El concepto Progreso es una de las ideas más firmemente arraigada en la conciencia moderna y esto tanto como desarrollo de las ciencias y las artes como en su calidad de propuesta específica de los fundamentos de los derechos del hombre. Derecho Fundamental o directamente ley de la misma naturaleza humana, quizá, del propio Universo, llegarán a proclamar algunos. He ahí la pregunta, porque si el Progreso es la consecuencia necesaria de la propia dinámica de la vida, ¿Necesitaría proclamarse como un proyecto diseñado por esa misma sociedad? En definitiva, ¿Hay un derecho al progreso, como pudiera haber un derecho al desarrollo de la personalidad o es una consecuencias natural del propio devenir humano?.
En el primer caso sería un derecho a avanzar en una determinada dirección en el devenir histórico, el reconocimiento de una senda por la que transcurrir y que nos garantizaría unos objetivos reconocidos por la sociedad y el derecho como fundamentales. La pregunta, desde su misma formulación, aparece repleta de Historia. La misma idea de Progreso es historia como fundamento de la vida, entraña un camino, como ya hemos dicho, pero también una voluntad, es decir, un proyecto que compete a la sociedad en su conjunto.
Conciencia, por lo tanto, de un devenir donde pasado y futuro adquieren una continuidad dentro de un plan universal, “Historia salutis”, repleta de agustinismo y que ve en el mundo la recreación de proyecto del Creador, pero también, y ya en versiones secularizadas, la plenitud misma de la Historia –¡“El fin de la Historia”!- o –la finalidad- de la especie humana o, y con ello ya empiezan las sombras, de un pueblo determinado más o menos elegido y llamado a una función universal… por encima, si es necesario, de la vida y el dolor de sus vecinos.
He ahí el otro concepto: la voluntad. Dios, en ese agustinismo político; la Humanidad en su conjunto o el Hombre como proyecto perfectible desde un darwinismo social, o la recreación de un Hombre Nuevo como fue el caso de ciertas utopías del siglo XX. ¿No fue el Futurismo de Marinetti el himno básico de muchos de los intelectuales del fascismo?. Apología de la locomotora, de la fábrica y la velocidad, de la ciencia y la tecnología, de la economía y los negocios, todo ello metáfora radical del progreso moderno.
Pero aquí nos interesa su posible carga normativa, su entronque jurídico, máxime al ser recogido como voluntad del texto constitucional. La sociedad cambia y al menos en algunas de las líneas de ese cambio estriba un plus de felicidad del hombre. La misma palabra Progreso deviene positiva, repleta de connotaciones vibrantes que vinculan el futuro a un mundo mejor. La idea de meta deviene extensión moderna de las clásicas teologías de la salvación. Soteriología del mundo moderno.
Sin embargo no toda dinámica de la vida entraña este desarrollo, ni los hombres lo han visto siempre como algo positivo. Griegos y Romanos colocaron en el pasado y no en el futuro esa soñada edad feliz. Edad de Oro, país de Cucaña, “Isla Misteriosa” que acumula el genio de la plenitud humana. ¿Espacio o Tiempo?, ¿Geografía del Edén o Historia mítica?, ¿Utopos o Ucronos?. La ensoñación del hombre duda así a la búsqueda de un marco donde superar la infelicidad del siglo en que vive. La edad de los descubrimientos nutrió sobradamente el imaginario de esperanza: “Islas Afortunadas”, “Utopía”, “Ciudad del Sol”, donde el hombre, con o sin la ayuda de Ariel o Calibán, fruto de su ingenio como ciencia o por la obra directa de titanes misteriosos, deviene señor de los elementos y se acerca un poquito a los dioses. Fue Bacon –La Nueva Atlántida- quién colocó por primera vez este sueño en el futuro construyendo las bases del moderno concepto de progreso. Ahora bien, esa isla del futuro ¿Aprovecha definitivamente a toda la humanidad?. Un sueño utilitarista, repleto de optimismo se instala definitivamente en la conciencia política. Aunque tampoco faltaron las miradas críticas y repletas de ironía, como la de Swift que nos aboca a su “pequeña proposición”.
