La muerte como lenguaje e institución. Materiales para una antropología jurídica de lo obsceno (XI).

muertePero con todo sólo nos atrevemos a imaginar como fue el antes y como el después. El momento de tránsito sigue oscuro, extraño a toda comprensión. Saber como era antes tampoco es tan difícil, nos basta contemplar la realidad animal que nos entorna o al mismo hombre despojado de sus ropajes culturales. Y el después somos nosotros mismos. El proceso se asemeja a lo que en matemáticas denominamos “límites”, ese ir reduciendo las distancias hasta llegar al punto cero. Pero, ¿Que pasó en ese grado cero?, esa es la cuestión, y esta cuestión se nos sigue escapando. Vaciar esa conciencia humana, alcanzar ese grado cero todavía se nos resiste. Y sin embargo es ahí donde está la clave. La rama luego crece de forma natural construyendo su larga estructura, pero, el por qué crece por ahí, el por qué se lanza en ese preciso momento, eso sólo nos lo puede decir la yema en el momento en que brota, endeble y delicadísima, subre la superficie del tronco. El por qué se acumula ahí esa energía vital que hará surgir la rama, eso sólo lo alcanzamos a ver en el justo grado cero en el que se desarrolla ese vástago. Nuestra pregunta apunta a ese por qué. Cómo, en definitiva, se construyó ese complejo sistema de donde nacerán después las ramas conceptuales de la Belleza, la Justicia, la Bondad o la Gloria o la misma Poesía. Por qué se puso a pensar, por qué construyó esa extraña categoría de la identidad.

Nuestra pregunta cuestiona cosas muy simples, la identidad, la idea de lo plural, las categorías del tiempo y del espacio, conceptos como el ser y la nada,  ¿Son una urgencia del ser o, simplemente, un capricho de la estructura gramatical? ¿Hemos construido las personas gramaticales para responder a una realidad objetiva que distinga entre un “yo” y un “tú”, o ha  sido justamente al revés?, ¿Puede llegar a darse ese rizo radical en nuestra conciencia cultural? ¿Pudieron nacer los pronombres “yo” y “tú” antes que la conciencia de esa diversidad reflexiva? ¿Puede ser que, construidos esos pronombres en la exhuberancia de una gramática erótica, alcanzaran a edificar la personalidad de cada uno? Aparecido el vocablo “YO”, cerrados los verbos en sus declinaciones, construidas las diversas desinencias que oponían estructuras simétricas en ese requiebro de la identidad ¿Pudo tener la fuerza de impulsar la formación del YO como conciencia? No tengo más remedio que apuntar a una respuesta afirmativa, pese a que esto entraña gravísimas consecuencias. Que esa fue la dirección que alcanzó esa pequeña e incipiente yema del tronco animal que alcanzaría la condición de humana, aún lo podemos apreciar si miramos con rigor al hombre y su cultura. Aquel homínido, jugando, cantando, poetizando con aquellos sonidos precursores de las palabras, edificaba, sin saberlo, la colosal arquitectura de la civilización.

