El hombre, las sociedades, la persistencia de la vida social, se enfrentan tras la caída, no tanto del “Muro de Berlín” como de las fronteras del estado nación tal como lo hemos conocido desde la modernidad, al mayor reto en la organización de la convivencia. Reto, además, por partida doble ya que, si por un lado reclama la urgencia de definir el juego de identidades sobre el que se construye la personalidad de los grupos y de las mismas personas, también la crisis alcanza al sistema mismo sobre el que se basó, durante cerca de diez siglos, la idea de derecho: es decir, el estado.
Crisis, por lo tanto, en lo simbólico y en lo material, en el deseo y en la construcción de la realidad, en el imaginario colectivo y en las estructuras sobre las que se asienta la sociedad. Nunca se habían combinado ambos procesos, la alternancia con sus puntos bajos, salvó durante siglos la idea construida de civilización. La Edad de las Revoluciones a finales del XVIII, como las crisis combinadas del 14-29 o la misma del 39-45 y la profundísima brecha de la Segunda Guerra Mundial, jamás afectaron a los fundamentos de la idea de Estado y, mucho menos, a la conciencia de un desgarro entre el ser y su entorno. Hombres y pueblos, en lo individual y en lo colectivo seguían manteniendo la idea de una proyección social que daba fundamento a su propio sufrimiento.
La globalización, en cambio, aporta esta irónica paradoja: De entrada enfrenta la conciencia del individuo a la presencia general de los otros. Un roce que le conecta no solo con su vecino, sino que, en una inmediatez ubicua, le hace participe de la vida general de toda la humanidad. La televisión, internet, las “compañías de bajo coste” han hecho de la premonición de Mc Luham –la aldea global- una realidad palpable. Pero a la vez han provocado la reconstrucción de otros aldeanismos, barrios “globales” que, en la ubicuidad de la “Red”, construyen respuestas identitarias que enfrentan a esos mismos vecinos de escalera como si fueran pueblos separados por las más altas cordilleras. Identidad y exclusión amenazan reconstruir su juego nefasto.
El problema planeado no eso otro que el siguiente: ¿Cómo recrear el paisaje de la concordia si no es construyendo un nuevo espacio donde los corazones puedan encontrase y palpitar al unísono? Hemos hablado de crisis pasadas, pero la virulencia con la que se presenta la actual no deja de remitirnos al terrible período de la guerra de los Treinta Años y la profunda división en que se sumió Europa. Telón de “cera e incienso” quizá más denso e inquietante que el posterior Telón de Acero.
La urgencia de este reto, reconstruir la convivencia, se agudiza por la otra quiebra que comentamos y que sacude directamente los fundamentos de la sociedad moderna: la pérdida de legitimidad que viven las viejas estructuras estatales. El imperio de lo económico, la individualidad atomizada, la abdicación de lo público están vaciando al estado de su razón más básica. El estado nace, es cierto, como instrumento de la soberanía, pero también como espacio. Un territorio más allá de las viejas ideas patrimonialistas que habían dominado la conciencia política a lo largo de la Edad Media. Una idea de Publicidad que termina fundiéndose con el mismo concepto de poder –soberanía- y que, con la densidad de los siglos terminó elevando las gigantescas construcciones del derecho administrativo y del mismo derecho constitucional. Potencia de lo público que supo aguantar incluso la ola del liberalismo burgués decimonónico o de la gran empresa tal y como la concibieron Taylor o Ford. Había más conciencia de lo público en la factoría de IBM –modelo de ese proyecto empresarial que devendrá capitalismo social a partir de los “50”- que en las modernísimas y actuales “telecos”.
Si el estado ya no supone esa idea de lo público, si no es capaz de dotar de un sentido trascendente al esfuerzo y sufrimiento de cada uno, si no aporta valores más allá de los puramente crematísticos, el orden jurídico termina derrumbándose como un castillo de naipes. Es en la retorta del estado donde el individuo deviene ciudadano, donde es capaz de comprender el sentido trascendente de su sacrificio. La imagen de “Los Burgueses de Calais” que tan magistralmente inspiró a Rodin, explica en una sola imagen este propósito: la conciencia de ciudadanía es la única garantía de supervivencia.
Desaparecida la conciencia de un proyecto colectivo no hay estructura normativa capaz de resistir la dispersión de lealtades y órdenes jurídicos ¿No fue el olvido de la idea de romanidad lo que disolvió definitivamente el Imperio? Ni los bárbaros, ni la entrega de las insignias imperiales a la corte de Costantinopla derribaron tanto el Imperio como la huida psicológica hacia el interior de cada uno y el rechazo de reconocerse como romanos.
Doble orfandad que deja al hombre en una soledad solo comparable –según expresión del propio Víctor Hugo- a la que conoció en tiempos de los Antoninos “cuando los dioses ya había muerto y Cristo todavía no había nacido”. Desgarro existencial decimos, donde el hombre adquiere conciencia plena de ese distanciamiento, ya no solo frente a sus semejantes, sino también y directamente sobre su propio entorno, ese mundo en que vivir y que cada vez parece más alejado y marchito. La conciencia ecológica se asienta así en esa misma crisis provocada por la globalidad.
Es aquí donde se incardinan las llamadas propuestas del Milenio, expresión, no tanto en la línea del milenarismo medieval y utópico, sino metonimia de esos ciclos donde se articulan las grandes unidades que han fundido las instancias de cultura y derecho: la idea del Imperio romano desde su fundación en la era cristiana hasta su hundimento en la Baja Edad Media, o la idea misma de estado, desde ese siglo XII hasta su quiebra ya en el presente siglo. Es en la dinámica de las nuevas ideas que sazonarán ese encuentro donde se producen y recrean estos conceptos: “Alianza de Civilizaciones”, “Diálogo de Culturas”, etc., proponen la reconstrucción de la esperanza articulando propuestas de identidad compartida. El objetivo no es otro que justificar las bases de un nuevo orden, absolutamente necesario tras la quiebra del que hemos conocido hasta la fecha. Es ahí donde nacerán los fundamentos del nuevo derecho.
Y es aquí donde se articula una de las instancias más esperanzadoras: la idea de civilidad. El mudo postmoderno ha dejado definitivamente el marco de lo rural para devenir definitivamente urbano. La ciudad y su capacidad movilizadora, con sus espacios públicos bien definidos: plazas y foros, calles, “gimnasios” y baños –así era la ciudad romana- propone la inmediatez en esa apuesta civilizadora. Quizá por ello, tenga que ser nuevamente la ciudad el embrión de donde nazca el nuevo orden jurídico.
La crisis, las crisis de la actualidad, abren así una perspectiva nueva. Un cambio de modelo jurídico-político que de paso a la última época de la civilización.
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