Soberanía y derecho consideraciónes sobre el poder constituyente(I).

ciudad_amuralladaQuizá una de las más sublimes explicaciones sobre el concepto de soberanía nos la proponga Carl Schmitt con su confrontación entre los conceptos de Regla y Excepción. Sobre este binomio construye toda una teoría del derecho de enorme eficacia todavía para nuestra época. Regla y excepción aparecen, así, como los ejes de un sistema que nos permite comprender, en el espacio de la vida y no en la teorización angelical de la academia, el hecho mismo de la soberanía. “Soberano es quien toma la decisión en medio del estado de excepción” Frente a la mecánica normatizada de la vida administrativa y sus funcionarios (los técnicos), la urgencia de una decisión, incluso contra la normalidad de las reglas, define el ejercicio real de la soberanía. La propuesta analítica de Schmitt nos lleva al punto mismo de la vida política, y lo hace como realidad actual, es decir, presente en cada momento y no como un espacio-tiempo mítico que nos remita a un pasado remoto donde “quizá una asamblea, o incluso un usurpador” –en expresión de Kelsen- catalizaran aquella energía (el poder constituyente) para convertirla en materia normativa. No. El poder constituyente –como teoría de la excepción- está siempre presente, aparece así en la inmediatez de la vida. La famosa pirámide normativa no es así –vendría a decirnos el jurista alemán- un tupido edificio de piedra definitivamente levantado, sino una construcción nebulosa pero poderosísima, como esos terribles tornados y huracanes, donde la densidad de las nubes no impide, sino al contrario, fomenta y provoca fortísimas corrientes de aire y vientos que llenan de vida y energía a la tempestad. El concepto de soberanía tiene de esta manera una lidad inmediata y presente y es este aspecto el que nos interesa.

Se ha acusado reiteradamente a Schmitt de reaccionario e, incluso, de filonazi y seguramente lo sea. Sin embargo, pese a que las acusaciones también recaen sobre su doctrina –teoría del derecho del nazismo, se ha dicho- hay entre las vigas que sustentan el edificio, suficientes pilares para mantener también una teorización democrática, es más, me atrevería a reclamar, desde un punto de vista exquisitamente democrático, la eficacia, la urgencia, de algunos de sus planteamientos. Mientras, trabajamos sobre algunos de sus conceptos para apreciar esa democratización escondida entre sus contradicciones reaccionarias.

El paralelo Norma vs. Excepción nos lleva a otro sistema también binario: Gestión vs. Decisión, configurando así lo excepcional al margen del marco de la posibilidad normativa (lo normal) y centrando ahí la razón de ser del derecho. En esos momentos de excepcionalidad, en medio de esa crisis que reclama la decisión que, a riesgo de destruir la comunidad, la lleve a su salvación, es donde se sustancia el ejercicio del poder soberano. El problema es saber quién es ese que, en ese momento crítico y excepcional, asume tal nivel de riesgo para salvar a todos. El profesor Schmitt no duda en reclamar para este acontecimiento la figura, también excepcional, del líder. Con ello nos conduce a primera vista a un irremediable planteamiento monárquico: en última instancia, en ese momento cumbre en el que la sociedad se deshace recorrida por el miedo, sólo la voluntad individual de un auténtico líder, de un héroe, es capaz de llenar de electricidad a la multitud e infundirla el necesario deseo de victoria. Su planteamiento está recorrido por una verdadera lógica psicológica: siendo lo excepcional el marco de posibilidad de la norma y quedando aquella (la excepción) al margen de la competencia orgánica de toda estructura institucional (ya que toda institución requiere necesariamente su sometimiento a la norma que la regula) la última fuente de poder –esa soberanía- obligatoriamente tiene que ser humana, configurada alrededor de la persona concreta de un hombre. Un jefe, un rey, un duce, en definitiva, alguien que, por la sola potencia de su personalidad sea capaz de tomar la decisión e imponerla. Es decir, frente a la competencia reglada de la Administración –es decir, la mera gestión-, el coraje humano de la Decisión. Así, frente a todo protocolo normativo, al final es esa competencia carismática la que resuelve la paradoja y corta, como Alejandro, “el nudo gordiano”.

