizarlos, desarrolló sistemas combinatorios que, descubierta su potencia generativa, proyectaron esos sonidos bucales hasta números infinitos.

He pasado muchas horas a la vera de fuentes o en la ribera de ríos. Ahí he escuchado días enteros el silbar de los ruiseñores. No soy ornitólogo ni músico pero he podido apreciar dos cosas. Primero, sus sonidos son siempre distintos. No es un único canto reiterado como ocurre con el <Cú-Cú> del cuco, o en muchas otras aves que no han especializado su juego bucal. Son verdaderas estrofas musicales, distintas unas de otras donde se combinan las sílabas, el tono, la intensidad y el ritmo. Un juego de giros que alcanza cientos de formas, miles, en una combinatoria acústica de infinitas posibilidades. Es más, es un juego que se multiplica por el contacto, como si unos y otros se retaran en el desarrollo de esas combinaciones. He leído estudios que tienen experimentado que, aislado desde su nacimiento, ese ruiseñor reduce drásticamente su escala tonal en un canto mucho más llano. Mantiene el canto como algo natural, biológico, genético, pero pierde una riqueza que sólo consigue en el cruce dialéctico con sus paisanos. Hay, así, un combinado de estructura innata y competitividad aprendida, una gramática propia y un desarrollo social.

Pero también me interesa lo otro, la música. Es cierto que no existe una música al margen de la experiencia, esa vieja propuesta de la “música de las esferas” queda para la ensoñación de los pitagóricos, pero podemos decir que, en ese canto del ruiseñor, se evita toda cacofonía. Sus sonidos son construidos en una unidad que les dota de un cierto sentido musical, de belleza. Sin llegar a ser una melodía mantienen una cierta línea argumental que invita a seguir escuchando. Nos podríamos atrever a decir que, detrás de ellos hay reglas, un rigor, un discurso musical. Promoviendo líneas melódicas distintas, hay una unidad argumental en cada canto. Un diálogo a dos o tres o cuatro voces que perfectamente coordinan sus entradas y salidas, sus acoples, cruces y contrapuntos. Todo ello, como decimos, con una enorme belleza. Insisto que no soy ornitólogo pero sería bueno analizar musicalmente si pudiéramos descubrir ahí también una gramática.

También hay una gramática en la danza que fácilmente se descubre al apreciar la coreografía de un ballet, como la hay en los juegos y en las luchas ritualizadas. Unas normas que imponen un orden, una linalidad, un diálogo. En definitiva, siguiendo a Chomski, una gramática universal (G.U.) previa a las gramáticas particulares de cada lengua y que, inscrita en ya en el marco de los instintos innatos, posibilita el posterior aprendizaje desde la infancia de esa otras gramáticas particulares de cada uso idiomático.

Así también podemos predicar una reglas en todo juego y, sobre todo, en ese juego de las ceremonias nupciales, y los ritos amatorios. Una pre-gramática dialogal, generativa en cuanto se desarrolla multiplicando las posibilidades de cada unidad. Así del “monema” del cuerno simple del toro, se alcanzó, en un sistema generativo semejante al de las ramas de un árbol, la gramática compleja de la ornamenta del ciervo o del alce. Una gramática universal que entrañaba un específico diálogo con las otras voces, esos cuernos están preparados justamente para entrelazarse en sus combates ritualizados. Como hace el ruiseñor con el resto de cantores y donde  el canto polifónico se combina con los solos y los coros unísonos y polifónicos. El estudio de esta pre-gramática  nos permitiría comprender el origen del lenguaje.

La realidad es que ahí se construyó la identidad humana. Si aquella pre-gramática es común a los ritos nupciales de montones de especies, el salto fue enormemente más sencillo, solo requirió reconstruirse en la materia específica de los signos bucales que utilizaba aquella especie para informarse de su mundo. El “homo gramáticus” surgen así en medio de sus juegos eróticos de aquel homo incipiente.

Puedo imaginar un proceso donde aquel mono evolucionaba enriqueciendo sus voces, creando infinitos matices sonoros en el grupo social de la tribu. Pero esto no pudo ser obra de la cotidianidad del medio. Allí los únicos intereses serían comer y dormir. El proceso se desarrolló en la tensión imperiosa del espacio erótico. Aquellos jóvenes –machos y hembras- reiterando esos sonidos cada vez más complejos, en una gama cada vez más alta, regida la construcción de su génesis por estrictas normas impuestas por el grupo biológico, construyeron los fundamentos de lo que posteriormente sería la lengua humana. Como en los ruiseñores. Combinatoria de ruidos y gestos donde, ¡cómo no!, se echó mano de esas voces que ya alcanzaban un sentido. Entre gruñido y gruñido aparecería la palabra “grano” o “grosella” y esto haría saltar de gusto al grupo de jóvenes siempre ansiosos de reír y divertirse. El sentido se iba acopando a los significantes, todo ello en medio juegos meramente fonéticos. La semántica se introducía entre esa compleja escala de sonidos. No podríamos atrever a decir que las frases estaban construidas antes de alcanzar algún sentido.

