Manifiesto para una segunda transición: Panfleto para una lectura radical de la Constitución IV.

III
PREÁMBULO

Así, sin más, ese otear el terreno antes de emprender la marcha. Esto es lo que significa “preámbulo”. Los pasos previos antes de comenzar a caminar, en definitiva, ese “a donde quiero yo ir” que, de una manera u otra, siempre nos decimos antes de empezar un camino. La política, el vivir en sociedad, la comunidad, no es otra cosa que una larga marcha, un camino esforzado que nos debe conducir a alguna parte. Caminar sin rumbo carece de sentido, al menos en el orden social. Hay siempre un proyecto, un destino, un objetivo que queremos alcanzar. El preámbulo es la foto fija de ese punto que buscamos. Dejémoslo claro, todo lo demás –todo el resto del texto- no es otra cosa que la hoja de ruta, el mapa, la proyección de los caminos por donde tendremos que atravesar, las indicaciones de la travesía a la que nos somete el destino. Nada más. Por eso, sin retorica alguna, podemos decir que el Preámbulo es la parte más importante de toda la Constitución, el objeto mismo del contrato.

No lo olvidemos, estamos ante un contrato social y ahí el preámbulo constituye el núcleo donde se define el objeto del mismo.

Como en la mayoría de los contratos luego abundarán las cláusulas donde se dará definición de los medios de pago, los procedimientos de entrega, las condiciones de la contratación. Me es lo mismo, pero lo más importante para el comprador, el deseo que le mueve a proponer y formalizar la compra, no puede ser otro que esa cosa por la que se interesa. En política también hay así un interés manifiesto y esto queda marcado desde un principio. Antes de partir a ningún sitio, hay que decirse a donde queremos llegar.
Volvamos a nuestros ejemplos. Un contrato me viene a la mente, el contrato de transporte. Pues eso, cuando compramos un billete en la estación antes de todo tenemos definido ese destino. No queremos un billete a cualquier sitio, la imagen de ese lugar deseado se interpone, necesariamente, entre nosotros mismos y el acto contractual. De ahí su denominación, pre-ambulo, lo de antes de emprender la marcha, la reflexión que nos hace entrever nuestro destino.
Por eso necesariamente iniciamos la lectura aquí. Nada de saltarnos los veinte escasos renglones de este punto liminar. A él volveremos también con frecuencia a lo largo de esta lectura pues recordar el destino será la mejor manera de no perdernos en medio del barullo de la selva. La pesadez del camino, las dificultades de la marcha, nos obligarán a recordar continuamente la utopía ensoñada. Tierra prometida, paraíso deseado, es posible, pero, en todo caso, destino comprometido entre todos nosotros. Nadie ni nada nos puede imponer un cambio en ese punto final al que queremos llegar. Es posible que permitamos cambios de ruta, que los accidentes del camino nos obliguen a alterar los gráficos sobre nuestro mapa, pero el destino tiene que estar claro, queda así comprometido y sólo en un verdadera refundación del estado nos podemos permitir alterar el objeto de nuestro viaje.
Hemos dicho que queremos una lectura radical, pues las raíces de nuestro texto comienzan aquí. Aquí está, como decimos, el fundamento mismo de nuestro estado.
La intrahistoria del proceso constituyente nos narra que este texto fue redactado en la vieja calle del Turco, hoy Marqués de Cubas, en el mismo centro de Madrid. El equipo de juristas del Partido Socialista Popular (PSP) se encargó de ello. Sin embargo nada de esto nos importa. Volvemos a insistir en ello, la virtud del texto constitucional es que su verdadero autor no es otro que nosotros mismos. La voluntad del pueblo. Prefiero esta expresión a la desgastada expresión de Voluntad Popular, la adjetivación del término ha terminado arruinando toda su energía positiva, hoy día hasta los partidos de derechas se llaman “populares” olvidando la raíz de la palabra. La esencia del concepto no es otra que el pueblo y es la voluntad de ese pueblo, de esa masa sobre los que reposa el trabajo y la vida, los que constituyen el centro de esa voluntad política. Es ahí donde habita la soberanía. Claro está, todo esto si nos creemos la idea de democracia.