Sin embargo esa lógica psicológica, como la hemos denominado, olvida un escalón anterior. Es aquí donde el pensamiento schmittiano, frente al monarquismo fascista que rezuma su discurso, recobra su capacidad democrática. La cuestión, por lo tanto, no es tanto la oposición entre esa excepción y los procesos de normalización a que se ve sometida, sino la necesidad de profundizar en esa excepción y comprender cuales son los auténticos actores que la resuelven.

La realidad es que la propia vida política ha intentado siempre reconducir al marco orgánico –y organizado- esas decisiones tomadas en el espacio de la excepcionalidad. El ejemplo máximo está en la institución de la Dictadura como intento de institucionalizar la excepcionalidad. El sistema romano establece esta magistratura extraordinaria para esas situaciones de excepcionalidad que ponen en peligro la vida de la comunidad. De esa manera –de ahí el interés que el modelo despierta en autores como Schmitt o Donoso Cortés- frente al equilibrio de contrapesos de la diarquía consular y el control senatorial, la dictadura aparece como la concentración de todo el poder en la unidad de un único magistrado. Sin embargo y pese a tamaño esfuerzo jurídico, la dictadura no es ni puede ser una institución. La “prueba del nueve” nos la proporciona el carácter extrajurídico de los mecanismos de control que se establecen. No nos encontramos con una mecánica asentada en ningún órgano estatal, lo que sería una contradicción en sí, ya que esto privaría al dictador de la competencia suprema. Los controles terminan remitiendo a valores extra ordinen. El patriotismo, la honradez, la elegancia, serán los únicos instrumentos que le llevarán a dejar el cargo, por su propia voluntad, una vez superado el peligro que reclamó su presencia. Se construye así el discurso de lo que sería “un buen dictador” que, como ese tirano del poema de Cavafis, es capaz de dejar el cargo, desprenderse de sus vestiduras y sandalias y, como el “buen actor” –así nos lo narra el poeta-, terminada la función, deja la escena, abandona y cuelga la máscara de su personaje y se va tranquilo a su casa. Propuestas extrajurídicas, decimos, imposibles de regular y menos de imponer. La prueba quedó acreditada por la misma Historia. A partir de las Guerras Civiles y los Triunviratos, la dictadura tendió a ser perpetua y sólo “recurrible” ante la fuerza de otro candidato a dictador con mejor fortuna.

Este modelo venía, además, a cerrar el tipo conceptual y lo hacía vinculando estos dos factores deducidos de los dos binomios de los que hemos partido: la excepcionalidad de la situación con la unicidad de la decisión. Si todo el sistema sólo encuentra su último sentido en lo excepcional, el único régimen posible, venía a decirnos, la única solución en definitiva, sólo podía ser el totalitarismo personalista –y fascista- de los dictadores del siglo XX. Es decir, la monarquía en sentido moderno. Es cierto que la monarquía clásica había cubierto también ese vacío a través de su definición como absoluta (legibus solutus). Al colocar al monarca por encima del orden jurídico, es decir, al no estar atado por ninguna norma (la palabra absoluto procede de absuelto, es decir, de suelto, en definitiva, de no estar atado por norma alguna), cumplía perfectamente con esa función legitimadora extra ordinem capaz de sustentar todo el sistema. En este aspecto la monarquía perfecta era la constituida por el Papado y la utilísima cláusula de la sucesión “petrina” que establece que cada Papa es sucesor directo del Apóstol. Con ello todo Papa queda desvinculado de los actos jurídicos de sus antecesores en el tiempo, pues son los actos de cada uno los que alcanzan esa eficacia en la jurisdicción divina: “Lo que atares en la tierra quedará atado en el cielo”. El resto de monarquías seculares, y más aún las hereditariasa arrastraban una limitación que reducía su eficacia: su sometimiento a las normas sucesorias. De esta manera el orden se “colaba” así por la puerta trasera, convirtiendo al monarca clásico en un “revoltillo” de excepción y normalidad cuajado en el complejo protocolo de la Corte monárquica. Desde un punto de vista exquisitamente lógico-jurídico, la única monarquía posible tras el siglo XX es la que se deriva de los sistemas fascistas y en especial el modelo del Führer cuya modernidad no ha quedado en absoluto cuestionada.

