Por una conceptualización de los derechos humanos en el Mediterráneo (I parte)

mediterraneoRecientemente pidieron mi participación en unas conferencias bajo el título de “Los Derechos Humanos en el Mediterráneo”. El presente artículo surge de la reflexión alrededor de esa propuesta conceptual, propuesta que, si en un primer momento atendí lleno de reparos, al final desplegó ante mí un inmenso contenido semántico.

Mis reparos partían de una doble premisa. Por un lado la construcción etiológica, el origen conceptual, de lo que llamamos Derechos Humanos. De otra parte la confrontación histórica que subyace bajo la idea de Mediterráneo. Me explico, ambos conceptos, Derechos Humanos y Mediterráneo se encuentran secuestrados por un debate que amenaza llevarlos a un reduccionismo estéril.De entrada los Derechos Humanos. Al incorporar una adjetivación territorial al concepto de Derechos Humanos inmediatamente se introduce el debate entre la universalidad y la configuración cultural de los mismos, entre los que proclaman su carácter de principios universales e irrenunciables y los que les incorporan una raíz cultural y hablan de su dimensión occidental y latino-cristiana, confrontándolos así a una posible configuración desde la óptica de terceras culturas.

El concepto Mediterráneo sufre un debate igualmente estéril. ¿Una unidad geográfica?, ¿Una  frontera entre dos mundos?, ¿Un choque de culturas?, ¿Un diálogo de civilizaciones?

Volviendo al encuentro mencionado, la realidad es que, pese a la riqueza de las propuestas, al final la discusión terminó cerrándose en el círculo vicioso de ese debate estéril. Ahora bien, como he apuntado también pudimos apreciar el inmenso caudal de conceptos que anidan en un discurso bajo ese rótulo, por eso, ante la propuesta de escribir en este número de la revista, he querido recuperar la compleja reflexión que pudimos hacer en aquellas Jornadas.

Para reclamar un sentido a la propuesta conceptual de “Los Derechos Humanos en el Mediterráneo”, debemos partir de una previa ruptura de los modelos interpretativos clásicos, contaminados por años, mejor aún, por siglos, de prejuicios.

Partamos del marco geográfico. El Mediterráneo, ¿Unidad o frontera?. Quizá podamos atribuir a la densa obra del gran historiador francés Henri Pirenne la construcción de la idea del Mediterráneo como frontera. Sus trabajos sobre la Alta Edad Media concluyen en la quiebra que introdujo la irrupción del Islam sobre unas aguas que, durante siglos, habían sido la mayor “autopista” del mundo conocido. Sin embargo el análisis de Pirenne tiene también una dilatada historia que nos recuerda la profunda carga ideológica que gravita sobre este modelo interpretativo.

Pese a cierta visión del Mediterráneo como espacio común, presentada siempre como época dorada, y pasada, frente a la realidad de un “presente” lleno de conflictos y guerras, la realidad es que el discurso histórico, el relato de los acontecimientos a lo largo de los 2.500 años de historia mediterránea, se ha basado en la visión de la confrontación continua de dos mundos presentados siempre como antagónicos, y dicho esto en su sentido etimológico más inmediato: dos “agonías”, dos formas de sentir y vivir contrapuestas. Es ahí donde podemos ubicar la aparición, con sentido geográfico, de los nombres de Europa y Asia, referidos originariamente a divinidades no necesariamente ubicadas en topología alguna.

Tendremos que esperar a las Guerras Médicas para que la geografía adquiera una nueva dimensión y se vuelva profundamente ideológica. El carácter propagandístico de esta deriva conceptual queda claro al constatar que la oposición entre ambos mundos se producirá, incluso, de forma posterior a la guerra. De forma que la oposición conceptual entre “griegos” y “persas” surgirá más de las confrontaciones partidistas intrahelenas que de una verdadera confrontación con el imperio aqueménida. Se puede apreciar esto sobre todo por el continuo reclamo a la mediación del rey Persa (el Gran Rey) en las continuas disputas entre griegos. La denominada “Paz del Rey”, que puso bajo la garantía del poder imperial una de tantos frágiles armisticios  entre las ciudades griegas, o la financiación de los partidos griegos, reflejan una “continuidad” de la presencia persa en la vida griega que nada tiene que ver con la expresión de dos mundos antagonicos. La confrontación, que encuentra su configuración ideológica en obras como “Los Persas” o, de forma más sutil, en “Las Suplicantes”, alcanza su plenitud en medio de las Guerras del Peloponeso. Un conflicto, no podemos olvidarlo, más civil que internacional y más social que meramente territorial.