Mientras hubo que resolver –y disolver- varias metáforas que tenía secuestrada la conciencia de progreso. Metáfora que renacen periódicamente y sobre las que se construye la reflexión de la historia: “Las Edades del Hombre”. ¿Tiene la humanidad edades como las padece el ser humano?, ¿Puedo trasladar la metáfora de la vida a la conciencia de la especie?. Infancia de la humanidad, juventud y vejez. ¿Estamos en la vejez de ese hombre colectivo?. Vejez, decadencia, caída, quizá muerte. Vieja polémica sobre la primacía de “Les Anciens ou les Modernes” ¿Somos superiores o inferiores a los hombres que construyeron el Partenón, disfrutaron de los diálogos que trascribe Platón o presenciaron el estreno de Antígona?, ¿Somos ya incapaces de llegar a sus cimas en la ética, la filosofía o el arte? La pregunta se formula con la misma intensidad invirtiendo sus términos: ¿Es nuestra civilización superior a la que alcanzaron los antiguos?. Interpretaciones recorridas por una idea biológica de la sociedad y que ve el pasado como plenitud, previa a la vejez o la infancia en su caso, que dará paso a la plenitud de hoy día. Mecánicas de progreso y decadencia y que, esclavas de las mismas metáforas sobre las que se asientan, describen el mundo como mero tránsito en una historia casi novelada: “Biografía de la humanidad” devenida protagonista de la Historia.
Hoy la respuesta, tras más de dos siglos de ideología del progreso y de un continuo avance de las ciencias, parece superada, pero no lo es tanto, autores “modernos” como Rousseau construyen su ideal de vida en el pasado mítico definido por su comunión con la naturaleza. Propuesta que no suena tan lejana en ciertas concepciones ecologistas y multiculturales tan en boga hoy día. “Hombre natural” que entraña necesariamente una crítica de la civilización y de ese progreso que termina traicionando la felicidad que promete.
Tendrá que ser Helvetius quien, proponiendo una sencilla prueba, reclame la identidad general del hombre. ¿Son, acaso, los robles más robustos y fuertes en la Antigüedad que hoy día? -nos dice- ¿El sol fue entonces más brillante? –vuelve a preguntarse. El mundo no envejece, proclama como respuesta, arrastrado hacia la decadencia como creyeron los sabios de antaño reservando para una supuesta Edad de Oro el momento de plenitud de la vida. Hoy sin embargo la respuesta podría ser más compleja y la metáfora de Helvetius no soportaría el análisis de la genética.
Frente a un mundo estático en lo natural y que hace del hombre el fruto radical de su propio esfuerzo, Darwin viene a proponernos otra constancia: los seres evolucionan. Clima, necesidades, la presión del medio y las propias ansias de sobrevivir modifican genéticamente los seres trasformándolos. Las peculiaridades mejor adaptadas a las nuevas situaciones terminan sobreviviendo y, con ello, trasmitiendo su carga genética a las nuevas generaciones lo que provoca una paulatina trasformación de los seres. Triunfo del mejor adaptado –del más fuerte en algunos contextos. El mensaje de Darwin rompe toda idea solidaria. Pero la ciencia evolutiva nos habla de millones de años, las cadenas de cambios desbordan toda conciencia del hombre como sujeto colectivo y la Historia humana a penas se atreve a hablar de cinco o seis mil años, el darwinismo poco tendría que decir en la interpretación de la historia si no fuera por ese hijo bastardo que pronto quiso aplicar sus tesis a la brevedad de la vida de las instituciones: el darwinismo social.
Las sociedades, las naciones, las culturas también se tienen que adaptar al marco rígido de la vida y, como sucede con las especies animales, las más fuertes y mejor adaptadas son las que dominan y sobreviven. Naciones, culturas, hemos dicho, pero también las “razas” fueron sometidas a este test, pseudo-análisis elevado a categoría científica que convierte a lo que es un mero accidente en la Historia, el dominio colonial de los pueblos europeos durante el siglo XIX en un sistema de valores que habla de superioridad y destino manifiesto.
Pero ¿Es a esto a lo que llamamos Progreso? Aquí el concepto adquiere una polisemia que recorre radicalmente nuestro proyecto interpretativo. El desarrollo de las ciencias, el gusto estético, la técnica aplicada, pero también la explotación del hombre y su exterminio como el genocidio ¿Son sinónimos del concepto Progreso?.
