Marruecos hoy

marruecos_1¿Dónde va Marruecos? Quizá esta es la pregunta que más nos inquieta y que menos queremos afrontar.

En los 15 años que llevo visitando y trabajando con Marruecos lo primero que se constata es su crecimiento espectacular. Marruecos ha hecho un esfuerzo de modernización que no puedo por menos que comparar con España. Aún recuerdo mis primeras impresiones donde las mismas ciudades –salvado Rabat y espacios concretos de los “centre ville” turísticos y financieros- exponían sin tapujos sus deficiencias, la pobreza de las gentes, los miles de chavales que, desde las playas de Tánger miraban ansiosos las puertas de Europa. Demasiado parecido a lo que también recordaba –treinta años antes, desde mi niñez- de las villas y pueblos de España. Aquel Metro de Madrid repleto de sudores y apretujones. La calle de Fernando el Católico donde los tranvías se mezclaban con los vendedores de melones y sus tiendas de campaña. La basura todavía era recogida por una vieja señora que, con un carro tirado por un mulo, iba vaciando cubo a cubo, sin otra remuneración –salvo lo que sacara de aquella basura- que el aguinaldo que pedía con su cantinela de “Feliz Navidad”. Carteros y otros funcionarios públicos también redondeaban sus ingresos de esta manera y la Semana Santa, velos y trajes negros llenaban la ciudad.

El carbonero, los carros y sus animales, las restricciones de agua, igualaban las calzadas y aceras de aquel Madrid de los “60” con el viejo Marruecos de hace 15 años. Todo esto es lo que ha cambiado. El parque automovilístico de Casablanca a penas sorprende por algún viejo coche y, tras el exitoso “lavado de cara” de las ciudades españolas a lo largo de los “90”, de nuevo el paso del tiempo incorpora arrugas y adoquines rotos como los que se ven en las aceras de Tánger.

Ese vistazo de la memoria adquiere su sustancia económica en las estadísticas. Un crecimiento cercano –y en algún caso superior- al 4%, una rápida alfabetización, calidad de los servicios y formación universitaria, inversiones exteriores y el paulatino pero firme crecimiento de las empresas autónomas con una incipiente internacionalización,  nos proponen un escenario de rápida incorporación al archipiélago de un Primer Mundo.

Esto era así hasta el 2007. aquí, quizá, hasta el 2008. cuando la crisis dejó de ser financiera para devenir sistémica y social. La emigración se detiene si no retorna. El turismo se enfría, la demanda de bienes de consumo se reduce y, con ello, la industria deslocalizada hecha el cerrojo. El sector exterior se contrae a la vez que la extraña pirueta de las materias primas, expulsa inversores a la vez que agarrota el consumo. No hace falta hacer muchas cuentas para comprobar que todo esto entraña un parón en el crecimiento. Una pérdida de velocidad en ese espléndido desarrollo.

De nuevo hay algunos paralelismos que pueden darnos pistas y modelos interpretativos. El final de los 80 también fue un momento de expansión, quizá todavía demasiado oculto en la hojarasca de datos, pero indiscutible en las cifras poblacionales. Era la mayoría de edad de una población pujante que venía a reclamar su sitio social. Es cierto que parecía imposible dar salida a toda esa juventud ansiosa de vida, en más de un análisis se veía como un riesgo que podía ahogar, entre tanta energía humana, la misma posibilidad de un desarrollo ordenado. Sin embargo Marruecos salió adelante. De esas masas de juventud y fuerza se hizo verdadera fuente de riqueza. La emigración fue una de las respuestas. España misma recibió en ese período cerca de un millón de emigrantes. Aquel momento representa lo que, en España, supuso el viejo “Plan de Estabilización” que, a martillazos, impusieron los “López”. También aquí la emigración aportó una respuesta. La escasa globalización de la economía permitía este trasvase de problemas y soluciones. El modelo de crecimiento fue la otra respuesta.

