La casta

La casta

En homenaje al grupo PODEMOS que ha sabido, irrumpiendo como una verdadera bocanada de aire fresco, reabrir el debate político y poner las cosas en su sitio.

Lo que caracteriza fundamentalmente la actividad humana, en oposición al resto de simios superiores, es que todo su actuar es fundamentalmente simbólico. También y de forma radical, lo es la lucha. Por eso la confrontación humana es ante todo una confrontación en el mundo de los signos. El profesor Todorov, uno de los más cualificados lingüistas de hoy día, en una interesante obra “Cortés y los Signos” propone un análisis de la Conquista de América como el resultado de una previa confrontación simbólica. Cortés gana a los Aztecas la batalla de los signos, es sobre esta victoria sobre la que, luego, se establecerán los sucesivos éxitos militares.
Viene esto a cuenta sobre la actual confrontación que vivimos en esta segunda década del siglo XXI. Una guerra, luego analizaremos si civil o internacional, que desangra (y no solo metafóricamente) las sociedades europeas. Los resultados electorales de la pasada campaña por la renovación del Parlamento Europeo no han  sido más que uno de estos episodios. Por medio, los estragos de algo que no dudo en calificar como una guerra, han ido dejando miles, millones, de damnificados: pobreza, desahucios, emigración forzosa, paro, pero también hambre capaz de matar, enfermedades sin tratamiento que también matan, desintegraciones familiares y personales, suicidios…. Es decir, bajas en el pleno sentido de la palabra.
Y es aquí donde irrumpe un nuevo término: LA CASTA. De entrada recordemos que no estamos ante una contienda abstracta, que no es la naturaleza la que impone sus rigores, no es una nueva glaciación la que amenaza la vida de todos nosotros. No, como en toda confrontación simbólica, los bandos están plenamente definidos, unos y otros, pese a zaherirse hasta la muerte, tienen rostro humano. Como digo, estamos ante una guerra en el pleno sentido de la palabra y por eso una guerra cuyo primer envite, lo estamos viendo, es fundamentalmente simbólico.
CastasLa primera batalla se dio alrededor de un término: LOS MERCADOS. Uno de los bandos consiguió ocultar su imagen –y con ello su flanco a la agresión del otro- detrás de este concepto que vino a sustituir la misma idea de los hados. La estrategia simbólica fue de alto rendimiento, se consiguió personalizar de tal manera este concepto que sirvió eficazmente para desviar la agresividad de una ciudadanía indignada hasta el extremo. La mecánica táctico-manipulativa fue coherente: por una parte se concentraba en una idea abstracta el origen de todos los males, por otra se la dotaba de una apariencia humanizada (“los hombres de negro”) que favorecía una fácil identificación como enemigo. El imperio de esta palabra ha dominado a lo largo de los últimos dos o tres años. Han sido los mercados los culpables de todas nuestras desgracias y, como a un ídolo terrible, a ellos se ha sacrificado lo mejor de la juventud y de la vida. Y, en esto, llegó “Podemos”.
El 25 de mayo podrá ser recordado como uno de esos días en los que el destino de la batalla -¡Qué bien lo expone Tolstoi en “Guerra y Paz”!- tuerce la mueca y se decide por uno de los bandos. Personalmente, pese a la compleja lectura que encierran algunos datos, sobre todo en países como Francia o Dinamarca, me felicito y felicito a las masas europeas en su expresión del voto. Ya llegará la hora de emprender otras acciones.
Aquí la palabra clave la ha dado este nuevo movimiento (me inclino más por este modelo de comprender a “Podemos”, no tanto un partido, sino justamente esto, un movimiento) que, de pronto, ha irrumpido en el panorama de nuestra vida política: “la casta”.
Definir como una casta a ese enemigo que, no lo dudemos, tenemos enfrente, ha sido quizá uno de los mayores aciertos del lenguaje político. No, no son los mercados, como nos dijeron, es la casta. Este es el verdadero enemigo. Vamos a ver como la próxima batalla se centra sobre la eficacia de este término. Por una parte, se lanzarán a desacreditar el vocablo utilizando para ese fin todas las más sofisticadas técnicas de dominio lingüístico: ignorarlo, ningunearlo, reducir su contenido semántico, apostar por desvincularlo de espacios concretos, etc, etc, etc. Por mi parte recomiendo –con ello no dudo en posicionarme- convertirlo en verdadero instrumento de combate. De entrada porque permitirá identificar la verdadera confrontación en la que nos hallamos: por un lado las masas de los que no tienen para sobrevivir más que sus manos y enfrente los que viven del trabajo de los otros.
El término, he ahí su oportunidad y su éxito, encierra un altísimo contenido simbólico, de ahí la urgencia de imponerlo frente a la que, aviso, será la batalla simbólica de los próximos meses. Basta apuntar algunas notas. De entrada su capacidad de definir un grupo que, gracias a su carácter heterogéneo, se había librado de concentrar las miradas de reproche, porque, ¿Qué tenían que ver esos exministros depredadores de unos y otros partidos, financieros sin escrúpulos, aristócratas, casas reales, especuladores de toda laya, y ese sinfín de gentes que hasta ahora han vivido a costa del esfuerzo ajeno? Ahora todos ellos constituyen “La casta”, y son y serán miembros de la casta los que vengan a defenderlos. ¡Por fin un término para definir ese conglomerado que, pese a las crisis y en todas las épocas, han hecho del dolor ajeno sus más suculentas tajadas!
Hagamos de esta palabra un nuevo instrumento de combate. Su resonancia, ya lo ha demostrado, ha sabido jugar de repente en favor de la liberación del pueblo.