La primavera española.

Así de contunSol_15mdente. Mira que nunca me creí lo de la Primavera Árabe ni mucho menos esas revoluciones de colores en el este europeo, en cambio aquí sí que tenemos una verdadera “Primavera política”. Algunos de sus rasgos saltan a la vista. De entrada la irrupción de gente nueva. No es sólo una cuestión de caras, es el ser mismo de una nueva política. Política pura, sin ese retrogusto anaftalinado de “profesionalidad”. La política no necesita profesionalidad, sino voluntad de representación. Ese ser capaz de representar los sentimientos de la comunidad en su integridad. Los profesionales se contratan –por eso los políticos profesionales se definen por sus ingresos- los verdaderos políticos se eligen y eso es lo que ha pasado el domingo. Verdadera afloración del espíritu primaveral. Un segundo eje. Aplaudo maravillado la irrupción de ese grupo de mujeres, Mónica Oltra, Manuela Carmena, Ada Colau, Teresa Rodriguez y otras más que estoy seguro están ahí, que han tenido el coraje de dar ese duro paso adelante asqueadas de tanta miseria. Su coraje, y esto es verdaderamente extraordinario, ha hecho saltar el sistema y abre las puertas, de par en par, a la esperanza. Y que conste, no es un tema solo de ser mujer. Mujeres lo son también Soraya Sainz de Santamaría o Esperanza Aguirre, como lo era Margaret Thatcher. Para mí, éstas no representan en absoluto la idea de mujer de un auténtico feminismo. No es un tema de sexo ni de género, es algo más profundo. Basta verlas en televisión para apreciar en sus rostros ese asco innato a la chulería, esa repugnancia a la pedantería machista, ese rechazo a esa violencia casposa que ha dominado este país durante décadas, ¡Qué digo!, durante siglos. Hay tertulias televisivas donde su sola presencia convierte a los “tertulianos” que se les oponen en verdaderos muñecos de trapo. Tercera nota. Por fin una idea de ciudadanía. Me gustaría soñar con una serie de cámaras, nacionales territoriales y municipales repletas de gente de la calle y donde el debate sólo hable de lo que a todos nos interesa. Por eso aprecio el modelo con el que se reinicia el curso político tras las elecciones. No una cuestión de pactos, sólo líneas rojas, mandatos claros, exigencias irrevocables sobre el derecho a la dignidad de todos, es decir, derecho a comer, a tener una vivienda digna y adecuada, a una educación plena y para todos, una salud garantizada en todo caso. Cubiertos estos cuatro ejes, todo lo demás se puede negociar, discutir, hablar. Pero esas cuatro cosas deben ser santas.

Y que conste. Nada de esto es antisistema. Todo lo contrario. ¡Leer la Constitución!, todo esto es lo que ahí se dice. El crimen de lesa constitución lo cometen todos aquellos que han roto el pacto democrático que garantizaba esas cuatro cosas de forma universal.

Tras más de un lustro de crisis económica, tras las políticas de corrupción y latrocinio desarrolladas tanto desde el gobierno central como de los territoriales, tenemos que tener claro que estamos ante una situación de emergencia. Hay una emergencia social, un verdadero estado de sitio socio económico que impone una serie de prioridades de forma absoluta. Recordémoslo, el estado surge para salir de la selva, el derecho tiene la función de romper con los instintos naturales, se legisla para hacer frente a eso que algunos llaman “lo natural”. Lo natural es la ley de la selva, que el más fuerte se imponga sobre el débil. Eso es lo que hace el violador sobre su víctima, el terrorista sobre el que tiene al otro lado del cañón de su pistola, el empresario explotador sobre el trabajador indefenso, el corrupto sobre los que concursan en buena fe. La ley está para perseguir estos delitos y para impedir que se cometan: legislación para detectar y combatir los abusos de ese pederasta, de ese empresario miserable o de ese terrorista. No legislar no es otra forma de legislar como algunos dicen, es ponerse del lado de violadores, terrorista y corruptos. Que quede claro, si hemos votado por el cambio es para impedir que la sociedad se precipite a ese mar de fango al que nos llevaban los políticos al uso.