La gran ocultación Materiales para una antropología jurídica de lo obsceno XII.

dinosaurioEsta arqueología reclama sin embargo dos últimos esfuerzos. Hemos trabajado el por qué. Hemos intuido los modelos y sus causas, los factores que construyeron la gran transformación. Hemos podido comprender que, a la postre, tampoco era tan grande (quizá ocultar esto sea la gran tarea de la cultura), nos parece gigantesca pero es un mero problema de perspectiva. La mirada desde la inmediatez de la montaña. Pero la pregunta que queda es: “Cómo”, y aquí el proceso ya deja de ser neutro. No estamos ya ante un problema meramente adjetivo, simple cuestión de método. Por el contrario el juego resulta fundamental pues no es concebible como mera expresión de una razón causal. El modo que hizo posible el tránsito, esa transformación ocultada bajo las cenizas de un millón de años de historia, es ese modo el que nos da la medida de nuestra condición humana.

Desde sus orígenes la cultura nos ha ocultado nuestra verdadera condición animal, por eso la otra gran cuestión, la otra incógnita, es el “Por qué” de esa ocultación que nos separa del tronco animal del que nunca hemos salido verdaderamente. Esa sensación de distancia que nos llevó a percibir al resto del mundo natural como una unidad separada y distante. Como en aquel chiste donde, al tener noticia de la ruptura del cable telegráfico que cruzaba el Canal de la Mancha, el sargento jefe de telégrafos de la orilla inglesa comunicó a sus superiores: “El continente acaba de quedar aislado”. ¿Realmente hemos quedado aislados de nuestra condición animal? En definitiva, ¿Por qué hemos tenido que construir esa barrera que nos aleje conceptualmente de nuestra realidad más inmediata?. ¿Por qué necesitamos considerarnos tan diferentes?. ¿Por qué ensoñamos una exclusividad (“pueblo elegido”) que haría reír hasta a los sapos?

Desde siempre. Desde que inicié mi reflexión científica hace ya muchos años, siempre me ha asaltado una duda ¿Obramos con los suficientes datos como para proponer un itinerario? Es una duda metódica, como la que deben asaltar a todo científico honrado. Sin embargo me atrevo a seguir adelante. Conocemos algo de la cultura griega, algo menos las culturas semíticas y casi nada del resto. Nuestras lenguas, aunque llenas de viejos sustratos, resultan complicadísimas de analizar y la psicología a duras penas araña la superficie de nuestro cerebro. Con semejantes mimbres, ¿Podemos empezar a construir el cesto? ¿Tenemos base científica para proponer, siquiera, una teoría que nos permita ver un mínimo del paisaje? Me siento, a veces, como ese borracho que, tras perder las llaves de su casa en medio de la noche, reduce su concienzuda búsqueda al reducido círculo que alumbra una farola. Las llaves pueden estar a escasos palmos de esa área, pero, al no estar iluminada, desechamos ahí todo esfuerzo. En el capítulo anterior hicimos una propuesta interpretativa en pro de nuestro análisis. Sé que no es más que una apuesta. En el fondo le pasa a todas las ciencias. La selección de los datos necesariamente está hecha por nuestro borracho que sólo escoge las respuestas de las baldosas iluminadas. Hemos partido de una intuición y, a partir de ahí hemos acumulado datos. Sin embargo hay un factor que, pese a todo, nos proporciona una pista: la ocultación. Como en las novelas policíacas, siempre el asesino termina confesando. De una manera u otra, alcanzada la autonomía cultural, el hombre desarrolló un poderoso programa de ocultación de su pasado, de su ser mismo como animal. ¿Por qué?. ¿Cómo? Responder a esto es necesariamente complejo, sin embargo, pese a las toneladas de cenizas que incorpora el proceso, la realidad es que resulta fundamental para investigar el origen de las instituciones. Es esa ocultación la que nos proporcionará todas las claves. Como en el crimen; nos bastará seguir ese proceso de ocultación, ese intento siempre frustrado de borrar las pruebas, para ponernos sobre las pistas del verdadero asesino. El mero hecho de que se diera este proceso de ocultación ratifica la coherencia de la búsqueda. Ese afán de esconder la propia naturaleza nos ayudará a señalar los puntos de quiebra, la falla que nos coloca sobre la ciudad perdida. El arqueólogo sabe que ese montículo, tan extraño en medio de la llanura del valle, quiere ocultarnos algo: oculta los restos de Nínive, o de Troya. La montaña que lo oculta termina siendo la mejor señal de que ahí abajo hay un tesoro escondido. El afán de ocultar nos proporciona la mejor pista sobre el tesoro oculto. Es ahí, bajo esas toneladas de mentiras, donde se esconde el eslabón perdido.

