Para el próximo mes de junio se convoca lo que, en las sociedades modernas, se suele denominar la “fiesta de la democracia”: la celebración de una jornada electoral. No me intereso aquí por los posibles resultados sino por el acontecimiento, es decir, por lo que entraña de fiesta y por el significado que esta fiesta tiene en el mundo globalizado en el que estamos inmersos.
La fiesta es un fenómeno profundamente vinculado al concepto pueblo. Entraña una situación donde la multitud, esas gentes anónimas que constituyen el cuerpo social, ocupa la escena como auténticos protagonistas del espectáculo. Actores y espectadores intercambian sus papeles rememorando ese “carnaval” donde reyes y mendigos subvertían el mundo de la vida real. Tres factores definen la realidad de la fiesta: un espacio, ferial, solar o campo donde esas multitudes se reúnen; un tiempo concreto donde se concentra el alborozo, no por nada toda fiesta se designa por la fecha de su celebración; y la gente, es decir, ese pueblo deseoso de esa ocasión de goce y alegría.
Rousseau ve aquí, en esa triple dimensión, la potencia revolucionaria de la fiesta y por eso la traslada al núcleo mismo de su sistema político-filosófico. Descubre así la intimidad entre ese momento festivo y la raíz profunda del sistema democrático. En un alarde psicoanalítico vincula la idea de soberanía popular al goce entusiasta de la chanza. En su carta a d´Alambert describe sus recuerdos de la fiesta de Saint Gervais, identificando esa alegría pública que inunda el espíritu de todos y que les lleva a bailar de forma espontánea, con la Volonté Général, expresión suprema del Contrato Social y que también nace de esa dúplice relación consigo mismo y con la sociedad. Ese amor propio, instancia pura de la identidad de cada uno, se fusiona con ese amor compartido que constituye la raíz misma de toda comunidad: “Cuando la fuerza de un alma expansiva se identifica con mi semejante y yo me siento, por así decirlo, en él … y me intereso por él por amor a mí mismo” (“El Emilio”). El concepto soberanía adquiere una potencia festiva que le hace recuperar todo el sabor de los viejos mitos fundadores.
Y la realidad es que la fiesta electoral participa, en cierto sentido, de toda esa alegría que Rousseau rememora en la Nouvelle Héloise. La vendimia como acontecimiento, mejor aún, como mera excusa para la plenitud festiva de todo un pueblo. El viejo vino –metáfora de la vida- es cambiado por uno nuevo, como sucede en el cuerpo político tras el recuento de votos. Paralelismo que se mantiene incluso en ese eje agónico y competitivo de la contienda electoral ¿No es una fiesta también –y las semejanzas y diferencias no dejan de ser significativas- el duelo musical de la fiesta que enmarca la ópera de “Los maestros cantores”? y lo mismo sucederá en esas fiestas, reales o literarias, que desde Hiperión alcanzarán hasta la misma independencia de Bélgica. El duelo, la competencia, la recreación de la batalla convertida en juego floral, música o votos, forma el núcleo de esa escena abierta que venimos a definir como fiesta.
Ahora bien, la potencia de la fiesta, sea agonal o subversiva, carnaval o floriloquio, requiere –y de nuevo Rousseau nos pone sobre la pista filosófica- el universo completo de sus gentes. El espectáculo tiene que arrastrar a toda la comunidad eliminando la posición externa de los espectadores. Escena y proscenio deben devenir una misma cosa, auténtico happening donde la risa de los otros refleja la propia alegría de uno mismo.
El carácter espontáneo de ese momento festivo viene avalado por el mismo origen de algunos de los ejemplos propuestos, enraizados en el espíritu del nacionalismo más comunitario. El folklore alemán terminará vinculándolos a ideologías reaccionarias, sin embargo la gran intuición del filósofo ginebrino, y más aún, de las “astucias” de la historia, es la íntima relación que une estas propuestas del romanticismo nacionalista con el proyecto democrático de una soberanía radicalmente residenciada en el pueblo. De nuevo se equivoca E. Burke cuando tacha a la razón democrática de alejada del sentimiento de los pueblos. No hay auténtica democracia si no surge realmente del “pathos” popular. A los pocos años la misma Revolución Francesa sabrá sacar todas sus consecuencias al tiempo festivo como espacio revolucionario.
Si fue casual y espontánea o un producto del marketing de los grandes festivales como no seremos capaces de verlo hasta la época de los Rolling Stones, el hecho es que la denominada “Fiesta de la Federación”, ese 14 de julio conmemorativo de la Toma de la Bastilla, vino a ejemplificar esa idea de comunión entre toda la sociedad francesa y la Revolución. Tres años después Robespierre reiterará este marco festivo para consagrar la República en la Fiesta del Ser Supremo. Tanto La Fayette como Robespierre comprendieron la enorme potencia del acontecimiento festivo al dotar a toda la comunidad de un sentimiento de equivalencia. En el jolgorio terminamos todos siendo semejantes.
Por eso, como ya comprendió Rousseau y expuso magistralmente a su amigo d´Alambert, el requisito básico de la fiesta es la igualdad. Una igualdad, es cierto, ocasional, incluso meramente escénica, frente a la dura realidad de las desigualdades que jalonan la vida cotidiana, pero suficiente para incorporar a todos al proyecto trascendente del Contrato Social. ¡Ojo!, aquí no hay nada de maquiavelismo, no se predica un “opio” adormecedor de la rabia frente a la injusticia, no estamos ante un espectáculo enajenante que nos convierte a todos en masa. Todo eso llegará y a los aprendices de Nuremberg les adelantarán con creces los grandes maestros de la actualidad. La propuesta roussoniana reclama la esencia del happening donde las vueltas del baile recrean simbólicamente el giro veloz de la rueda de la fortuna.
Pero justamente aquí el paralelismo nos arrastra a otra realidad que también se produce en el rito electoral de nuestras sociedades avanzadas: la abstención forzada a la que se ven condenados los cientos de miles de extranjeros carentes del derecho de voto. Es precisamente aquí donde quiebra la potencia dinámica de la jornada electoral como acontecimiento festivo. El happening se disuelve cuando, de repente, se vuelve a disociar la escena y la multitud vuelve a ser marcada con los papeles respectivos de actores invitados y espectadores pasivos. El riesgo de crisis es ese recrear la diferencia donde la festividad reclama el espacio igualitario del Ágora, esa igualdad (“isegoría”) a la hora de tomar la palabra.
Es cierto que las elecciones no son el único ejercicio de la acción democrática. Mal andamos si reducimos la vida democrática a esos solo dos o tres días cada uno o varios años. La democracia es el ejercicio continuado del poder por el pleno de su ciudadanía y esto tanto a través de sus representantes o en el ejercicio continuado de su voluntad participativa. Desde un punto de vista constitucional las elecciones son solo una mecánica para la expresión de esa voluntad soberana. Sin embargo las elecciones, como acontecimiento, deben ser mucho más. Al sistema de deducción matemática de las mayorías se añade la potencia trascendente de la fiesta. Ahora bien, esa fiesta sólo consigue recrear el juego del Contrato Social si somos capaces de convertirla en un auténtico espacio compartido.
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