Planteado desde otra óptica, el progreso, ¿Es neutro en sus consideraciones sobre los hombres?. Pronto apreciamos que si la respuesta es positiva toda la propuesta que surge desde este artículo pierde su razón de ser. La configuración del progreso como derecho requiere su previo reconocimiento como algo deseable, objetivamente bueno y esto para todos y cada uno de los miembros de la sociedad. Si el progreso entra dentro del corpus jurídico es porque creemos que actúa como máquina necesariamente promovedora de la felicidad de los hombres, anticipo él mismo, de esa felicidad que propone toda comunidad política. Desde su constitución como voluntad soberana, la idea de progreso como derecho necesariamente ha de construirse con ese mimbre de servicio al ciudadano.
No de otra forma configura su propia definición política. Desde el siglo XIX abunda el concepto entre las siglas que ilustran las denominaciones de los partidos políticos: Partido progresista, del Progreso, mil variantes que dan constancia de una postura social que ya reconociera Victor Hugo como insoslayable. “Quien no es progresista a los veinte años….”, proclama reconociendo a esa posición todo el aura romántica de un empeño juvenil por la justicia, la igualdad y la solidaridad para con todos. Surge así un calificativo repleto de connotaciones positivas y marcadamente definido dentro del espectro político: progresismo, progresista, con su variante escéptica: “progresía”, y que viene a reorganizar el abanico de las posiciones en el tablero de la política. Progresista adversus conservador, o aún más allá, reaccionario, de donde derivará “reacción conservadora” que reafirma su voluntad de inmovilismo. El progreso deviene, así, no solo un avanzar arrastrado por la dinámica de la historia, sino también la voluntad de adentrarse y acelerar en esa senda de los cambios. Con ello la propuesta historicista, ese camino trazado por las exigencias de la misma historia, deviene voluntad política. Voluntad instalada en la lucha política y, por lo tanto, estrategia básica de los grupos que creen en ese progreso como fuente de felicidad política.
Pero con ello se nos abre una puerta y se nos cierra otra. Arrancamos el concepto progreso a la mera dinámica de las cosas para incorporarlo a la acción del hombre como proyecto, pero a la vez lo confrontamos el núcleo de la acción política, oponiéndolo –dentro de la voluntad de la nación- a posiciones contradictorias. Se abre, decimos, la vía a su consideración como derecho pero a la vez se cierra en cuanto también se reconoce su incorporación al juego político. Sin embargo la oposición no es tan clara y esa dinámica política entraña también sus acentos y consideraciones.
La Constitución española refuerza este sentido axiológico. Eje que recorre todo el acontecer del estado. Constitución caminante la hemos definido ya anteriormente, remarcando la indiscutible direccionalidad del proyecto político. Proceso desde lo minúsculo a la plenitud, desde el mundo del deseo a la realización en el campo de los hechos. Desear, avanzar, …., progresar. No resulta parco el Preámbulo del texto constitucional en el ejercicio de la dinámica. Constitución abierta ha dicho algún autor, comprendiendo la voluntad constituyente. Pueblo constituyente que, saliendo de las cavernas de la dictadura, marchaba resuelto y alegre hacia la plenitud de la libertad… Pero ¿Es que no es este, siempre, el contenido de toda constitución?. El acto constituyente entraña necesariamente esta dinámica, vuelta de hoja respecto de un pasado atroz y aborrecible que se supera por la acción política de un pueblo en posición caminante: Poder en marcha. No es de extrañar que la toma del poder por todo pueblo reproduzca esa posición de andar. Poder en acción, multitud –en expresión de Spinoza- que supera el pasado (anticuado y nefando), para adentrarse en un futuro de esperanza. Principio Esperanza en la definición de Bloch y que, en su visión simbolico-marxista, le hace redefinir el dogma judeo-cristiano: “ibi Lenin Ubi Ierusalem”.
Toda la cultura política decimonónica beberá necesariamente de este planteamiento revolucionario. Toma de la Bastilla, Marcha sobre las Tullerías. Si las barricadas simbolizan la defensa de la revolución –ya irónicamente contempladas por Victor Hugo en “Los Miserables”- el debut de la Revolución se ha hecho necesariamente marchando. La cultura política británica requiere, incluso, que toda manifestación mantenga esa dinámica de la marcha. Todavía en nuestro siglo la manifestación se revela como el instrumento por antonomasia de la acción popular.