Pero con ello no hacemos más que descubrir el Mediterráneo. Vinculamos el sexo con el origen de las normas, convertimos lo obsceno en la esencia de las instituciones, tratamos de reconstruir el nacimiento de lo jurídico sobre esa extraña combinación de deseo y repugnancia que recorre nuestra vida sexual. Hemos visto que era la imperiosa necesidad de matar la que construyó la serie de mandamientos. Pero con ello nos hacemos más que volver a lo que ya sabíamos. A lo que ya sabían nuestras culturas educadas en la precisión milimétrica de los mitos. Si Abraham mató a su hijo y Agamenón a su hija era porque se lo mandaron los dioses. Fue la Ley la que apretó a sus puños el cuchillo de carnicero. Como fue el caso de Adán y Eva, también ellos expulsados del Paraíso animal a través del rito iniciático de la vergüenza. Esa vergüenza primordial que nos introduce en la categoría del mundo socio-humano. Una prohibición inherente al sexo que vuelve a aflorar en Noé tras el caos del Diluvio, ese torrente de naturaleza que casi nos inunda de nuevo en la conciencia animal. Allí, tras despertar de la borrachera de la ingesta del vino, maldecirá a su hijo Cam por contemplar risueño y sin sentir rubor, su sexo desnudo. Como el joven Actión que morirá despedazado por las fieras –castigo divino- por contemplar el cuerpo desnudo de Artemisa en el momento del baño. Sexo y repugnancia, rubor y asco, deseo y prohibición, desvelamiento y castigo. Toda la ciencia del hombre, toda la ciencia del bien y del mal, todo el derecho, reducido a esa hoja de parra en la urgencia de cubrir los genitales. De cubrir y destaparlos en un juego erótico que encandiló al hombre mucho antes que Salomé bailara con la desnudez de sus siete velos.

Ética de la vestimenta que todavía llega hasta nuestro siglo XXI, ¿Qué es la moda sino solo eso?.  Pero, recordémoslo, no es la vergüenza lo que lleva a cubrir el sexo, esa es la ocultación que nos propone ya el Génesis en el libro de Noé, es al revés, es en el juego dialéctico de la exhibición y el rechazo donde nacen las leyes. Es el juego el que inventa la vergüenza, es ese juego de cubrir y desvelar el que nos pone cachondos, es en ese juego, en definitiva, en medio de las sensaciones incontrolables del sexo, donde nacerán luego los conceptos de vergüenza, pudor, pureza, contaminación, asco y deseo. Primero fue el prohibir y solo luego vino el objeto de la prohibición.

Por eso, a pesar de sus etapas liberales, a pesar de esos momentos de la historia donde la libertad alcanza al cuerpo, o mejor dicho, fundamentalmente  a través de esas etapas donde se reafirma el carácter no instintual  de todo el proceso. Quizá ahí, como venimos apuntando reiteradamente, quizá ahí estriben algunas de las claves que constituyen nuestra identidad humana. ¿Por qué y cómo algunas épocas refuerzan más que otras esa sanción de lo obsceno? ¿Por qué, a veces, cambia esta polaridad jurídica? La historia de nuestro mundo cultural nos proporciona un magnífico caso: la crisis del siglo III de nuestra era y el realineamiento del imperio de los sentidos. El modo en que esta polaridad puede cambiar, la intensidad de esos sentimientos cambiantes, la capacidad de reordenamiento de sus exigencias, todo ello aporta el mejor ejemplo de su carácter contingente,  de ser una mera imposición adquirida, aprendida en el continuo cambio de esos resortes eróticos. Insistimos, la gramática, su construcción cuasi-instintual, no está en la relación con lo erótico, sino con el juego.

