La globalización ha puesto en crisis gran parte de las premisas sobre las que funcionaba el modelo de estado surgido con la Modernidad. Y esta crisis también afecta al clásico Derecho Internacional.
El Estado moderno ha sido una de las más perfectas creaciones en la organización política. Desde su nacimiento a fines de la Edad Media ha sabido acumular toda una serie de factores de identidad que le han permitido llegar a ser la mecánica de subjetividad jurídica colectiva más plena que ha conocido la Historia. La idea de imperio –en su conceptualización jurídica- remitido al espacio de cada reino (el “rex imperator in regno suo est”, de los tratadistas tardomedievales); la identidad religiosa, ergo cultural, promovida para cada estado (el “cuius regio, ejus religio” de la Paz de Westfalia) como conciencia ideológica y, ya con el nacionalismo promovido desde la Revolución Francesa, la identidad de Nación y Estado que hace de la construcción política estatal algo natural (“natio”), cuasi biológico (pater-patria), inscrito en los mismos genes de los ciudadanos, todo ello ha construido la entidad política sobre la que se asienta el edifico político de la Modernidad.
Sobre esta construcción se creó un derecho internacional de subjetividades perfectamente definidas. Un mapa político que, como las piezas de un puzzle, dibuja las fronteras con colores nítidos, cerrando la escena a cualquier otro tipo de sujetos. Unidades definidas en su territorio, su población y su conciencia ideológica. Este es el Derecho internacional que entra en crisis hoy día, y lo hace al quebrar la triple autonomía de ese modelo unitario del estado-nación.
¿Qué ha sucedido?. Los grandes flujos financieros y económicos, las migraciones masivas y extraeuropeas, la potencia de los nuevos medios de comunicación físicos y telemáticos, la presión de viejas y nuevas identidades que habían vivido ocultas tras el peso homogeneizador del sistema de naciones, han hecho saltar el modelo de piezas monocolores del tablero clásico y han incorporado al teatro de la convivencia internacional nuevos actores, y con ello la urgencia de una propuesta más “tridimensional” de la escena. Desde el individuo en su subjetividad radical (es el caso de los refugiados o de esos “ecce homo” que llegan en las pateras) hasta esas nuevas propuestas del imaginario colectivo, culturas y/o civilizaciones, construcciones, es cierto, simbólicas, pero repletas de complejidad y potencia, aparecen nuevos sujetos que reclaman hoy su voz y su voto.
El problema estriba en que, si es cierto que el Estado-nación estaba ya caduco y que bajo la coartada de su soberanía se habían perpetrado auténticas aberraciones contra el derecho y contra la vida, también es cierto que, hoy por hoy, es el único espacio sobre el que se puede definir la democracia. El Poder como “Voluntad General” tiene una raíz conceptual asentada necesariamente en la idea de estado. ¿Cómo reconstruir este derecho, y esa relaciones internacionales, recreando también esa idea básica de la “soberanía popular”? Esta es la pregunta que nos tenemos que formular y a la que viene a responde la propuesta de Alianza de Civilizaciones.
El concepto de Alianza de Civilizaciones debe venir a introducir una nueva conceptualización de las relaciones internacionales para la Post-modernidad y lo debe hacer desde el principio democrático. Unas relaciones articuladas desde unidades alter-estatales pero no por ello construidas de forma desordenada y al margen del derecho; sino por el contrario, plenamente integradas y edificadas sobre auténticos mecanismos jurídicos, es decir, con capacidad de dotar al sistema de la suficiente estabilidad como para promover sinceras políticas de paz, seguridad y convivencia. Es decir, Orden jurídico en estado puro.
La Alianza de Civilizaciones debe ser así un verdadero foro de orden no-estatal, pero con el proyecto expreso de crear las bases de ese nuevo derecho internacional, y hacerlo, como decimos, desde premisas que garanticen plenamente los valores de la democracia. Justamente por todo esto el sistema debe estar vinculado al macrosistema de Naciones Unidas como garantía para que ese, todavía, “derecho blando” se incorpore y madure en las estructuras de un ordenamiento internacional ya largamente consolidado.
En definitiva, hablamos de la creación de un nuevo espacio público, pero esta vez construido sobre la nueva escala planetaria. Un espacio donde se reconozcan conceptos como “biosfera”, o el patrimonio compartido acumulado por la Historia, pero sobre todo la urgencia de un futuro común como premisa del nuevo derecho. La Alianza de Civilizaciones se construye, bajo el imaginario de este pacto fundacional, como un auténtico nuevo Contrato Social abierto a un mundo definitivamente globalizado.
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Marzo 17th, 2009 a las 1:50 pm
La verdad es que este es el camino, pero debería de haber mas consenso entre las instituciones y no tanta foto
Jemed