Reivindicación del Islam

islamReligión y cultura son radicalmente compatibles con la libertad de expresión. Sólo en medio de la ignorancia y la simplificación se produce la colisión de valores.

Acontecimientos modernos me hacen recordar una sentencia de hace unos años. Fue en un tribunal de París, en el caso Houllebecq, que ya en ese momento me despertó sentimientos contradictorios: entusiasmo y sinsabor, pena y alegría. Reflejaba la distancia que hay entre el derecho y la vida. Distancia necesaria aunque a veces dolorosa, como la que hay entre la razón y el deseo.

Al final me decanté por una visión positiva. Bienvenida sea esta sentencia y aprovecho para soñar, para exigir, su extensión universal, su consideración absoluta: no hay vínculo entre la palabra y los hechos, ¡que cosa más sencilla de comprender!, la voz, sea sublime o terrible o vergonzosa, no es más que aire, “flatus voci”. Aire, como nos recuerda la sublimidad de la opera -“aria”- o el ruido más repugnante. En uno y otro caso, puro viento en la inmensidad de la atmósfera. Y este aire nunca puede ser delito. De Mein Kampf a la oral enseñanza de un Sócrates. ¡Que estupidez ambas condenas!. Reivindico el derecho a decir cualquier cosa y más aún a decirla por escrito donde el aire pasa a ser mera imagen: imagen de gas, de viento, la más pura de las abstracciones. Leer supone siempre un esfuerzo, nada nos obliga a leer ninguna cosa, la mirada resbala necesariamente cuando lo escrito nos aburre y no hay peor condena para un texto que su carácter de aburrido.

El libro más bochornoso, el discurso más impertinente, la pancarta más terrible, el panfleto más amargo son meras palabras. Contemplar ahí un delito confiesa nuestra propia torpeza. Cuanto más generosa sea una sociedad con el “habla” menos daño se podrá ocasionar con la misma: reconocido el derecho al libelo, la violencia dialéctica se diluye como el azucarillo en el agua. El error está en la prohibición. La prohibición dota de contenido a la palabra: Construido el interdicto –“inter dictum”, barrera entre lo dicho- la fluidez del lenguaje se vuelve sólida y ese gas inofensivo deviene una terrible arma.

Se puede decir, como manifestó Houllebecq,  que el Corán es una obra mediocre (las críticas literarias suelen ser contradictorias), como también se pude decir con él que los mahometanos son los más estúpidos de los hombres (lo que ya me parece una tontería), o manifestar incluso alegría por la muerte violenta de cualquier palestino, incluso de los niños supongo, como dijo el autor de “Plataforma” antes de la Sentencia comentada, y esto ya me avergüenza y entristece profundamente, como se puede decir también que el Holocausto nunca existió o que el Gulap fue una necesidad histórica, o llamar santa a la Cruzada, a la Inquisición o a la guillotina, “Sainte Guillotine”, recitaban en canción de los “sans culottes” en los años del Terror. A mi me basta con no leer ninguna de estas miserias y, si alguna vez llegan a mis manos, despacharlas entre el asco y la tristeza. Pero nunca deben ser tenidas por delito. Así lo leo en la sentencia parisina en una vindicación que recorre tanto a Sócrates como a Cristo, o a Zola o Sade o Salman y a tantos otros mártires de la palabra. El panfleto, la pancarta, el libro, los versos, podrán ser satánicos, pero nunca constituir delito.

Pero junto a esta sentencia –el derecho-, está la vida, la cultura, la riqueza que supone el pensamiento, y aquí lanzo otra vindicación necesaria. El islam no es el fruto de una mente mediocre por más que pudiera serlo el autor de alguna de sus obras. Como el cristianismo no es el fruto aislado de cuatro o cinco textos a los que llamamos Evangelios. La pasión dialéctica de más de mil concilios, el frenesí conceptual que nace con la patrística, la reflexión de miles de autores desde la racionalidad al misticismo, el arte en toda su expresión: arquitectura, música, plástica, literatura, Bizantino, gótico, románico …. (“Santa María di Fiori”!!!!) todo esto es el cristianismo y así, yo personalmente, me vindico hijo de esa cultura que llamamos cristiana. A pesar de conocer su basta galería de horrores o de avergonzarme de algunas “estampitas” que divulgan la imagen de Cristo.

