Manifiesto para una segunda transición: Panfleto para una lectura radical de la Constitución I.

Manifiesto para una segunda transición: Panfleto para una lectura radical de la Constitución I.

I

 

Entro en este tema con la voluntad de ser elefante en cacharrería. Si la tercera fase del Blog lo centré en el Golpe de Estado en Europa, ahora quiero reflexionar sobre la batalla. Aún queda mucho que luchar. Por eso este blog se debate entre dos conceptos. Dos conceptos, de entrada, con mala prensa: manifiesto y panfleto. Ahora bien, de ambos quiero vindicar su sentido pleno y, sobre todo, su función política. El término manifiesto  lo vinculo necesariamente con su antecedente más ilustre, “El manifiesto comunista”, pero no tema el lector, nadie viene aquí a despertar a los muertos, otros se encargarán de ello. Al vincularlo con este clásico del movimiento emancipatorio propongo una lectura eminentemente política, una lectura que ha de ser necesariamente multiforme y que ha de ir desde el análisis científico hasta la praxis trasformadora. Todo manifiesto aparece necesariamente vinculado a la razón revolucionaria ocurra esto en el arte, la política, la filosofía o en cualquier lugar donde urja una propuesta de cambio social radical.

constitucion_espanolaA lo largo de siglos de historia el manifiesto ha servido para proclamar una cosa o su contraria, para construir principios o para destruirlos, es una declaración de voluntad pronunciada desde la razón social, es decir, desde el mismo deseo de convivencia. Todo comienzo ha de encontrar en su proclama la razón de ser, el futuro que incardina su propósito. Por eso el término manifiesto  está siempre cargado de sentido positivo pues entraña un despertar hacia lo nuevo que, en el marco de la política, supone la idea de una vida mejor. Sin embargo soy consciente que hablar hoy de manifiesto resulta, cuanto menos, anticuado, provocando en quien lo escucha la incomodidad de aquello que está ya fuera de lugar, “démodé” nos dirán, ante las prácticas “científicas” del discurso tecnocrático de la economía. Plantear hoy un manifiesto parece, como mínimo, una propuesta chocante, vinculada a la idea de una izquierda agotada y perpleja. Sin embargo es ahí donde queremos reivindicar el concepto, en la necesidad de recuperar un discurso emancipador frente al achicamiento general que sufren los valores sociales.

El otro término chocante, también caído en desgracia, es el de panfleto. Desde su origen el término se refiere a toda obra provocadora, carente, además, de rigor científico. Panfleto es, así, ese texto más o menos anónimo que, carente de toda fundamentación científica, viene a proponer algo. Aquí las notas negativas se acumulan a la hora de definirlo, términos como “panfleto”, “panfletario”, devienen sinónimo de “chapuza” y mentira, apuntan a una falta absoluta del rigor científico, escondiendo ocultas intencionalidades políticas. Sin embargo también es el momento de recuperar el alto contenido simbólico de esta palabra. De panfleto se han tachado todas aquellas obras que, saltándose lo políticamente correcto, pasaban a reclamar, sin titubeos ni milongas, la puesta en práctica de una democracia real. Un pensamiento anquilosado en la rutina, la cobardía y los intereses inconfesables ha utilizado con demasiada reiteración este descalificativo para tachar de panfleto todo discurso que señala la raíz de los problemas. Es ahí donde el término recupera su capacidad política y desde donde propongo su renacimiento conceptual.

El panfleto es, por lo tanto, una respuesta cómica a ese discurso que se autoproclama como sensato. Frente a lo comedido y mesurado, el panfleto propone el exceso, esa risa que disuelve  toda posibilidad de medida. Tratar a este texto de panfleto supone articular una crítica radical más allá de las exigencias del discurso científico. Es decir, proclamar la libertad de palabra frente a la censura –autocensura muchas veces- de las “exigencias del texto científico”. De esta manera, frente a los rigores sobre los que se construye el lenguaje técnico, demasiadas veces mera coartada de la zafiedad y cobardía, la propuesta de un panfleto es disolvente y por ello liberalizadora. No proyecta construir sino disolver, propone la desnudez del discurso como objetivo último de la política. Es la risa del loco que, en su lucidez, resulta  ser el único que se percata de que, como en el cuento de Andersen “el emperador va desnudo”. Risa contagiosa, he ahí su fuerza, como lo es también la potencia de la verdad, y que debe permitir a todos contemplar el mundo sin artificios. Como esa noventa y cinco tesis que clava Lutero en la puerta del castillo de Wittemberg, o ese otro –también un panfleto- que clavó Spinoza en su propia puerta cuando, harto de las intrigas de los monárquicos holandeses, reclamó la pureza de la república.

