Trump, el Brexit y el caos

Trump, el Brexit y el caos

Geografía del caos. El siglo XXI se abre al mundo rompiendo la baraja. Frente al discurso neoliberal y buenista que proponía la gran mesea mesocrática (esa gran planicie elevada sobre el confort de la modernidad), el viaje se reinstala en una orografía imposible. Como en una terrible montaña rusa barrancos y cuestas se suceden. Y en la Historia a esto se denomina Crisis.
Es cierto que aún necesitamos la distancia. La mirada detenida fijamente sobre un punto pronto delata esos fractales de la mecánica cuántica. Sin embargo, la intuición también nos sirve de guía. Es la única que tenemos cuando, desde la inmediatez, nos toca decidir sobre grandes distancias. La realidad es que frente a las seguridades de un mundo sometido a un cierto orden, la simultaneidad de azar y razón nos afronta a una cierta ininteligibilidad de los acontecimientos.

Quede claro. Se habla de nuestro espacio cercano. El caos lleva instalado en el resto desde mucho antes. Lo inquietante es que esa selva penetre justamente en nuestros hogares. Algunos datos lo ponen de manifiesto. Pese a la densa doctrina científica acumulada por la demoscopia, el análisis de los expertos o la opinión de una ciencia consolidada, jamás la sociedad occidental resultó tan imprevisible. La occidental, insisto.

trumpEs cierto que los análisis también han fallado a lo largo de la historia. ¿Alguien se acuerda del desmoronamiento del sistema soviético? A penas algunos meses antes nadie supo nada. Pero, como decimos, esto sucedía fuera. En los otros mundos. Occidente, nuestro occidente, caminaba a paso firme hacia la plena normalización de la vida. Es decir, a una vida según las normas. Fuera de la historia, de la política, fuera de los vaivenes que incorpora el conflicto o la voluntad de las gentes. en breve, plena previsibilidad. La democracia se achicó hasta convertirla en estadística. Oficinas de encuestas y medios de comunicación cocían a fuego lento tanto la opinión como la voluntad sometiéndola al rigor de las matemáticas. Como dijo el asesor de Kennedy, “La economía, estúpido. Lo importante es la economía”. O sea, lo importante es el dato, los precios, la inversión, el capital. Los números. Cada cuatro o cinco años se repite el ceremonial y listo. Los resultados se sabían -se cocinaban- desde años antes. Nada más
El vértigo actual, la sensación de caída, viene justamente de ahí. El desorden se instala también en nuestro propio mundo. El Brexit, Trump. Y lo que vendrá. Por delante tenemos un referéndum en Italia y las elecciones francesas. Y en los dos casos una de las opciones es proclamada como la razón. Lo otro, por lo tanto, es el azar. ¿Y si gana?
A pasos agigantados se disuelve la legitimidad. Y esto ocurre tanto a izquierda como a derecha. La socialdemocracia se suicidó en España y lo hará en mayo en Francia. Ya lo hizo en Inglaterra y Alemania. En Iberoamérica ni digamos. La derecha hace tiempo que perdió todo conato ideológico sustituido por la “cuenta de resultados”. Con ello la política se vuelve opaca y políticos, analistas, expertos y politólogos acumulan errores y fracasan en todos sus vaticinios. Lógicamente, la ciudadanía los rehúye como la peste. Ellos que encarnaron la verdad y la ciencia, se presentan como meros chamanes incompetentes. Como en la canción de Atagualpa, “se vuelve cruda mentira lo que fue tierna verdad”. Entramos en la post-verdad.
Que nadie se asombre de estos bandazos de la opinión. La ciudadanía abdica de su voto. Dejémosnos de estupideces. No han sido los trabajadores -blancos, negros o verdes- los que han dado la victoria a Trump o a Farage. La inmensa mayoría de estos trabajadores lo que hicieron fue plantarse ante una perversa alternativa. O Trump o Clinton. Me niego, dijeron muchos en huelga electoral. ¡Cuidado!, también podrán hacerlo entre Le Pen y Sarkosy si es el caso. Desencanto. Es cierto. Pero un desencanto que bien puede anunciar la resistencia.