¿Distinguimos entre Yo y TU por una especial configuración de la gramática? Alguien dirá: ¿Qué otra cosa podría establecerse? ¡Hay margen para otras variables? Es difícil imaginar un mundo impensado, pero podemos intentar algunas pistas. La tercera persona, ese EL, ELLA o ELLO, debió nacer mucho más tarde. Entraña hablar de aquel que no está presente, pero lo que sí podemos apreciar es como la potencia bifurcadora fue imponiendo su lógica polar: de entrada, primero el “YO-TU”, diarquía del encuentro que tan magistralmente analiza Martín Buber. Será luego, en la fusión de esos dos, metáfora de ese abrazo con el que también coleguean los simios extendiendo el brazo de cada uno sobre el cogote del otro, como nacerá posteriormente la nueva dialéctica: “NOSOTROS-ELLOS”, el grupo contra los otros. La idea de VOSOTROS, por eso mismo, debió ser también posterior en el tiempo. Juego de singlures y plurales, un juego constante del que nacieron, quizá a través de ese modelo polar entre opuestos, la compleja construcción del sistema de identidades. O ¿Es que no recordamos que la invención del “cero” no aconteció hasta bien entrada nuestra era? Y, sin embargo, Pitágoras, Euclides, Tales, y tanto otros genios matemáticos supieron ingeniárselas sin ese guarismo. Hoy, sin embargo, a duras penas sabríamos pensar las matemáticas sin la disponibilidad de un signo que nos remita a la carencia absoluta de contenido. Pero, ¿Son reales estos conceptos?, ¿Nos remiten a una realidad del mundo exterior? ¿Qué significa decir “NOSOTROS? ¿Qué identidad es esa que me une y solidifica con otro que dice “yo” en oposición a un “tú” con el que me designa? Si el decir “nosotros” ya supone una mera creación lingüística ¿Por qué decir “yo” puede ser, en cambio, una cosa real? Bruno Snell (“El descubrimiento del espíritu”. Estudios sobre el génesis del pensamiento europeo en los griegos). Nos propone un imaginativo paseo por esa compleja concepción del sí-mismo que, en apenas tres o cuatro mil años, cambió radicalmente. Si en solo tres mil años apreciamos tan convulsivas mutaciones en la representación lingüística de la identidad ¿Cuántos cambios pudieron producirse en el millón de años previo? O, incluso, en los meros 40.000 años de la cultura de Cromagnon? Demasiados para no apreciar una quiebra, no sólo una distancia entre la conciencia y su representación, sino en el mismo nacimiento de la conciencia como representación. Si estuviéramos ante un fenómeno biológica instintual, sería imposible semejante desplazamiento de la conciencia de sí.

Y, si las bases del propio pensamiento, la concepción misma de la identidad, resultan meras construcciones deducidas de las exigencias de la gramática, el resto de categorías filosóficas ¿Padecen también esa dependencia del lenguaje? El responder aquí de forma afirmativa, después de asumir la interpretación de la lengua que hemos ido construyendo, entraña enormes y complejas consecuencias. De entrada, la primera y más radical es que ninguna de estas grandes concepciones procede de una función cognoscitiva. Que la construcción de esa personas en el verbo gramatical no solamente no nace de una realidad objetiva, sino que es meramente lingüística, pero también que, como esa misma lengua, su construcción no obedece a mecánicas de comprensión de la realidad, a un esfuerzo de entender y comunicar el mundo percibido, en definitiva, que si hemos construido esos “YO, TU, NOSOTROS, ELLOS”, no ha sido en un proceso de meditación y comprensión de nuestra forma de sentirnos en la vida. Ha sido de pura broma fruto de esa carcajada que alumbró la Historia. Un juego sin más intención que divertirnos en medio del paroxismo erótico, donde  los vocablos “YO, TU, ELLOS, NOSOTROS” o lo que sea, brotaban de la garganta de aquel homínido en pleno arrebato sexual. Dijo YO, TU porque le sonó bien, porque dando nombre a su juego arrancó la risa en el grupo, porque se tronchó de reír al construir esa frases todavía sin sentido. ¿No juega el niño al guiñol con sus manos y las hace hablar en su divertida parodia? Parodia de encuentros, identidades, alteridad y rechazo. ¡Con cuánta facilidad decimos un “nosotros” cuya realidad deja tanto que desear! ¡Sólo así fue posible construir la ciudad  y el estado y luego la nación! ¡Solo así pudimos matarnos los unos a los otros con tanto sentimiento de amor!. Sólo así pudimos construir el monstruo de una identidad que nos llevó hasta la muerte. Un “YO-TU” que alcanzó otras dicotomías: lo divino y lo humano, el Cielo y el Averno, los dioses y los hombres, posiblemente también lo masculino y lo femenino. Y quizá también ahí pudo aparecer la dialéctica radical entre la vida y la muerte.