Sin embargo la propuesta de Schmitt quiebra en su mismo fundamento. No podemos por menos que compartir  su modelo en lo que respecta al principio de excepcionalidad como piedra clave de la bóveda constitucional. Es cierto que el régimen normativo no se sostiene a sí mismo, necesita una justificación constante, esa legitimación necesariamente originada en el campo exterior a la norma (de ahí que la legitimación “ordinaria” de toda norma necesariamente provenga de una norma superior, hasta llegar a la Norma Normarum que supone la Constitución). Llegados a los bordes del sistema entramos necesariamente en el campo extraordinem de lo excepcional. Schmitt coloca la fuente de legitimidad última en esa voluntad que sabe pronunciarse e imponerse en ese punto extremo: esa capacidad de actuar del dictador. Reduce así la posibilidad de salvar la situación excepcional al sólo “coraje” de uno que, con su voluntad arrolladora, resuelve el conflicto. Un “Uno” que alcanza la imaginaria de héroe. Un héroe que, a semejanza de la taxonomía de Carlile encuentra esa fuerza abrumadora en factores tan variopintos como la fortaleza física, la inteligencia, la pasión religiosa o la tradición familiar. Y es ahí donde está su error.

El error de Schmitt estriba en renunciar a dar un paso más en el análisis de ese acto y no ser capaz de alcanzar a ver que, justamente antes de esa voluntad individual resulta inevitable una previa expresión de voluntad colectiva. Justo antes que el héroe está la multitud que lo ensalza. La legitimidad de ese acto individual requiere el previo consenso que lo haga viable. El sistema schmittiano precisa necesariamente de una voluntad social colectiva anterior a todo protagonismo personal.

Es cierto que, al construir el modelo nos encontramos la centralidad personal –mejor, unipersonal- de la voluntad decisoria, es más, como ya hemos apuntado, la imposibilidad de la institucionalización de la decisión en el espacio abierto de la excepción. Sin embargo, la propia Historia nos conduce necesariamente a la expresión colectiva como fuente última de esa voluntad extraordinem. La excepcionalidad encuentra la solución soberana primera, no tanto en el hacer individual del heroe solitario (Fuhrer, Duce, Rey…), sino en un acto colectivo de fuerza. El poder, ese poder que alcanza su expresión política en la soberanía, es siempre un actuar de la comunidad y no de ningún sujeto solitario. Mejor aún, de ese conjunto humano convertido en multitud, eso sí, no en su expresión de Estado o, incluso, de nación. En estos casos esa multitud ya ha sido sustituida por el orden social. Hablamos, por lo tanto de una multitud que alcanza su expresión al margen de toda construcción jurídica. Una idea de multitud que es previa a toda configuración institucional. Guillermo de Occam nos pone sobre las claves cuando proclama: “Ecclesia est multitudo fidelium”, una idea de colectividad que no supone una idea opuesta ni superior a la comunidad cristiana, sino inmanente a esa comunidad. Una multitud como la que se concentra en la proclamación del Contrato Social pero que, frente  a la mítica roussoniana, no sucedió en un momento lejano, previo a la Historia, sino, como recuerda el franciscano, en cada momento de la vida política. Otro franciscano (y no por casualidad) vendrá a totalizar esta idea del poder y desde ese mismo siglo XIV, Marxilio de Padua: “El poder de una República y el poder de sus leyes deriva, no de principios superiores, sino de la asamblea de ciudadanos”. La radicalidad de estos principios debiera hacernos recordar la expresa dicción de los textos constitucionales cuando dicen, como es el caso de la C.E.: “La soberanía reside en el pueblo del que emanan (todos, debemos recordar) los poderes del Estado”

La mecánica de este principio queda magistralmente ejemplificada en un sistema tan específico como es el ejército. Pese al fortísimo carácter normatizado y jerárquico que rige en la organización militar, y donde la expresión monárquica es tan manifiesta (los propios términos de jefe, capitán, duque –duce-, etc. expresan esa idea de poder unipersonal y concentrado) sin embargo, en el momento crítico de la batalla, es decir, en el momento razón de ser del mismo ejército, allí donde el orden se disuelve para alcanzar ese grado caótico propio de la excepcionalidad, allí, decimos, en ese momento en que la “potencia” de organización se ha de convertir en el “acto” de la victoria, la expresión de poder del líder exige un acto previo y, a la vez, continuado de carácter social: la absoluta aceptación de la masa de soldados. El general no es nada si esos soldados no sólo no se movilizan sino que directamente dudan de la precisión y posibilidad del combate. De ahí la función fundamental, reiterada desde la Antigüedad, de la “arenga militar”. La arenga militar, más aún que el discurso político o el alegato judicial (aunque tiene con ellos una  cierta semejanza) viene a incorporar esa convicción a las masas. Ella es la que dota de contenido cromático a la figura del líder. El general, pese a lo pomposo de su uniforme, la altivez de su gesto o la aureola de su carisma, no es nada sin el entusiasmo empático de sus tropas. Los generales romanos eran plenamente conscientes de ello. Una mala arenga, la pérdida de esa empatía, el bajo convencimiento de la imperiosa necesidad de ese combate, arrastrará necesariamente a la derrota. Cuando se pronuncia una arenga, la masa de soldados está al margen de toda organización. El combatiente que la oye no es ni soldado ni capital ni sargento, la oye en cuanto guerrero, es decir, en el campo de la excepción. Pero es más, la escucha como árbitro, como verdadero juez supremo que, con el posible sacrificio de su propia vida, concede o deniega el éxito. En el fondo es consciente que la victoria depende necesariamente -¡Y únicamente!- de él, de su decisión. De las decisiones individuales de cada uno de ellos en el  marco de la multitud que componen. De nuevo es el pueblo la fuente última de la soberanía.

