Para una teoría de la tolerancia

Para una teoría de la tolerancia

El concepto tolerancia es uno de esos conceptos estrechamente ligados al derecho. Toda una serie de principios jurídicos se vincula al mismo, proponiendo, de una forma otra, una moderación  en el exigencia y práctica de la ley. Phronesis, equiteia, en definitiva, prudencia y equidad, constituyen, como decimos, formas de acercar el derecho a la realidad de los hombres.

Para comprender el concepto tenemos que responde, de entrada, a tres cuestiones insoslayables: Quién, Qué, Por qué. En definitiva, quién realiza esa renuncia a la plena exigibilidad del derecho, moderando la ejecución del mismo; hasta donde es posible dejar el derecho como norma inaplicada y por qué se realiza esta cesión, cual es la causa que lleva a asumir esa renuncia como modo específico de realización de la norma.

Partamos del principio, es decir, por los sujetos. Mirabeau nos da las claves proponiendo una interpretación crítica del concepto: “No vengo a predicaros tolerancia –nos dice, proponiendo una posición más plena- …La existencia de autoridades con poderes para tolerar, significa ya un ataque a la libertad de pensamiento; porque, justamente si tolera, tiene también el poder de no tolerar”. La tolerancia surge, así, de la posición dominante del príncipe. Era el poder el que, en mor de un acuerdo (edicto de tolerancia) o por su propio grado, quien accede  a reducir la potencia de sus mandatos. La tolerancia aparece así como una instancia del derecho público frente a la equidad y la phronesis que sobre todo actúan en el marco de lo privado. Sin embargo nada nos obliga a esta posición, despotismo ilustrado que modera  su violencia en la autoconciencia del derecho, como también sucede en ese mismo poder en el orden democrático en la tolerancia que ejerce un pueblo culto respecto de los otros que llegan a su seno. Cabe además otra interpretación, como instancia institucional, derivada de la misma potencia de las normas, exigencia recogida normativamente y que hace de ese tolerar un mandato jurídico. La tolerancia como modo de ser del derecho.

Aún así podríamos hablar de tolerancia subjetiva y tolerancia objetiva, o mejor aún, de una tolerancia derivada desde el príncipe, esa tolerancia que condena Mirabeau, y una tolerancia institucional, derivada de un sistema democrático, sometido al juego abierto de mayorías y minorías y donde el ejercicio de tolerar fuera parte sustancial de la norma. Luego volveremos sobre estos extremos pues es ahí donde el término adquirió su consistencia política.

La segunda cuestión que nos formulamos interrogaba al concepto sobre el Qué. Qué es lo que realmente se tolera. Hemos apuntado ya algunos rasgos. Se tolera lo que no está en la norma, sea esta legal, social, moral o meramente fruto de costumbres extrajurídicas. La tolerancia entraña un ejercicio de reducción de la eficacia normativa, he ahí su paralelismo con esos otros conceptos que, desde Aristóteles, contemplan la ley como algo extremo: “Summun ius, summa iniura”. La ley alcanza extremos desorbitantes en su ejercicio, por eso el hombre -¿O el Poder?, ya veremos- debe moderarse en su exigencia. Tolerar que el que no tiene derecho alcance, sin embargo, algunas cuotas de satisfacción; un limar los bordes de las normas.

Este “no derecho” es el que crea esa sensación negativa del concepto, lo que lleva a esa posición de rechazo en Gabriel de Riquetti, conde de Mirabeau, de ahí el necesario paso de la mera tolerancia a la plena juridicidad. Para ello precisamos contemplar el concepto en su mismo origen, en las postrimerías de las guerras de religión y las paces de estado que se redactaron, es ahí donde podremos entender plenamente esta posición. En su origen, sistema absolutista, de déspotas ilustrados que, en mor de la paz social en sus reinos, llegaron a tolerar a los distintos, a los fuera de la ley, tratándoles como propios. Pero también instancia con autonomía propia y que hoy se vuelve parte sustancial del mismo derecho.

