Requiem por Europa

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Europa ha muerto, y, como todos los cadáveres, no tiene nada de exquisito. No es una metáfora. Una Europa como la que ha surgido de todo el embrollo griego es, justamente eso, una Europa muerta. Se ha hablado de un Club, de la función de los créditos, de la necesidad de pagar las deudas. Pero esto no es Europa. Habíamos pretendido construir una verdadera nación, una ciudadanía europea, habíamos querido sentir el orgullo de ser Europa, pero los burócratas de Bruselas solo han sabido construir un “club”, un mero club más o menos elitista. O peor aún, una  casa de empeño, un chiringuito de mala muerte. Cuando vengan los bárbaros, cuando el terrorismo sacuda nuestras calles, o el cambio climático inunde los bajos del Rin, cuando haga falta el coraje y el heroísmo de gentes que sean capaces de dar su vida por los otros…. Nos encontraremos que nadie quiere, que esto no es más que un club.
¿Quién será capaz de arriesgarse por defender a ese niño, a ese anciano, a esa mujer que violan si esto no es más que un club? ¿De qué nos servirá ser miembros de ese club europeo? Sí, los palos de golf estarán limpios, el césped del norte estará bien cortado y en el sur la cerveza se servirá fría por los nuevos criados. Pero, tengámoslo claro, en un club no hay más compromiso, pagada la cuenta por los clientes, el gerente queda solo.

Cuando el terror llegue a nuestras casas nadie se sentirá solidario.

Las gentes cerrarán las ventanas y elevarán el volumen de la música para no oír nuestros gemidos. Cuando la muerte recorra nuestras calles, cuando llamemos a las puertas de tantos y tantos que se han quedado en la cuneta, serán ellos mismos los que nos recuerden que esto no es más que un club, que lo importante es pagar las cuotas, que la solidaridad es sólo cosa de acreedores, que la letra pequeña solo habla de cuentas y números. Cuando el cuchillo de los matarifes se acerque a nuestra garganta, esos tantos y tantos de los que no hemos querido saber nada, nos dirán: “¡llamar al caddy!”