Creo recordar que en “El nombre de la rosa”, Umberto Eco propone como origen de la intriga la existencia de un libro perdido de Aristóteles sobre la Comedia, que es reencontrado en la biblioteca del monasterio. La trama criminal se desencadenará cuando un monje hace desaparecer este libro –y a todos cuantos lo leen- ante el temor que, bajo la alta autoridad del filósofo, el humor terminara llenándose de dignidad. La risa que provoca la Comedia devendría, así, expresión de una cultura tan exquisita como el llanto en la tragedia. Aquel monje, ciego y reaccionario -¡y español!- entendía esta risa como incompatible con la seriedad que reclama la ética cristiana y la cultura en general.
Umberto Eco llena de pequeños guiños la novela. A parte de la chanza en el reparto nacional de roles, nos desliza toda una serie de “teorías-ficción” repletas de erudición y mensajes. De entrada este, el de la risa. La cultura occidental actual mantiene un corte radical entre los mundos de lo serio y lo jocoso, repleto el primero de todos los valores positivos tanto en lo ético como en lo estético y dejado el segundo como mera sombra, a duras penas permitida y, por eso mismo, vigilada y definida como demoníaca. Un mero vistazo nos hará apreciar, además, que es ahí donde también se instala todo lo que se refiere al sexo. Risa y sexo encuentran una identidad que será clave para comprender su condena.
Sin embargo, la risa, la chanza, la broma, incluso –o sobre todo- en sus expresiones obscenas, es un instrumento básico para la construcción de la solidaridad del grupo. Me atrevería a apostar por la existencia real de ese misterioso tratado aristotélico, pues es algo que, tanto para griegos como romanos, hubiera resultado mucho más cercano y comprensible. E insisto en lo obsceno, pues ese es el núcleo básico de la risa, lo que la dota, por un lado de su potencia liberadora, pero sobre todo de su competencia social: el grupo se construye más en el reír juntos (la fiesta) que en el llorar. Los primeros juegos entre los niños y jóvenes, pero también en todos los mamíferos, están repletos de ese doble ingrediente, quizá una unidad en su sustancia, donde risa y sexo terminan confundiéndose en una misma cosa.
Todos nos acordamos de algún velatorio en el que no hemos podido parar de reír. Las pastitas y el vino a lo largo de toda la noche ayudan a ello. Como la risa en medio de la iniciación sexual y que acompaña a toda la institución matrimonial desde antiguo. Pura fiesta donde se proclama la continuidad de la vida; o aquella clase, cuando éramos estudiantes, donde una broma nos llenaba los ojos de lágrimas incapaces de aguantar la carcajada. Ese temblor de la risa ya sea en medio del dolor, la fiesta o la vida ordinaria aúnan los lazos del grupo por encima de la muerte y el abatimiento. Las latas y cacharros atados al parachoques del coche de “recién casados”, como en los viejos versos “fesceninos” que Roma dedicaba a los desposados, incorporan la urgencia de reír como instancia suprema del contrato matrimonial. El grupo confía su trascendencia histórica más en la carcajada que en el aplomo de sus instituciones. Sin embargo algo ha cambiado desde esa Antigüedad. Aquella era una risa tan repleta de dignidad como el acto heroico del soldado ¿Cómo, si no, entender la desvergüenza de poemas como los de Ovidio, Petronio, Marcial o Apuleyo?. En cambio, ahora, hasta en la fiesta de la boda, queda reducida a mera actividad, “gamberrada”, de los mozos y gente muy joven. No saldríamos de nuestro asombro si encontramos al padre de la novia haciendo bromas de los próximos esfuerzos del novio.
El mundo Antiguo nos presenta una risa inmediata, carente absolutamente de todo síndrome de culpabilidad. Las Sátiras, esas pequeñas novelas (“saturas”) sobre las que Roma construye la narrativa moderna, hacen del sexo el imperio de los sentidos, con escenas que nos llenarían de rubor en este siglo XXI. En “El asno de oro” la ascesis más elevada se combina, sin solución de continuidad, con las anécdotas más obscenas que podamos imaginar. Lo mismo sucede en Petronio, donde el Satiricón adquiere una compleja función entre lo político y lo sexual. Hasta que venga Sade nadie se atreverá a poner por escrito desvergüenzas semejantes. Y a Petronio, sus contemporáneos le tenían por “el árbitro de la elegancia”, en cambio se expulsa a Sade de cualquier biblioteca colegial.
Frente a esto, la poesía burlesca medieval, e incluso la barroca y neoclásica tan dadas a estas chanzas, pese a la agudeza de su ingenio, pese a lo atrevido de su crítica, no dejan de representar la cruz de la moneda, frente a la cara serie de lo realmente razonable. Todavía hoy vivimos en la cultura de esta ocultación de la risa y el sexo. El chiste de hoy día aparece así como una subversión de las normas y no como una norma más. Es decir, pura quiebra de lo bien pensado, del orden y la razón. Y no una forma de la razón y del sentido. Con ello se destaca la regla, que aparece presidida siempre por una seriedad apolínea. La buena educación –la norma, como decimos- incorpora ese rasgo de seriedad sólo compatible con la risa en los boquetes que deja la fiesta, fuera de ahí, esa risa queda expulsada en nombre del buen gusto. ¿Cómo reaccionaríamos ante un pedo en medio de una ceremonia de entrega de premios académicos? ¿O ante un gesto obsceno o llevar un traje que deje ver el culo o el pene en medio de un acto religioso?.