Quizá sea aquí donde la tolerancia vuelve a recalar en el discurso moderno y, nuevamente, lo hace recordando esa negatividad que recorre su sustancia básica. Ahí se incardinan expresiones como “Tolerancia cero” dirigida hacia ciertos delitos en reclamación de una aplicación más rigurosa de larealidad_disturbio ley. “La ley en todo su rigor”, dirán otros, condena máxima frente a esos desvíos en la norma. Crímenes estigmatizados que provocan el rechazo radical de la sociedad y sus miembros. ¿Se acaba, con ello, el ciclo que abrieron los Ilustrados?

El tercer factor que proponíamos era el de “Tolerancia, ¿Por qué?”, es decir, de donde debe surgir ese acto de renuncia. La causa que lleva a ese tolerar, causa que deberá, además, decirnos mucho del resto de protagonistas del concepto.

La tolerancia entraña, ya lo hemos dicho, una especial perspectiva de la norma, lo que supone un desequilibrio entre las lena_al_monoposiciones. Los sujetos activo y pasivo se proyectan de forma distinta frente a la ley, uno la tiene de su lado, el otro la incumple. Esto no quiere decir que no pueda presentarse una situación de equivalencia, ese tolerarse mutuamente, pero en este caso se toleran en dos ordenes normativos diferentes. “Yo te tolero a ti en uno orden que me da a mí la razón, tu me toleras en ese otro orden que reconoce tu derecho”. En un solo orden solo cabe una dirección: la tolerancia es siempre unidireccional.

Esta posición de equilibrio, sin embargo debe ser compatible con una equivalencia subjetiva, La tolerancia no es lo mismo que la “paciencia”. Puedo tener paciencia hacia la naturaleza porque la paciencia es una virtud radicalmente íntima y subjetiva, soporto “pacientemente” una tormenta que me impide salir de casa como puedo tener paciencia hacia el comportamiento de un niño pequeño aún sin uso de razón. Como no puedo razonar con ellos, los soporto. Aquí no hay relación jurídica, en cambio, la tolerancia la exige. La tolerancia entraña ese cohabitar en un mismo marco normativo, por eso solo se puede tolerar a personas, es decir, a copartícipes del derecho. El desequilibrio supone una diferencia, el que está al lado de la ley y el que se ha colocado en contra, pero es una diferencia en el espacio común del reconocimiento. Se aprecia una cierta igualdad sin la cual estamos fuera del concepto.

Antes de la tolerancia solo cabe el rechazo o la paciencia, es decir las dos posiciones en la exterioridad del derecho, se le rechaza, y con ello se abre la vía a su masacre, o se le soporta como haríamos con cualquier animal que, importunándonos, no llegara a alterar nuestra paciencia.

Ahora bien, como hemos apuntado, la tolerancia no supone identidad, ni mucho menos. Tolerar al otro no es identificarse con él –el mismo derecho rehuye toda identificación- sino incorporar al otro a un diálogo contenido en el seno de la norma. Un sentirlo como interlocutor de un diálogo en ese conjunto de sintagmas verbales donde las voces “yo” y “tú” se intercambian constantemente perdiendo todo sentido anafórico: “yo soy yo porque hablo ahora, pero seré “tú” en cuanto tú tomes la palabra”. Pero en ese diálogo yo-tú, para incorporar el concepto tolerancia, debe producirse una quiebra. Un algo que saca a uno de los interlocutores de la norma y le pone al margen de su protección. Algo le aleja de mí y le coloca en una situación que quizá le pueda llevar a la negación. Terencio lo recoge en ese planteamiento magistral. “homo sum, nihil humani a me alienun puto” -Hombre soy, nada humano me resulta extraño-, En ese colocarse en la piel del otro se aprecia la distinción, pero si hago el esfuerzo de reconocerlo es porque, antes, tuve la tentación de negarlo.