Y junto a ello esa voluntad de empuje, de superar etapas ancladas en el tiempo. ¿No aparecen a lo largo del siglo XIX y se mantiene todavía hoy en día ministerios denominados de “Fomento”?. Fomento, obras públicas, desarrollo, devienen conceptos absolutamente intrincados en la estructura del Estado democrático. Realmente hasta la misma palabra “Estado” deviene vieja en cuento repleta de connotaciones de quietud, frente a ello, el Estado moderno reafirma su dinamismo: ferrocarriles, carreteras y autopistas, urbanización acelerada, desarrollo tecnológico, etc., se convierten en exigencia constante de la vida política. Cada gobernante parece competir con los anteriores en una carrera de expansión y progreso, reclamando siempre la obtención de índices económicos que hablen de crecimiento. Ahora bien, si este progreso es el método –“camino”- por el que se empeñan todos con independencia de su concepción ideológica, ¿Estaremos ya ante un derecho del ciudadano?. La reacción conservadora parece quedar, así, marginada y de derecha a izquierda todos proclaman su voluntad progresiva.
Surge así un derecho al progreso, fruto natural de nuestra propia historia, tensión sobre la que gravita la misma idea moderna de democracia. El concepto revolución pierde ese sentido circular y rotatorio que tenía con Copérnico para arrollar, como la rueda lanzada a toda velocidad sobre la superficie pendiente, las etapas caducas de la Historia.
Pero, la pregunta vuelve testaruda: La Historia, ¿Camina en algún sentido?. ¿Hay una flecha que nos indique hacia donde vamos?. Arrinconadas las doctrinas del “Eterno Retorno”, la historia se nos presenta como un proceso de evolución continua. Línea ascendente donde cada generación cabalga sobre los hombros de las anteriores. Acumulación de riqueza, de saber, de técnica. A cada descubrimiento le sigue otro que necesariamente encontró el suelo abonado por el anterior. La riqueza, por igual, se acumula sobre el ahorro de generaciones anteriores, como nos cuenta, genial, Dostoiewki en “El jugador”. La bolsa, como los propios índices de la economía reclaman un avance continuo y sin reposo. Hablamos de crisis cuando la economía no es capaz de acumular un nuevo porcentaje, todo ello bajo la fórmula infalible del crecimiento.
Realmente, ¿Es todo ello signo inequívoco de este avance?. La respuesta a esta pregunta debiera dar explicación a otros interrogantes: la literatura, el arte en general, la conciencia del ser, la filosofía, ¿Se benefician también de ese proceso acumulativo?. Y ya aquí la duda se instala, incapaces de acercar una respuesta positiva. Pero es más, en el interés radical del constituyente ¿Somos más felices hoy que antaño?, ¿Tenemos esperanzas de ser aún más dichosos en el futuro?. De nuevo la respuesta, afirmativa o negativa, se hace radicalmente necesaria ya que el proyecto político entraña esa meta de felicidad prometida. “… un certain inalienable rights: that among these are life, liberty and pursuit of happinesse.”, como reclamaba, utópico, el constituyente norteamericano.
Abierta la puerta se introduce una nueva duda, ya más filosófica o quizá más existencialista, ¿Tiene sentido la Historia? Formulado el concepto como voluntad de ser, significado, esencia misma de lo que acontece. El dolor, las guerras, las crisis, el hambre y la muerte, los fracasos y las destrucciones, ¿Tienen, en el fondo, un sentido justificador?. La palabra progreso, en medio de toda esta vorágine, deviene blanda y esquiva, consciente de su pequeñez y miseria.
Así, con todo ello, volvemos necesariamente al principio. Historia abierta, sin determinismos, caótica en su sentido profundo, donde la acumulación, el mismo movimiento, carece de una dirección clara y significativa. Pero, a pesar de todo ello, la voluntad humana se impone, recreando los acontecimientos a la búsqueda de esa felicidad ensoñada. Con ello el progreso deviene definitivamente un derecho. Un derecho adjetivo, posiblemente instrumental, mero vehículo para otros derechos sustancia de la esencia humana, pero no por eso menos fundamental para hacer del deseo constituyente una realidad posible.
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