Tribunal_ConstitucionalY es así como empieza ese mismo texto. Es esa masa de gentes, expresión de la vida, los nacidos. Los nacidos, podríamos decir recogiendo la expresión del viejo código civil, con rostro y figura humana. Que nadie se escandalice, no hay aquí nada peyorativo, figura humana la tiene todo lo humano y es a esa humanidad a la que se refiere el texto: La nación. Así comienzan las palabras de la Constitución. La nación española, dirá haciendo mera referencia al espacio geográfico. Sin embargo la fuerza del término no es otra que esa idea de nación. Nación, es decir, insisto, los nacidos, los humanos. ¿Qué que queda fuera?, muy claro, lo que no pertenece a esta clase de ser, lo que no tiene vida propia por más que quiera acoplarse a la idea de persona, de entrada las meras cosas, sí así de inmediato, la voluntad soberana es solo de las personas con rostro humano, jamás de las cosas. ¿Qué a qué me refiero?, todo eso que carece de esa dimensión de humanidad, los capitales, por ejemplo, la riqueza, pero también eso que los civilistas llaman “cosas inmuebles”, las fincas y solares, el mismo solar patrio. Lo que nos interesa, los convocados a ese esfuerzo de voluntad política, no son otros que los seres humanos. La nación no es otra cosa que nosotros mismos. El concepto España no aparece aquí pues no nos interesa el mero espacio geográfico. El interés es humano. Tampoco los muertos. Burke quiso ahí introducir la discordia. Hablaba de la nación como pacto intergeneracional incorporando las generaciones pasadas y futuras, es decir, los muertos y los aún sin nacer. Pues no. Los muertos no son parte de la nación. Tampoco los no nacidos. La nación son solo los que son, los vivos, los que viven a día de hoy y comparten conmigo, con todos nosotros ese deseo de vivir. Los otros, muertos y no nacidos merecerán nuestro cariño, nuestro recuerdo, lo que queráis, pero no son parte de esa voluntad, no les corresponde a ellos condicionar y condenar la vida de los que gozan y sufren ese vivir. Tampoco las instituciones, menos aún la historia. No son los recuerdos, ni las estructuras corporativas. Nada de esto tiene esa necesaria figura humana que reclamo del nacido como humano. La nación es así la expresión de la vida.
¿Y qué es lo que hemos deseado con tanta fuerza que nos ha llevado a constituirnos como nación? Ese es el objeto de este texto y, con ello de toda la voluntad constitucional. Y ahí no cabe la más mínima duda, así lo proclama en el mismísimo inicio de todo su discurso: el objetivo de este viaje, la meta a la que se encaminan nuestros pasos, el deseo radical de todo el proyecto del estado no es otro que ESTABLECER LA JUSTICIA, LA LIBERTAD, LA SEGURIDAD Y PROMOVER EL BIEN DE TODOS CUANTOS INTEGRAN LA NACIÓN.
Así de simple pero también así de ambicioso. Esto que construimos, estado, sociedad, como quiera que queramos llamarlo, no tiene por objeto ni la grandeza, ni la culminación de la Historia, ni el honor de una familia, religión, raza o cualquier otra cosa. No son instituciones ni recuerdos los que nos mueven a considerarnos nación unos con otros. Todo eso, todas esas entelequias no son más que monsergas. Nos hemos reunido aquí, en este rincón de la península europea, nos hemos constituido como nación firmando este contrato social, proclamamos ser miembros de esta patria común, nos entendemos participes de una misma comunidad, solo porque buscamos y lo hacemos entre todos, estos objetivos: justicia, libertad, seguridad y bien común. Así, en minúsculas, fuera de toda pretensión grandilocuente. No estamos hablando de principios, nos son proclamas lanzadas al viento, ni mucho menos utopías inalcanzables. Son simple y llanamente los objetivos de este viaje. Somos nación porque nos mueve el deseo de hacer entre todos el edificio social donde esto sea alcanzable, donde todos y cada uno de nosotros sienta que el calor de esa seguridad, la satisfacción de esa justicia, la alegría de esa libertad, el placer de disfrutar de esos bienes que entre todos ponemos a disposición de todos. Nada más. Pero a la vez, tan maravilloso.