La unión para el Mediterráneo y el derecho Una pequeña proposición.

mediterraneo1Como es conocido, el 13 de julio de 2009, y tras un largo proceso de gestación, nación la Unión por el Mediterráneo. Largo proceso, no sólo por los virajes que ha sufrido a lo largo de los últimos meses, cambios tanto en la denominación como en el contenido y socios convocados, sino también por su natural y definitiva vinculación al Proceso de Barcelona y heredar así toda la historia de un modelo de relaciones mediterráneas emprendido hace más de diez años. Largo proceso, sobre todo y fundamentalmente, por la sensación que nos deja sobre un tema que aún no ha encontrado su definitiva forma y contenido. Nada de esto, de entrada, debe ser entendido como algo negativo. El mismo proyecto europeo fue una obra construida con y en el tiempo. Sin embargo la ceremonia que se teatralizó en la Cumbre de París no deja de ser un magnífico instrumento de análisis. Bajo su liturgia terminan por colarse algunas de las claves sobre las que debe asentarse el proyecto.

De entrada destaca, y este es quizá el valor más positivo, la renovada importancia del espacio mediterráneo. En los últimos años hemos vivido una gigantesca revolución geográfica. La aparición acelerada de nuevos centros de poder –y no sólo en lo económico- había trastornado la conciencia subjetiva del mundo diseñado en la postguerra donde, pese al “Atlantismo” de su discurso, o justamente por esa relación privilegiada, convertía al Mediterráneo en el epicentro de la política internacional. Los primeros lustros tras la caída del Muro de Berlín reorientaron la mirada geopolítica hacia nuevas cuencas oceánicas: Pacífico, Índico, próximamente el Ártico, recrearon una pérdida de subjetividad respecto al clásico Mare Nostrum. En absoluto es errónea la visión de estos nuevos polos de autoconciencia política, de ahí que la primera clave no es el “retorno” a la “Vieja Europa”, sino la conciencia de un mundo que, pese al discurso de la globalización que parecía disolver la diversidad en una misma y general “aldea global”, presenta una realidad fragmentada en espacios que, sin darse la espalda, asumen su diversidad cultural, política y económica. El Mediterráneo vuelve, pero vuelve en el marco específico de su geografía.

Respecto a este punto sería bueno incorporar algunos juicios. De entrada la comprensión de que el “Este”, pese a la dialéctica del fin de la guerra Fría, ha demostrado sus límites y su cierta exterioridad al proyecto europeo. Lo que debe llevarnos a una nueva valoración del espacio que se extiende a lo largo de las riveras mediterráneas.

Dentro de este capítulo de claves también destaca –y aquí ya anotamos una carga negativa- la angustia ante el futuro. Pese a los fastos que rodearon la ceremonia celebrada en París, la realidad es que los comienzos de la nueva década se presentan más lleno de sombras que de luces. Tras la euforia económica de los años anteriores, la “Gran Burbuja”, tras los discursos optimistas de un crecimiento que parecía sin límites, hoy sentimos el futuro como algo abierto y amenazante. Todavía las cifras hablan de altos crecimientos en la orilla Sur de nuestro mar, pero a nadie se le escapa la posible debilidad de estos indicadores. La excesiva dependencia respecto a la otra orilla (remesas de la emigración, exportaciones, deslocalización, etc.) impiden ocultar la posibilidad de contaminación con las dificultades europeas. Si la crisis dura y se traslada, ¿Cómo afectará al tejido social de nuestras sociedades? La resonancia de algunas normas europeas no ayudará a la creación de esa cultura compartida.

Entre las liturgias del 13 de julio también destaca el papel de los propios ceremoniantes. Para bien o para mal la política moderna se articula de una forma brutal bajo las premisas del  teatro. El presidente de la República francesa dio una lección magistral de las nuevas leyes de esta “sociedad del espectáculo”. El problema es saber cuánto es mera imagen y cuánto auténtico liderazgo. Espectáculo y política no sólo no están reñidos sino que mantienen, desde su vinculación con el pueblo, una estrecha unidad conceptual. El Poder, y sin Poder no hay transformación ni progreso, requiere la visibilidad de sus acciones. Pura liturgia. Hasta la “fiesta”, pese a su carácter dionisiaco y caótico, mantiene esa función canónica. En esto, supongo, pensaron los estrategas de la Presidencia francesa cuando eligieron esos 13 y 14 de julio –la “Fête de la Fédération”- para consagrar el proyecto Euromediterráneo. Fête de la Fédération, más que “Toma de la Bastilla” es lo que se reitera en esos idus de julio, consagración de una comunión –así se creía todavía en 1790- entre lo viejo y lo nuevo, entre el pasado y el porvenir, entre una historia milenaria y la urgencia de ilusionar con una auténtica “carga de futuro”. El interrogante gravita sobre la consistencia del escenario. ¿Cuánto de verdad y cuanto de “cartón piedra”pudo haber detrás de los discursos pronunciados?

