Los orígenes de la economía fueron modestos. Los mercaderes, con sus ábacos, buscaban transcribir, para su memoria, las operaciones realizadas. Mera contabilidad. La reflexión sobre esta técnica surge de la mano y en oposición a la política. Economía de “oikos”, casa, vendría a ser, en la terminología de Jenofonte, el arte de la buena ordenación de la casa. Con esto los autores la han opuesto a la política, donde el acento se ponía en la ciudad. Ahora bien, frente a una acumulación de connotaciones donde se incorpora la dicotomía “público-privado” (idios-demosion), la relación entre economía y política no era necesariamente de oposición. Ni la casa tenía nada de privada –hablamos más de lo que luego se denominaría “el palacio” (de ahí el derivado “dominus” de “domus”), estructura basal del mismo estado-, ni la ciudad era espacio público en el sentido que adquiere con los autores del XIX desde B. Constant. La ciudad se vivía y se vivía en ella. La plaza, la calle, el foro acaparaban las mejores horas de vida de cualquier ciudadano.
Es, quizá, por esto por lo que, si en ambas, economía y política, hay y puede haber un espacio para la diafanidad de los números: la contabilidad y la estadística (de “estado”), sus raíces, sin embargo, son más dionisiacas, penetran más en la conciencia, en los oscuros rincones del alma donde el mito, el subconsciente y el deseo construyen el inframundo sobre el que se sostiene la falsa racionalidad en que vivimos.
Por primera vez, y desde dentro del propio pensamiento capitalista, se habla ya de esta crisis económica como un verdadero cambio de paradigma social. No tenemos más remedio que plantearnos una pregunta: Para comprender este cambio de paradigma, ¿Se bastará el análisis económico clásico o tenderemos que hacer la arqueología de ese mismo mundo económico?
Hemos apuntado la contabilidad de los banqueros y las reflexiones de Jenofonte, sin embargo la economía penetra mucho más en la médula de nuestro ser como seres humanos. Más allá de su configuración política, “zoom polytikon”, la potencia simbólica se centra en el devenir económico. Las estructuras sociales aparecen sobradamente en el mundo animal, incluso con una incipiente capacidad para promover modelos institucionales aprendidos. Por otro lado, la comunicación y su estructura simbólica aparecen, también incluso, en los insectos. Los mensajes de miedo, deseo, dominio son reconocidos tanto en su expresión fonética como gráfica y gestual. La economía, sin embargo, es radicalmente humana.
Procedamos a una definición que nos incorpore estas competencias psicológicas. La economía, sería así, una respuesta simbólica en el marasmo de deseos y miedos del subconsciente humano. Construcción simbólica, como el lenguaje, y en este sentido con su misma potencia creadora. En el lenguaje tanto la evolución semántica como sintáctica, terminan adquiriendo una autonomía que le permite desarrollarse con leyes lógicas de apariencia propia. Cuando un emigrante español en Francia llamaba “algerianos” a los “argelinos”, no hacía más que aplicar rigurosamente las leyes de la construcción de los derivados gentilicios, aplicándolos a la palabra que oye: “Algerie”. Como el niño que dice”cabió” en vez de “cupo”. Solo el aprendizaje de otras reglas y sus excepciones, le irá dictando las soluciones canónicas. Cánones, a demás, sometidos a procesos evolutivos que los convertirán en procesos de segundo, tercer o enésimo orden.
Es cierto que la “sustancia” nunca anda demasiado lejos. Cuando hablo de “perro” aun puedo mantener una imagen ideal de ese animal. Incluso abstracciones mayores como “amor”, “miedo” o “belleza” responden a pulsiones identificables que recorren el cuerpo humano. Pero es la autonomía de los sistemas sígnicos la que me permite desbordar su inmediatez. Devenidos signos estructurados, entran en el juego del lenguaje, lo que algunos autores denominan la doble articulación –semántica y sintáctica- y desde esos signos todavía reconocibles en la expresión animal, se alcanza la potencia conceptual de un Haikus japonés, la expresión filosófica del idealismo alemán o el estrépito poético del culteranismo del siglo XVII.
En la economía el modelo es semejante, aunque el proceso será distinto. Si tuviéremos que dibujar una línea de trazo grueso que reflejara todo el proceso, podríamos apuntar tres o cuatro items que marcan toda la Historia de la Economía desde sus niveles arqueológicos.
El origen del todo fue la intuición del concepto valor. El trueque, aunque aparentemente tan intuitivo, requiere una abstracción asombrosa: la equivalencia de los valores de los objetos a intercambiar. Cuando cambio un cordero por tres puntas de flecha, es porque doy el mismo valor a las utilidades que me proporcionan el uno o las otras. El signo lingüístico aparece en el animal: el rugido del león, la exhibición de sus dientes por el lobo, el pavoneo del palomo en celo ante la hembra, son signos repletos de sentido e inmediatamente reconocidos por sus respectivos interlocutores. Son ya lenguaje. La zoología, sin embargo, no ha identificado esa capacidad de apreciar el valor de algo en el mundo animal no humano. Otra cosa es averiguar cuando consigue el hombre esta abstracción, consecuencia de una previa cosificación del mundo que le rodea.