La lectura humanista de “Los Persas”, la gran tragedia de Esquilo, y su reclamo, en boca de la Reina, de la identidad última entre griegos y persas, refleja, a la contra, hasta dónde había llegado ya la confrontación ideológica. La larguísima tradición cultural de persas y egipcios (en este caso la contrafigura a los griegos en “Las Suplicantes”), proclamada continuamente por la inteligentzia griega, no impide proclamar su barbarie en oposición a la idea de una Hélade dónde, a partir de ahora, se consagran los valores de la razón, la libertad y la ciudadanía. Una oposición absolutamente extraña para filósofos como Pitágoras, Tales o Anaximandro, adquiere, de pronto, una densidad reconocible por el pueblo en la expresión festiva del teatro. Incluso, a partir de ese momento, la Iliada tendrá una lectura propia, ubicada la ciudad de Troya en el espacio reservado, desde ese momento, para bárbaros y extranjeros.

A partir de ahí este modelo conflictual se mantiene bajo su estructura binómica. Es esto, justamente, lo que delata el carácter ideológico del modelo y su absoluta artificialidad. Siempre serán dos mundos irreconciliables y no más, solo dos. La aventura global de Alejandro, pese incluso al lenguaje connubial entre ambas culturas (de ahí su matrimonio con Roxana), subraya el lenguaje de los dos mundos separados, remarcado también por la propia simbología del matrimonio, oposición de la masculinidad y la feminidad, de un sentir pero también de donde ha de radicar la fuerza y el poder.

El discurso adquirirá luego diversas formas y tensiones, desde la proclamación de la “cruzada” violenta, hasta las propuestas conciliadoras y amistosas, pero todas terminan resumiéndose en esos dos mundos distintos y de naturaleza antitética, abocados por eso mismo al conflicto y a la guerra.

De nuevo el carácter ideológico de la frontera se acredita por la facilidad con la que se traslada de un espacio a otro: vertical, horizontal, es lo mismo, siempre que regule la estructura binomial del espacio mediterráneo: Tras Grecia-Persia, aparecerá la dialéctica entre Roma y Cartago, donde la propaganda asimilará la colonia de Tiro a las “costumbres crueles y lujuriosas de Oriente”. En “Salambó” de Flaubert se puede apreciar todavía la potencia de ese orientalismo que, desde la visión del siglo XIX, configurará el modelo de “comprender” lo que sucede en la “otra orilla”.

Como decimos, la barrera se desplaza continuamente en su topología: Oriente y Occidente, Norte Sur. Pasará por los Dardanelos o por Mesina, en definitiva es lo mismo, no responde a una antropología científica, ni a una realidad construida sobre el espacio, sino a un modelo ideológico que, como en el caso de los griegos, responde más a conflictos internos que a la realidad de una confrontación. En la propaganda de Octavio frente a Marco Antonio, tras la crisis del Segundo Triunvirato, se presente a un Marco Antonio vendido a las pasiones de un oriente egipciaco y femenino. Una Cleopatra griega hasta la médula, nos es presentada como una voluptuosa mujer oriental. También adquiere esta lectura la oposición de un oriente griego y un occidente latino que impone la división del Imperio con Teodosio desde la división puramente administrativa de Diocleciano. El Cisma de Oriente con Foccio, la irrupción árabe, la constitución del Imperio Otomano o la presencia de la piratería berberisca en las costas de Argel, llevarán a definir la otra orilla siempre como extraña y enemiga, y, sobre todo, con valores radicalmente diferentes a los construidos en ese espacio fluctuante al que se reservas el calificativo de europeo. Sin percatarnos que ese Argel era, en ese siglo XVI, un auténtico emporio multicultural, con gobernadores procedentes de todo el arco mediterráneo.