No es esto lo que apreciamos en culturas que nos son tan cercanas como Grecia y Roma. Los versos obscenos se cuelan en medio de las mejores epopeyas. Ni los dioses se escapan al ridículo. El Ars amandi combina la sutileza del amor más idealizado con brutales expresiones prostibularias. Pero es que esa misma Roma –ciudad santa, no lo olvidemos- se identifica con ese prostíbulo (lupanar, de lupus, lobo). La loba totémica se abre de piernas como la más vulgar de las putas. ¿Concebiríamos, en medio de un acto patriótico, que un poeta identificara la bandera con las bragas de su querida? ¿Entenderíamos como un acto heroico que las esposas de los soldados enseñen las tetas antes de la batalla, como nos cuenta Jenofonte? Un profundo corte nos separa de esa época. Algo, de pronto, en poco más de los dos siglos que van desde el fin de la República hasta el inicio siglo III, incorporó una retórica que llenó de perversión al sexo y a la risa. Ese poeta patriotero no tendría, sin embargo, ningún complejo en los siglos que van del XIX al XXI en asociar su arenga patriótica con la guerra, la sangre y la muerte. El escándalo del cadáver mutilado por la guerra nos parece más digno –más serio, incluso más estético-, que la visión de las tetas o el pene.
Antes de esta “caída”, mundo, demonio y carne no eran más que la expresión de la vida y la sociedad, la potencia sobre la que se asentaban los principios más sagrados de la existencia, la “pietas” y la “amicitias” sobre las que se construyen tanto la solidaridad intergeneracional y el afecto del grupo. Luego ese “ludibrium” devendrá mera morbosidad. Las mismas palabras se cargan de ese contenido negativo, este mismo ejemplo nos vale, veamos la palabra morboso, ¿Podríamos identificarla con la idea de divinidad? Y, sin embargo, así era llamada Afrodita en Esparta, la Morphé, la “Forma”. La quiebra atraviesa también otros espacios de la conciencia y el lenguaje: materia y forma, alma y cuerpo, contenido y continente se incorporan a la escala de valores con la bendición de unos y el desprecio de los otros. ¿No es Príapo el primero de los dioses? Príapo, el “dios primero” –“prio poiem” (de poiesis)-, el primero de la creación, o mejor, antes (previo) de toda creación. Se le adoraba en su manifestación de un gran falo dorado sobre que las matronas romanas se sentaban para otorgarle la primicia de su sexo. Una procesión que no desluciría en solemnidad a la de la Macarena en el Sevilla de hoy. Muchos de estos ritos sobrevivirán en los rituales cristianos, pero requerirán la ocultación de su raíz erótica (¿No esconden los cirios y velas que acompañan a la Virgen el recuerdo de ese falo?). El temblor religioso de las vírgenes vestales alcanzaba su paroxismo en la adoración de ese gigantesco pene al que consagraban su virtud. Habrá que esperar a Santa Teresa para conocer un éxtasis igual.
Sexo, matrimonio, sociedad, risa y desvergüenza, mantenían así una unidad que vemos definitivamente quebrada en la Edad Media. La coincidencia cronológica nos hace mirar hacia el triunfo del cristianismo –véase Jorge, el monje de “El nombre de la rosa”-, pero no creo que esta sea la respuesta. La moral y sus leyes constituye un sistema demasiado complejo para ser sustituido sólo a base de dogmas. Por el contrario, esos dogmas no son más que el fruto maduro de un cambio cuyas raíces son necesariamente más profundas. Pese a la gigantesca distancia entre el mundo grecorromano y la cultura semítica sobre la que llega el judaísmo a Roma, la realidad es que ésta resulta también una cultura construida sobre el sexo. La moral que veremos aparecer en su plenitud en la apologética cristiana contra paganos, a duras penas tiene nada que ver con los principios judaicos. El mundo cultural semítico, como decimos, estaba repleto de ritos lunares a Astarté donde se reconocía la prostitución sagrada, que se cuela también, pese al profetismo, en los ritos sapienciales de Israel. La maldición no es, por lo tanto, bíblica. Por otro lado, pese a su temprana formulación en la patrística, la realidad es que, todavía en la Edad Media la quiebra entre sexo y cultura –es decir, esa perversión del sexo que aun domina nuestra forma de estar en sociedad- no aparece plenamente consagrada. La reiterada equiparación de la Roma de los Papas a Sodoma y Gomorra, la violencia contra las prácticas del curato rural y la barraganería, la libertad intramuros del castillo medieval, sobre todo, en las relaciones femeninas, reflejan, frente al discurso oficial escrito por la Iglesia, una realidad más compleja. ¿No se esconde ese erotismo en la misma imagen del Cristo desnudo?
San Sebastián, el Cristo crucificado y retorcido por el dolor, la exuberante iconografía de los infiernos y Purgatorio, las tetas cortadas de Santa Olalla, la encendida narración sobre los tormentos de los primeros mártires, etc., constituyen el complejo sistema icónico por el que se cuela el sexo en el mundo sagrado del cristianismo. Sin embargo, como decimos, este sexo ha perdido la risa. Ya no es un sexo cargado de ese humor dinamizador de la concordia social. No es esa “coyunta” donde, al amparo de una risa divina, se reconstruye, año a año, el universo de lo vivo. Ya para estos siglos la fractura se ha consumado y un hálito de podredumbre terminará contaminando la ética hasta estos comienzos del siglo XXI.
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Abril 25th, 2010 a las 8:34 pm
Excellent article i am sure that i will come back here soon
Noviembre 11th, 2010 a las 3:32 pm
thank you so much for your comment.
regards from Medidastransversales