Pero volvamos al “Qué”. El objeto de esa tolerancia, máxime por la interpretación que incorpora el moderno uso del concepto en su propuesta de “tolerancia cero” y su radicalismo digital. ¿Podemos ser tolerantes cuando se trata de los delitos más graves que asolan nuestra sociedad?, o desde otro ángulo: ¿Cabe la tolerancia cuando se quiere cambiar un habito delictivo?. Pongamos algunos ejemplos: tolerancia cero frente a la violencia doméstica, el tráfico de drogas, la conducción bajo alcohol. ¿Es moralmente admisible una mecánica de “tolerancia cero” para quebrar esos comportamientos?. La sombra de la intolerancia  se viste así de honorabilidad y se proyecta como una virtud positiva.

lena_al_monoLa pregunta podría adquirir tonos aún más radicales: ¿Podemos tolerar  lo intolerable?, lo que entraña la pregunta previa: ¿Hay actos completamente intolerables?. Contestar afirmativamente a estas preguntas entraña dos consecuencias, de entrada la expresamente buscada por esa definición de “tolerancia cero”, finalidad educativa que busca lanzar un mensaje a la sociedad que sirva para romper una excesiva despreocupación hacia determinado actos que, sin embargo, son muy perniciosos para la misma. Aquí la tolerancia vendría a tener una función educativa que, al estigmatizar ciertos comportamientos, vendría a hacerlos aborrecibles y condenables, también en las costumbres sociales. Pero con ello se termina por reconocer que existe una barrera entre los seres humanos que separa a los que son propiamente humanos –de ahí ese “nihil humani”- de los que no lo son, aparece el riesgo de establecer barreras que parten de descalificar al otro como no humano. Si en algunos caso, el otro no merece ser llamado humano, ¿No colocamos al concepto tolerancia en el mismo borde de su extinción?

El concepto tolerancia viene, así, a centrar su atención en el núcleo mismo de lo jurídico. La moderación que entraña no es otra que la de centrar la acción jurídica sobre el principio negativo de la infracción, salvando todo lo demás de la acción de condena. Tecnología quirúrgica que pretende reducir la acción del bisturí a las meras células cancerosas. Frente a una medicina de guerra que no duda en matar moscas a cañonazos, la tolerancia supone el cuidado equilibrio de un actuar radicalmente humano: ¡Salvar lo humano en la represión del delito!. Sin embargo el largo camino desde su nacimiento ha terminando bordando el rizo de su crisis. La senda de Spinoza a Locke ejemplifica un trayecto desde una tolerancia que se abre hacia el mundo hasta su reflujo, donde la potencia del concepto se disuelve en medio de otras consideraciones jurídicas. Sístole y diástole que nos permite hablar de tiempos de intolerancia.

La propuesta de moderación surge sobre una reflexión que contempla una Europa agotada por las Guerras de Religión pero que supo reconstruir la paz en base a este concepto. Precisión cuasi óptica, fruto, quizá, del rizo de persecuciones que suponía ser rechazado y perseguido por una comunidad judía perseguida, a su vez, por todas las tierras del imperio. Surge así, en Spinoza, esa distinción entre la conciencia interna, la expresión verbal de esa conciencia y la acción humana, tres niveles de la libertad: pensar, decir y hacer, y propone la tolerancia, ese salvar lo humano, sobre los dos primeros entendiendo que sólo los actos pueden ser dañinos y condenables. Hermoso radicalismo que entiende que ni el pensamiento ni la palabra pueden ser vehículos del delito. Frente a la violencia del príncipe que condenaba hasta pensar mal del poder, la libertad de conciencia debe llevar necesariamente al otro extremo. Se tolera porque se niega al derecho la capacidad de llegar allí donde solo debe entrar la conciencia.

El pensar es inocente por naturaleza, la expresión de ese pensamiento debe ser, nos insiste Spinoza, su consecuencia natural y nada ha de convenir más al príncipe que la sinceridad de sus súbditos que, frente a la hipocresía de no decir lo que piensan, puedan decirlo libremente, incluso cuando no es de su agrado. El delito queda así constreñido a lo que realmente hace daño, es decir, el acto físico y material que destruye vidas y haciendas. La palabra queda del lado del pensamiento y no de la acción, y el derecho solo debe referirse a las acciones, “…para lo demás se admite que cada uno piense lo que quiera y diga lo que piensa”. La reacción de la norma queda, así, despojada de todo un marco de su acción punitiva, con ello el concepto tolerancia entra definitivamente en la esfera de la ley y no de la voluntad del príncipe.