Es ese juego de deseos y rechazos, de exigencias y prohibiciones, de atracción y asco lo que constituye el universo de lo humano. Este es el juego que cambia continuamente y es, precisamente por ese cambio, por esta capacidad de cambio, como podemos apreciar la profundidad de sus reglas, mucho más imperiosas que la propia exigencia de nuestros deseos. Por encima de la ley del deseo, están las reglas del juego. No hay ley natural, ni ética natural, lo que sí es natural –o casi- es el orden jurídico, la exigencia de leyes, el imperio de las obligaciones, la urgencia de prohibir, la imperiosa necesidad de dejarse arrastrar o rechazar por algo, la atracción junto a la repugnancia, la visión inquietante, desequilibradora, ambivalente, contradictoria, desquiciante que nos produce ver el sexo tan cerca del ano. No es que ese ano nos repugne –es más, la inversión, a veces, lo convierte en el mismo objeto del deseo- es la necesidad de reubicar la dialéctica de la atracción y el rechazo lo que edificó el mundo de lo obsceno. No nos atrae uno y nos repugna el otro. El deseo y la repugnancia se entrecruzan e intercambian como ya comentamos con el cuento de Bocaccio. Es ese juego dialéctico el que nos permite la risa, donde nace la broma. Es ahí donde se construye la regla, hipostasiando el supremo premio del beso o el castigo nauseabundo del pedo. Ni el uno ni el otro son atractivos o repugnantes en sí mismos, es la necesidad de incorporarlos a la dialéctica del juego erótico lo que creó su oposición dando lugar a las leyes. Pero, a la vez, también creó su ambivalencia, su confusa dialéctica y, con ello, el atractivo continuo de infringir el derecho. Si fuera natural, la ley se cumpliría sin ningún miramiento.

Pero todavía quedan muchos cabos sueltos. Aunque, por mi parte, siento que ya nos vamos acercando al núcleo de la madeja. El paso, el “cómo”, se hizo a través de las complejas estructuras que construyen los arquetipos. La conciencia difusa de un sistema que venía a ordenar el mundo según una visión espacial (el tiempo nacerá mucho más tarde, pese a que, posiblemente, como propone Heidegger, nuestro ser sea pura temporalidad, la realidad es que, como hombres, solo nos definimos sobre un paisaje. Solo somos humanos en cuanto nos vemos en ese espacio construido bajo la mirada de los arquetipos. Nacimos como hombres tras la expulsión del paraíso, al residenciar nuestro lugar al este del Edén. Pura geografía) un mundo ordenado bajo esos tres archi-arquetipos sobre los que se construyó la conciencia: Arriba y Abajo, Deseo y Rechazo, Adentro y Afuera.  Tres polarizaciones con las que se ordeno el mundo. Sobre las que se construyeron los a priori de la conciencia. Mi interpretación es justamente esa. Es el marco de lo obsceno el que construye esta estructura de contrarios, el que los colma de sentido convirtiéndolos en juego.

El que lo alto se vinculara con lo positivo y lo bueno pudo venir determinado por esa salvación, frente al leopardo, que debieron proporcionar, desde siempre, las ramas más altas del bosque. Como la interioridad se cargó también de positividad en la idea del regazo en el que el niño encuentra el calor de la madre. Pero todo esto tuvo que ser mucho más tarde. Ardillas y conejos hacen lo mismo y no se dotaron de instituciones. El instinto de supervivencia debió marcar también la inclinación en el actuar de ese hombre, el paso a la construcción de la humanidad estriba en hacer de ello un concepto, es decir, abstraerlo de su realidad inmediata para incorporarlo al discurso. Pero para esta vinculación a una idea abstracta se requiere un mecanismo interpuesto, un mecanismo que, a demás ya en ese momento, estuviera plenamente desarrollado y fuera enormemente poderoso. Difícilmente encontraríamos en la psique animal otro instrumento más apto para ello que el sexo.