Frente  a esta dialéctica bicultural, la realidad que presenta el Mediterráneo a lo largo de su historia y en su presente, es más bien la de un mosaico de realidades, repletas de contrastes y semejanzas. Una aproximación madura a la realidad actual nos presenta, más que dos orillas, un mínimo de seis, como nos propone Paul Balta. Por cultura, estructura política, historia antigua y reciente, sistemas lingüísticos, etc., la realidad proyectada abunda en esa complejidad que hace del espacio mediterráneo un verdadero mosaico, como decimos, y no un friso de dos bandas confrontadas.

Complejidad, además, por partida doble. De entrada en una geografía poliédrica aún más que poligonal, donde las mismas orillas, están, a su vez, repletas de diversidad. Una diversidad no sólo respecto a sus espacios contiguos, sino en la densidad de cada punto. Apreciados de cerca, cada uno de esos estados mencionados supone ya de por sí, una complejo sistema donde los cruces de pertenencias y referentes simbólicos acumulan una pluralidad difícilmente reducible a la idea de un estado, menos aún, como se puede suponer, a la de una “orilla” construida como discurso de un gran espacio civilizatorio.

Pero también en la continua variedad que encierra la misma confrontación bipolar: Este-Oeste, Norte-Sur, Oriente-Occidente derivada de siglos de propaganda: Griegos contra Persas, Helenos contra Latinos, Romanos contra Cartagineses, Roma contra Constantinopla, Catolicidad contra Ortodoxia, Cristianos contra Musulmanes, Europeos contra Turcos. Lo importante es apreciar como ese modelo se perpetúa sin dificultades hasta el ayer mismo de la Guerra Fría, donde el “Telón de Acero” volvió a reproducir la siniestra simetría de los unos contra los otros –no resulta casual que los “otros” constituyeran la “Europa Oriental”. O hasta el hoy mismo en el “Choque de Culturas” sobre el que se quiso construir toda la estrategia para el nuevo siglo. No será casual que, confrontados ala nueva política del Presidente Obama, algunos círculos de la extrema derecha tanto americana con de otros países, remarcan su color de piel y, sobre todo, uno de sus nombres, “Ibrahim”, aludiendo a una “orientalidad” innata a su persona.

Ahora bien, a la complejidad del concepto Mediterráneo se añade la propia indeterminación del concepto de Derechos Humanos. En una rápida visión sobre la etiología y su proceso de maduración, también podemos apreciar la densidad de su historia y, obre todo, de su contenido semántico. Es normal, hoy día, quizá ya con una inevitable carga ideológica, distinguir dos etapas en la vida de este concepto. Primero como instancia legitimadora de los procesos revolucionarios. Es la etapa que corre desde la Revolución Francesa hasta los movimientos descolonizadores de los años centrales del siglo XX. Una primera etapa de profunda dinámica política –y ciudadana-, donde estos Derechos Humanos nos aparecen más atentos al marco social de su desarrollo que al radicalmente individualista. El reclamo de los Derechos Humanos es, durante todo este período, expresión de posiciones políticas progresistas y revolucionarias.

Sin embargo una segunda etapa, en la que todavía nos encontramos, ha ido remarcando un contenido más cercano a la idea de “calidad de vida” y desarrollo de la persona, con un fuerte contenido individualista al margen de los sistemas  políticos donde desarrolla esa vida el sujeto en cuestión, marcando, con ello, un desinterés respecto al mundo y a la propia humanidad como unidad conceptual. Proceso, por otra parte, paralelo a la misma densidad de la vida social y política a lo largo del siglo XX, donde se puede apreciar, en su último tercio, una cierta abdicación de los movimientos sociales de corte político y su sustitución por otros movimientos más sociales pero menos interesados en las dinámicas de poder. Es decir, el proceso de sustitución, en la vida social moderna, de los partidos políticos por los movimientos asociativos denominados ONGs, volcados no en el “gran relato” de la transformación social, sino en el minimalismo de la acción inmediata sobre la persona tomada aisladamente, es decir, no como sujeto de la historia, sino como objeto de la misma.