El segundo gran paso aparece con la invención del dinero. El valor pudo abstraerse hasta identificarlo con una sola mercancía que, abandonando toda utilidad, deviene mero valor de cambio.
La crisis conceptual de esta segunda abstracción fue tan aguda como la anterior. La autonomía del valor es aún más abstracta que la autonomía de la palabra como signo, aunque quizá esté íntimamente unida a ella. Debió ser en este juego cruzado –cuyos orígenes son muy anteriores a la expresión de los “lingotes de electrón” a los que se considera la primera moneda en el espacio mediterráneo- donde también apareció la idea de Dios, o mejor dicho, de lo divino. La idea del tótem mítico, la fuerza que emana de las cosas -¡o que las crea!-, la sensación de que deben tener un espíritu propio más allá de su mera corporeidad, está íntimamente unida al nacimiento del concepto de valor. Fuego cruzado donde todas estas pulsiones interactuaron a lo largo de miles de años. Generaciones contemplando los cambios lunares, el fuego el rayo, los ciclos de la vida y la muerte. El bisonte de Altamira, ¿Quiere “decir” o “valer”?, ¿Es un signo lingüístico o la expresión del valor de la pieza? Y eso que estos términos resultan manifiestamente inadecuados. Aquel hombre era todavía demasiado inmediato al mundo global como para identificar una unidad objetiva. Y, sin embargo, al pintarlo, representó al bisonte absolutamente independiente de su carnalidad biológica.
El tercer gran momento de la economía es casi actual. La simbolización absoluta de ese dinero. El proceso también fue largo. Contribuyeron la propia falsificación de la moneda, y las sucesivas devaluaciones de su carga metálica. Pero un día, tras tres o cuatro experimentos fracasados, apareció el papel moneda, pura “sombra” –así se dijo en los periódicos americanos del XIX- de la onza de oro.
Si la consolidación de la moneda se puede asociar a la profunda crisis espiritual que introdujo la religión masculina y el patriarcalismo, el nacimiento del papel moneda también supuso un revulsivo de las conciencias. Abstracción pura. El valor ya no es si quiera referencial. El signo ya no remite a materialidad alguna. Ni siquiera, como decimos, el lenguaje llegó nunca –salvo quizá en el lenguaje mágico- a desprenderse tan absolutamente de su carga material.
El proceso, visto ya desde la inmediatez de nuestra época, alcanza una velocidad de vértigo. Del papel moneda, al dinero electrónico y, desde ahí, a la mera referencia bancaria. No es que el valor haya conseguido la expresión absoluta de su abstracción (primero como metal, luego como signo grabado en el papel, luego mera clave numérica en la tarjeta), es que tanto el soporte, como el valor desaparecen. No es ni siquiera un número, por ello carece absolutamente de cantidad. Esto entraña un nuevo paso de gigante , quizá, la propia crisis del sistema: la desvinculación de dinero y valor. Paso tan trascendente, decimos, como la desvinculación entre el valor de unos y el valor de cambio que supuso el nacimiento del dinero.
No es que el valor haya sustituido a la mercancía, tampoco que el valor haya perdido su soporte material deviniendo pura sombra, ya sea como papel, plástico o conjunto de dígitos, es que el valor ha dejado de ser el significado del signo monetario. El dinero se ha desvinculado del valor y, con ello, de toda posible cuantificación. Un billón de euros es un mero significante que ya no remite a ningún significado. El valor ha terminado desapareciendo. Es como en el salto de las matemáticas ordinarias al sistema de transfinitos de Cantor, donde los números cambian absolutamente su significado. (En las matemáticas de los infinitos, por poner algunos ejemplos, infinito más mil es igual que infinito menos cien mil, siguen siendo infinito. El juego está en la pluralidad de infinitos que pueden existir)
El proceso no ha hecho más que comenzar. De ahí que aún no haya sacado todas sus consecuencias. Todavía la conciencia económica popular –y gran parte de la profesional- funciona en el mundo monetario del valor, pero la economía postfinanciera ya ha dejado los postulados newtonianos y ha pasado al paradigma de la relatividad y la mecánica cuántica.
¿Cómo funciona una economía sin valor? La crisis del 2007 nos proporciona algunas pistas. Lo hemos llamado “burbuja” y bajo esa metáfora estaba condenada a estallar. Sin embargo la quiebra no ha procedido del sistema, sino de los elementos que todavía le vinculaban a la realidad. El problema ha sido el vértigo. El mirar hacia abajo y apreciar la distancia respecto al valor, nos ha paralizado de miedo. Algunos calcularon en un trillón de dólares de diferencia, lo que se ha perdido con la crisis. ¿a dónde ha ido ese trillón, reclama aún la gente desde una economía de la materia?. Pura fantasía. ¿Qué es un trillón de algo?. Pero la próxima vez –y nadie dude que habrá otra vez, ya que en economía nunca se aprende- ya caminaremos sobre el nuevo paradigma y nadie echará de menos un valor que ya no vale nada.
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