En el capítulo anterior nos preguntábamos sobre la conciencia de la muerte. La respuesta puede estar ahí. No en la muerte, sino en la previa concepción de su conciencia. Pero para ser conscientes de algo hay que tener previamente esa conciencia, identificar el ser sobre el que se construye todo el aparato cognoscitivo. Digo identificar, pero quizá antes habría que construirlo. Edificar una identidad en la masa informe de la vida, de la naturaleza. Un animal puede ser todo lo inteligente que requiere su supervivencia, en la selva, por ejemplo, pero para esto no necesita construir una conciencia. La inteligencia animal, y la humana en cuanto animal, está construida sobre su propia elasticidad biológica. La conciencia resulta así algo construido, extraño a la propia naturaleza, extraño a sus necesidades biológicas. Puro efecto secundario de ese proceso de alumbramiento gramatical que dota a la psique de identidades. En “Blade Runer”, a los robot humanoides les dotaban de recuerdos artificiales para hacerlos aparecer casi como hombres. Al hombre le dotaron directamente de gramática.

Decía Bataille, en Teoría de la Religión, que el animal se siente en el mundo como una gota de agua dentro del agua. Pura inmanencia. Esa radical indiferencia es la que traducen sus ojos en medio de un espacio que, no es que los rodee, sino que termina siendo con él una misma cosa. Pura transparencia decimos, pura continuidad. A penas la epidermis le dota de un mínimo de presencia corporal, pero esto no basta para construirlo como persona. Es curioso que los griegos construyeran este concepto sobre dos términos tan cercanos a todo lo que estamos diciendo: la voz y el teatro, ese Personae, de las representaciones teatrales. Pore eso, una pregunta nos asalta: ¿Mueren los animales? Quizá hemos visto morir al gato de la vecina o al toro en la plaza, pero ¿Mueren de la misma manera los ratones, las moscas, los espóngidos, los virus, las bacterias? ¿Cuándo muere la mariposa?  ¿Cuando pasa de gusano a crisálida o cuando, ya de mariposa se extingue revuelta en el barro entre las hojas? Y ¿Por qué coloco aquí el corte y no reconstruyo su continuidad en esos miles de huevos que deja? ¿Vive la mantis macho más allá de su vida deglutido en las fauces de su amada? ¿No busca Orfeo a Euridice en los territorios de la muerte? ¿Ser mariposa o ser crisálida? ¿Cuándo es más ella misma? Como mariposa, ¿No es sólo un aparato reproductor para nuevas generaciones? ¿Cuál es su verdadera identidad? ¿Se sacrifica el héroe patrio por la ciudad sitiada? ¿Sobrevive en la continuidad de su nación? ¿En el recuerdo de los suyos?, De Maïstre hablaba de franceses, alemanes o turcos negando su identidad como individuos dotados de humanidad “En mi vida he conocido un ser humano”, concluía con altivez. Cada francés, alemán o turco, ¿Sobrevive en la permanencia de su nación? Patria non moritur, decían los publicistas del siglo XIV.

Preguntas y más preguntas. Pero responder a estas preguntas nos exige resolver cuestiones previas y, como hemos visto, no tenemos respuesta para todas.  Morir entraña un nivel de conciencia imposible de establecer en el estadio animal, pero no porque su desarrollo intelectual sea más limitado, sino porque no se ha construido la estructura que lo soporte. Jamás la necesitó ningún animal, y el hombre sólo la necesita para desternillarse de risa. La conciencia anida no en un desarrollo de la inteligencia, suficiente en todo caso para cada tipo de animal y sobradamente desarrollado ya en los mamíferos, sino en un modelo de apreciación de la realidad exterior. Un modelo que entraña una específica construcción estructural que sólo es posible derivar de la complejidad nacida de la gramática. Y esta gramática nació para cantar, para decir cosas divertidas aunque carentes de sentido, para llenar los juegos de sonidos en medio del acoplamiento de sus cuerpos.