De esta manera hemos visto como el discurso de los Derechos humanos se ha ido deslizando poco a poco de lo que históricamente se denominaban posiciones de izquierda a una amalgama de posiciones donde propuestas inequívocamente ultraconservadoras (los “neocons”, por ejemplo) pueden llegar a capitanearlos. El proceso ha sido parecido al sufrido por otros términos como “democracia”, “libertad”, “igualdad”, etc., cuyo uso actual ha dejado de definir las propuestas políticas de su enunciante, hasta tal punto que hoy día, los partidos políticos de la extrema derecha, a los que pudiéramos intuir como alérgicos a las ideas de libertad e igualdad social, no dudan en denominarse “liberales”, “democráticos” y humanitarios.

Este deslizamiento ha sido, por otra parte, sumamente complejo y repleto de “rizos” y “recodos”, lo que han permitido confundir su sentido y significado. Las mismas ideas de “calidad de vida”, “bienestar”, “desarrollo de la personalidad”, etc., han ido cambiando su carga política y reforzando posiciones conservadoras y progresistas indistintamente a lo largo de los últimos años. Pongamos un ejemplo. En el proceso de construcción del denominado “Estado del Bienestar” confluyen tanto el socialismo del Labor Party, como la urgencia de legitimar un capitalismo necesariamente nacionalizado en la urgencia, primero, de alcanzar una escala internacional y luego, tras la Segunda Guerra Mundial, para promover la necesaria reconstrucción tras la crisis de la post-guerra. No será extraño que las propuestas que configurarán las bases doctrinales de ese Estado del Bienestar surjan antes del partido liberal que del mismo laborismo. Hoy, en medio de la actual crisis económica, la “derecha política” ha sido menos reacia a la nacionalización de la gran banca que los partidos tradicionales de la izquierda y vemos, con extrañeza, como es esa misma derecha, la que recibe el encargo de las urnas, para gestionar la transformación hacia un capitalismo post-financiero.

Estamos, por lo tanto, ante conceptos fuertemente cambiantes, cuyo contenido semántico, es decir, su auténtico significado, está repleto de referencias cruzadas y que nos remiten a sistemas políticos y propuestas jurídicas complejas y extrañas. Si esto es así en su significado más inmediato, la suma de significaciones que acumulan a lo largo de la historia es aún más astronómica. Bastará pensar en los cruces de ideas que se pudieron acumular a lo largo de los siglos XVIII y principios del XIX donde nace la misma doctrina de los Derechos Humanos, sus vínculos religiosos, no extraños a los conceptos de tolerancia promovidos desde las confesiones protestantes, las propuestas humanistas derivadas del pensamiento erasmista, los prejuicios sobre la propia naturaleza del hombre sazonada por las ideas de decadencia o progreso.

Doctrinas pactistas, donde un hombre de la naturaleza –profundamente derivado de la imagen del “salvaje” que aparece en las primeras crónicas procedentes de América- se ve confrontado a la idea de sociedad. Naturaleza que llevará también a profundas derivas desde la sacralización de la cultura clásica, esa “Libertad de los Antiguos”, hasta el reencuentro –ya romántico- con la idea de la germanidad sobre la que se construye un nuevo ideal de libertad al margen de las exigencias sociales. Benjamín Cosntant opondrá así a la libertad de los antiguos, esa otra libertad, la de los Modernos, individualista y huidiza de los compromisos agobiantes de la ciudad sobre la que se construye hoy el pensamiento liberal.

