La gran dificultad para construir todas esas nuevas teorías que hoy circulan sobre choque, alianza o diálogo de civilizaciones o culturas estriba en la previa definición de esos conceptos a los que damos entidad subjetiva: esas mismas civilizaciones o culturas.
El problema arranca desde su propia confrontación y el matiz progresista o reaccionario con los que las doctrinas alemanas y francesas han tratado de matizar su contenido. Sin embargo la dificultad es aún más profunda y estriba en la existencia de esas entidades como objetos reales, dotados de vida y personalidad propia.
Una aproximación semántica nos lleva a otros dos términos cuya mecánica, sin embargo, tiene su propia dinámica: las distinciones étnicas y raciales y el universo de las lenguas. Si bien es cierto que ningún científico se atrevería a proponer la existencia de biotipos diferentes, es decir prototipos humanos con una raíz diferencial basada en la estructura biológica, respecto a las lenguas sí que percibimos de inmediato la existencia real de diferencias. También es cierto que si descendemos al nivel de los dialectos pronto encontramos un espeso enjambre que difumina toda posibilidad de una cartografía clara de los usos lingüísticos.
Otro tanto ocurre para el resto de vocablos estrechamente vinculados a la familia semántica de cultura. Costumbres sociales, gustos artísticos, estructuras jurídicas, todos ellos con una mayor o menor consistencia formal, articulan, junto al lenguaje y a la etnia, el universo simbólico donde fructifican las instancias de civilización y cultura. Espacios ideológicos donde la intensidad de colores vuelve a llenarse de matices. Esto ocurre sobre todo en los territorios fronterizos donde unos y otros se encuentran. Quizá aquí estuvo el gran hallazgo del nacionalismo: sólo la nación fue capaz de reafirmar el trazo de la frontera y convertirla en una muralla armada.
Pues esta indefinición crece cuando el discurso habla de confrontación y guerra. Así como la incorporación del poder político-administrativo hizo de las naciones auténticas estructuras estatales articuladas alrededor de un poder militar y burocrático, el carácter blando y meramente ideológico de los espacios culturales hace imposible la idea misma de confrontación. No así la de diálogo ya que por su propia naturaleza tienden a la fusión y el encuentro.
El choque, encuentro, superposición de culturas y civilizaciones se ha resuelto siempre a través del mestizaje, hasta el punto que, sometido a la óptica microscópica, las líneas de continuidad entre una cultura y otra entretejen una tupida red que, de una forma profunda, constituye el núcleo mismo de la idea de civilidad de la especie humana. Si Grecia y Persia aglutinaron los sonidos de guerra de la confrontación radical de la Antigüedad, la realidad es que –como ya apreció el mismo Esquilo en “Los persas”- en el centro de sus sistemas resulta difícil distinguir una cultura de la otra. “Eran como dos hermanas, nos dice el dramaturgo, ambas hermosas y del mismo linaje, pero habitaban una en la Hélade, que le tocó en suerte, la otra en un país bárbaro” .
Más que un auténtico conflicto vital entre mundos incompatibles, el escenario donde se resuelven la mayor parte de estos encuentros en lo que a nosotros nos afecta, se construye bajo el mito de una confrontación entre Oriente y Occidente.
La imaginación popular, quizá movida por la imperiosa necesidad de simplificar la raíz de los conflictos –sólo así somos capaces de matar y morir por ellos- ha visto este choque como la dialéctica básica de nuestra historia. Los libros de texto, escritos bajo la óptica del nacionalismo, convirtieron ese mito en doctrina científica: Los labriegos, artesanos y comerciantes griegos, pobres pero honrados y dotados de la hombría que otorga la libertad –Montesquieu dixit- frente a los persas envilecidos por el oro de oriente y las huríes del harén. Es decir, “nosotros” los griegos contra ellos los bárbaros. Como nosotros los cruzados –esos rudos pero nobles caballeros de la Europa cristiana- contra los corrompidos musulmanes donde, de nuevo, la imaginación popular coloca todos sus sueños escondidos de lujuria y pecado. No será extraño que avispados asesores de todos los tiempos hayan usado este mito para promover adhesiones a políticas más o menos inconfesables.
