Propaganda y opinión pública

Propaganda y opinión pública

En este último mes, el observador pausado de la sociedad moderna, ha podido apreciar tres casos enormemente explícitos de confrontación entre propaganda y opinión pública. Resulta interesantísimo que en los tres casos el resultado se ha saldado en beneficio de la opinión, entendida ésta como el sumatorio de opiniones particulares pero, sobre todo, con el fracaso en el intento del discurso oficial de imponer sus puntos de vista. Al final la opinión pública se ha construido, pese a la enorme presión de la propaganda, no sólo al margen del discurso emanado desde el poder, sino en todos estos casos en contra de las opiniones que el estado ha querido imponer. Nos referimos a los casos construidos alrededor del conflicto ucraniano en primer lugar, en segundo la guerra de opiniones sobre el papel del rey de España en el golpe de estado del 23 de febrero de 1981 y, por último, la concesión del premio Pulitzer a los periódicos que secundaron el “destape” de los secretos de la CIA sobre la base de las filtraciones proporcionadas por el exanalista, Sr. Snowden.
Si contemplamos en tema ucraniano desde la exterioridad, a la búsqueda de un sentido que nos permita comprender una realidad tan distante y tan compleja, el primer nivel con el que tropezamos ha sido el de la abrumadora presencia de la propaganda. En pocos días la propaganda de uno u otro lado ha saturado los medios hasta tal punto que la verdad ha desaparecido. Ni siquiera en momentos de la Guerra Fría la intensidad del discurso propagandístico ha sido tan elevado, el observador mediano se ha visto, de pronto, inmerso en un “tsunami” que, en el mejor de los casos, no ha podido por menos que hacerle saltar las alarmas. Sin embargo, y por eso mismo, podemos sacar unas consecuencias que veremos, también, confirmadas en los otros dos casos. Así, de entrada, lo primero que nos ha podido llamar la atención ha sido la intensidad propagandística. En los medios occidentales, el discurso oficial se ha reiterado de una manera tan machacona que ya de por sí ha resultado chocante. No sólo no ha habido espacio para el debate, sino que, sin reflexión alguna, tanto los medios, las tertulias de opinión, los laboratorios de ideas, como los mismos think, tank especializados, se han volcado en defender una serie de tesis sin apertura a ninguna posible réplica. Esto era especialmente curioso cuando tanto el conflicto como sus consecuencias nos resultaban lejanos y, en cierto grado, indiferentes. También era curioso que, pese a que, de vez en cuando se colaban informaciones que debieran llevar a incorporar dudas y preguntas, el marco del discurso oficial restaba inamovible. Me refiero a la información de posibles crímenes cometidos por las posiciones autodenominadas “pro-occidentales”. Supongo que en el otro lado del conflicto la presencia propagandística ha debido ser de igual intensidad. Ahora bien, lo curioso, y esta sería la primera consecuencia a estudio, es que, pese a ello la eficacia de esta atronadora propaganda  ha sido más bien limitada sino directamente contraproducente. Me explico.
De entrada, a través de los canales extraempresariales, como los blogs, los “muros” y  cadenas de “rescripta” acumuladas en la “falda” de los artículos en los medios clásicos, y algunos medios independientes así como en ese cada vez más largo y denso mundo de la comunicación “paralela” de los canales informales, las propuestas discursivas han desarrollado un amplio discurso de contrapeso a la opinión oficial. El caso ejemplificado acredita ya la enorme importancia de estos otros medios que han sido  capaces de atorar la avalancha del discurso propagandístico. Pongo un ejemplo. He preguntado a mis alumnos de periodismo tres cosas de forma sucesiva. De entrada cuál era su grado de conocimiento sobre el conflicto ucraniano, a lo que me han respondido de forma más o menos general que una información baja o muy baja, es decir, no ha sido un tema que les haya llevado a investigar más allá de la información recibida. Segundo, les he preguntado cual eran sus fuentes de información, a lo que la mayoría me ha señalado los grandes medios de información, prensa, radio y televisión. La tercera pregunta ha versado sobre cuál era su opinión sobre el conflicto. Propuestas las posiciones en una balanza que sumara los pros y contras de  sus posiciones, para ellos, la pregunta planteaba:  ¿Cuál de las partes acumulaba más razón?. Es curioso que, aquí, la inmensa mayoría, después de repartir las culpas por igual entre unos y otros, en el tono de “todos son unos sinvergüenzas”, sin embargo, una mayoría cualitativamente importante se inclinaba por los que, usando la terminología de los medios, denominaban los “prorusos”. Hasta aquí la encuesta. A partir de ahí les hacía ver su contradicción, pues si se informaban por los medios clásicos, su opinión resultaba muy alejada de la que construyen esos mismos medios. La respuesta es verdaderamente atractiva,  todos ellos me decían que, si bien usan esos grandes medios para conocer las cosas, procuran no dejarse influir por sus opiniones a las que, normalmente ponían en cuarentena.