El islam ha conocido otro tanto. Nacido en medio de la crisis tardo romana –ya imperio de Oriente-, pudiera ser una de aquellas opciones fruto del calor dialéctico entre la patrística, el judaísmo helenizante y los rescoldos de un paganismo replegado en los confines de Arabia. Todo ello difícil de distinguir en sus inicios de tantas otras opciones, elecciones y “herejías” que conocieron las religiones cristiana y judía, por otra parte tan íntimamente entrelazadas en la llamada “sinagoga cristiana”. Ni siquiera nace alrededor de un libro, ya que la predicación del Profeta se adelanta. En todo caso pronto adquirió auténtica vida propia hasta constituirse en una cultura, pulsión de vida de la que emergen las grandes obras del ingenio: derecho, ciencia y arte. Una Edad Media repleta de pliegues entre esas tres culturas –junto a otras todavía supervivientes del legado pagano pero repletas de vitalidad y saberes- terminó convirtiéndolas en difícilmente distinguibles. No es que en Toledo, como en Nápoles, Palermo, Florencia, Venecia, Constantinopla, Córdoba, Argel o Bagdad convivieran moros, cristianos y judíos, es que su convivencia creó miles de híbridos en una inextricable combinación de posibilidades de la que pronto brotaría el caudal inmenso del Renacimiento.

No es cierto que “luego” esa cultura quedase atrasada, mero discurso entre interesado y paternalista del colonialismo europeo. Los siglos XVII, XVIII e incluso el XIX rebosan de vida, es decir, de ingenio. Tantas toneladas de prejuicio –de ideología- me hacen decir que quizá el siglo XX refleje la pérdida de un tren que, por otro lado, a duras penas pasó por nuestro país hace cincuenta años. Por ello aplaudí el reconocimiento del Premio Príncipe de Asturias a ese ejemplo de diversidad enriquecedora que son el malogrado Edward Said y Daniel Boremboim empeñados en demostrar algo tan simple –¡y tan difícil de comprender para algunos!- como que dos personas pueden ser diferentes y amigas al mismo tiempo.

Y aquí, de nuevo, es el derecho el que debiera tomar la palabra. La política, dice Mario Dogliani, es como la medicina, nace para combatir la naturaleza cuando es peligrosa y maléfica. Lo que llamamos estado moderno nació para la Modernidad en medio de un conflicto, instrumento de control que supo neutralizar las luchas religiosas de los siglos XVI y XVII. Quizá sea el momento de pensar en un sistema de realidades más complejo que de razón a las necesidades de hoy.

Quizá todavía echemos de menos una Encíclica Rerum Novarum en el ámbito islámico, también sería bueno reencontrarla en el marco de la Iglesia, pero pudiera estar cerca, cosa también necesaria, lo vemos día a día, en el espacio tan querido de Israel; en todo caso la quiebra, ese abismo histórico que dicen nos separa, a penas alcanza los cien años cuando todavía la Iglesia incitaba desde el púlpito a rechazar como demoníaco todo lo político, reclamando de los fieles una devoción incompartible con la conciencia democrática (también rechazaban las vacunas y los avqances médicos). El párroco de Torcy, en “Journal d´un curé de champagne” –G. Bernanos, 1936-, comentando la aparición de la Encíclica en 1891, confesaba a su discípulo: “…Pero a nosotros, hijo mío, en aquella época, nos pareció sentir un terremoto bajo los pies…”   Y cien años ¡que poco es para el recuento de la Historia!.