El instinto está ya, como decimos, hasta en las moscas. Todo estaba en la previa construcción de los genes: trepar hacia arriba, refugiarse en los brazos de la madre, esconderse en los más profundo de la cueva. Todo esto nos salvaba. Pero esto lo conocen y lo hacen también el resto de animales del bosque. El mal, el peligro, como las inundaciones, los leopardos o las serpientes, se arrastran por el suelo. Saltar para coger al ave cuando echa el vuelo. ¡Qué sueño!. La polaridad “arriba” y “abajo” estaba ya construida, como lo estaba ese adentro y afuera desde la existencia del cubil y la madriguera, o el regazo amatorio que nos acoge entre los brazos. Pero nada de esto es suficiente para construir la idea de arquetipo. Como decimos, el conejo también huye penetrando hasta el fondo de la tierra. Lo nuevo, lo absolutamente nuevo, era incorporar todo esto al sexo. Mejor dicho, a ese mundo que bullía en su interior y que hemos dado en denominar “lo obsceno”. Hacer de esa valoración un sistema, incorporar ese binomio semántico al sistema sintáctico de sus juegos sexuales, hacer de la prohibición y el rechazo el núcleo central de sus juegos, e incorporar a esa compleja mecánica su mera condición animal, eso era lo absolutamente nuevo. Aquel mono enriqueció sus juegos amatorios con esa dialéctica en la que le iba la vida.

Sin embargo, insisto, el proceso no pudo ser simple. Debió  reordenar de tal manera la psique de aquel homínido que le alejó definitivamente del paraíso terrenal en que había vivido. El que algo nos sirva para salvarnos no entraña que pueda crear la idea de lo bueno. La recreación de los instintos en el marco del lenguaje debió ser un aprendizaje complejo y lleno de sobresaltos.

Por eso, a partir de aquí cambiamos la mecánica de nuestro análisis. Ya no  perseguiremos ese grado cero del nacimiento de las instituciones, reconstrucción ideal de un pre-hombre del que nada queda, al que jamás podremos recuperar en su psiqué individual y colectiva, perdido en la umbrosa soledad de cerca de un millón de años. Un ser con la inteligencia suficiente para sobrevivir en el espacio terrible del Pleistoceno, es decir, con la misma inteligencia de lobos, o conejos, es decir, de tantos otros seres que también sobrevivieron. No nos hagamos ilusiones, todos estos mamíferos tienen una inteligencia bien poco diferente a la nuestra. Un ser con habilidades suficientes para protegerse y buscar alimento, sobradamente adaptado a su medio como para mirar sin zozobra aquellos espacios inmensos. De nuevo y como decimos, con la inteligencia del gato montés que hoy vemos en la espesura del bosque o el ciervo en los valles, o el zorro cercano a los trigales. Pero volvamos a nuestro hombre. Como a todos ellos, nada le obligaba a ningún cambia en mucho tiempo. Vivía en un espacio estable no más amenazante que el que hoy en día rodea a cualquiera de las bestias silvestres. La tensión evolutiva, como venimos insistiendo, tuvo que venir de otros campos. Porque, a demás, aquellos cambios debieron realizarse a una velocidad extraordinaria.

Ya el propio Darwing proponía una evolución empujada, no tanto por la ley sagrada de la supervivencia del más apto, la selección de las especies, sino por la necesidad de la distinción sexual. Una supervivencia, decimos, no del más apto, sino del más guapo. El imperativo erótico deviene así tan propulsor de cambios como la mayor exigencia de adaptación al medio. Es ahí donde decimos que ese homínido parloteador y juguetón convirtió sus juegos lingüísticos y sociales en la expresión exhibicionista de sus atractivos sexuales. Y, desde ahí, pronto inició una enloquecedora carrera que le llevaría hasta la condición de hombre. Para ello hizo de la fiesta el centro de su vida –como el pavo real lo hace con su cola- y prácticamente el mundo exterior, el universo mismo, quedó subordinado a este impulso festivo. Se la jugó. Pudo convertirse en uno de  tantos experimentos fracasados de la evolución, como sucede todos los días, donde la sobredeterminación de una cualidad termina estrangulando a la especie. ¡Cuantas formas de vida han desaparecido en ese tránsito! A nuestro homínido no le salió del todo mal y aquellos juegos le dieron el dominio del universo.

