Por una definición de los derechos sociales para el siglo XXI

sobre los principios rectores de la política económica y social (parte I).

Las sociedades no tienen un modelo, se encuentran en continua transformación en procesos de equilibrio inestable que les lleva a una continua redefinición de sus sistemas de fuerza y sus valores. Sin embargo la conciencia humana percibe una imagen mucho más estable, grandes olas donde nos instalamos y que permiten clasificar las épocas subrayando el acento específico que les da el tono. Desde esta perspectiva, La segunda mitad del siglo XX quedó definida como la época del “Estado del Bienestar”. Apócope de una estructura más compleja y que definimos bajo los siguientes parámetros: Estado-Nacional-Industrial-Social.

El concepto de estado venía desarrollándose desde la Baja Edad Media como instrumento político para el ejercicio de la jurisdicción.

Roto el principio de una soberanía universal –la vieja potestas romana- el proceso de territorialización del poder imponía nuevas demarcaciones, o mejor dicho, imponía demarcaciones frente a la idea universalista –y personal- heredada del imperio. Es decir, el territorio –la tierra- devino el sujeto activo del derecho. De ahí la necesidad de las fronteras que día a día, a lo largo de ese período, adquieren tintes más definidos. Las Partidas, siguiendo la línea de los juristas sicilianos y franceses, ya definen al monarca como “imperator in regno suo”, y un siglo después, el franciscano Eixeminis presentará el reino como un territorio que comprende las villas y ciudades que lo integran, que está protegido por el príncipe y regido por unas mismas leyes y costumbres. Territorio y soberanía, poder legislativo y jurisdicción. El estado nace, así, como Atenea, armado plenamente con todos sus atributos.

derechos_socialesEl estado nacional supone, en cierto grado, la crisis de ese modelo territorial al incorporar, como nuevo protagonista, el elemento humano: la nación. El proceso de nuevo es complejo, extraño a toda simplificación, modulando a cada vuelta de tuerca una posición distinta, rica en matices y donde la diversidad se resiste a permitir la más mínima generalización.

El concepto nación –natio- existía ya en la Edad Media. La misma idea de nación como gran colectivo humano atraviesa distintas épocas y es fácil escucharlo incluso, a los tratadistas medievales. Pero todavía en el siglo XVI carece de contenido político, referente meramente de la procedencia local de cada uno. Será a lo largo de los siglos XVII y XVIII, y de la mano de conceptos tan queridos en la época como “Naturaleza” y “natural” como empiece a cargarse de potencia, una carga ideológica que pronto será fuente del nacionalismo. Así, abocados ya a la Modernidad, De Maistre encontrará en el concepto nación más poder de convicción que en otras ideas colectivas, incluida la humanidad, “he conocido franceses, alemanes y rusos”, nos dirá, “pero nunca he visto a un hombre”. La naturaleza de cada uno no es la abstracción de una fría identidad como especie, sino la realidad del cuerpo social en el que se vive, es decir, la nación.

El Romanticismo será el caldo de cultivo de este proceso, entendiendo por él esa amplia corriente del pensamiento que afecta al hombre en todas sus dimensiones y que se extiende desde fines del XVIII hasta bien entrado el siglo XIX. Crisis histórica que ya podemos rastrear en Kant y Hume y sus ataques a la Ilustración. La apología de la naturaleza no deja de estar íntimamente ligada a esa misma naturaleza descubierta por el pensamiento ilustrado. Naturaleza que es también naturaleza humana, es decir, el hombre en su integridad y, por lo tanto, en su unicidad plena, en la entidad que le proporciona su lengua, cultura y folklore. Bajo estas premisas, el concepto nación dejará de ser una mera calificación toponímica para ser la sustancia misma del individuo. El individualismo radical se sustancia así en el patriotismo nacional.

El estado nación constituirá el proceso de convergencia de los mitos de territorio y poblamiento, es decir, la identidad entre el hombre y la tierra.

