El Orden Jurídico constitucional ha ido consagrando los derechos configuradores de la persona en un proceso construido sobre espacios concéntricos. De esta manera, la persona, y los valores que le son inherentes, se van expandiendo desde el volumen primigenio del mismo cuerpo. Así se ha ido construyendo, primero, el derecho a la vida y con ello, la plenitud de su integridad física y psíquica. En un segundo estadio pronto apareció el derecho a la casa –domus-, a la inviolabilidad del hogar, ese espacio donde el cuerpo alcanza el sosiego de la intimidad.
Hoy se abre un nuevo círculo: el derecho a vivir en sociedad, es decir, a vivir allí donde la identidad de cada uno pueda emprender su proyección en el mundo. Ésta es la ciudad, por eso el derecho a la personalidad –a la vida en su sentido pleno- se define hoy, también, como derecho a la Ciudad.
Derecho a la ciudad como expresión del derecho a vivir en un lugar en convivencia con nuestros semejantes, es decir, en un espacio donde “lo mío” y “lo de ellos” devengan “lo nuestro”, lo de todos. En definitiva, consagración del espacio público como lugar geométrico del interés común societario.
Ricardo Ehrlich, Intendente de Montevideo, ha estado esta semana con nosotros. Montevideo es la actual capital de la Coalición de Ciudades de Latinoamérica y Caribe contra el Racismo, la Xenofobia y otras formas de Discriminación. Con él hemos compartido el proyecto de una ciudad abierta. Un espacio público donde la diversidad es el fundamento de la igualdad y donde el derecho encuentra su fundamento en la convivencia inmediata que alumbró el Contrato Social.
Frente a la crisis de una globalización mal entendida que ha hecho del derecho algo ajeno a la persona, la ciudad supone la inmediatez de la convivencia. Espacio de la convivencia y la política, de la fiesta y el heroísmo. En definitiva, del Derecho en estado puro.
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