Pero  de aquel simio a duras penas queda nada. Ni sus huesos. A duras penas, decimos, podemos apreciar la evolución de sus mandíbulas para atender las exigencias de sus usos verbales. O el crecimiento de su cráneo para multiplicar sus competencias lingüísticas. Tal como debió reforzarse la base del cráneo de aquel cérvido para soportar el peso de su creciente cornamenta. El peso del atractivo erótico. Será casi imposible saber como fue construyendo el mundo simbólico con el que rodeó sus existencias. Cómo edificó el lenguaje sobre sus propios juegos eróticos, cómo organizó aquella fiesta de la que nacerán las instituciones, (toda institución no es más que pura fiesta), cómo ordenó su espacio bajo la tensión del baile, cómo dibujó ese círculo, trazado, según las leyendas, con la tiza o con el arado, y que daría paso a la misma esfericidad de la ciudad. Todo esto se nos escapa. Serán los arquetipos los que nos vengan a hablar de todo esto. De ahí surgirán los mitos, las leyendas, los cuentos. Ahí nacerá el discurso, la literatura, la poesía. Incluso el pensamiento lógico.

El por qué de la sobredeterminación de la voz sobre el resto de los elementos que, en un principio, constituyeron aquel esfuerzo lingüístico. Qué fue lo que determinó el protagonismo de la idea de centro en el desarrollo institucional. Cómo, en definitiva, terminó combinando las piezas de esos binomios que daban forma a su imaginario espacial. Todos estos procesos, decimos, se nos escapan, y lo hacen definitivamente. De ahí la urgencia de cambiar de tercio y retomar nuestra investigación nuevamente desde la superficie del terreno explorado. Nuestra labor pasa del terreno al laboratorio, del trabajo de campo al análisis de las piezas encontradas.

Volvemos así al mundo sobre-simbólico de nuestra época. Es decir, al mundo de la Historia. ¿Qué más me dan veinte mil años más o menos? En estos veinte mil años, nuestro homínido ya había alcanzado el grado de autoconciencia que le hacía humano. La labor de laboratorio consiste en ir desprendiendo la ganga que oculta la raíz de esta nueva condición humana. Desvelar el sentido oculto de nuestras instituciones. Reconstruir la materia de todo ese aparato institucional para descubrir en él la poesía, el juego, su estructura lúdica, su absoluta carencia de objeto, eso sí, salvo la misma y teatral exhibición de sus formas.

El trabajo arqueológico lo centramos en la lengua. Era lo más fácil. Al menos ahí nos quedan algunos restos entre las piedras. Esos huesos fosilizados del cráneo que nos hablan de las cavidades donde se asienta el gigantesco músculo de la lengua y las cuerdas vocales, o del mismo cerebro. Aspectos fisiológicos que nos apuntan al desarrollo del aparato lingüístico. Aquel mono parlanchín requirió ampliar el espacio para producir sus chácharas, sus mil conversaciones sin sentido (¿Lo tiene el noventa por ciento de lo que hablamos?). No es que tuviera algo que decir y eso reclamó una mayor complejidad y tamaño para su aparato fonético. ¡Qué estupidez! Como si ese cerebro hubiera sido insuficiente en su anterior etapa de homínido. Aquel mono tenía cerebro de sobra para todo lo que reclamaba la vida y su supervivencia. Un cerebro perfectamente adaptado a las necesidades de un mundo complejísimo como es la vida en la selva. Si aquel cerebro creció fue movido por otros estímulos. Ese cerebro creció estimulado, no por necesidades intelectuales, sino por la imperiosa urgencia de multiplicar sus gestos sonoros, su competencia en decir estupideces. Pero, ¡Qué divertido era!. No fue la supervivencia en el medio lo que estimuló su evolución. Fue sólo el deseo de exhibirse, el deseo de distinguirse en ese juego que dominaba su pasión erótica. Como esos chavales que se ponen a tocar la guitarra y practican horas hasta dejar sangrar sus dedos. ¡Con qué estímulo se empeñan en el dominio de las cuerdas!. No es la música lo que les mueve, lo que sí saben es que, el que mejor toca, se llevará la chica más guapa. Les mueve –como en el poema de Santa Teresa- no las altas cimas de los cantos siderales, sino directamente los culos que se sientan a su lado. Luego, puede, terminará amando la música; luego, puede, alcanzará el dominio de las notas y los acordes, pero al principio, -¡cuántos músicos así lo confiesan!- todo empezó con ese juego en un círculo de miradas.

En el marco lingüístico quedarán ciertos rasgos útiles para la exploración arqueológica. En el marco institucional, sin  embargo, el proceso dejó aún menos huellas. ¿Cómo sentía el poder; cómo organizaba sus ceremonias; qué respeto le otorgaban los suyos. Todo esto resulta ya imposible de vislumbrar por más imaginación que le echemos.

