Religión y cultura son radicalmente compatibles con la libertad de expresión. Sólo en medio de la ignorancia y la simplificación se produce la colisión de valores.
Acontecimientos modernos me hacen recordar una sentencia de hace unos años. Fue en un tribunal de París, en el caso Houllebecq, queya e ese momento me despertó sentimientos contradictorios: entusiasmo y sinsabor, pena y alegría. Reflejaba la distancia que hay entre el derecho y la vida. Distancia necesaria aunque a veces dolorosa, como la que hay entre la razón y el deseo.
Al final me decanté por una visión positiva. Bienvenida sea esta sentencia y aprovecho para soñar, para exigir, su extensión universal, su consideración absoluta: no hay vínculo entre la palabra y los hechos, ¡que cosa más sencilla de comprender!, la voz, sea sublime o terrible o vergonzosa, no es más que aire, “flatus voci”. Aire, como nos recuerda la sublimidad de la opera -“aria”- o el ruido más repugnante. En uno y otro caso, puro viento en la inmensidad de la atmósfera. Y este aire nunca puede ser delito. De Mein Kampf a la oral enseñanza de un Sócrates. ¡Que estupidez ambas condenas!. Reivindico el derecho a decir cualquier cosa y más aún a decirla por escrito donde el aire pasa a ser mera imagen: imagen de gas, de viento, la más pura de las abstracciones. Leer supone siempre un esfuerzo, nada nos obliga a leer ninguna cosa, la mirada resbala necesariamente cuando lo escrito nos aburre y no hay peor condena para un texto que su carácter de aburrido. …haz clic aquí para leer más
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Derecho a la nación. De entrada parece una proposición a-lógica. Una mirada ingenua sobre el mapamundi nos descubre un espacio sin huecos, saturados todos sus rincones de colores, reflejo de que no hay vacío ni espacio ausente de la idea nacional. Quizá salvo los mares, donde el pirata, en la canción de Espronceda, recrea románticamente, sin embargo, su dominio: “mi única patria, la mar”. Hasta aquí ensueña el romántico la idea de nación.
Dos preguntas previas se acumulan, pese a ser contradictorias, antes de avanzar sobre el análisis que aquí nos proponemos: ¿es todavía necesaria una cuestión como ésta?. Una pregunta que nos lleva a confrontar los derechos más profundos con el hecho de la diferencia. Los derechos fundamentales, ¿no son fundamentales, justamente por su carácter universal e indubitativo?, someterlos a la prueba de la extranjería, ¿no supone reconocer su limitación?. La segunda pregunta arrastra un perfil radicalmente distinto y avanza como una mancha de aceite en la moderna conciencia de Occidente: construido el derecho desde la nación, ¿puede haber derechos fundamentales para aquellos que no pertenecen al proyecto configurador del estado?. Vieja cuestión que recorre los fundamentos de la sociedad y que se enuncia como lectura de la Modernidad desde la misma Revolución Francesa: Derechos, ¿del hombre o del ciudadano?.
Parto de la base que para griegos y romanos, el término pornografía no estaba cargado de ese sentido negativo con el que le satura la conciencia cristiana moderna. Pero sobre esto ya avanzaremos más adelante. Venimos aquí a hablar de cómo pudo construirse la religión desde el mero impulso sexual. Y con la religión nos acercamos al derecho, a la ciudad, al hombre tal y como lo concibe Aristóteles, tal y como nos concebimos a nosotros mismos. Hemos hablado del nacimiento del sexo y del lenguaje, de las relaciones entre falo (phallos) y voz (phlato), del alma de las cosas y de su valor. Pero hemos dejado una identidad que nos llena de espanto: sexo y muerte, Eros y Tánatos.
Piojos cría el cabello más preciado,