Con ello construimos dos líneas en nuestro discurso. Primero la vinculación entre la idea de hombre con la conciencia de la muerte. Sólo de los hombres podemos decir que mueren. Pero, además, que esa muerte se construye radicalmente  en el discurso. Morimos porque tenemos un verbo que dice “morir”, pero como el “yo” o el “tú”, como el ser  y la nada, como el instante y la eternidad o esa misma vida y muerte, todos ellos meros productos del lenguaje. ¿Qué es lo que realmente sienten los animales? ¿Qué hace huir a la mosca cuando abalanzo la mano sobre ella o al conejo cuando ve al zorro? No lo sabemos ¿Siente lo mismo el león? ¿Le es dado tener miedo al león? Sin depredador que le amenace, su sustancia –como ironiza Frank Baum en “El maravilloso mago de Oz”- ¿No le impide tener miedo? La cadena biológico-alimenticia le colocó en la cúspide de la pirámide depredadora ¿De qué huir? ¿De qué tener miedo? Llegado a viejo y al perder la agilidad en la caza ¿Tendrá miedo del hambre? ¿Miedo directamente a la muerte? No hay manera de responder a todo esto. Nuestra naturaleza biológica está ahí mismo, somos también uno de esos animales, pero nuestro lenguaje nos ha mutilado del tronco animal y, no los sentimientos, pero sí los conceptos, nos vienen directamente, no de la savia del tronco, sino del propio depósito de nuestras palabras.

Para ese animal la muerte no puede tener realidad, está fuera de toda comprensión. Como dijo Epicuro, “cuando ella (la muerte) es, yo ya no soy y si yo soy, ella no es” . Solo desde el lenguaje podemos hablar de ella pero como puro concepto y, justamente por esto, sin tener nada que decir. Entonces, ¿Cómo hablar de la muerte? Desde los griegos tenemos algunas pistas, no sé hasta que punto comunes con otros pueblos: la identidad, mejor dicho, la hermandad entre la Muerte y el Sueño. Hypnos y Tánatos aparecen como los hermanos gemelos hijos de la Noche. Esa noche a la que tanto tendemos a asociar los dos fenómenos. No hay nada más parecido a la muerte que el cuerpo dormido hasta la inconsciencia. Sueño eterno. Pero ¿En que sueñan los animales cuando duermen? ¿Sueñan los androides con ovejas mecánicas, nos proponía Asimov en uno de sus cuentos? ¿Sueña el lobo con corderos? A duras penas conocemos los entresijos del sueño humano, difícil nos resulta conocer la psiqué más allá del lenguaje, pero la realidad es que, todo el que haya tenido un perro habrá apreciado la existencia también de sus sueños. Sus gemidos de angustia, sus ojos de felicidad. La profunda transformación en la corteza cerebral, fruto de la presión lingüística, ¿transformó también nuestra forma de soñar? La pregunta queda ahí, vinculada a todo ese conjunto de fenómenos sobre el que se construye la identidad pero que, a la vez, nos recuerda lo inmediato de esa misma naturaleza animal. Rohde (“Psique, la idea del alma y la inmortalidad entre los griegos”)aprecia ahí, en el sueño, el nacimiento de la idea de alma. Ese percibirnos a nosotros mismos deambulando por espacios distintos al cubil en que dormimos, acercó pronto la idea de un alma exterior capaz de vagar independientemente del cuerpo. ¿Por qué la  idea de muerte se asoció a esta construcción? Quizá, de nuevo, la respuesta la encontremos en ese hermanamiento entre Hypnos y Tánatos. Ese alma vaga mientras estamos profundamente dormidos. Cuando ese alma decide no volver hablamos de la muerte. La muerte aparece así como el resultado de un viaje. Lo curioso es que esta construcción se repita de cultura en cultura más allá de fronteras culturales y geográficas. Su simbología debió aparecer en los mismos momentos en que se construía la identidad humana, en los propios orígenes de la biología como humanos.