Llegados a este punto, cabría preguntarse: ¿Estamos ante una imposibilidad de definir una doctrina autónoma de los Derechos Humanos? Y, acercándonos más a nuestra propuesta inicial, ¿Es posible construir un discurso sobre los derechos humanos en el Mediterráneo? Mi conclusión es que, pese a la gigantesca carga ideológica que tiene estos conceptos, pese a la selva de referencias que acumulan desde su construcción teórica, la respuesta puede y debe ser positiva: es posible establecer la sistemática de los derechos humanos bajo la rúbrica del Mediterráneo. Ahora bien, para hacerlo necesitamos construir previamente una serie de premisas y, sobre todo, definir el marco específico de lo que son hoy, ya en una tercera fase si asumimos la división histórica que hemos apuntado, los Derechos Humanos.

El recorrido que hemos hecho sobre la complejidad conceptual tanto del Mediterráneo como espacio como del concepto de Derechos Humanos como sistema de Racionalidad jurídica, nos lleva a la necesidad de proponer un modelo distinto a la hora reinterpretar la propuesta ideológica de su territorialización, máxime en un análisis que se predica sobre una circunscripción historico-geográfica como la cuenca de este Mare Nostrum.

De entrada una razón previa. Partimos de la idea, que ya hemos avanzado, de la utilidad conceptual de la unión de ambos términos. Pese a la pluralidad espacial que entraña la idea de Mediterráneo, la realidad es que aporta una racionalidad con una eficacia apreciable tanto en el análisis histórico, sociológico, cultural y, hoy día, en su consideración política. Respecto a la idea d Derechos Humanos, la urgencia de su contenido resulta incuestionable. No solo ha sido el instrumento más poderoso para la transformación de la conciencia social en los últimos cincuenta años, sino que todavía desarrolla una eficacia fundamental para la articulación de la conciencia internacional en el umbral de este nuevo siglo. Otra cosa es la profunda crisis en que se desenvuelve hoy día la conciencia simbólica de esos mismos derechos humanos y que les hace incorporar una función táctico manipulativa de una específica orientación política.

Ahora bien, ambos conceptos reclaman una nueva ubicación en el aparato conceptual de esta Modernidad tardía en la que nos adentramos. Una transformación capaz de dotarlos de una nueva razón compatible con las transformaciones que avanza esta época. Un proceso en el que estamos implicados por la propia dinámica de los acontecimientos, pero que también es nuestra obligación asistir –como en los partos- para su más feliz alumbramiento. Es decir, una realidad con su propia dinámica histórica, pero que reclama una posición militante para su plenitud jurídica.

Apunto algunas reflexiones en este sentido. Primero, la idea de Mediterráneo reclama ya un proceso transformador desde su mera posición historia y socio-cultural intensa y compleja hacia una definitiva dimensión jurídica. Hablar de Mediterráneo, como ya lo es hablar de Europa, debe dejar d ser una idea en el universo de las ciencias sociales y  geográficas para pasar definitivamente a serlo de las ciencias jurídicas. El Mediterráneo no será una unidad geográfica, ni cultural ni social, si no lo transformamos en una unidad político-jurídica. Unidad que no es ni debe ser incompatible con otras unidades jurídicas solapadas, expresión de la ubicuidad de los distintos órdenes normativos que se cruzan en su espacio.

Europa, Mundo árabe, Magreb, Latinidad, etc. son unidades con su propia dimensión jurídica pero esto no debe perjudicar el nacimiento de una realidad mediterránea reconocible como instancia jurídica. Con esto se consolidad un proceso que ya afecta a todo el Planeta y que nos presenta el mundo como un sistema estructurado, donde si por un lado cada vez es más pequeño –en la potencia de los nuevos procesos tecnológicos que han reducido a cero las distancias, y la realidad migratoria que impone al diversidad en cada punto- por otro es cada vez más complejo y denso. El viejo modelo de los siglos XIX y XX, donde los espacios de las naciones se yuxtaponían por la radicalidad vertical de las fronteras, da paso a la idea de lugares compartidos donde el espacio pasa de la sola dimensión del plano a la posición poliédrica de los organismos en red.