El alcance de esta pequeña encuesta, sin embargo me ha sido confirmado por un hecho adicional que no debía pasarnos desapercibido. En un reciente artículo del Sr. Rasmussen, antiguo Secretario General de la OTAN y que ha sido recogido por numerosos medios europeos y casi incorporado con la oficialidad de una exigencia ámbitos de poder, se quejaba de que, pese al esfuerzo de información desplegado desde la OTAN y a las múltiples explicaciones dadas, asistía, en el marco de la opinión pública europea una resistencia inexplicable de las posiciones oficiales. Parecía, en cierto grado nos decía, como si la ciudadanía se negara a asumir la razón y justicia de las posiciones defendidas. En definitiva, venía a reconocer el fracaso de la propaganda oficial.
En España hemos asistido a un episodio parecido con una nueva confrontación entre la propaganda oficial y la opinión pública. Me refiero al caso del debate abierto sobre el papel del rey Juan Carlos en las tramas que llevaron al golpe de estado del 23 de febrero de 1981. El debate ha aparecido tras la publicación de un libro que por su tamaño y temática pareciera, de entrada, condenado a un interés minoritario (Pilar Urbano: “La gran desmemoria”) La acusación velada, sostenida en el libro, de  una cierta implicación del rey en el proceso que llevó al golpe de estado provocó, de inmediato, una fortísima reacción oficial. De entrada desde la propia Casa Real, pero también desde  un gran número de responsables políticos y líderes de opinión que, irrumpieron en tromba negando la validez y veracidad de las afirmaciones del libro. De nuevo una propaganda oficial trataba de cerrar el círculo en defensa del papel del rey como “defensor de la democracia”.
De nuevo el efecto ha sido todo el contrario. De entrada el libro ha recibido una publicidad que lo ha convertido en un éxito de ventas, pero también, y de nuevo aquí el factor contradictorio, se ha convertido en un nuevo polo de erosión de la monarquía. Es cierto que los “cortafuegos” operados desde la Casa Real no solo han sido erróneos sino que han manifestado la más absoluta carencia de estrategia, realzada por un fenómeno, ya asentado en la conciencia de la opinión general, que juega de forma eficaz contra todas las medidas que suenen a defensa de la monarquía. También ha jugado de forma negativa la imagen extendida sobre la mayoría de los líderes políticos, esos mismos que se han lanzado en defensa de la imagen del Rey. En este caso se convierte siempre en contraproducente todo vínculo que de una forma u otra asocie la imagen de estos líderes –y esto le sucede a los dos partidos mayoritarios- con las personas de la familia real. Es un combinado cuya química reacciona de forma sistemática y con una eficacia negativa, multiplicando la fuerte erosión de legitimidad que acumulan ambas instancias: la Corona y los Partidos políticos del sistema.
Con ello aparecíamos nuevamente la existencia de una opinión pública  que se decanta con enorme fuerza contra las posiciones que suenan oficialistas. El tercer caso propuesto no es otro que la concesión del Premio Pulitzer a los reportajes de los periódicos NY Times y The Guardian y que viene a confirmar este fenómeno. El jurado, pese a la enorme presión del gobierno norteamericano, no pudo evitar conceder el galardón a sendos reportajes sobre el gigantesco escándalo de espionaje desarrollado por la CIA y destapado por el ex analista Sr. Snowden. Un espionaje desarrollado tanto dentro como fuera de los Estados Unidos. La propaganda oficial, desde que se desató el escándalo, lleva implicados enormes esfuerzos con la intención de vincular esas revelaciones  con el desarrollo del terrorismo fracasó en su esfuerzo de calificar esas investigaciones como expresión de  terrorismo. Es decir, el espionaje, aunque sea ilegal, existe y es bueno para protegernos. Cuando alguien lo denuncia se coloca, necesariamente, de parte de “los malos” y se convierte en colaborador, interesado o ingenuo, del terrorismo internacional. Por eso, esos dos periódicos y, sobre todo los periodistas que trabajaron esos artículos, deben ser perseguidos (sucedió en el caso del británico “The Guardian”) y marginados, lo que resulta incompatible con ser premiados. Ahora bien, pese a los esfuerzos de la maquinaria oficial, los responsables del premio, como decimos, no pudieron evitar ese pronunciamiento a favor de ese modelo de ejercicio de prensa. Lo que estaba en juego, de ello se dieron cuenta de forma inmediata, no era un modelo u otro de prensa sino directamente la insignificancia de la prensa. Renunciar a ese periodismo hubiera supuesto el máximo descredito tanto del premio como de la prensa en general y con ello se abriría la espita a la disolución de los modelos clásicos de medios de comunicación.
De todo ello debiéramos sacar sus debidas consecuencias.