Mientras, sobre todo este gigantesco aparato, se ha ido construyendo la conciencia. No de forma lógica, era impensable, la lógica, como venimos insistiendo, tuvo que nacer mucho más tarde. Ahora, en esos momentos de surgimiento del lenguaje, el proceso tuvo que ser más fragmentario, estructuras inconexas, artefactos simples pero ya suficientemente densos y poderosos, gramáticas, así en plural, autónomas, contradictorias, y con gigantescos huecos. De entrada, imagino, unos pocos sistemas que se irían complicando hasta su definitiva eclosión. Puros arquetipos edificados con la brumosa materia de los sueños. La idea de la Gran Madre, el Cosmos, el Agua primordial, el Inframundo… El inconsciente fue tejiendo ahí el mundo de los mitos. Heráclito lo intuye desde la melancolía de su reino “No podrás hallar los límites del alma aunque recorrieras todos los caminos, tan profundo es el logos” quizá la primera sensación del alma, de ese yo una vez alcanzada la conciencia, haya sido la enorme distancia que definitivamente le separaba del mundo animal. Una sensación de soledad, lejanía y profundidad que tuvo que llenarle de una terrible congoja. El Chamán interrogado por Cazeneuve le reitera que lo que siente, en medio de los trances, no es la presencia de un dios, sino directamente el miedo. Pero, miedo ¿A qué?. Este a es interrogante que se abre ante nosotros. Arquetipos de lo Masculino y lo Femenino, del Cielo y la Tierra, de lo Sagrado y de la Muerte. Construcciones deducidas de esa primera lengua que alcanzó a construir un discurso. Piezas sueltas, fragmentos, decimos, autónomos, independientes, ladrillos de un edificio a medio cosntruir. Fruto de la nueva percepción del mundo en la infancia de su condición de hombre. Es decir, en esos primeros balbuceos del lenguaje.

Respuestas elementales que venían a cubrir el vacio de los instintos. Nuevos impulsos comportamentales cuya energía ya no  operaba sobre la cadena biológica del ADN, sino sobre los estratos cerebrales donde se iba acoplando y acumulando las competencias lingüísticas. Ya al margen de la animalidad pero todavía fuera de la condición de hombres. Ladrillos sueltos, decimos, pero ya plenamente densos, abriendo, entre pared y pared, inmensos huecos. Y, entre esos huecos, todavía dejando ver el profundo vacío de una animalidad perdida. Nacía así la lengua, pero lo hacía repleta de imágenes, de sentidos. Nacía la lengua pero no lo hacía como el arrancar de una máquina exenta de pasado. Es cierto que la animalidad le resultaba insondable, pero aquel vacío todavía se abría ante él repleto de vida. Por eso, en la soledad de aquella nada, pronto llenó su mente de fantasmas.

La pregunta, el gran interrogante que se nos escapa, es como nacieron estos arquetipos. Su origen, su sustancia. Arquetipos en la construcción del espacio, en el orden del mundo, en la confrontación de valores. Un espacio construido bajo la idea matriz de la cueva. Espacio de acogida, memoria de ese claustro materno al que remitían todavía sus recuerdos de animal. De ahí nacerá el concepto de casa, con su ónfalos, su centro, como esas entrañas de la mujer-madre de las que, en ese milagro del alumbramiento, nace el hijo deseado. O esa plaza, foro, mercado, donde se desarrolla la vida de la ciudad, donde se realiza su fiesta, donde terminan concentradas todas las miradas, como él mismo miraba al sexo que tanto le atraía. Sexo, ónfalos oculto de la casa-cueva, claustro del palacio, foro de la ciudad, campo de Marte. Espacio, en definitiva, de la vida y de la muerte. Ahí el mundo alcanza su unidad, su sentido. Espacio construido en los equilibrios continuos del baile, en la danza común que aglutina a toda la tribu, ese movimiento potente donde aquel simio sintió su reencuentro con la naturaleza. Puro centro desde el que se miden las cosas. Espacio interiorizado donde se ahuyenta el miedo. Arquetipo de la casa, decimos, que desciende hasta la tienda de campaña o al mero agujero donde se esconde la cabeza pero que, expandido en la imaginación espacial, dará lugar a la aldea, a la ciudad, a la nación, al mismo imperio.