Sin embargo, decimos, para el laboratorio el modelo nos resulta más útil. Sobre todo porque es ahí donde más visiblemente se perciben los mecanismos de ocultación. Y es en esa ocultación donde se aprecian las huellas. Huellas sociales que han llegado hasta nosotros. Decimos que gracias a esa ocultación ya que, protegidos contra toda posible evolución, esos mecanismos sociales han llegado hasta nuestros días. Como los actos fallidos que analiza el psicoanálisis, o los arquetipos jungerianos. Hay raíces  en nuestro comportamiento institucional que se arrastran desde hace cientos de miles de años. ¿Cómo no se han transformado? ¿Por qué se han mantenido idénticos desde los momentos en que nacieron? Justamente por esa ocultación. Como hoy vemos las ruinas de Pompeya y Herculano, o como aparecen ante nuestros ojos los esqueletos de los viejos dinosaurios: porque estaban enterrados, ocultos a toda historia, recubiertos por la pétrea capa de miles de años de barro y cenizas. De la misma manera esa ocultación psico-social ha protegido estos rasgos institucionales. Y bajo sus formas, nos permiten ver todavía al viejo simio.

Y es que las instituciones no venían a ordenar la vida, ni facilitar la caza y las relaciones sociales de aquellos grupos prehumanos. Si hubiera sido así, el continuo ajetreo de la vida, las urgencias del momento, los cambios de cada época, todo esto hubiese transformado, haciéndolas evolucionar, las grandes expresiones institucionales. Y, sin embargo, aún vemos verdaderas piezas arqueológicas en medio de la vida cotidiana. Asesinatos rituales en medio de las más sencillas ceremonias religiosas. Estúpidos cantos en los actos académicos. Extrañas genuflexiones en los encuentros con el poder. Ridículas vestimentas en los procesos judiciales. Reyes, magistrados, sacerdotes, doctores en estrambóticas danzas que, solo de reiteradas, evitan parecernos ridículas. ¿Qué racionalidad política puede confiar la simbolización del poder a las dependencias eróticas de sus magistrados? Pues todavía, en pleno siglo XXI, princesas y reinas se eligen por el coño.

Despojadas de esa capa de lodo, los huesos de esas instituciones siguen siendo idénticos. Es esa ocultación lo que las ha conservado iguales, la que las ha protegido contra todo cambio. Los protocolos de las neomonarquías europeas del siglo XXI. Por poner un ejemplo, a duras penas se diferencian de las locuras pornográficas de aquella horda de monos del Pleistoceno.

Nuestro trabajo de laboratorio es justamente ese: ir quitando ese polvo. Permitir apreciar la realidad de cada gesto, su verdadera función, sus orígenes, su genealogía. Y, en todo ello, la clave está en la noción de lo obsceno. Ese extraño vínculo entre lo atractivo del sexo y la repugnancia de su contrapunto: La risa, el escalofrío del ridículo, la vergüenza. Sobre estas mimbres se edificó la conciencia institucional que nos haría hombres. Me interesan más esos sentimientos que las altas cumbres del Amor, la Justicia, la Pasión o la Piedad. Todo esto vendrá después. No dudo que el amor maternal ya estaba ahí, que la pasión erótica arrancara profundos suspiros, que el deseo fuera capaz de alumbrar verdaderos actos de heroísmo o de violencia. Pero todo esto no es lo que nos separa del resto de bestias, sino lo que nos une a ellas. La loba matará por proteger a sus lobeznos. Lo que, de verdad, nos hizo hombres fue la sensación de ridículo, siempre vinculada a la dialéctica ente la tensión erótica y lo obsceno. Una palabra soez nos acerca más a ese origen del derecho que toda la obra de Ulpiano. Un “pedo” tiene más contenido jurídico que cualquiera de los grandes brocardos.