La radicalidad de este planteamiento será contestada por Locke en su “Carta sobre la Tolerancia”, estableciendo el lugar geométrico de la ley en el bien común y no en la mera prevención del mal. Locke abre así la vía a una consideración más limitada del concepto, iniciando, desde esta consolidación democrática que se aprecia en el pensamiento Ilustrado, el declive de su potencia. Ahí arranca esa nueva mecánica que lo arrastrará hasta esa sístole de la “tolerancia cero”. De nuevo es curioso comprobar que ese espíritu democrático liberal que incorpora el pensamiento lockiano esconde una potencia absolutista, capaz de hacer asumibles nuevos modelos de intolerancia.

Y, de nuevo, será también Kant quien responda en su justa medida oponiendo al absolutismo del bien común el valor radical de un derecho como imperativo categórico –un derecho que entraña ya necesariamente la práctica de la tolerancia. Rizo completo que nos trae los sones de la vieja “Oración fúnebre” que pronunciara Pericles ante los caídos en las guerras del Peloponeso y donde, por primera vez –y mejor- se definió la democracia: “Kath hedonai”, vivir como se quiera, doble juego de los espacios público y privado no como instancias separadas, confrontadas por un dominio de la vida, sino como planos diferentes, de cuya combinación perfecta surge el volumen de una vida en su plenitud. El modelo de Pericles vino a ofrecer a sus conciudadanos el equilibrio perfecto entre lo público y el derecho a vivir asentado en la cotidianidad de lo privado. Un orden jurídico donde la tolerancia deviene derecho en su sentido más absoluto.

Cabe así la pregunta sobre política y tolerancia, sobre cual es el modelo social donde anida más cómodamente. Walzer propone una taxonomía de las sociedades conforme su capacidad de incorporar mecánicas de tolerancia. Surgen así de su análisis, tolerancias distintas, sustanciadas según los regímenes políticos. Estados nacionales, imperios, monarquías, democracias abren o cierran sus registros a ese tolerar la posición de los otros. Sin embargo la primera y principal taxonomía se incardina en la propia definición del concepto: tolerancia desde el poder o desde los ciudadanos en la individualidad de sus comportamientos; es decir, desde la construcción del derecho o desde la práctica de cada uno, en definitiva: tolerancia jurídica o sociológica. El estado tiene aquí un compromiso de eficacia que entronca directamente con el valor de lo público necesariamente articulado, además, en la cotidianidad de la vida privada. Un valor humanista que incorpora al derecho la autocomprensión radical de su valor instrumental. No hay verdad por encima de la duda, ni rectitud que no  entrañe –pura aplicación de la teoría de fractales- extraños periplos que hacen de la línea recta un juego de quiebros y oscuridades. La razón tiene sus sombras y el derecho sus vacíos, si es así, no hay norma que pueda imponerse sin un cierto sabor de ironía. Una ironía que debe llevar a comprender cuan contingente es todo derecho, cuanta injusticia arrastra bajo las solemnes togas donde se esconde. Si es así, decimos, no hay crimen ni delito que no pueda reclamar, frente a la reacción del estado y su justicia, esa quiebra que llamamos tolerancia.

La sociedad postmoderna nos conduce necesariamente a este extremo, y es ahí donde renace la pregunta: “¿Tolerancia?” y la respuesta es que no hay otra forma de encarar el complejo orden jurídico al que nos encaminamos. Un orden cada vez más recorrido por exigencias contradictorias y a veces extrajurídicas pero que definitivamente han terminado recalando en la potencia de nuestras normas. Planteamientos derivados de conciencias jurídicas, costumbres, imperativos plurales que ponen al borde del abismo la seguridad jurídica que creyó construir el moderno Estado de Derecho. Confusión entre lo público y lo privado, cuestionamiento y reducción de la autonomía real de la voluntad, eso sí, en medio de un individualismo feroz que arrincona a la persona entre las cuerdas de nuevos mandatos.