Fue sobre esas frases hechas –frases de puras voces, sin sentido alguno- sobre las que se acopló el discurso. Primero, aisladamente, por pura casualidad, en medio de cascadas de otros sonidos. Fue en la teatralidad de ese canto expresivo, en el coro de esa escena dramática, donde empezaron a aparecer las palabras. De otra forma hubiera sido imposible el proceso de asociación de sonidos. En medio de la danza, en el baile teatral de esa fiesta erótica que enloquecía al grupo en el período de celo, las palabras sustituyeron a las cosas. En el reto de los jóvenes macho a la espera del goce ansiado, en el coqueteo ceremonioso previo al acoplamiento, en aquella fiesta donde los gritos y voces ya hacían miles de siglos se hacían con las específicas reglas de esa estructura pre-gramatical. Aquella competencia instrumental de la comunicación alcanzó una hipertrofia abrumadora y, como en aquellas primitivas plumas de aquel saurio plumado que le permitieron, al golpe de viento, descubrir el mundo aéreo, así aquel simio alcanzó el universo del habla y el discurso. Es cierto que en un principio tendría más voces que cosas que decir, pero pronto se saturaron de conceptos. No necesitó un lenguaje para decir cosas, fue al revés, llenó de sentido la multitud de  sus voces. Fue hablando como llegó a tener cosas que decir.

A partir de aquí se instaló una compleja dialéctica. Una unívoca actividad adquiría eficacia en dos funciones distintas. Por un lado cumplía su función básica, ese parloteo encandilador que, entre risas y juegos, abocaba al coito. Una cascada de sonidos articulada a través de una serie más o menos estructurada de reglas. Un lenguaje cercano a la poesía y al canto. Repleto de giros armoniosos, de inflexiones, de matices. Un juego de palabras que, apoyándose en aquellos sonidos que trasmitían información, era capaz de notar y connotar y evocar, con la suficiente fuerza como para llevar al grupo al éxtasis sexual. Y junto a esta función, la otra, mucho más primitiva, común al resto de las especies, de trasmitir información sobre el mundo, sus riesgos y sus riquezas. Aquellos cien o doscientos sonidos –gritos, chillidos, gruñidos- que servían para avisar e informar a la manada sobre leopardos y grosellas.

La caída, la gran caída, se produjo justamente aquí. La potencia de la práctica erótica había convertido a ese limitado número de voces, a ese listado inorgánico de ruidos, en un inmenso caudal de palabras. Como animal le bastaban –como le bastaba al resto de especies- aquel limitado conjunto de signos, la mente de cualquier simio –incluso del hombre- es suficientemente poderosa para reconocer y usar, sin necesidad de reglas, sin gramática alguna, hasta medio millar de voces. Pero, de repente, el uso erótico de aquel listado de sonidos, incrementó sus urgencias, y en la exhuberancia de las necesidades eróticas multiplicó por mil sus voces. Con la ayuda de aquella gramática convirtió en infinitas sus posibilidades.

Las palabras, millones de palabras que, como los personajes de Pirandello, se lanzaron a la búsqueda de su sentido. Millones de palabras que, como las sangujuelas en la charca, se fueron agarrando a las cosas, a las imágenes, a una velocidad superior a toda lógica. Como en una caída libre, sin tiempo para reflexionar, aquellas voces se adherían a los objetos para construir palabras. Significantes libres, hambrientos de significado. Una carrera alocada que no permitió ni orden ni memoria. Cada grupo a su gusto. La disponibilidad estaba ahí, como en el mundo reciente de Macondo. Un infinito depósito de voces, algunas de ellas ya provistas de ese sentido, pero la mayoría de ellas absolutamente huérfanas. Ahí se produce la segunda metamorfosis. En un proceso encadenado, aquellas voces se convirtieron en palabras.

El proceso lo entiendo así. Sólo así podemos explicar algunas cosas. De entrada el que ninguna otra especie haya desarrollado el lenguaje gramatical. La necesidad de comunicarse ha sido igual en muchos otros animales ¿Por qué aquel homínido especializó la faringe? Si la urgencia fuera meramente de comunicación, tendría que haber sido más común en algunas otras especies, sin embargo aquel simio no tenía más urgencias comunicativas que el resto de simios y mamíferos sociales. La especialización de su faringe tuvo que verse impulsada por otros factores y solo el sexo tiene tanta vis atractiva, semejante potencia.

El idioma, la construcción idiomática, tuvo que encontrase ya esa potencia fonética y ésta tuvo que ser impulsada desde esas otras necesidades más urgentes. Ahora bien, si fueron otras las necesidades, su compleja construcción no encuentra sentido en ningún otro sistema que no sea el erótico. El homo gramaticus se encontró esa gramática universal antes de querer decir nada. Construyó el lenguaje sin saber que decían sus palabras. Estaba más cerca de la poesía que de la información objetiva. Solo luego se dio cuenta que esto también servía para decir cosas. Como un día aquel “gallosaurio” emplumado del que venimos hablando, encontró otras utilidades en sus plumas y se lanzó al vuelo. Emborrachado de semejante caudal de palabras, el homo parlante se puso a contar historias.

Quizá, como hemos dicho, primero a cantaba. Fue antes poeta que hablante. Recitaba y repetía versos antes que saber lo que decía, como el niño y sus cantos en coro, como las canciones absurdas que se cantan en el campamento, como el loco que repite cosas sin saber lo que dice. El lenguaje, como aquí sostenemos, no nace para tener sentido, sino para potenciar el goce, un goce sexual y erótico, del hablante. No conozco estadísticas, pero me atrevería a decir que más del setenta por ciento de nuestras palabras carecen de función comunicativa. Pura función fática. Basta pararse en un bar y escuchar las cosa que se dicen, pura reiteración de dichos, de lugares comunes, de bromas. Sólo con el tiempo fue perfeccionando el vuelo y, aquellas florituras que le servían para pavonearse, ese flatus vocis que ridiculizaban  los romanos, alcanzó las glorias de la filosofía.