Las cien miradas Psicoanalisis del recuerdo

marruecosNo amamos una ciudad hasta que no la hemos visitado al menos cincuenta veces. La frase, que leí no recuerdo donde, suena a exageración, sin embargo hay en ella también un trasfondo de verdad. Quizá sea por eso que no conciba el viaje sino como un continuo retorno. Ese regreso a Itaca donde cada uno sueña dejó lo mejor de sí mismo y se ve compelido a rescatarlo.

Esta reflexión no es mera antropología, algo se nos va en ese día a día en el que trascurre nuestra vida. Es ese joven que hemos ido dejando en cada rincón del mundo, en el éxodo del viaje, el que reclama nuestro encuentro. Volver supone -¡Qué bien lo sabía el tango!- que ese joven sigue existiendo y que, superadas las angustias que han ido devorando -¿No hay siempre un Polifemo en cada recodo de los mares?- lo mejor de nuestros años, aún podemos recuperar el momento perdido que quedó ahogado entre las olas del tiempo.

Marruecos es uno de esos sitios que entrelazan mis recuerdos. Una geografía confusa y fantástica como lo es también la Odisea (y Estrabón tiene a Homero por el primer geógrafo) donde la rue Jacob o el Boulevard Raspail de mi juventud se entrecruzan, sin solución de continuidad, con esas callejuelas innominadas de la Kasbah y los mercados de Tánger, Rabat o Casablanca. Cincuenta encuentros ¡Qué menos para clavar la pasión en el madero de la memoria!

Y es que la soledad es mala compañía. El paseo solitario enseguida nos incorpora a un diálogo desaforado con nuestro entorno que no nos permite ni un minuto de reposo. Esa luz –y de luz hablo porque el recuerdo se deposita entre sus sombras- nos guía con un vocerío que termina por aturdirnos. Destellos, entre luces y voces, que cruzan los “palacios de la memoria”. Desde Sheveningen a Casablanca, desde la Italia de mi corazón hasta el Tánger divino –Ese “Setta” a estribor del último viaje de Odiseo cuyo recuerdo alcanza el canto veintiséis de El Infierno-

Imposible separarlos. De nuevo se mezclan los recuerdos vividos con la prosa de tantos y tantos autores que recrean el universo de mis encuentros. Modelo absolutamente eficaz, he ahí la clave, en el reino de Maruecos. Reino del sol, decimos, brillante, espléndido, que parece detener la idea misma de tiempo. Pero sobre todo, reino del color. Desterrados los matices y las medias tintas de las regiones umbrosas del norte, viene a proclamar el imperio definitivo de los contrastes. Puro azulejo donde se alicata el espacio de la mirada.

Y es que una vez leí que el arte islámico era puro texto. Como lo es la memoria edificada sobre la línea quebradiza y sinuosa de la prosa. Como lo son también los sueños, la literatura o la misma fantasía. El bullicio de Casablanca termina imitando el juego simbólico de la película de Michel Curtiz. Reinvención del Zoco bajo la estética decadentista del Modernismo. Islam, Modernismo, una punta de “Orientalismo” –E. Said dixit- y una ciudad que, entre el color y la sombra, se hace ontología pura de olas y cemento. ¡Qué difícil es prescindir del imaginario en el ejercicio de la mirada!

Y junto a esto -¡Sobre todo!- una galería de rostros donde los rasgos se cruzan recreando también ese mosaico humano de la gran ciudad. Esa gran ciudad donde todos y cada uno nos sentimos extranjeros. Punto de encuentro que hace de la frontera el paradigma de la mirada. Dialéctica que, como en el muro de azogue y cristal de todo espejo, provoca el único posible encuentro con el brillo de nuestras propias pupilas. Juego especular, en suma, que puede hacer de todo lugar, por extraño que sea, la metáfora misma del hogar perdido.

Surge así un imaginario donde el relato combina la fantasía con la remembranza. Factura compleja, llena de cavidades donde se deposita, poco a poco, con el ritmo de las arenas que cruzan el desierto, los números abstractos de la memoria. Álgebra de luz y sonido, espacio y escritura, un inmenso y profundo tiempo. Pero, sobre todo, recuerdo, el dulce y maldito recuerdo.