Manifiesto para una segunda transición: Panfleto para una lectura radical de la Constitución II.

Manifiesto para una segunda transición: Panfleto para una lectura radical de la Constitución II.

                                                                                                                 II

                                                                                        Qué es leer la Constitución
¿Cabe hoy una nueva Constitución?. Respondernos a esto entraña asumir tres cuestiones simultaneas. De entrada la pregunta sobre el valor del texto actual. Cuál es su verdadero valor democrático. Segundo la pregunta sobre la historia ¿Es un texto ya superado?, y tercero la viabilidad de su transformación. ¿Es posible cambiarlo?

La respuesta que doy es un sí absoluto. Por eso hablo sin tapujos de una Segunda Transición. Los “medios pasos” y los “pasos atrás”, las concesiones arrancadas a las generaciones que sufrieron la dictadura, secuestradas por el temor a su retorno, han quedado incuestionablemente fuera de los condicionamientos políticos. Ya no tienen sentido ninguna de aquellas concesiones con las que, aún hoy, se pretende condicionar el futuro, nuestro futuro. Los contratos, tanto en política como en los negocios, no se firman nunca para toda la vida, esto no sucede ni en los matrimonios. Menos aún para todas las vidas futuras de una ciudadanía ansiosa de libertad. Lo que fue el consenso en 1978, o incluso en 1990, no tiene que ser eterno. ¡Qué nadie reclame privilegios nacidos de pactos arrancados por el miedo! Treinta años son ya un sobrado pago. Es hora de un nuevo consenso, pero esta vez no entre un pasado dictatorial y un futuro ensoñado en democracia, sino un consenso entre ciudadanos libres, un consenso que contemple los intereses de hoy, intereses puede que contradictorios, pero intereses entre iguales. Ya nadie, ni por el nacimiento, ni por la riqueza, ni por llevar un sable –o una pistola- al cinto es más que otro, ni su opinión pesa más en la balanza de la historia. Por eso proponemos esta lectura radical de la Constitución. Lectura que debe llegar hasta sus últimas consecuencias.

Aunque, ante de empezar, conviene explicar que entiendo por cada uno de los términos que construyen esta frase y que da título de esta obra: Lectura radical de la Constitución española.

Primero lo que no es. Este texto no pretende ser un tratado de derecho constitucional, de ahí la renuncia plena a teorizar sobre los conceptos que desarrolla la Ley Suprema. Ya hay demasiados tratados como para proponer algo nuevo. La propuesta que lanzamos aquí es meramente la de una lectura. Pero, ¿Qué es “leer” la Constitución?, Para nuestra propuesta, leer la Constitución es el ejercicio consciente de su eficacia normativa. Desde que las leyes configuraron su exigencia de escritura –desde las XII Tablas del viejo Derecho Romano- la eficacia de la norma procede de su lectura. Es el juego comprensivo de esa lectura lo que configura el contenido del mandato. Al leer la ley la hacemos eficaz la promulgamos (esa lectura en voz alta que la hace pública). Ahí surge el efecto demiúrgico de su autoridad, proceso coincidente con el ejercicio del juez cuando lee la sentencia –también leída de forma pública desde los estados del tribunal, es decir, desde la tribuna que proyecta al orador sobre el público de ciudadanos. En el mito del estado, tras la escritura de la ley por el soberano, el ciudadano la lee en el acto de aplicación. Por eso, leer la Constitución es, de entrada, creerse su contenido como algo que nos afecta a todos, que es capaz de construir y transformar –con la palabra- ese mundo nuevo que ensueña el legislador constituyente. Y aquí el tiempo presente del verbo es fundamental frente a un dominio excesivo del pasado.

Desde la invención de un derecho positivo (escrito) la labor del legislador, y sobre todo la labor del constituyente, se asemeja a la labor del novelista. La relación entre legislador y ciudadanía resulta idéntica a la relación entre el escritor y su público. Juego de identidades que también conduce, como en las buenas obras literarias, a la paulatina autonomía de la palabra: personajes, instituciones, conceptos y mandatos terminan recreando, según la época y los lectores, su propio modo de ser. ¿Es quizá el mismo “El Quijote” que pudo leer el duque de Béjar al que leemos hoy día? Como fabula Borges en su magistral cuento, “Pierre Menard, autor del Quijote”, toda lectura entraña ya una nueva escritura porque se lee desde la conciencia subjetiva de cada uno. Pues lo que pretendemos aquí es justamente esto, rescribir la Constitución con el mero acto de leerla. Proceso recíproco y que hace que, al releerla, volvamos a escribirla desde una democracia real.

