Ucrania

Ucrania

¿Es posible una reflexión objetiva sobre los conflictos denominados internacionales? Planteo el experimento sobre el caso ucraniano para averiguar hasta donde puede legar el análisis político.
Parto de un intento de definición de los actores actuantes. De entrada la propia Ucrania, ¡Cómo no, también Rusia, la U.E., los Estados Unidos siempre atentos a todo lo que pasa en el mundo. Apretando el angular de nuestra cámara surgen nuevos sujetos que reclaman también un papel protagonista. En este caso está Crimea, las provincias del Este, la misma Kiev con su Maïdan. Aplicar el mismo método nos lleva a apreciar distintas subjetividades no solo en países como Alemania, Italia, Grecia, España, sino también en los distintos grupos de interés: la prensa, la industria energética, los lobbies militar y financiero… A partir de ahí las cosas se complican hasta extremos inusitados. Por ejemplo. Cuando digo España, tengo en cuenta los intereses y opiniones ¿De quién? Basta leer las ristras de comentarios que cuelgan de los artículos de prensa que describen y analizan los acontecimientos. A favor y en contra de los rusos, los ucranianos, los Estados Unidos, las sanciones….. Fuera de la expresión subjetiva de cada uno resulta imposible asumir un juicio que nos permita definir un sujeto actuante al que definamos con el término España.

Sin embargo esto nos debe llevarnos a engaño. Una serie de factores nos obliga a tomar posición y, en definitiva, sí podemos apreciar que, al final, existen acciones que terminan definiendo esas abstracciones como verdaderos sujetos en la toma de decisiones. Si repasamos el cronograma de acontecimientos vemos que realmente nos encontramos con actores, con subjetividades que toman decisiones y condicionan el proceso marcando las pautas del devenir histórico. En un momento determinado el presidente Yanukovich abandona la capital, en otro memento el presidente Putin traslada al Parlamento de Rusia la propuesta de incorporación de Crimea, de la misma manera, Rasmussen se pronuncia en nombre de la OTAN marcando una serie de “líneas rojas”, mientras Obama y Merkel proponen determinadas sanciones económicas. En unos casos estas manifestaciones caen en el saco roto de las meras palabras, se sugiere, incluso, que no buscan otra cosa que “aparentar” que se está actuando evitando romper equilibrios que perjudicarían otros intereses más importantes, pero en otros casos con una verdadera eficacia activa: se producen fugas de capitales, determinadas personas toman al asalto edificios, funcionarios en línea de mando irrumpen, con mayor o menos violencia en un escenario determinado y, al final, soldados, fusiles, tiros y…. muertos. Con ello, incluso, aparecen otros sujetos, las víctimas.

La profesora McMillan, en su libro “1914, de la paz a la guerra”, centra su trabajo en esos mecanismos de toma de decisiones que, en aquel año fatídico, arrastraron a Europa a la Gran Guerra. Ella misma nos dice que jamás un grupo tan reducido de personas tuvo tanta trascendencia en sus actos. Es cierto que no estamos ante el mismo escenario, sin embargo hay decisiones que, tomadas por sujetos concretos, vemos que son capaces de implicar consecuencias de enorme trascendencia. Pese al carácter individual de sus actos, su eficacia deviene, lo que pudiéramos decir, histórica.
El problema es que estas decisiones se disfrazan necesariamente de un ropaje de interés general. Me explico. Pese a su carácter de individual, de forma sincera o engañosa, necesariamente deben presentarse como expresión de esa voluntad general. Sin embargo resulta fácil apreciar su distancia respecto a ese supuesto interés general. Volviendo al conflicto sobre el que venimos reflexionando: ¿En que afecta al interés de la mayoría de españoles la resolución del mismo de una forma u otra? La retórica de “1914” lo tenía más sencillo. Se acudía a conceptos como “honor”, “patria”, etc., capaces de despertar fibras específicas de la sensibilidad social. Los conceptos manejados por la retórica actual son menos “visibles”: “respeto al derecho internacional”, la “inviolabilidad de las fronteras”, los “derechos humanos”, la “protección a las minorías”. Si proyectamos estos factores sobre los intereses concretos de los ciudadanos –sobre la individualidad de cada uno- sólo una mínima proporción se sentirá solidario con los problemas narrados. ¿Cómo, entonces, construir una política que arrastra consecuencias para todos? Es cierto que esto que decimos para este caso también sería cierto para la inmensa mayoría de otros supuestos e, incluso, para problemas definidos de política interior, sin embargo, como vemos, resulta radical en el marco de la acción exterior de los estados, la definición de una subjetividad unitaria, en el marco de las relaciones internacionales se convierte en una exigencia ineludible.
UcraniaSe suele decir que la importancia de la acción individual del líder resulta inversamente proporcional al grado de democracia que alcanza una sociedad. Cuanto menos democrática sea las decisiones resultan más vinculadas a la personalidad del líder. Sin embargo el proceso no es tan simple, o la condicionante no está tan estrechamente vinculada a la idea de democracia. La realidad es que las respuestas que, en el marco socio-político de Europa, hemos ido escuchando de la boca de nuestros líderes tienen escasa vinculación con el discurso que emerge de la opinión de la calle. Oímos discursos oficiales –incluso de agentes de la denominada opinión experta- que reclaman una mayor contundencia e implicación en el conflicto en una línea absolutamente ajena a lo que dice, expresa y reclama esa opinión pronunciada en la  calle.

 

Como hemos anotado antes, ¿Cuántos asumirían elevar al doble el precio de la bombona de butano para garantizar esa inviolabilidad de fronteras en el este de Ucrania? Y no digamos si se planteara la posibilidad de una iniciativa militar que entrañase el envío de efectivos humanos. Bien entendido, podríamos pensar que esto es reflejo de una madurez política. Como el médico que prescribe un tratamiento doloroso a sabiendas del rechazo instintivo del enfermo al que atiende. Pero la respuesta brota del mismo ejemplo elegido. Ese médico supone la posición del experto, su saber es técnico y, por eso, su poder resulta tecnocrático. La política exterior, como la política en general, reclama, en cambio, una respuesta surgida desde la misma soberanía. También el enfermo adulto y consciente puede y debe retener la decisión última sobre las propuestas médicas. La técnica siempre será bien recibida, pero la decisión en política y esto sucede allá donde se asiente el núcleo central de esa soberanía. Cuando esa soberanía reside en el pueblo no caben cortocircuitos. No sería malo que esos Rasmussen, esos Putín, o esos Obama recordasen ese axioma si quieren reconocerse como demócratas.