El Romanticismo aporta a este proceso un elemento científico, fruto de la conciencia ilustrada de los siglos XVII y XVIII. De esta manera, más que oponerse a la Ilustración, el Romanticismo supone la culminación radicalizada del pensamiento cientista. El concepto “Natural” adquiere aquí su dimensión plena. Junto a la búsqueda de ese derecho natural, filosofía natural o ética natural, que llenan la reflexión de la ciencia ilustrada, pronto aparecerán otros procesos más concretos, como fue el caso de las “Fronteras naturales” que reclamará Dantón en la Asamblea francesa, no tanto en el empeño de encontrar una geometría del espacio, sino una auténtica geografía, donde el hombre resulta parte inseparable de la naturaleza.

Es sobre este paisaje sobre el que se construye el Estado Moderno que hoy conocemos. Sobre él se asienta la Modernidad cuyos coletazos han llegado hasta nuestros días.

La Revolución industrial encuentra aquí su caldo de cultivo. Su sede natural. Un proceso que permitió la liberalización de grandes masas de población que vieron romperse los mil lazos dependenciales que los ataban a realidades distintas. Pese a la retórica nacionalista que proclama un mundo bucólico y rural, la realidad es que el nacionalismo es tributario de la Alta cultura industrial como, en dependencia recíproca, no hubiera sido posible el esfuerzo industrializador y las grandes concentraciones del mundo fabril sin el reclamo ideológico del discurso nacionalista.

La Escuela, ya como escuela nacional, devino el faro de la nueva idea y su principal órgano propagandístico. Se hizo necesario borrar las viejas señas de identidad que vinculaban al hombre con su familia, terruño, grupos de edad, condición social o meramente fruto de la misma sedimentación social producto de viajes migratorios anteriores. Atina plenamente Renan cuando hace nacer la nación no del recuerdo sino del olvido, aunque E. Gellner, avanzando un paso más, proponga su natalicio, no tanto de ese olvido unificador, sino de la construcción inventada de un pasado, auténtica invención de recuerdos y tradiciones que hace del siglo de nacionalismo también el gran siglo de la Historia. Aunque, también de la “invención” de esa Historia. Ciencia y política de nuevo se combinan en un proyecto que quiere buscar en el pasado el fundamento de su eternidad. Habsbawns lo denuncia en su indispensable libro sobre “la invención de la tradición”.

El Estado Nacional Industrial no adquiere su dimensión plena hasta el moderno desarrollo industrial de comienzos del siglo XX pero ya se anuncia desde el último cuarto del siglo XIX. La identidad entre industria y estado, como ya sucediera entre poblamiento y tierra, se instala como instancia organizadora del paisaje y queda plenamente perfeccionado en la famosa expresión del Presidente Calvin Cooledge “lo que es bueno para General Motors es bueno para América. Lo que es bueno para América es bueno para General Motors”. El fordismo será la expresión técnica de este proceso, donde la identidad salta, como hemos dicho, del mero territorio (el estado nacional), a la entidad industrial. Así, lo que fue el territorio –el solar patrio- para el nacionalismo decimonónico lo es ahora la industria nacional. Proceso también de movilización de la riqueza que del fundo pasa a la actividad empresarial.

El giro, a la postre, resulta más profundo que lo que parece a primera vista. No es una mera “instalación” de la realidad industrial en medio de la identidad nacional, es más. La nación se vuelve industria, es decir, la idea misma de identidad nacional deviene una identidad compleja, ya no es la mera identidad plana entre territorio y hombres, éstos no se presentan en la radical igualdad de los “hijos” –los hijos de la patria- sino que se articulan en cuanto clases sociales estructuradas en el marco de un gigantesco aparato industrial. El principio igualitario de la mítica nacionalista, la “fraternité”, es sustituido por una proyección dinámica de la riqueza. Así, frente a un nacionalismo necesariamente estático en su vinculación a la tierra, (¿qué interés podría tener nadie en abandonar su patria?), el estado industrial se presenta como mecánica de conquista ya como estado imperialista. Solo así podemos comprender dos fenómenos contradictorios, primero, la desvinculación del proyecto de estado del viejo solar patrio, la Corona Británica bascula, así, del espacio insular al subcontinente indio, su nueva “joya”, con ello el imperio trasciende a la nación; y por otro lado la sincera posición antiimperialista de los propios artífices del imperio. Su formación política, todavía en la conciencia del estado nacional, les lleva a rechazar todo proyecto imperialista. Glastone, Disraeli, Julen Ferry o el propio Bismark solo se adentrarán en la aventura imperial como consecuencia de acontecimientos que les desbordan.