Ahora bien, esta complejidad reclama cada vez con mayor urgencia una composición jurídica. Espacios compartidos, pero no en el caos de unas supuestas relaciones construidas desde la naturaleza, o lo que es lo mismo, desde el mercado. Todo lo contrario, con el orden de una sociabilidad fruto de la voluntad política de la multitud de sus ciudadanos. El Mediterráneo debe alcanzar definitivamente esta complexión, solo desde ahí cabrá construir una idea compartida de Derechos Humanos.

Segundo. En la propia transformación del concepto de derechos humanos. El concepto de derechos humanos debe alcanzar también su plena dimensión jurídica, pasando del clásico discurso ético-político a la eficacia del derecho.

Este proceso hace años que se ha iniciado. La consolidación institucional de sistemas como la Corte Penal Internacional, el activismo de la denominada Justicia Universal, la competencia jurisdiccional de los tribunales de prácticamente todo el mundo en la persecución de los denominados crímenes contra la Humanidad, todo ello ha ido configurando un orden jurídico de naturaleza supra estatal capaz de resolver, en vía judicial, competencias del histórico concepto de derechos humanos. A ello no ha sido ajeno el propio activismo ciudadano que ha intuido este sistema como un verdadero foro con competencia vindicativa para estos derechos de corte superior. Esta tendencia ha sido reforzada con la aparición de instancias de acompañamiento de este tipo de derechos: Organizaciones internacionales, Defensorías del Pueblo, Consejos consultivos, Comisiones de la Verdad, etc. Con un trabajo que ha servido para instalar este concepto en la moderna conciencia jurídica de todos los pueblos. Con todo ello se ha ideo creando una red de intensidad creciente que se consolida como el principal garante del proyecto humanista de un derecho basado en la idea de la persona.

Por todo esto es hora ya de superar la vieja dicotomía, enquistada en discursos repletos de prejuicios e ideas preconcebidas. El discurso de los Derechos Humanos y su previa identificación ética debe trascender la dimensión ideológica. La discusión sobre su valoración, orígenes y dinámica debe dar paso a su confrontación real en los intereses  contrapuestos que se sustancian en el proceso. Dar cabida a este modelo procesal con la contraposición de las posiciones, intereses, ideas, propuestas e interpretaciones. Este será, en definitiva, el marco de los derechos humanos en el mundo en el que nos adentramos.

Durante el siglo XIX y la primera mitad del XX el concepto de Derechos Humanos se articuló en la oposición directa entre su reconocimiento y defensa o su negación, de ahí la profunda carga ideológica y política y su potencia liberadora. La lucha por los derechos humanos se identificaba directamente con las ideas de libertad, igualdad y autonomía de los pueblos. La segunda mitad del XX nos incorporó a una nueva complejidad repleta de pliegues sobre la función anterior. Conceptos  como libertad e igualdad entraron en una extraña colisión,  que hubiera sido incomprensible para los ideólogos que acuñaron el triple lema revolucionario. Las aporías contradictorias se multiplicaron con los procesos independentistas tras la Segunda Guerra Mundial. Los modelos desarrollados entorno al moderno concepto de terrorismo terminaron por arrinconar el viejo sabor revolucionario que desprendía el modelo. Los  conceptos de cultura y civilización se presentaron como oposición a la idea individualizada de la persona humana como “mónada” independiente y sede inalienable de la idea de Derechos Humanos.

Sin embargo esta oposición no deja de ser artificial. No podemos olvidar que lo que llamamos cultura no es más que la escuela de supervivencia sobre la que se ha construido la misma vida de las personas. La cultura es ese saber acumulado por los grupos humanos que nos ha permitido sobrevivir frente a la dura realidad de una Physis comprendida como selva y desierto. Un mundo de la naturaleza previo a la misma consideración del ser humano como persona.

La confrontación sincera –y procesal- de los legítimos intereses que entraña el moderno concepto de Derechos Humanos será la mejor garantía de una respuesta adecuada.