Y junto a esta idea del centro, las otras construcciones bipolares. El arriba y el abajo del mundo cósmico. El cielo y la tierra o, quizá, incluso, el inframundo del Infierno. Verdadera escala de valores que ordena el sistema, no tanto confrontándolo como configurándolo en una jerarquía que se reiterará en los humanos. Arriba y abajo, nobles y plebeyos, señores y esclavos. Los coturnos para realzar la figura frente a la prokinesis que lleva la frente hasta el suelo. Arrodillarse ante el otro como acto cósmico. Sólo luego aparecerán las categorías negativas. Solo después alcanzará el concepto de negatividad. Para ello hace falta haber conseguido previamente la plenitud. Pero para eso se necesitará esa estructura combinada de arquetipos sobre la que se construirá la conciencia del hombre. Sobre ese terreno aparecerán los mitos.

Y el tercer sistema, como decíamos, y este sí se construye sobre la estructura de los opuestos: Lo masculino y lo femenino, el día y la noche, la vida y la muerte. Primero, estoy seguro, sin conciencia valorativa, pero pronto reconducidos a ese sistema de órdenes que tanto gustaban a nuestro homínido. Sólo de ahí pudo surgir la dicotomía de sagrado y profano, lo positivo y lo negativo. Respuestas construidas desde una psique todavía prehumana y que se fue asentando poco a poco en las cortezas del subconsciente. Ese ello al margen de la identidad propia, de la conciencia de sí o de la voluntad de ser. Aún no hay conciencia alguna pero ya hay todo un juego de alteridades. Una construcción en el tejido cerebral a medio camino entre el instinto y el aprendizaje. Más acá de esa gramática universal que entrevé Chomsky como base de toda construcción lingüística y que hace posible el mismo aprendizaje de una lengua pero todavía en esa corteza previa al nacimiento de las lenguas. Estadio evolutivo donde el cruce de la sociabilidad y lo que hemos dado en llamar la ética animal alcanzan su temprana fusión. Auténtico grado cero de la mecánica institucional. Cimiento y material mismo  sobre el que se construirá el derecho.

¿Cómo la fusión de esos factores alcanzó la fábrica de estos arquetipos? ¿Cuál fue la mecánica por al que el juego se reconstruyó en imágenes? Este punto, de nuevo, se nos escapa. Aquel eslabón perdido tuvo cientos de miles de años para edificarlos. No me cabe duda que ese fue el momento -¡largo momento!- en el que el simio transformó sus respuestas hasta alcanzar la condición del hombre. Insisto. Sin ninguna necesidad biológica, sin ninguna presión desde le medio, sin ninguna evolución superadora. Una construcción surgida del imperioso deseo de sexo. Pero nada más. Puras ganas. Una anomalía que se convirtió en irresistible. Sin aportar nada, sin servir para nada. Ahí nacen esa gramática universal que alcanzará la lengua y esa estructura de arquetipos sobre la que nacerán los mitos y las instituciones. Entre risas y chanzas, entre deseos y goces, más cercano al chiste que la solemnidad del misterio, más en el juego que en la guerra, más en el goce que en la tragedia. Así, entre risotadas y espasmos nacerá el gran mito de la institución y el derecho.