Podríamos decir que supone un proceso de espiritualización de la misma idea de Estado, concentrado ahora en la metonimia de su riqueza. El suelo, como mera propiedad inmueble, pierde su protagonismo por una idea más sutil, proceso de espiritualización que trasforma la idea de ciudadanía y desde el antiguo ciudadano-soldado, se pasa al nuevo ciudadano-obrero. Proceso que recogerán las constituciones de la era moderna, “república democrática de trabajadores”, proclama la nuestra del 31, Pero también proceso en curso que, en el marco de la nueva configuración de la riqueza como “informacional”, se abre hacia una proyecto de ciudadano desconocido. ¿Será el “ciudadano-red” el nuevo ciudadano del siglo XXI?.

Siguiendo la línea de este proceso que solo podemos entender como evolutivo en el mismo sentido no-teleológico que aplicamos a la evolución de las especies, la etapa siguiente supone el denominado Estado del Bienestar.

El taylorismo de la época anterior había encontrado en la “racionalidad” el discurso ideológico sobre el que sustentar sus propuestas. El deseo de ganancia, los “vicios privados” de la fábula de Mandeville conseguían, a través de la racionalidad, las virtudes generales –“públicas”- que promovían la felicidad de la gente.

El mito funcionó durante algún tiempo. La quiebra entre vida y trabajo que había abierto la temprana mecanización de la fábrica reconstruye su unidad incorporando también una organización científica de la vida privada. La “ingeniería doméstica” que tanto encandiló a hombres como Corbussier, Gropius o al grupo de la Bauhaus, terminó, fuera de sus elucubraciones más “estilistas”, construyendo el mismo espacio social como organización. El Estado ya no es sólo un territorio patrimonio del príncipe –sea éste un príncipe monárquico o democrático- tampoco es la comunión entre ese territorio y la población innata –autóctona- que soñó el nacionalismo, repleta de mitos de un pasado construido y de un futuro prometido, ni siquiera ese futuro definido ya como riqueza y que ilustra el capitalismo tardodecimonónico y que llevará a los planeamientos imperialistas que recorrieron Europa. A partir de ahora, el estado es organización, máquina global donde territorio, nación e industria devienen empresa. El sueño utópico de algunos socialistas –sueño de la razón- construyó la fábrica total, esa máquina perfecta que saturó la primera mitad del siglo XX. Resulta más que una ironía que el capitalismo más violento termine dándose la mano con algunas propuestas del comunismo “real” que asoló el Este europeo.

Henri Ford propuso una definitiva sociedad ordenada: blue collar y white collar repartidos en una ciudad, cada uno en su sitio pero con un sitio para todos. Trabajo y vida privada identificados en un patriotismo fabril que hizo de la empresa no solo el lugar de trabajo sino el centro de una identidad plena. Aquí queda construida ya de forma palmaria la ciudadanía laboral de donde nacerá el moderno estado social. Patriotismo laboral, hemos dicho, recorrido por exigencias de disciplina moral que afectan a todo el grupo humano. El sueldo deviene la moneda de la nueva salvación.