Y al igual que aquellas plumas (¡Tan vistosas!) que arraigaron para visibilizar al máximo los encantos de nuestro viejo “gallosaurio”, aquel “Nomingia gobiensis” o aquellos “Jinfengopteryx” y “Caudipteryx”  de los principios del Cretácico y que luego devinieron, por pura casualidad, el armazón suficiente que hizo posible el vuelo, así, del frenesí de aquel baile, de aquellas canciones, de aquellos juegos con sus ritos, sus reglas, sus continuos giros marcados por normas vinculadas a una estética de los encantos, todo ello, a través de la poderosísima maquinaria del deseo, posibilitó el surgimiento del gran edificio institucional cuya expresión más abrumadora alcanzará la religión y el derecho. Será la estética la base original de todo el entramado ético. Sólo desde una auténtica teoría del gusto seremos capaces de comprender la mecánica profunda del conjunto de nuestras instituciones.

Sin embargo, en el caso de las plumas puedo entrever ese “efecto pancarta” que, de forma pasiva, sin ninguna pretensión aerodinámica, incontrolable en un principio, convertiría aquel pequeño saurio, primero en una cometa al vaivén del viento, para luego, ya desde esta primera fase absolutamente fortuita, dar paso al complejo desarrollo del vuelo. Gigantescos saltos que pronto aprendería a controlar desde la inteligencia intuitiva común al mundo animal, hasta promover él mismo, con sus incipiente alas, esas corrientes de aire que hacen posible el vuelo. Aquí no había más que física, pura aerodinámica. Volar, en sí, tenía sentido. De una forma u otra, aquel saurio aprendió desde bien pronto las ventajas de aquellos saltos. Siempre había soñado con ese vuelo tanto para  huir de las garras del otro como  para alcanzarlo y comérselo. El salto del gato, como el de tantos otros animales, busca compensar la pesadez del efecto gravitatorio. Un esfuerzo más, una cuarta más y los resultados serían extraordinarios. Pero ¿Para qué sirven las instituciones? ¿Para qué sirve ese aparato jurídico-religioso tan gigantesco? Aquella cola y cresta emplumada le ayudaba, decimos, a mantenerse unos segundos más en el aire, aunque nacida para embellecer al “gallosaurio” y atraer las miradas de las hembras, pronto alcanzó nuevas utilidades. Era fácil percibir que ese empuje daba una nueva dimensión a sus beneficiarios. Pero ¿Para qué podía servir esa compleja retórica de la cháchara y el baile? Aquellos bailes llenaban de entusiasmo el fenesí erótico, pero ¿Pudieron servir también para algo más? ¿Aportaron alguna utilidad más allá del puro goce? Hemos dicho que aquellas plumas, desde casi su principio, aportaron un plus, una ventaja. La eficacia del vuelo la percibe el animal en sus propias ansias de alcanzar su presa o de salvarse de sus garras. Pero, eso de parlotear entre risas y chanzas, esa verborrea de palabras y frases, esos requiebros en un baile extenuante ¿Para qué servía fuera de su propio divertimento? Contar historias, chistes, canciones, ejecutar bailes y volteretas, esas mil piruetas entre el jolgorio ¿Para qué sirvieron fuera de las risas del sexo?.

Todo un intento de romper los tópicos y, de nuevo, caemos en ellos. Quizá es que en esos tópicos tengamos la respuesta. Quizá era imposible salir de esos límites o, mejor aun, es ahí donde está escondida la verdad que buscamos.

Lo humano, Lo verdaderamente humano, lo que nos diferencia del tronco de esa animalidad perdida, es simplemente lo intrascendente. Escucho a mi lado, mientras cojo el tren, una interesantísima conversación. Tres jóvenes, dos chicos y una chica, charlan en un primer encuentro. Uno de ellos cuenta una anécdota absolutamente pueril a la que, sin embargo, llena de pasión. La chica responde: “Me lo imagino. Debió ser genial” La cara de ambos se enciende. El tercero, rápidamente, añade: “¡A mí me pasó algo igual en otro viaje!”. Con ello busca atraer la mirada de la chica hasta ese momento monopolizada por el primer interviniente. Todo ello salpicado de miradas, gestos, respiraciones entrecortadas. Expresión de deseos, anhelos, ansias. Juego de seducción que nos aísla del espacio exterior. Estoy seguro que ninguno de los interlocutores recordará, al cabo de media hora, ni una sola de aquellas palabras. Lo que sí recordará serán las miradas: la batalla floral por ese encuentro, los deseos de goce. Pasa como con los chistes. Los oímos y nos desternillamos de risa, pero a los diez minutos somos incapaces de recordarlos. No hay información. Ni se pronuncian ni se escuchan como expresión de ningún tipo de conocimiento. No es esa su finalidad. Su único fin es la risa, dilatar nuestras mejillas, llenar la epidermis de gracia, romper la carcajada y abrirnos al deseo.  De pronto, en el cruce de aquellas frases sin sentido, sin información, verdaderamente absurdas en la mayoría de los casos, dos extraños antes de entrar en la estación, pasan a ser amigos y, quizá con buena suerte, terminarán echando un polvo.