La realidad es que en todas las sociedades, en todas las culturas hay siempre un sentimiento último de que el poder anida necesariamente en el grupo. La visión del hombre como igual en la naturaleza, solo se transforma en jerárquica en el marco social. Es en la estructura institucional, es decir, ya en el marco de las normas, donde aparece la jerarquía aristocrática. Basta someter al grupo a la crisis institucional, a una guerra, o a una catástrofe, por ejemplo, para que el general, pese a todo el brillo de sus condecoraciones, se vea obligado a pronunciar esa arenga que le vuelva a legitimar ante sus tropas. Bastará, hemos dicho, una duda, bastará que un solo soldado no se sume al esfuerzo –que huya en medio del combate- y de nuevo ese general, ese rey, ese duce, aparecerá desnudo, desvestido de todo poder y señorío (¡Qué bien lo describe el cuento de Andersen: “El traje del Emperador!: basta que uno le vea desnudo para comprobar la desnudez de su persona). Quizá toda la gigantesca epopeya de “Guerra y Paz” no tenga otro sentido que demostrar esta verdad. Ni Alejandro III, ni Napoleón, ni ninguno de los otros generales y mariscales a los que recuerda la Historia, ganaron ninguna batalla. Como nos recuerda continuamente el genio de Tolstoy, es el acto de cada uno de los seres que vivieron el siglo, el valor de cada uno de aquellos soldados y paisanos que sufrieron la guerra, los únicos hacedores del acontecimiento histórico. El Gran Relato no es más, como se deja leer en “Guerra y Paz”, la acumulación de esos mil relatos de la vida cotidiana. Y es justamente ahí donde está el grado cero del poder.

Es cierto que hay situaciones intermedias, pero lo único que hacen es retrasar ese grado cero a una posición anterior. Es cierto que podemos proponer un origen divino a ese poder, pero siempre, tras ese Monte Sinai, aparecerá de nuevo la imagen del pueblo asumiendo o no la fe propuesta. Como sarcásticamente comentan los personajes de Sarte en “Les Mouches”, este termina siendo el último y más guardado de los secretos de los dioses. Es decir, del estado:

JÚPITER: Tu me odias, pero no somos más que parientes. Te he hecho a mi imagen: un rey e un dios sobre la tierra. Noble y siniestro como un dios.
EGISTO: Siniestro, Tú?
JÚPITER: Mírame.  Te he dicho que estás hecho a mi imagen. Los dos hacemos reinar el orden. Tú, en Argos, y en el Mundo. Y un mismo secreto pesa sobre nuestros corazones.
EGISTO: yo no tengo secretos.
JÚPITER: Sí, el mismo que yo. El secreto doloroso de reyes y dioses: Que los hombres son libres. Completamente libres, Egisto. Tú lo sabes, pero ellos lo ignoran.
EGISTO: En verdad, si ellos lo supieran prenderían fuego a las cuatro esquinas del palacio. ¡Hace quince años que interpreto la comedia para ocultarles su poder!
……….

En definitiva, pese a ciertas interpretaciones que entienden que el poder a duras penas a sido democrático en algunos contados momentos de la Historia (la Atenas de Pericles, algún momento en las ciudades libres de la Edad Media y, ya con la Revolución Francesa, en los estados modernos) la realidad es que siempre ha habido una última conciencia de que todo el poder viene de esa voluntad popular. Si Occam y Marsilo de Padua nos retrotraen al siglo XIV, también lo apreciamos en Averroes en el siglo XII y en una cultura teocrática tan refractaria al democratismo como la de los almorávides.