No hay aquí juego alguno. El sistema democrático termina cerrando la circularidad del poder, al final la única justificación de todo poder es la voluntad de los que van a ser gobernados. Esto es lo que hace que el escritor, el autor, la autoridad, es decir, el legislador, resulte ser el mismo lector que viene a pronunciar y aplicar la ley. En la Democracia, escritor y lector se identifican y confunden en uno sólo, de ahí que la Constitución sea una obra continuamente adaptada a sus nuevos lectores, como lo es, en definitiva, toda obra en una nueva lectura: cada vez que leemos la constitución la estamos reescribiendo. No hay nada de sagrado en la Constitución salvo esta identidad con los hombres y mujeres que la leen y la aplican. Convertirla en sagrada e intocable es una forma de negarla, la Constitución solo está viva si somos capaces de reescribirla constantemente atendiendo, eso sí, a la voluntad abierta de todos.

De ahí la necesidad de una lectura radical. Lector y autor, es decir, ciudadanía y soberano legislador, siendo solo uno, deben reencontrar el punto en que esa lectura se identifica con el mismo acto de escribir. Una lectura radical no es otra cosa que una reescritura del texto que leo haciéndolo auténticamente mío. Frente a la lectura superficial donde leo la trama como la historia de otro, la lectura radical me obliga a identificarme con el autor comprometiéndome con el mundo articulado en el texto. Nada adelanto si digo que toda lectura democrática es necesariamente una lectura radical ya que la esencia de la democracia no es otra que esa identidad entre soberano y súbdito, devenidos, por la magia de esta lectura, solo uno, es decir, ciudadano. Leer en su radicalidad la Constitución no es otra cosa que reclamar: ¡Todo el poder para el ciudadano!

Ahora bien, esta lectura  radical –y por lo tanto democrática- no es una lectura sobre una ley cualquiera, se produce justamente sobre la ley  más estrechamente vinculada a este rizo de identidades. ¿Qué será, por lo tanto, una lectura radical de la Constitución Española?. De entrada una lectura rigurosa, es decir, inspirada en esa voluntad que animó al sujeto constituyente en 1978 a enterrar el viejo régimen franquista y alumbrar una sociedad democrática. Pero también una lectura abierta, pronunciada desde la voluntad del ciudadano constituyente del día de hoy en las incógnitas, retos, miedos y esperanzas de este siglo XXI que tan brutalmente ha incidido sobre todas nuestras vidas. De ahí la exigencia de respetar los logros conseguido pero sin renunciar en ningún momento a su potencia trasformadora. Una potencia que nos permita conseguir esas metas dibujadas en el texto pero que todavía no hemos alcanzado.

Adelanto un ejemplo: cuando el artículo 47 proclama que “Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada” la lectura radical debe saber remarcar la plenitud de estas palabras. Nada nos permite devaluar el concepto aquí escrito de “derecho” transformándolo en otra clase de cosa donde la exigibilidad queda aguada hasta desaparecer. Nada me permite reducir un ápice la potencia de este término transformándolo en un mero “principio” sometido a las circunstancias económicas y sociales del momento. Su contenido dogmático ha de ser idéntico al proclamado cuando hablo de un “derecho a la vida” o un “derecho a la libertad” o un “derecho a la propiedad y a la herencia”. Hay que rescatar ahí la potencia de la palabra “derecho” para hacer del artículo una exigencia incuestionable. Un derecho a la vivienda es eso, un derecho a vivir en un hogar que satisfaga las necesidades de una digna calidad de vida, y hasta que esto no se consiga la Constitución sigue abierta e incompleta. Hoy, cuando las calles se llenan de los enseres de familias desahuciadas, cuando los bancos expulsan a los que lo dieron todo para alcanzar un hogar y la miseria de la vida se extiende, hablar de un derecho a una vivienda digna y adecuada no es ni puede ser un mero principio teórico ni mera música sin letra. Hablamos de derechos y, mientras esto no sea una realidad efectiva, ni nada ni nadie nos podrá convencer de que la Constitución tiene sentido.

En definitiva, la Constitución no es un catálogo de derechos y privilegios, tampoco es un libro de instrucciones sobre un mecanismo complejo. Por el contrario, es un texto único que, como en las buenas novelas, es capaz de llenar de vida a todos y cada uno de sus personajes. Si aún hoy leemos con pasión obras como “El Quijote” o “Los hermanos Kamarazov” es porque cada uno de sus personajes nos resulta creíble, lleno de vida, auténtico. No tiene menos vida Sancho que Quijano, ni Aliosha que su hermano Iván en la obra del Dostoiewki. Por eso la potencia creadora de ese derecho a la vivienda  con que ejemplificábamos la lectura radical debe ser tan consistente como el de esos otros derechos que reclaman la propiedad, la libertad e, incluso, la vida. En medio de la crisis que nos atenaza, la propuesta de una lectura radical es la única garantía de una sociedad auténticamente libre.