Por ello, tratar a este texto de panfleto nos debe servir, de entrada, para descargar toda la exigencia de un aparato crítico. Con esto, es cierto, renunciamos a la solemnidad de la obra teórica, donde con frecuencia se ahogan los proyectos transformadores, pero por el contrario ganamos en inmediatez, esa frescura –“¿cool”?- de lo vivido en el día a día y que proporciona la potencia del acontecer político. Como dijo ese mismo Marx al que tan prontamente hemos olvidado, la filosofía no debe estar sólo para explicar el mundo, sino sobre todo, debe servir para transformarlo.

Ambas términos –manifiesto y panfleto- acreditan su voluntad provocadora y, con ello, su potencia heurística: si pronunciamos este discurso es porque aún no hemos perdido la esperanza. Desde ellas se plantea recrear la visión política rompiendo tanto el castrante lenguaje de lo políticamente correcto, como la atrofia de esa mirada miope incapaz de ver más allá de los tópicos. Quede claro, somos republicanos y nos gustaría conocer y disfrutar de una III República.

Desde estas premisas este texto se propone dos objetivos, por un lado remover hasta sus cimientos la sensibilidad  de una sociedad que vive, desde hace ya demasiado tiempo, anclada en el dique seco de una moralina menor e impotente, es decir, carente de la voluntad trasformadora que hace noble el concepto de Política, y por otro y como consecuencia de lo anterior, proponer una segunda transición capaz de recrear la ilusión de una sociedad definitivamente subida al tren de la Modernidad. De nuevo, para descargo de los críticos, el concepto “Segunda Transición” será parte incuestionable de este texto.

En el trascurso de los más de treinta largos años desde el fin de la dictadura, demasiados acontecimientos han arrancado a jirones la piel de las propuestas democráticas que se soñaron en la Primera Transición: el golpe del 23 de febrero, las intentonas posteriores, las sombra de ciertas operaciones macrofinancieras, el temor a la crisis económica, el “ruido de sables”, el miedo a un rechazo de Europa -¿Nos acordamos del referéndum de la OTAN?-, el fantasma, en definitiva, de una nueva guerra civil. Temores que tuvieron sentido hasta finales de la década  de los noventa donde todavía las fuerzas de la reacción acreditaban su potencia. Miedos que sobrevivieron con la generación que conoció el “36”. Hambres acumuladas que redujeron, hasta una “moderación” vergonzosa las exigencias de los demócratas. Hoy, afortunadamente, nada de esto subsiste. Ni en lo político, ni en lo económico, ni en lo psicológico permanece nada que nos ancle con ese pasado construido bajo la amenaza -¡El miedo!- de un retorno al franquismo. Es más, el mundo de este nuevo siglo es tan diferente que, sin necesidad de mirar atrás, estamos, querámoslo o no, en el espacio de un nuevo sistema. No es sólo la proclama de un: “¡Ya no tenemos miedo!”, es más incluso, es la urgencia de cambiar los cimientos de la casa si no queremos que se nos caiga definitivamente encima corroída por la carcoma de la Historia. ¿Urdangarines?, ¿Infantas?, Príncipes y consortes y cuñados y hijos y nietos, todos ellos, junto a los nuevos rapaces del pesebre nacional, convocados al festín en medio de una crisis que deja sin pensión a quién lleva cuarenta años trabajando. ¿Para qué coño queremos todas esas lacras que tanto han pesado sobre el pueblo y su futuro?. Definitivamente, es hora de transformarlo.