La certeza de este planteamiento se refuerza por su propia coincidencia con una propuesta de Schmitt que nos abre a esa interpretación democrática clave en su teoría del Poder: el principio de Aclamación,. El líder ha de ser aclamado para alcanzar esa dimensión que le convierte en conductor de hombres. Sin embargo, frente  a la óptica que propone, la idea de aclamación coloca el protagonismo de la acción, el último punto, el grado cero de ese poder, en el tejado de la multitud. Esa aclamación que convierte al general en Emperador, expresión de la voluntad del pueblo reunido (Los comicios, la aclamación imperial, la ceremonia del Triunfo, son todas ellas  expresión de la importancia que para Roma tenía la sustancia colectiva del poder, originario siempre, incluso en medio de la tiranía, de la voluntad popular) es desde ese ángulo democrático desde el que deducirá Rousseau planteamientos como el de la irrepresentatividad del pueblo, derivado directamente de la idea de Bodino sobre la indelegabilidad de la soberanía. Es el pueblo, a través de ese acto no normatizado, el que expresa su voluntad, la fuente última de todo poder soberano. La aclamación resulta, así, instancia clave en la comprensión de la doctrina de la soberanía.

Con ello llegamos al planteamiento de la actualidad. A primera vista, frente a este democratismo radical, la actualidad política parece reflejar un triunfo definitivo de la “gestión”, expulsando como anticuado todo reclamo a la excepcionalidad de la vida política. Es más, el mismo protagonismo que hoy alcanza la economía, pasa a interpretarse  como el fracaso de la política. Los gestores, los técnicos, serían los nuevos detentadores de la soberanía en la sociedad moderna. Sin embargo, y ahí aparece la potencia democrática del pensamiento de Schmitt, también en la Modernidad se abren grietas que apuntan a esa idea de multitud y que obliga al poder a recuperar la aceptación ciudadana en una nueva forma de “Aclamación”: la Opinión pública.

De entrada es cierto que el modelo de la Modernidad tardía se nos presenta como radicalmente apolítico. Las sociedades postindustriales parecen haber superado los modelos clásicos de democracia. Es más, esta superación parecería confirmarse por aspectos tales como la definitiva burocratización de la idea de poder, desvinculado cada vez más de la órbita política. La cada vez mayor distancia entre Poder y Pueblo, distanciados no sólo por la reducción de su expresión a ese ejercicio esporádico del voto, sino sobre todo por la cada vez menor definición política de los partidos y agentes de la vida política, parece disolver toda idea de democracia como ejercicio popular del poder soberano. Un proceso que parecería apuntar hacia esa, mil veces anunciada, “soberanía de las normas” (abstraídas de toda voluntad popular que las formule), cada vez más internacionalizada, en un proyecto de creación de una especie de democracia universal en manos de los técnicos y sobre unos valores definitivamente consagrados  como constitutivos del orden moderno. Una verdadera extinción de la revolución democrática acreditada en esa “alabada” abolición definitiva del concepto soberanía, al que se achacan todos los males del cambio de siglo. Sin embargo, detrás de todo esto todavía podemos apreciar la persistencia del modelo clásico como tan certeramente apuntó el propio Schmitt. Un modelo de “Aclamación” que pervive en los modernos sistemas de la neo-democracia de mercado, (e incluso, en ese proyecto de democracia universal tan alejado de toda vinculación con el Pueblo), una aclamación que pervive bajo ese nuevo concepto inaprensible –no normatizado y por lo tanto, en el espacio de lo excepcional- de lo que hemos denominado “Opinión Pública”, verdadera nueva fuente del poder en las sociedades modernas. (Se equivocan los publicistas cuando califican a la prensa como “Cuarto Poder”, de nuevo el poder, aquí, no lo tienen los periódicos y las televisiones, sino en esa sociedad que se mueve aguijoneada por esa “Opinión Pública” catalizada en los medios).

