Hollande

Hollande

Ayer –y con ello me refiero al martes primero de abril- un artículo publicado en el diario El País resonaba a una nueva reivindicación de Nicola Maquiavelo. Lo firmaba Jean-Marie Colombani, creo recordar antiguo director de Le Monde. Nos decía: “Hollande ya ha perdido la batalla de la opinión pública, necesita iniciar la de los resultados”.

Podríamos pensar en la primacía de la eficacia sobre la legitimidad, en este caso democrática, sin embargo el paralelismo con el genio renacentista se articula en una dimensión distinta.
“El Príncipe”, que sería la obra en la que todos estamos pensando, se escribe justamente en un momento de crisis. Una crisis que afecta tanto a su autor como a la sociedad a la que va dirigida. En cierto grado estamos ante un proyecto de reconstrucción política tras la ruptura de paradigmas que empezaban a quedar arrumbados por el voraz viento de la Historia. También en la expresión de Colombani resuena un cierto acento de nostalgia en la apreciación de un pasado que, añorado por todos, termina no siendo. Vayamos por partes. Como decimos, Maquiavelo escribe El Príncipe tras un doble fracaso. De entrada el del propio autor, despojado, como republicano, de su posición política tras el “golpe de estado” con el que los Médicis (re)instauran la monarquía en Florencia. Por eso se ha llegado a decir que, frente al carácter republicano que fluye en su obra mayor “Los discursos de la primera década de Tito Libio”, “El Príncipe” se presenta como una propuesta monárquica. Luego veremos que no, que el republicanismo de Maquiavelo es constante en su obra. El segundo fracaso nos resulta más cercano, es el de la propia república florentina y que se parece enormemente al que padece la república –léase, democracia- actual. Estamos en el siglo XV, en el ínterin de un verdadero cambio de paradigma político, juego de la Historia que abarca vastos espacios y también largos períodos de tiempo. El modelo tardo-romano se descompone fruto del agotador conflicto que opone el Papado al Imperio. Nuevos aires recorren esa vieja Europa desde casi el siglo XII. Toda una serie de revoluciones que van desde la denominada “Querella de las investiduras”, la Reforma Gregoriana hasta la misma revolución feudal que hace de los siglos XII y XIII el tiempo de un verdadero renacimiento. A ello contribuye de forma espléndida dos otros acontecimientos cuyo peso intelectual resulta incuestionable: la recepción del Derecho Romano desde el Corpus Iuris Civilis y el (re)descubrimiento de Aristóteles que revolucionará la escolástica. Estamos hablando de Baldo, Bartolo, Marsilio de Padua, Guillermo de Occam o el mismo Tomás de Aquino.
¿Qué pudo acontecer? A partir de ahí el modelo de organización política quedó abierto. El primer ensayo de un nuevo modelo frente a los viejos corsés de la doctrina de “Las dos espadas” –el Papado y el Imperio como instancias legitimadoras del orden humano-, lo aportaron esos dos rosarios de ciudades que alcanzan, si no la independencia, sí la suficiente autonomía como para definirse como verdaderas unidades políticas. Esto sucedió tanto en el norte del continente como en el istmo italiano.

Republica_FranciaNo será casual su ubicación geográfica en los márgenes del imperio. Ciudades opulentas, orgullosas de su autonomía, de sus gentes. Justamente por esto decididamente republicanas. La alternativa al viejo orden medieval parecía apuntar a un nuevo republicanismo que luchaba, incluso, por dotarse de  un cierto sabor democrático. No pudo ser. La tensión de una segunda alternativa, organizada alrededor de los grandes reinos monárquico-nacionales, terminó sofocando los espacios de libertad. Es ahí donde se inscribe la obra de Maquiavelo. Las orgullosas repúblicas italianas fueron cayendo, tras sucesivos golpes de estado, bajo sistemas principescos amparados por los nuevos reinos. El sueño republicano se desvaneció ante una nueva realidad política: el estado moderno. Los Médicis representan ese estadio de dictadura que arrumbaba la vía democrática. Y no lo podemos olvidar, Maquiavelo escribe para ese hombre, para el Médicis. Aunque lo tiene por un enemigo, anota sin embargo una posibilidad de hacer de esta otra alternativa –esos grandes estados nacionales- una forma de Modernidad compatible con su ideal republicano. En el fondo toda la obra dedicada a Lorenzo el Magnífico viene a decir lo siguiente: Italia puede y debe seguir los pasos de esos otros grandes estados y Florencia puede y debe ser el embrión de este proyecto. Maquiavelo es consciente de la carencia de legitimidad sobre la que se asienta el nuevo poder, un gobierno que acaba de romper la legitimidad de la expresión popular, por eso propone a su príncipe reencontrar esa legitimidad en la eficacia de los resultados, o sea en la Modernidad. Es a eso a lo que, a lo largo de los siglos, hemos dado en llamar “maquiavelismo”, una apuesta por la eficacia como remedo de la ausencia de legitimidad.
Colombani también aprecia ese cambio de posición en la política de Hollande para Francia. En cierto grado la exigencia de un cambio que ya empezó en lo que pudiéramos llamar la “era Sarkozy”.

El paralelismo nos lleva a unas reflexiones inevitables. Lorenzo de Médicis fracasa. El discípulo no estuvo a la altura del maestro. Pero fracasa sobre todo por la incapacidad de comprender el verdadero mensaje del gran teórico: su republicanismo. No basta cualquier opción de resultados. La exigencia de una nueva legitimidad no subsana cualquier tipo de medios como, en cambio, sí aplaudirán los jesuitas de su época. Por ejemplo, entiende –y se equivoca- que ya es imposible el retorno a los dioses, lejos de ese proto-jesuitismo que lleva a la pareja más maquiavélica de la historia a proclamarse “Los católicos” como luego hará la misma monarquía francesa, (auto)apodada, también, “catolicísima”. Renunciar a la secularidad que ya apuntaba el Humanismo en el que vive su obra nos costó siglos de penuria, guerras de religión incluidas, y los horrores del absolutismo barroco. Es decir, la eficacia tiene también sus reglas. Colombani tiene razones sobradas para saberlo, sobre todo porque su reflexión no deja de tener el antecedente de la presidencia anterior.

La verdad es que la lectura de El Príncipe no deja de destilar un cierto pesimismo. Como si Maquiavelo conociera, ya, de antemano, el fracaso al que iba abocado. La selección de sus modelos” reafirma esta sensación, ¿No fracasa radicalmente su admirado Cesar Borjia? La legitimidad democrática retrocedió inevitablemente ante el empuje de una jerarquía definitivamente hierocéntrica. El espacio del Foro fue sustituido por la Corte. Nos ha costado cinco siglos dar por terminado el ciclo. Por eso, hablar de eficacia en el contexto actual resuena inevitablemente a un retorno a la Edad Media.