El modelo supuso ya, como hemos apuntado, un proceso de desplazamiento de la ciudadanía. Del nuevo ciudadano ya no se exige el heroísmo en la batalla, el nuevo ciudadano ya no es soldado sino obrero, su heroísmo no precisa mitos que hablen de sangre, santidad y muerte, los nuevos mitos que le mueven quedan definitivamente circunscritos a la potencia sagrada del dólar. El mismo Taylor, cuando describe la nueva utopía industrial no la traduce en un héroe autóctono, por el contrario, su obrero modelo será ese “típico” inmigrante holandés –“Smith”, le llama en sus libros- dispuesto a todo por ese dólar adicional por el que ha vendido su identidad al estado moderno.

No quiero decir con esto que el proceso responda a una estrategia planificada, por el contrario, se entroncan también en el gran sueño utópico de la ola que movilizaron las Revoluciones Francesa y Norteamericana. Es el anhelo de felicidad al que quisieron responder los padres Fundadores o que palpita en los textos constitucionales del 89 y 95, y que nutre el proyecto de una sociedad que empieza también a definirse por su idea de justicia. Como comenta Ferrajoli, la gran innovación introducida por la Declaración de 1789 fue hacer del principio de igualdad una norma jurídica, es decir, una estructura normativa donde la igualdad deja de ser un hecho, para pasar a ser un valor, no una aserción lógica, sino una prescripción deóntica. Si en algunos extremos ambas corrientes, la utópica que deriva de una Ilustración filantrópica y la mercantilista que propone una estrategia de disciplina social a través del nuevo orden económico, pudieran parecer contradictorias, el resultado ha sido ampliamente positivo, un equilibrio que ha conseguido una estabilidad que ha durado, en algunos puntos, más de cincuenta años.

El problema es que, por la propia dinámica de los hechos y por esa tensión progresista de la corriente ilustrada, del Estado del Bienestar se proyecta en la ilusión utópica como Estado Social. La nueva sociedad, que por su genial descripción podríamos denominar Keynesiana, se va a basar en tres principios: consumo de masas, alta intervención pública y desradicalización del conflicto social.

La fuerte industrialización creó dos procesos explosivos: la universalización del acceso a la riqueza y con ello la conciencia de una utopía posible, y, junto a ello, la disciplina militarizada de las masas obreras, nuevo protagonista de la escena política. La crisis del 29 y la ruptura del puente que había permitido a las clases trabajadoras el acceso al consumo, abrió las puertas a la crisis social de la primera mitad del siglo XX, lo que Nolte y otros historiadores han dado en llamar la “guerra civil europea”. Lo que posteriormente se dio en llamar el Triunfo de las democracias no fue otra cosa que la consolidación del Estado del bienestar como modelo objetivo de estado. Es decir, un estado donde la ciudadanía pasó a definirse también por su competencia en el consumo.

El Estado del Bienestar deviene Estado Social en su dicción constitucional. Con ello no queremos desconocer los amplios antecedentes del concepto “Social” y que aparecen ya en textos como el francés de 1848 (“República democrática y social”). Pero las nuevas constituciones de la segunda mitad del XX articulan el marco de ese bienestar como un derecho que empieza a recibir una positivación incuestionable, y esto a través de dos mecanismos específicos: la definición de una necesaria intervención pública y la recreación del modelo participativo que trasciende definitivamente el marco de la representación parlamentaria.

El estado industrial adquiría así su sustancia definitiva, y la vida política se abría a nuevos espacios: el moderno concepto de sociedad civil adquiere aquí su consolidación. La fábrica, la universidad, la misma calle, se vuelven espacios participativos proporcionando al concepto de democracia una dimensión nueva. Desradicalización del conflicto social a través de la potenciación de la participación política y del incremento del gasto público promovido desde un intervensionismo estatal. Con ello el capitalismo consigue un alto grado de legitimidad ante todas las clases sociales. Frente a la sociedad dividida en clases antagónicas, la propuesta del Estado Social articula grandes espacios desmercantilizados, exentos, por lo tanto, de la dialéctica del conflicto social. El concepto de clases medias viene, por lo tanto, no sólo a configurar una capa social entre dos extremos irreconciliables, sino a proponer una síntesis superadora, y esto a través de absorber a ambas clases enfrentadas. El prestigio de esa clase media termina atrayendo no sólo a los “pobres” que la sitúan como modelo incuestionable, también a las clases altas y aristocráticas que encuentran en la actividad corriente de esa clase media el ideal de una vida moderna.

