Las onomásticas son un buen lugar para la fiesta. En el caso de los pueblos, quizá, deben ser también un momento para recordar las bases sobre los que se construyó el edificio social sobre el que vivimos.
Dicho en plata, carece de sentido venir a celebrar los “200” años de las independencias americanas si no somos capaces de hacer de ese momento el punto de reflexión sobre los aciertos y errores cometidos.Y de analizar el destino al que nos encaminamos.
El proceso independentista americano (como sucedió veinte años antes en el norte), incorpora una premisa que, a duras penas, entrevieron los artífices de la Revolución francesa: el principio de soberanía no era sólo popular. Construir una sociedad democrática no sólo incorpora un ejercicio de lucha contra la tiranía y la opresión. No es suficiente la magistral intuición de Sieyès al proclamar que el Pueblo, es decir, el Tercer Estado, “lo es todo” rompiendo, con ello las cadenas de la esclavitud y la servidumbre. La exigencia de democracia va más allá del derecho a la libertad e igualdad de los ciudadanos.
Como al poco proclamarán los constituyentes de Apatzingán, “ningún pueblo tiene derecho a imponer a otro el uso libre de su soberanía”, reconociendo así que la voluntad popular tiene un límite epistemológico de naturaleza horizontal. Con ello, los revolucionarios mexicanos incorporarán una premisa de radicales consecuencias. Frente a la expresión del movimiento independentista norteamericano que funda la nueva nación en la ruptura con la monarquía británica, los constituyentes mejicanos dan un paso más y oponen dos sistemas de soberanía plenamente democrática para reivindicar la autonomía de la nueva entidad cuando constituya la realidad de un pueblo. Con ello descubrían una realidad a la que permaneció ciego el pensamiento Ilustrado, pero que pronto se convertirá en el centro el esfuerzo revolucionario: el nacimiento de la nación.
Dejo para otra reflexión el análisis de esa dialéctica entre lo universal y lo particular, entre la humanidad y la nación (dialéctica que luego llegará, incluso, a la Revolución soviética con su reclamo de “socialismo en un solo país”) y que, a la postre, convertirá en más “moderno” a un Le Maîstre que a un Montesquieu. Dialéctica, decimos, que asomará en la misma Revolución Francesa cuando se consagre definitivamente el lema revolucionario, y a las proclamas de “Libertad” e “Igualdad” se añada el de “Fraternidad”. Hermandad, nos vendrá a decir, entre los hermanos, entre los hijos de un mismo padre. Un imaginario vínculo consanguíneo sobre el que se construirá la idea de Patria. Fraternidad, sí, pero sólo entre los hijos de la “Madre patria”.
Queda por ver, también, como funcionaron las consiguientes guerras civiles americanas y el papel que desarrollaron los diversos grupos socio-étnicos que entraron en combate. Violentísimas guerras de exterminio sobre las que se construyó el actual modelo poblacional. Cruce de conflictos sobre el que se asientan las distintas memorias que hoy constituyen el imaginario político, el inconsciente colectivo de la sociedad americana. (¿Verdaderamente se asentó en América el concepto de Nación?, ¿Qué tipo de nación se construyó?, estas son algunas de las preguntas que merece la pena formularse)
Y, como no, hasta donde es capaz de llegar esta identidad. Construidos estos estados con la potencia técnica del derecho moderno, queda por reflexionar sobre nuestro futuro. El Bicentenario debe ser la oportunidad de reconocer los errores cometidos. La construcción fallida de muchas de las naciones de nuestro espacio debe servirnos para ahorrarnos la prosopopeya y los fastos que se nos vienen encima. El déficit de cohesión que recorre las sociedades iberoamericanas, el reto que impone la actual crisis económica que amenaza con paralizar ese cierto despegue que ha llenado de ilusión a millones de ciudadanos, la urgencia de definir el espacio de nuestro imaginario común para concentrar ahí los esfuerzos de integración. Estos son los temas que propongo. Saltar, ahora, a glorificar el pasado no será más que reforzar la frustración que ya empieza a acumular la impotencia ante la crisis.
Y, quizá, un tema de debate no carente de polémica: ¿No supone el hecho mismo de la independencia el reclamo para construir un auténtico mundo nuevo?, ¿Tiene sentido seguir hablando de España y Portugal como partícipes de ese espacio iberoamericano?. Con independencia de los puentes de unión, culturales, lingüísticos e, incluso, económicos, el espacio de una Comunidad iberoamericana de naciones debe tener su residencia definitiva –y exclusiva- en tierra americana.
Iberoamérica, Latinoamérica –a estas alturas el nombre debe ser lo de menos-, mantiene, nadie podrá negarlo, una serie de rasgos comunes que permiten su identificación geográfica y cultural. Sin embargo, nada de esto es determinante para promover ese proceso de integración que buscamos, ese espacio geográfico reconocible con capacidad para reclamar su puesto en el juego económico y estratégico que vendrá tras la crisis. La unidad geográfica y cultural es condición necesaria, de ahí la precisión de sus límites, pero no es condición suficiente. Lo que hoy llamamos Europa, recordémoslo, nació con la presencia de sólo seis estados, tampoco debieran ser necesarios muchos más para lanzar la idea de un espacio iberoamericano.
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