Roto el consenso, nueva constitución.

Una sociedad es un consenso. No, o no solo en el sentido político al que nos hemos acostumbrado. Consenso es justamente eso: consentir. La convivencia entraña esa pérdida de libertad que los viejos liberales recordaban : “Toda libertad termina donde comienza la libertad de los otros”. Soportar ese derecho de los otros nos exige renuncia, es decir, consentir, consensuar. Ahora bien, consentir es un ejercicio libre, lo otro es imponer. Consentimos porque entendemos que es  nuestra contribución a ese marco convivencial. Consentimos porque apreciamos que los otros también consienten en otras cosas. Todo el ordenamiento jurídico basa fundamentalmente en ese consentimiento voluntario y la idea de sanción y premio como respuesta jurídica gravita únicamente como respuesta última. Una sociedad que quisiera alcanzar un mínimo de convivencia apoyada solo en la estructura de premios y castigos estaría condenada a saltar por los aires a la primera de cambio. Todo, y cuando digo todo me refiero a todo el entramado social, funciona gracias a este consentimiento más o menos natural. La circulación vial en las calles y carreteras, el tráfico económico en nuestra vida diaria –ese comprar el pan y el periódico-, las relaciones vecinales y laborales, es decir, nuestra vida más allá de las relaciones sentimentales y amorosas, se basa en este acuerdo de mínimos: “yo cumplo porque sé que tú también sueles cumplir”. Hay que ser conscientes que si bien es cierto que un alto número de nuestras relaciones se construyen en el marco de afecto o en todo caso en el del conocimiento personal (es normal como digo sentirse obligado hacia aquel que amo o al que conozco y aprecio), muchas otras, la mayoría de las relaciones intersubjetivas, se desenvuelven con perfectos extraños (a ese al que cedo el paso en un cruce vial) y, sin embargo, no por ello le atropello.
ConstituyenteAhora bien, como hemos dicho esta voluntad cooperativa, este ceder frente al estímulo egoísta de un “yo primero”, se mantiene de forma general, no tanto por el miedo al castigo, sino sobre todo por una conciencia generalizada de ser un comportamiento compartido. Una sociedad, una comunidad política, reclama la percepción de una continua reciprocidad en ese conjunto de acciones en que se desenvuelve la vida. Me pongo el último de la cola cuando llego porque entiendo que el que venga después hará otro tanto.
El sistema funciona, como hemos dicho, porque tiene percepción de este hecho. Es un Quid pro quo que surge de forma natural porque se percibe. Se aprecia de forma más o menos constante, sobre todo en el imaginario que resulta de mirar a la sociedad en su conjunto. Es una cuestión también de imagen, lo que en la antigüedad se denominaba el mito, de ahí la importancia de la figura del líder, y me refiero al líder como aquel que concentra nuestras miradas. El líder es el que da la talla de este modelo de comportamiento. Es líder porque le vemos, es él el que nos proporciona la imagen de esa capacidad de compromiso y entrega. En definitiva, espero que el resto se comporte así porque justamente veo a ese líder, que representa a la sociedad en su conjunto, comportarse justamente de esa manera. Es líder porque en el esfuerzo social es el que primero y más a fondo se entrega, es decir, porque en la batalla se comporta como el más osado, el que más aporta a las cargas del estado, el que más se sacrifica en interés de la sociedad en su conjunto. Su imagen nos da la talla de lo que se espera de nosotros, de una manera u otra debe ser capaz de proporcionar esa visión que nos eduque en nuestros compromisos, en ese consentir sobre el que se basa el consenso.
Cuando este consenso se rompe, ya sea porque nadie cumple ese compromiso o directamente porque ese líder deja de proyectar esa imagen para espejo de todos, necesariamente quiebra el sistema ya que ese consenso, decimos, es el fundamento del mismo. Esto, no obstante, no supone en absoluto el retorno a una supuesta ley de la selva. Sino simplemente a la urgencia de cambiar de modelo. Aplicando un ejemplo, cuando un coche deja de funcionar por accidente o avería grave, no supone que, a partir de ese momento estemos condenados a ir a pie a todos los sitios, existen otros medios de transporte y, en último caso, podemos incluso comprarnos un coche nuevo. Y un sistema no es más complejo de cambiar –mutastis mutandi- que lo es cambiar de coche.
Así, roto un consenso, apreciado que los que tienen que dar ejemplo de esa solidaridad interciudadana abandonan su compromiso (pienso en el estado actual de la sociedad española donde los escándalos salpican desde la Casa Real hasta el más pequeño municipio pasando por la totalidad del resto de instancias institucionales –CGPJ, Jueces en su conjunto, Gobierno, Tribunal de Cuentas, Autonomías, Sindicatos, Partidos y el largo etcétera de la vida social y política) no nos adentramos necesariamente en el inquietante mundo de la guerra civil con el que algunos quieren asustarnos. En absoluto, se dice “Mus”, se descarta la mano y se reclama un nuevo juego. Es a esto a lo que llamamos PROCESO CONSTITUYENTE, y sobre él se edifica el nuevo consenso.
Nadie duda de la eficacia del anterior sistema, no es el momento de ensalzar las virtudes de ese viejo “seiscientos” y con ello vuelvo a la metáfora del coche ¿Qué con él hicimos nuestros primeros y más emocionantes viajes?, es posible, sin embargo, la inmensa mayoría lo hemos cambiado cuando dejó de funcionar debidamente. Hoy hemos llegado a ese momento de cambio. El viejo consenso se ha roto, ni la monarquía, ni los actuales partidos políticos y sindicatos, ni el sistema de gobierno y administración en general, acreditan estar al nivel que exige el momento. Unos manchados de mierda hasta el tuétano, otros bien acreditada su incompetencia para detener la marea de escándalos, en definitiva, todos viejos y caducos, en el mejor de los casos, definitivamente obsoletos. Ha llegado el momento del cambio.