La gran pitada

Genial la intuición de “El Roto” hace unos días en El País. “Los pitidos son también un himno”. Contemplado así la cosa alcanza nuevas dimensiones. Más de uno se acordará una de las escenas más emocionantes de la película “Casablanca”, recordémoslo, un film que se rueda en tiempo real con el trascurso de la misma Guerra.

Allí, en el bar de Rick, se juntan espontáneamente un grupo de alemanes, todos ellos uniformados de las SS y los clientes habituales, putilla incluida, es decir, la contrafigura más absoluta del orden castrense. Los alemanes, de forma imperiosa, se ponen a cantar su himno sin atención alguna a la clientela del establecimiento.

Frente a sus fuertes estrofas marciales, un murmullo, con las estrofas de La Marsellesa, se levanta de las gargantas de esos otros antihéroes que se apoyan en la barra. Durante unos segundos interminables los dos himnos chocan reclamando la supremacía hasta que, en la lógica de la película, se impone el himno francés. Hay aquí un par de paralelismos que nos interesa destacar. De entrada la presencia de dos sonoridades, en los dos casos con un alto grado de asimetría. En la película la solemnidad del himno nazi, cantado por sus titulares indiscutibles, verdaderos héroes enfundados en sus elegantes uniformes, frente a ellos la aparente debilidad de una sociedad civil variopinta y caótica. En la competición de “La Copa” la oficialidad de las instituciones reforzada con cien mil vatios en altavoces frente a la infantil respuesta de pitos multicolores y silbidos entre los dedos. El segundo paralelismo apunta al día de después. En un caso la policía cierra el bar acusando a su clientela de sedición. Más de medio siglo después, en la concentración del partido se ha estado a punto de hacer el mismo ridículo que aquella gendarmería colaboracionista.
pitadaEl Roto nos habla de un himno. Como decimos no le falta razón. Los himnos no son más que esto, sencillas canciones, a duras penas unas notas, puro ruido pero eso sí, con una enorme capacidad de movilización, es decir, capaz de arrastrar a las masas a una plena sensación de pertenencia. La intuición de este gran periodista gráfico va más allá del mero paralelismo entre himno y pitada. En definitiva, un himno es algo que se siente, que lo siente el que lo canta, o no es  nada. Por eso aquellos silbidos y pitadas tienen más de himno que todas las estrofas de la Marcha Real, o al menos, nadie lo dudará, eso es lo que sucedía en medio de esa gigantesca reunión deportiva. Algo es un himno sí y solo si se siente como tal. En este punto el episodio del Nou Camp se diferencia de la escena de Casablanca. En la película hay dos himnos, dos masas sonoras que se enfrentan pero sobre todo dos voluntades que luchan, dos voluntades generales en la terminología de Rousseau expresión de dos soberanías diferenciadas. Lo ridículo del conflicto desencadenado con el final de La Copa es que ahí, en realidad, solo hubo un himno y ese no es otro que el que salió de los pulmones de cientos de miles de personas, esa sociedad civil, que se lanzaron a expresar así sus sentimientos de identidad.