España acumula hoy día 1.300.000 viviendas nuevas construidas y sin vender. Podrían llegar al millón y medio si se suman las obras paralizadas. El modelo de crecimiento se construyó sobre un keynesianismo perverso: proponer una actividad, por absurda que sea, para que, a través de la masa salarial generada y el crecimiento de la demanda directa de suministros, fomentar la dinámica del ciclo productivo. La construcción aportaba la solución ideal: abundante  mano de obra, tirón sobre un montón  de industrias auxiliares y, bajo el mito de un crecimiento constante, la solución milagrosa de una financiación sin coste. Amén de un elenco de “soluciones” colaterales: financiación de los ayuntamientos, el “suave” engrase de un cierto grado de corrupción y la satisfacción de una población que, desde la pobreza vivida por sus padres, se veía consagrada como “propietaria” no sólo de su casa sino también del “chalecito” de la sierra y el apartamento junto al mar.

Este tirón de actividad no reclamaba un endeudamiento público, sino todo lo contrario, se originaba en la voluntad privada. El mito era el siguiente: una casa –se necesitase o no- no era un gasto, sino una “inversión” con una rentabilidad asegurada. No suponiendo coste alguno, la voluntad  y capacidad de compra de millones de personas se disparó hasta el infinito. Comprar un piso, por caro que fuera, no suponía el más mínimo coste. No hacía falta siquiera tener dinero, por caros que fueran los intereses –y no lo eran- la “gallina de ladrillo” ponía un huevo diario de más valor. El valor de uso fue absorbido radicalmente por esa fantasía del valor de cambio. El espejismo terminó por envolvernos y si no se llegó a más fue gracias al parón que impuso la crisis internacional que, felizmente, detuvo el sistema antes de que la “burbuja” nos hubiera tragado a todos.

Maruecos ha trasladado en parte, este modelo. Aquí hay factores positivos. El crecimiento inmobiliario es aún creador de riqueza (en España ya no lo era. No eran casas que se necesitasen para nada, eran pura inversión). Aquí aún hace falta –para vivir con dignidad, es decir, riqueza- bastante más de un millón de casas. Es por tanto un gasto sostenible por la necesidad humana de calidad de vida. En definitiva, el desarrollo inmobiliario todavía no se ha desenganchado de la realidad dando paso a la estructura de burbuja. Aquí el problema surgirá de la parte del crédito. ¿Habrá posibilidades de financiar el modelo? Hay que pensar que las casas se compran una a una, por particulares que necesitan mantener sus ingresos para poder pagar la hipoteca.

La respuesta no podrá ser únicamente económica, aunque el ataque vendrá desde el mundo de las cifras. Reducidas en un tercio las remesas de la emigración, en descenso el turismo, demasiado dependiente de la capacidad de gasto de la clase  media europea, contenidas las exportaciones de bienes de consumo y en impasse las inversiones exteriores, solo queda el colchón construido a lo largo de estos años. De entrada hay que decir que es un buen colchón: infraestructuras, mano de obra de calidad, instituciones que alcanzan los mínimos de fiabilidad (hoy haría falta una profunda reconsideración de los estándares comparativos, ¿Podríamos calificar de sanos los órganos de vigilancia financieros europeos que no supieron, o no quisieron, avisarnos de la crisis?). En definitiva, hay capital humano, de gobernanza e infraestructural y la inversión todavía aparenta ser suficiente (sigue pujante la interárabe, así como el capital procedente de la repatriación de ahorros de la emigración que retorna, por otro lado las empresas nacionales están bien capitalizadas y hay un sector bancario que avanza hacia la modernidad). Todo esto avala la capacidad de resistencia. El riesgo procede de los umbrales de tolerancia social: el incremento del paro, la ruptura de expectativas en la juventud, la fuga de capitales propios o exteriores.

El avión –permítaseme este símil- perderá impulso y velocidad, quizá tendrá que efectuar ese “tonel” donde  la aceleración de la caída propicia el impulso para retomar de nuevo una altura de crucero. El problema, la pregunta, lo que nos atenaza, es saber si hay distancia suficiente respecto a la tierra. Si el despegue alcanzado estos últimos años ha llegado a esos  mínimos de altitud donde perder mil o dos mil pies  no supone darse de bruces con el suelo. Sin embargo, como decimos, la respuesta no podrá ser sólo económica, más que los números, lo importante será el modelo social con el que afrontar la crisis. Proyectos, compromiso social, cooperación internacional, es decir, voluntad. Pura política.