Esto es lo humano. Este fue el gran salto que nos llevó desde el Paraíso Terrenal a los paraísos del lenguaje. Lo otro, la alta poesía, la filosofía, la ética, la música orquestal, la teología, la cosmología, la idea suprema del Estado. Dios mismo. Todo esto, por oposición, podemos calificarlo de divino. Es decir: simiesco.

Hace muchos años ya propuse una formula paradójica: “Dios creó al hombre, no me cabe duda, dije. Pero a ese Dios lo creó el mono”. No es un proceso de crecimiento constante. No pasamos de la percepción de la humanidad a la apreciación de la idea divina. Por el contrario, antes de llegar a esa plena Humanidad, de una ataque de risa, surgieron los dioses.

En este capítulo hemos querido dar un vuelco a nuestra investigación. Agotada la arqueología, hemos pasado al laboratorio. Pasamos de los estratos  de la conciencia al rastreo del ADN de las instituciones. Y aquí apreciamos los problemas. Hemos visto la natural deriva hacia el vuelo de los emplumados saurios, verdadero estandartes sacudidos por el viento. Esos abanicos de plumas que adornaban su fogosidad sexual, incorporaron, sin pretenderlo, verdaderas ventajas en su estrategia de supervivencia.

Aunque esas plumas ni nacieron ni se desarrollaron con un proyecto de vuelo, su eficacia aerodinámica pronto facilitó su desplazamiento. Su mecánica, en el fondo, es semejante a la esponjosa cola de la ardilla, cuyo aparatoso volumen reduce a la mitad la densidad de su cuerpo. Pero ¿Alguien duda de su originaria función erótica? Por el contrario, ni la lengua ni las instituciones acreditaron ninguna utilidad añadida durante  miles de años. Hasta el mismo pavo real o el ave del paraíso aprovecha que las corrientes de aire  otorgan a su exuberante cola el impulso suficiente para emprender el vuelo. Un vuelo al principio imperfecto, irregular, pero bastante para alcanzar las ramas altas de los árboles. Solo mucho más tarde alcanzará la perfección del halcón o del colibrí. Pero ¿Y las instituciones?, ¿Y el lenguaje?. Alcanzada esa fusión humanizadora de la semántica social y la sintáctica erótica ¿Cómo consiguió apoderarse tan radicalmente de la esencia de aquel mono?. Hoy, salvo raras excepciones, volar marca la dimensión animal de todas las aves, su forma, peso, fortaleza e inteligencia, están ordenados para cruzar los aires. De la misma manera el lenguaje y la vida institucional marcaron la esencia de los hombres. El problema es que, en el vuelo lo comprendo, era útil en todo caso, sin embargo, nada hay ni en el lenguaje ni en ese complejo institucional, que aporte, en sus inicios, ventaja alguna a aquellos monos parlanchines y protocolarios. ¿Por qué, sin embargo, quedaron tan determinados al lenguaje? ¿Por qué construyeron esas terribles instituciones que les llevarían a llenar la tierra de cadáveres?. La guerra, el homicidio, el holocausto son los auténticos rasgos que nos hacen hombres.

En definitiva, la riqueza de sonidos y gestos, incluso una vez convertidos en palabras y derecho, seguiría sin aportar ventaja competitiva alguna frente al medio natural en que se movieron durante muchas decenas de miles de años ¡De que sirve hablar frente al leopardo? ¿De que sirve, incluso, distinguir entre leopardos y panteras?, ¿Entre águilas y halcones? ¿Qué aporta nombrar uno a uno todos los animales y plantas de la tierra? Esa es la gran incógnita: Durante miles de años, todo aquello a duras  penas superó la dimensión del juego.