La tormenta perfecta

La tormenta perfecta

Hay metáforas, expresiones, dichos, que consiguen con la fuerza de las palabras, representar de forma auténtica el sentimiento de alguien o la visón generalizada de un asunto o tema. Son sintagmas verbales que, con su concentrado de vocablos, siempre unos pocos para poder servir como auténtico enunciado o mero calificativo, arrastran tras de sí la violencia simbólica de un torrente de palabras. Son normalmente oxímoron por la fuerza que entraña toda contradicción pero que, en vez de anular la eficacia semántica de sus términos consigue, por un raro efecto del estilo –casi ya podemos hablar de función poética- multiplicar hasta el infinito la potencia acumulativa de sus palabras. Entiendo, y así lo he visto reflejado en el uso ya común de la expresión, que esto sucede con la expresión “Tormenta perfecta”. Oxímoron digo pues, a la idea caótica, terrible, violenta, desquiciante, aterradora que puede entrañar el concepto “tormenta”, se sobrepone –con ese efecto multiplicador que decimos- el concepto “perfecto”. Con ello no se edifica un sentido de una tormenta que, pese a la brutalidad innata, alcanza esa racionalidad, esa templanza, ese sosiego podríamos decir, que supone toda propuesta de perfección. Por el contrario, el contenido terrible de la idea de tormenta estalla hasta el paroxismo al conjuntarlo a ese epíteto que apunta a la perfección. Tormenta perfecta es aquella que consigue esa rara eficacia de poder desplegar todo su coeficiente de furia sin limitación alguna, sin trabas que impidan una voracidad extrema. Es perfecta porque en ella todo contribuye a la plenitud de sus rasgos destructivos. Joseph de Maistre, desde su óptica reaccionaria, desde su odio a todo lo que entrañaba liberalismo y progreso, dijo de la Revolución Francesa aquello de “Pure impurité”. Hubiera podido también decir este otro término.  Hoy sin duda lo podemos aplicar a la crisis que nos asola.

tormentaCrisis perfecta pues al desorden internacional –desde la Alta Edad Media no había un caos semejante en las relaciones internacionales- se añade, como en un decálogo atronador, la crisis económica, la crisis político-institucional y, cada vez más, la crisis moral del sistema. De las otras hablaremos luego, hoy nos sacude hasta el espanto, esa violencia moral (inmoral) que penetra todo el orden político. Hablo de la crisis del ébola, del escándalo de las tarjetas “opacas”, de Castor y las autopistas, del rescate bancario, de Barcenas, ¡Cómo no!, como también de los miles de urdangarines y grandes de España cuyo único valor es el saqueo; de la irresponsabilidad de aquellos que tienen responsabilidades, del descaro de lo mil atropellos. Un cúmulo de despropósitos, mentiras, incompetencias, y también delitos y crímenes que han terminado por abrasar esa epidermis de la moral sobre la que se levanta la cooperación y solidaridad comunitaria. El espectáculo que estamos viendo es más terrible que el terrorismo. El terrorismo a lo sumo sólo es capaz de incorporar eso, miedo, pero ese miedo termina por hermanar a los que lo sufren. Lo de estos señores es mil veces peor que el peor acto terrorista pues atenta contra la propia vida social. Tormenta perfecta. Más aún, terrorismo perfecto. Estamos ante el acto terrorista más brutal que haya conocido la Historia. Me refiero a todo esto.