El fracaso de Europa (I).

Confieso que parto de una cierta indeterminación y que, ante el reto de un titular como el que propongo me lleno de dudas. De entrada tenemos que reflexionar sobre la condición –o condiciones- que llevan a que una comunidad política pueda predicar de sí el éxito o el fracaso. Nos encontramos con una serie de parámetros mínimos. De entrada su capacidad de articular un orden jurídico, es decir, la fortaleza institucional para imponer la ley. De esta manera declaramos que una comunidad es exitosa si garantiza el imperio de las leyes y que fracasa si la convivencia queda sometida al albur de la suerte o de la fuerza. Es decir, el primer factor lo constituye la línea entre orden y caos. Un segundo eje discursivo nos lo proporciona un cierto índice de satisfacción en asuntos materiales, algo que, aunque no es absolutamente identificable, podemos sin embargo organizar alrededor de la capacidad de generar riqueza. El éxito de esa comunidad política se deduce en este caso sobre la capacidad de proporcionar a sus gentes una apreciable calidad de vida. Un tercer factor se articularía alrededor de ciertas satisfacciones inmateriales. Honor, prestigio, reconocimiento internacional –todo eso que hoy llamaríamos imagen- y que debe, al menos, poner a disposición de sus miembros de una cierta eficacia (un pasaporte que no necesita visado, una cierta “intocabilidad” en su presencia en el extranjero, etc.) El éxito, en este caso, se podría medir por la capacidad de generar estos valores intangibles (pero materializables, como vemos) ya sea por la potencia económica, militar del estado o por un activismo en materias sensibles como derechos humanos, etc. Aun podemos incorporar otros factores, por ejemplo, la idea de Justicia como algo que profundiza sobre el ideal de estado de derecho. Esa sociedad sería exitosa si alcanza a proporcionar esa sensación de promover principios universales (con ello me remito a una idea kantiana sobre la que tendremos que volver).

Es cierto que, a primera vista, contemplada la realidad europea, podemos predicar de ella un éxito que, aunque relativo, también es cierto, suficientemente representativo como para alejar la idea de fracaso. Es más, en un viaje que hiciéramos alrededor del mundo, pronto apreciaríamos la enorme diferencia en calidad de vida, orden jurídico, justicia social y protección global de la persona, así como en prestigio internacional que separa cualquiera de los estados europeos y los del resto del planeta. Sin embargo el reto que nos lanza el título propuesto no queda, en absoluto, cerrado. La pregunta sigue en pie: ¿Por qué hablamos de fracaso europeo?.
Volvamos a la cuenta positiva, al marco de ese “haber” en una contabilidad del éxito o fracaso de las naciones. La idea de Europa, y aquí ya nos acercamos a la macro-unidad que sustancia la Unión Europea, ha sido determinante para que muchos de esos países alcanzaran el grado de satisfacción que hoy predicamos del conjunto. España. Grecia, Portugal, como luego los países de esa “Nueva Europa” deducida de la desintegración del bloque soviético, han llegado a alcanzar ese grado de desarrollo jurídico y económico que los hace reconocibles como europeos gracias al sueño –y a las ayudas que recibieron- de ser algún día incorporados a la Unión. Pero incluso los propios grandes países centrales, Alemania, Francia, Italia, son lo que son sobre las bases que les proporciona la plataforma europea. Hasta aquí, por lo tanto, el sumatorio de los éxitos.
Sin embargo las unidades políticas en las sociedades modernas incorporan una complejidad orgánica que revela la debilidad de estos parámetros de medida. De entrada porque, frente a los modelos inorgánicos, hoy día la titularidad de esos éxitos se vuelve más problemática. Analicemos esta distinción.