Es importante apuntar un extremo, el nuevo concepto de democracia queda vinculado definitivamente a la idea de trabajo. La ciudadanía termina identificándose con el mundo laboral y su entorno. El ciudadano termina siendo trabajador –como fue guerrero en la Atenas de Pericles- articulando a su alrededor las otras situaciones sociales posibles: por un lado las integradas, es decir, su esposa e hijos sometidos a la disciplina del hogar y de la escuela; los mayores, definidos por su situación de jubilados, es decir, antiguos trabajadores. Como en el mítico ejército antiguo, junto al guerrero la sociedad reconoce a los familiares, ancianos y heridos –las bajas, cuya terminología en lo laboral no deja de recordarnos el lenguaje castrense. Todos ellos pensionados por la misma caja de la Seguridad Social (defensiva o prestacional) alimentada por el esfuerzo “heroico” del guerrero-trabajador.

Y como sombra nefasta, los desintegrados: parados, vagabundos, “pobres” en general, y quizá, también en esta categoría de enemigos interiores, los extranjeros una vez asentados como inmigrantes en los intersticios de la sociedad.

La ciudadanía adquiere así dimensiones nuevas, desbordando el marco configurador de la voluntad del Estado como nuevo sujeto de la política internacional. Ser ciudadano no es un simple ejercicio de lo “político”, cuyos resortes quedan expresados en las grandes demostraciones de las elecciones o las marchas patrióticas de uno u otro signo. La nueva ciudadanía deviene social en cuanto su ejercicio se vuelve complejo. La democracia se radicaliza penetrando no solo en la gestión del territorio –la “política” clásica- sino también de la riqueza –la moderna “economía”. Se crea así un pacto y con el se acepta por parte del trabajador la lógica de la ganancia capitalista y del mercado como la principal guía de la asignación de recursos en el ámbito “micro”, todo ello a cambio de participar en la negociación de la distribución del excedente social en el ámbito “macro”, como de forma tan acertada describe el profesor Alonso.

La nueva clase ya no es la Nación, el viejo Tercer Estado del abad de Siéyès, sino la “clase media”, es decir, ese estadio del pueblo donde lo público deviene privado y viceversa. Espacios interpenetrados y que se sustancian en la autodenominada sociedad civil. Estado empresario en el marco de una economía que se denominó mixta y que convertía, con el peso de los sindicatos, en un espacio de democracia total. Clase media constituida por esos dos estadios que ya diseñara Ford: los blue collar y los white collar, obreros industriales y personal de gestión. Quizá dos niveles, pero una misma clase, las clases medias, mejor así en plural que, con su voto activo en todos esos espacios participativos, convierten la vida política en una democracia avanzada.

La estructura del estado se construyó, así, sobre cuatro pilares: industria nacional, empresa pública, consumo de masas y clases medias. Un sistema donde la política penetra el mundo de la economía. Doble proceso confluyente: politización de la economía y mercantilización de lo político, donde la lógica del beneficio económico, en principio, deja de ser dominante. Con ello se posibilita, de entrada, el pleno empleo, incluso como mera “colocación” no siempre productiva, pero también la entrada de la gran empresa en la política, incorporada al juego dialéctico de la confrontación partidista, con ello los partidos políticos participan no sólo en la configuración del Estado, sino en todos los niveles de la vida social. Lo que no oculta una lógica perversa interna, sombra de todo el proceso: la corrupción política, “tangentopolis”, mundo de la “comisión” que ha terminado por deslegitimar al mismo sistema.