Aquel animal, decíamos, se sentía como el agua dentro del agua. Indistinto. Fusionado con una naturaleza de la que más que parte era ella misma. Fuera de toda posible conciencia. La doble fusión entre las gramáticas de lo erótico y la sintáctica de la vida y esto tanto en el lenguaje como en el mito-institución, terminó arrastrándole hasta la pérdida definitiva de esa identidad salvaje. Pero a duras penas estuvo solo un breve momento. Aquella soledad a que le condenó el lenguaje, pronto se sintió colmada de dioses.

Una distancia infinita. El  vértigo violento de un vacío aterrador. En la embriaguez de aquella fiesta, tras la locura de juegos y diversión, en la orgía desenfrenada de aquel entusiasmo colectivo, su corazón latió ante la terrible soledad de la muerte. Una sensación que todavía nos recorre al abandonar el espacio escénico. Fellini lo narra magistralmente en “La dolce vita”. Al final de la fiesta, fuera ya de los muros del castillo, la fría brisa del amanecer atraviesa la piel de los invitados hasta la más profunda conciencia de la soledad. ¿Cómo pudo esta angustia convertirse en la estructura básica del mito? Es imposible de saber y difícil de imaginar. Una angustia que empezaba a tener palabras con las que expresarse. Un ansia sobre la que se construyeron aquellos tres primitivos arquetipos que dieron lugar al mundo tal y como lo conocemos: La organización espacial mucho antes que la conciencia del tiempo. El orden jerárquico mucho antes que la idea de poder. La confrontación de los opuestos antes de toda conciencia del bien y del mal. Y todo ello recorrido íntegramente por la idea de sexo. En el fondo era esa misma violencia erótica la que había puesto en marcha todo aquel gigantesco aparato. Aquella gramática, como venimos insistiendo, no era más que sexo. Aquellos impulsos reglados tenían en el sexo su misma razón de ser. Habían sido las exigencias de ese sexo las que movieron su crecimiento desorbitado, y ese mismo sexo había construido la razón de ser del mismo lenguaje. No es extraño que, en medio de esa pasión erótica, estas construcciones del nuevo orden alcanzaron su lógica social.

La prueba de todo esto la tenemos en la profunda carga sexual que pronto inundó los arquetipos. Fue el sexo el marco de la diarquía cognoscitiva: lo masculino y lo femenino. Fue el sexo la base de la estructura jerárquica: Patriarcado y matriarcado. Fue en el sexo donde se organizó el espacio de la vida, a imagen misma del claustro materno ¿Cómo  esos arquetipos alcanzaron la complejidad de las instituciones? ¿Cómo desde esos impulsos más o menos interiorizados en la corteza cerebral se llegó a construir el complejísimo mundo del derecho? De  nuevo esto se nos escapa en sus detalles, pero sí alcanzamos a apreciar las líneas maestras. El prceso fue semejante al que, desde esa gramática universal almacenada casi en los genes, se construyó la pesada estructura de las lenguas. Tan artificial es la lengua egipcia como el riguroso ceremonial de los adoradores de Osiris, o del proceso plenario en la Corte Suprema de los Estados Unidos de América. El Faraón Ptsmético II lo aprendió con su cruel experimento. No hay una lengua natural. Pero hay algo de natural en la lengua. Esa gramática universal (G.U.) que nos propone Chomsky, como estos profundos arquetipos que descubre Bachofen y analiza Jung, inundan absolutamente nuestra misma forma de comprender y aprehender el mundo. Una construcción biológica imposible de concebir sin un vínculo erótico.

Sin embargo, antes de adentrarnos en la mecánica institucional de esos tres archi-arquetipos (valga  la redundancia) convendría que nos detuviéramos algún tiempo en su ubicación en la corteza cerebral.