He propuesto un calificativo para estos modelos anteriores. He optado por oponer el aparato orgánico del sistema actual al cierto carácter monolítico de los sistemas anteriores. Me explico. En un sistema monárquico, por ejemplo, es decir, en los viejos sistemas absolutistas, el éxito o el fracaso es predicable de la monarquía reinante. Por eso la Francia de los Valois o la de los Borbones es juzgada por esos éxitos o fracasos y se habla de sus triunfos o de su decadencia. De la misma manera se juzga la unidad dinástica de los últimos Austrias en la monarquía española o del fracaso de los borbones en España. Pese a la complejidad del estado monárquico, incuestionable, la imagen de la Corona y el aparato de la Corte a los largo de los siglos del XV al XVIII resalta como una unidad sobre la que cristaliza todo el esfuerzo político. Es cierto que las monarquías, pese a auto-proclamarse absolutas, apenas controlaban una parte infinitesimal de la realidad social sobre la que se asentaban, pero la inexistencia de otros aparatos competidores las convertía en los sujetos protagonistas si no directamente monopolizadores de la identidad del estado. “El estado soy yo”, pese al carácter espurio de la frase, refleja perfectamente el mundo de Luis XIV. Esta misma eficacia unitaria se alcanza en el modelo del Estado-nación. Sin renunciar, nuevamente, a comprender la complejidad de fuerzas que coexisten en las estructuras democrático-nacionales, el orden político construido por el Estado nacional mantiene una coherencia que nos permite predicar del mismo una subjetividad responsable a la que atribuir su éxito o su fracaso. Así lo decimos de la Tercera República francesa o de la Segunda república española. En ambos caso la acción política alcanza esa subjetividad unitaria.
Esto, sin embargo, cambia radicalmente en los modelos actuales, sobre todo en los sistemas democráticos avanzados. De entrada por la complejidad territorial, pero también por la difusa distribución de la legitimidad (la Auctoritas, en la terminología romana) y de la fuerza de hacerla eficaz, (en este caso, la Potestas).
Esto sucede de forma especial en las construcciones a escala de los sistemas federalizados. Las estructuras federales actuales, en desdén del viejo dilema propuesto por Calhaun, terminan difuminando hasta tal punto la centralidad de esas auctoritas y potestas que resulta casi imposible definir una subjetividad responsable. Este ha sido el problema que ha lastrado a la Unión Europea. Pese a ser un sujeto continuamente enunciado, su identidad desaparece en cuanto buscamos una centralidad subjetiva.
Aun así nada de esto, todavía, entraña la consideración de un fracaso. Sin embargo, y esta es la consecuencia última, de una forma u otra, prácticamente todo el mundo se ha instalado en la conciencia del fracaso: La U.E. como espacio político fallido.
En otro momento afrontaremos el modelo federal y sus límites, ahora vamos a centrarnos en esa sensación de fracaso que recorre la conciencia de los europeos. La U.E. carece radicalmente tanto de política exterior como de política interior, ha renunciado a toda política social y estfracaso_euroá en vías de desmantelar la poca política económica que se atrevió a desarrollar. Esto en el saco de la inacción. Pero también gravita sobre ella una mecánica de acción que resulta negativa. La Unión se contempla socialmente como un fardo que agobia lo poco que queda del estado-nación. Es decir, en medio de la más dura debacle económica en los últimos cincuenta años y ante la urgencia de una fuerte subjetividad que oriente el esfuerzo social en medio de la crisis, nos encontramos, por el contrario, con un artefacto, esa Europa, que de una forma u otra, paraliza toda salida, reduce la capacidad de acción, se interfiere en las decisiones contempladas como urgentes, en definitiva, percibimos a esa Europa como pesado lastre contrario a nuestros intereses. Una Europa de espaldas a los europeos. Y lo que es peor, esto lo hace sin que percibamos en su acción el reflejo de una voluntad política. Es decir, las decisiones que contemplamos como originarias de la maquinaria europea se perciben como fruto de su burocracia y no como expresión de una auténtica Voluntad General.
Sociedades como la española, vieron en esa Europa un destino por el que merecía la pena luchar. No era sólo un proyecto de bienestar económico, lo que ya de por sí era un buen imán para engancharse al carro. Era también una idea de libertad, de justicia, de modernidad capaz de encandilar, llenando de sentido ideológico, el esfuerzo político de toda una ciudadanía. Todo esto es lo que hoy falta en esa misma Europa. Los trabajadores, los pequeños empresarios, los jóvenes en general, como los pensionistas, los estudiantes, es decir, el tejido social en su integridad, ha visto palidecer estos ideales vaciados de contenido de la manera más brutal. No es que ésta sea la Europa de los mercaderes, como con cierto desprecio se decía ya en los años “ochenta” reafirmando la otra gran conclusión, ese “déficit democrático” que padecían las instituciones europeas. Aquella Europa, pese a ese tufillo mercantil que saturaba sus entrañas, estaba, sin embargo, más llena de vida, de proyecto, de voluntad de hacer que la triste realidad que hoy nos encontramos. Europa no es percibida como proyecto sino como una carga difícil de justificar.
Y esto no es un problema de estructuración federativa, ni de ampliación de la base electiva de sus cargos, ni siquiera de consolidación institucional, el problema es pura y simplemente de democracia y entiendo este concepto en su acepción más puramente aristotélica, es decir, en su proyecto de construcción social.
Las elecciones del 25 de mayo nos proporcionarán parte de la foto. Es el voto francés, británico, austriaco, holandés, griego el que nos dará cuenta de ese desencanto.