No vamos a entrar ahora en la definición de este concepto ni en su naturaleza (y las magistrales aportaciones de la Escuela de Frankfurt), tampoco no interesa ahora su construcción, sus manifestaciones ni en como circula en el marco de una sociedad moderna. Lo que nos interesa ahora es su potencia como fuente de soberanía. Una opinión pública que adquiere distintos grados de intensidad, desde el rumor que recorre las tabernas, hasta la expresión fuerte que explota en las manifestaciones e, incluso, en la lucha callejera, ese “poder en movimiento” que tanto ha caracterizado la vida política del siglo XX. Un poder cuyo carácter soberano, es cierto, sólo se aprecia a posteriori, cuando es capaz, si lo es, de tumbar el poder constituido. (hoy, ya en la segunda decena del XXI, habría que incorporar esas instancias nacidas a la sombra de  internet, blog, chat, foros, cadenas de mensajes, etc. que se han visto capaces de alterar las agendas públicas y hasta de derribar gobiernos).

El error de Schmitt radica en la interpretación de este fenómeno, la tesis que aquí sostenemos es que esa energía dinámica no es solo la fuente del Poder que encumbra al héroe, sino que es ella misma el Poder, la expresión de la soberanía. Es posible que en múltiples ocasiones la potencia electrizante de esas masas en acción haya sido secuestrada a favor del líder carismático, sin embargo la cuestión no está en el modo de gobierno, la “oikonomía” en la terminología de los clásicos, sino en la voluntad que alcanza la condición de soberanía. Ahora bien, ahí estriba también la crítica Schmittiana a la democracia moderna. Una democracia, en el fondo –y en la forma- sustraída de su vinculación popular. Y es aquí donde el ejercicio de una acción democrática debe recuperar su potencia creadora.

La clave está en la separación entre Política y Gestión, como ya apreció el gran jurista alemán. Desde la misma antigüedad se incorporó la distinción –por otro lado traicionera- entre el Poder por antonomasia y  su  eficacia gubernativa. El Gran Rey y sus sátrapas, o entre el Dios Único Creador (Pantókratos) y su Demiurgo “arquitecto” sobre el que la teología cristiana construirá toda la dogmática de la Santísima Trinidad. Teoría de gobierno traicionera, hemos dicho, pues ha llevado a la paulatina despolitización del poder soberano (con la máxima de “El rey reina pero no gobierna”, pronto trasladada a la expresión de la soberanía popular: el pueblo “elige” <cada cuatro años>, pero no gobierna, esto se deja a los técnicos que saben escuchar –y obedecer- a “los mercados”). Una doctrina que encuentra sus raíces ideológicas, más allá de la doctrina eclesiológica, en la misma teodicea de los padres de la filosofía, no olvidemos que ni Sócrates, ni Platón ni Aristóteles mantenían ninguna simpatía democrática.

El problema, por lo tanto, no es el tránsito de un modelo monárquico a otro democrático, de entrada porque no estamos ante propuestas simétricas (y con un secuestro histórico inclinado a favor de las posiciones regias), como tampoco es simétrica la postura del Padre y el Hijo en la doctrina trinitaria, ni la idea de Dios en Platón confrontada al Demiurgo. Así como la monarquía (sea ejercida por un rey, un furher, un duce o un dictador cualquiera) es siempre la misma, la democracia, como venimos insistiendo, se aparece en el campo de posibilidad de todo poder. El problema, como decimos, es construir un modelo de gestión de ese poder definitivamente secularizado, es decir, definitivamente libre de esa “economía gubernamental” (valga la redundancia) de la que no sabemos escaparnos y que hace que, “burla burlando”, el único sistema compatible con la Modernidad parece que sea el derivado de los modelos políticos de origen eclesiológicos cristianos. A la postre, ¡Que difícil es considerar la idea de democracia en posiciones islámicas, budistas, animistas e, incluso –si nos dejamos llevar por el cursilerismo de la política actual- ateas!. Los valores “sagrados” –ahí se le ven las orejas al lobo- de los “derechos humanos”, la “democracia representativa”, la “propiedad privada”, ¡la “libertad de mercado”!, etc., parecen acreditar una incompatibilidad radical con todo sistema que no haya nacido de la teología política post-eusebiana. ¿No será que se construyen demasiado sobre conceptos y valores que sólo son entendibles desde una razón construida sobre una ética cristiana?. Hasta el mismo Rousseau termina reintroduciendo esa “Voluntad General”-en un principio tan subversiva- en el modelo eclesiológico, achicando así su potencial revolucionario. Y, sin embargo, algo se mueve. La crisis ha dejado demasiados emperadores con el culo al aire como para no vislumbrar tiempos mejores.