Pero la mayor duda sobre el proyecto la presenta esa percepción sin tapujos que hemos tenido de la indeterminación europea. Europa, y con ese término nos referimos tanto a la estructura orgánica de la Unión como a la simbólica de la geografía, ha ido dejando a lo largo de estos últimos años plena constancia de su falta de unidad. Bien es cierto que a lo largo de la Historia el continente siempre se ha encontrado dividido por líneas que marcaban proyectos distintos: Ortodoxia y Papado, Reforma y Catolicidad, Derecho Romano y Anglosajón, como luego, ya en el siglo XX, un Este y un Oeste de fuertes matices ideológicos. Nunca, por otra parte, se había estado tan cerca de un proyecto común como tras la implosión del modelo soviético. Sin embargo nunca como ahora se ha podido constatar la falsedad de esa enunciada unidad de Europa.

Con el juicio a Karadzic, pudimos recordar la gran tragedia de los Balcanes, la indeterminación de esa Europa a la hora de detener la guerra, pero también, y si el Tribunal Internacional para la Ex-Yugoslavia tiene el coraje de llegar hasta el fondo, como también esa Europa tiene algo (o mucho) que ver con el estallido del conflicto.  Fantasmas que anidan desde antes, incluso, de la Gran Guerra. El problema es que el catálogo de fantasmas sigue siendo inmenso: Armenia, Argelia, años de plomo en Italia y Marruecos, mitos enquistados (y suicidas) en Israel y Palestina, museos de los horrores donde cada valle –y no sólo en los Balcanes- retrata el rostro deformado de su vecino. Historia, Verdad y Memoria se incorporan a este proyecto, no podía ser de otra forma hablando del Mediterráneo, pero lo hacen, no lo olvidemos, en medio de una época de crisis, es decir, en el peor momento. Todas estas sombras subyacen en el documento rubricado esa víspera del 14 de julio por un elenco de Jefes de estado y líderes de grandes organizaciones que haría palidecer a la misma Naciones Unidas.

Entonces, ¿Es quizá un proyecto que ya anuncia su fracaso?. En absoluto. De entrada su propia formulación es ya un éxito incuestionable. Es cierto que hoy día abundan los gestos internacionales llenos de buenas intenciones pero vacíos. Sin embargo, incluso detrás de esas proclamas se esconde una auténtica hambre de cambio. En el caso de la Unión por el Mediterráneo esta potencialidad de éxito es aún mayor pues refleja una urgente necesidad trasformadora. La urgencia de reivindicar la realidad mediterránea. Urgencia sobre todo ante la constancia de las nuevas áreas geoestratégicas que lleva a nuestra región, por primera vez, a la autoconciencia de la pérdida de su centralidad política.

Un segundo factor que también debiera coadyuvar a su éxito reside en la definición de sus socios. El proyecto ha tenido la valentía de abrirse a toda esa realidad que se reconoce en la cultura mediterránea.

Pero donde realmente la Unión se juega el destino es en la intensidad de sus objetivos. El proyecto reclama más sustancia, más capacidad de estructurar ese espacio como un auténtico espacio público, donde los agentes sociales se conviertan en copartícipes de un nuevo Contrato Social. Hablamos de instituciones básicas donde los ciudadanos se sientan identificados en la cooperación efectiva de los sistemas jurídicos. Marcos comunes en el derecho de los negocios y el arbitraje comercial que proporcionen agilidad a una actividad económica compartida; o en el ámbito del reconocimiento de la ley personal y su eficacia jurídica, máxime en un espacio donde las migraciones han recreado un verdadero mosaico jurídico;  como también facilitar la participación política de todos los ciudadanos, allí donde se encuentren, reconociendo una plena eficacia trasnacional a los derechos de ciudadanía (magnífica la ley 40/2006 del Estatuto de la ciudadanía española en el exterior, modelo de por donde deben ir los tiros de este espacio público compartido), en definitiva, hablamos de Derecho. Si algo hemos echado en falta es esa voluntad de estructuración normativa. Urge crear las bases de un derecho común, convergente, con eficacia directa para sus ciudadanos, que sepa dotarles de derechos subjetivos inmediatos y aplicables, y hacer todo esto más allá de los respectivos órdenes jurídicos.