La pregunta aquí sería la siguiente: la estructura arquetípica, la creación de ese mundo simbólico ¿Separó tan radicalmente a ese hombre incipiente del resto de sus congéneres animales? ¿Se produjo una sima tan radical que la animalidad se nos hizo definitivamente extraña? A primera vista la respuesta parece afirmativa. Desde la propia conciencia del hombre se ha visto distinto al resto de seres que pueblan la tierra. El lenguaje del Génesis, pero también el pensamiento del resto de culturas han contemplado esta diferencia como abisal. Y en las obras el contraste también aparece como abrumador: la llegada a la luna, como expresión de los logros de la ingenieríasería, una hazaña incuestionable. Sin embargo un análisis mas profundo llena este proceso de luces y sombras, sobre todo de densidades que hacen más compleja esta primera intuición.

Y, de nuevo, la respuesta está en la muerte.

Hay un momento en la vida del hombre que nos aporta una línea de trabajo, y es justamente el momento en que se muere. Al final de la vida, cuando parece que las energías del cuerpo se agotan, las mecánicas cerebrales, entre cortocircuitos, lagunas y destellos de vida, nos proporciona una magnífica desnudez de nuestro cerebro. No es la desorganización cerebral del loco, ni la imaginación febril del niño, ni el arrebato alucinado fruto de las drogas o la fiebre, es simple y llanamente la de-construcción de las piezas sobre las que se había construido tanto los discursos lingüísticos como sociales. La mirada del agónico en los momentos previos a la muerte reflejan ese retorno a la inmanencia despejada la tupida broza de los símbolos. Poco a poco, en esas horas que anticipan el fallecimiento, esa persona que entra en la fase preagónica o en la misma agonía, va cerrando, uno a uno, los capítulos del gran edificio social. Como tras el rodaje de la película, los andamiajes van liberando el escenario y las fachadas de palacios y castillos caen como meros cartonadas dejando libre los muros que contenían el decorado. De la misma manera, el agotamiento de la vida –el abandono de Eros- va sustrayendo a la persona de su identidad humana, devolviéndole la estructura de su biología animal. Los pensamientos se levantan como las hojas arrastradas por el viento y la mirada del moribundo, mientras, va perdiendo su fijeza reflejando la desintegración de ese yo construido por medio del verbo. No es un tema de olvido, no es que ese umbral de la muerte nos borre los recuerdos, no es que la memoria se disuelva aplastada por los años. La memoria existe, como existe todavía el lenguaje, pero se ha roto la coherencia abriendo suficientes huecos para dejarnos ver el espectro animal previo a la condición humana. Magistralmente conocían esto las culturas antiguas, hasta la misma Edad Media.  El moribundo alcanzaba un status específico. Una larga agonía que le permitía sentirse por encima del resto de los humanos. Casi divino. O directamente, volvía a ser el viejo simio.

Por eso en la mitología la muerte nunca es instantánea. Ni siquiera la muerte en combate. Hay todo un aprendizaje a través del cual se alcanza la nueva dimensión ya no humana. ¿Fue aquí donde el hombre  intuyó la idea de los dioses? La divinidad era alcanzada así cuando, borrada la densa pintura de los símbolos, el homínido humanizado, retornaba a la condición simiesca. La idea de un lugar extraño, más allá de los límites del mundo conocido, ha ilustrado constantemente la conciencia de la muerte. Pero, ¿Dónde está ese lugar? Campos Eliseos, Laguna Estigia, Inmensas Praderas. Espacios oníricos a los que acude el alma en los sueños. No hay experiencia de la muerte, venimos diciendo, porque esos espacios quedan más allá de toda experiencia, pero sí hay conciencia de ella. Un instinto de supervivencia que no tiene nada que ver con la realidad de la extinción de la vida, sino mucho más con esa otra percepción de la pérdida de los símbolos. Los recuerdos permanecían, pues la capacidad de recuerdo es común a toda la conciencia animal, pero se borraba su construcción simbólica, y esto sí es específicamente humano y con ello perdemos la posibilidad de convertirlos en ideas, en palabras, de ahí la profunda conciencia de viaje con la que siempre hemos concebido la muerte. Morir, en definitiva, fue un concepto construido absolutamente desde la conciencia del hombre.