Octavio contra Marco Antonio, una guerra civil convertida en cruzada entre el oriente corrupto y la Roma eterna, como Felipe II contra un turco que reúne nuevamente todo el misterio de lo prohibido y pecaminoso. Todo ello cuando ni Cleopatra era egipcia, sino griega y helenística, ni Hassan Aga (ese Azanaga de los cronistas españoles y que construye el régimen corsario en le Mediterráneo) era moro sino italiano, uno más de esos miles de “europeos” que fueron a buscar fortuna a Argel –los “renegados” de los que tanto hablan Antonio de Sosa y Cervantes- y que constituían más de la mitad de su población “autóctona”. Un Mediterráneo cruzado por mil caminos, todo ellos de ida y vuelta, y que hicieron del Mare Nostrum, a pesar de Lepanto, un espacio de encuentro.
Como lo fue también la España medieval en medio de la llamada Reconquista tal y como dejan entrever –pese a la ideología señorial que los promueve y que tantas ventajas sacaba de un conflicto eternizado- los cientos de romances que hablan del moro y sus vivencias. ¡Claro que hubo guerras! Como las hubo en el resto del continente y esta vez entre señores todos ellos muy cristianos. También la guerra civil española refleja este mito, reconvertida en guerra entre una Rusia oriental y bárbara –o comunista que es lo mismo- frente a los valores eternos de una España cristiana y anclada en occidente. Mito que también sirvió a esas Alemania, Francia, Inglaterra, Rusia, España o Italia para justificar un colonialismo vendiendo masacres y violencias como auténticos actos humanitarios. Civilización contra barbarie.
Frente a este mito de la confrontación es posible apreciar una realidad distinta. Una profunda unidad anida entre todas las culturas y civilizaciones, esa mirada del microscopio que reclamamos apenas permitiría distinguir si estamos en un espacio u otro. Del budismo tántrico a la filosofía de Aristóteles no hay siquiera un paso, escuelas pitagóricas, epicúreas y atomistas reconstruyen ese tránsito a través de los diagramas de un mitraismo iranio. Curioso, ese mismo sistema que traerán a Occidente Raimundo Lulio y Giordano Bruno –y que al segundo le costará la vida- como propuestas nemotécnicas que avanzan sobre la lógica cibernética, base hoy del sistema informático. Oriente, Occidente, pasado y presente mezclan así sus premisas de una forma intrincada. Como esa oscura y desconocida diosa judía, Sophía, que no sólo recuerda la profunda sustancia politeísta del genio judío, paralelo al que recorre al resto de religiones del Libro, sino que conecta también con el Sufismo y esa tradición griega del Islam que lo convierte, ironía del destino, en fundamento indiscutible de lo que hoy llamamos civilización occidental. Bastará profundizar en estos matices para alcanzar la India o el mismo pensamiento de Confucio y ver identidades entre el culto a María y la misma tradición budista. Como en el cuento de Borges “Los teólogos”, para la mente divina el ortodoxo y el hereje terminan formando una sola persona.
Con ello no quiero caer en un burdo relativismo –más generoso, en todo caso, que el iracundo fuego que late en el pensamiento único y monolítico- lenguas, culturas, arte, derecho, formas de entender la vida y la muerte, la religión en definitiva, construyen un paisaje simbólico donde el hombre posa su mirada y se reconforta ante un horizonte conocido. No hay nada más, la identidad es sólo eso. En el siglo XIX, sobre estas premisas, y a base de sangre, se construyeron las naciones y el nacionalismo. Hoy tenemos que evitar que, en esos nuevos espacios a escala que denominamos civilizaciones, nazca un nuevo monstruo que r2eedite al historia del siglo XX.
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Julio 27th, 2009 a las 7:02 pm
No tiene nada que ver con el tema. soy una alumna suya, le admiro mucho y me parece que escribe realmente bien.
un abrazo y gracias!!!!!!!!!