Es sobre este escenario sobre el que se proyecta la crisis del Estado del Bienestar. Es importante, sin embargo, analizar el imaginario de la crisis, es decir, el discurso popular y propagandístico que se repite hasta alcanzar la consistencia de verdades incuestionables. Y es esto necesario porque, desde un punto de vista meramente material, podría resultar difícil percibir esa crisis como un auténtico descenso del nivel de vida de la sociedad en su conjunto. Esta es hoy la paradoja, una sociedad más rica, con amenaza continua de sobreproducción, una capacidad de gasto desconocida a lo largo de la historia, pero, pese a todo ello, una profunda sensación de crisis, declarada tanto desde la izquierda como desde la derecha, eso sí, con propósitos distintos.

La sensación de crisis procede de una doble instancia. Primero como crisis fiscal hemos dicho, desfase entre la capacidad recaudadora y el gasto social esperado. Junto a este dominio económico, la crisis se desarrolla en un dominio político: la sensación de ingobernabilidad que entraña este desfase.

Se suele argumentar el desplazamiento de curva poblacional como epicentro de esta crisis. Es cierto que la ratio de trabajadores por beneficiario de los servicios sociales se ha reducido, aproximándose rápidamente a la paridad. Sin embargo el argumento resulta falaz. Un trabajador activo en una sociedad occidental de este comienzo del siglo XXI tiene una eficacia productiva muy superior a la de un trabajador de mediados del siglo XX. Su rentabilidad le convierte en todo un ejército de trabajadores con una capacidad de mantener, con su producto, a un número superior de beneficiarios. La ratio no es, por lo tanto, una ratio entre trabajadores, sino entre productividades, entre la riqueza que se genera en uno y otro caso. En definitiva, para el mantenimiento de un pensionista se necesita una cantidad de riqueza, me es lo mismo que esta la produzcan entre uno, dos o diez trabajadores y, si es cierto que el índice de trabajadores activos decrece respecto a los no activos, también es cierto que la capacidad de crear riqueza de los primeros aumenta, quizá, a un ritmo muy superior. De nuevo el maltusianismo se nos cuela como discurso catastrofista.

Pero en todo caso la democracia social, como Estado del Bienestar, no remite a un proceso material, sino a un progreso en el marco del disfrute de una proclamada calidad de vida. Me explico, el concepto de calidad de vida es relacional, es la sociedad la que accede a ese nivel de bienestar y, es ese nivel de bienestar el que la sociedad disfruta en su conjunto. El consumo social no es un agregado de consumos individuales, sino la satisfacción, en la medida del bienestar alcanzado, de las necesidades de todos, e insisto en ese todos pues ahí está la clave, de los miembros de una sociedad. “¿Cómo un bien entre muchos poseído/ hace más rico a cada poseyente/ que cuando es, entre pocos, repartido?”. Un cierto averroísmo se desliza en este terceto de Dante donde condena a Guido de Duca por su egoísmo desaforado, un “privatizador” avant la lèttre.

Sin embargo el estado moderno se declara en bancarrota. Frente a su capacidad de control del marco productivo que tuvo el estado nacional industrial, el estado postmoderno percibe la pérdida de esta autonomía, sometido a la internacionalización de las estrategias económicas. La crisis de gobernabilidad procede de esa doble tensión: de entrada la crisis de control del Estado sobre su propia riqueza y junto a ello la tensión de una ciudadanía que ve desbaratado el marco estatal de la organización de su vida económica y social.

La crisis del petróleo ha sido señalada como el detonante del proceso, sin embargo la crisis del modelo es posterior ya que el problema, insistimos, no es económico, el mundo de hoy es más rico que el de hace veinte años, lo que ha cambiado, lo que ha impuesto el cambio, es la crisis de confianza en el Estado. El estado ha abdicado de su función de crisol donde la “multitud” se vuelve sociedad, proyecto que hace del hombre un ser para el otro.