Día a día se aprecia la gran sima que se abre entre España y el mundo iberoamericano. No es una cuestión de culturas, ni de sintonías, sino el reconocimiento de que estamos ante regiones distintas, empeñadas en modelos económico-políticos dispares y que, por su propia naturaleza, miran a espacios y futuros diferentes. Y no hay nada peor que anclarse en esa pueril manía de insistir en las raíces, los parentescos –“nuestros hermanos de América”-, y cultura común. Desde las fechas de la independencia ni culturalmente ni políticamente hubo un proyecto común. Estudiar algo de historia no vendría mal a los adalides de la comunión iberoamericana. ¿Echamos en cuenta la disparidad de orígenes poblacionales entre ambos espacios? Lejanía que se percibe, incluso en los procesos migratorios que llegaron desde Europa. ¿O es que Argentina no podría decir también que es italiana, como otras regiones podrían reivindicar su origen alemán, ruso, judío o incluso turco? Lo del abuelo español queda bien para el chiste.
Es cierto que durante años no salió mal la partida de un Espacio iberoamericano compartiendo ambas orillas del Atlántico. Las famosas “Cumbres” y la creación de la Secretaría General parecían avalar la idea de un proyecto capaz de unir esa Iberoamérica con España. Puro espejismo. Duró el canto de un gallo. Aquel encuentro tuvo su razón de ser en la debilidad económica y política del subcontinente sur americano. Las meteduras de pata de los Estados Unidos, el olvido de Europa, la urgencia de inversiones y de un sistema de apoyo que proyectase a esa Iberoamérica en el mundo favoreció la retórica de un “encuentro” entre las dos orillas del océano. Pero todo eso pasó. Tampoco sería malo recordar cuando alcanzó esa retórica sus mayores trinos para comprender lo lejano de la época.
Hoy Iberoamérica y España tienen espacios y proyecciones distintas. Es cierto que a España le queda todo un paquete de inversiones en el Continente que le vinculan en lo económico, pero el vínculo quedará restringido a esto y, además, en proceso de reducción de su volumen relativo. El despegue del propio espacio, sobre todo en sus potencias ya emergidas –Brasil ya lo es, olvidemos aquí el gerundio- como las nuevas emergentes y que se consolidarán en los próximos años, o incluso sólo en algunos meses (Argentina, México, Venezuela, Etc.) irán reduciendo los porcentajes de de ese capital español. Pero es que Estados Unidos también despertará de sus sueños pasados y, renunciada a la hegemonía mundial –la presidencia de Obama va en este sentido- concentrará sus esfuerzos en las esferas que le son propias y cercanas. Iberoamérica volverá a ser un espacio privilegiado. Como también lo será el Pacífico. Y es hacía ahí donde esa Iberoamérica tendrá que mirar en el futuro.
Y es que aquí, con los Estados Unidos se da, además, esa identidad cultural. Hay más distancia cultural entre un vecino de Guadalajara México con otro de Guadalajara España que entre aquél y cualquiera que viva entre Los Ángeles y Florida, o sea, medio Estados Unidos. Y es que el avance del castellano y toda esa cultura “Hispánica” no tienen nada que ver con España. Los Estados Unidos se Iberoamericanizan, pero esto, no nos engañemos, aleja cada vez más a todo ese continente, tanto el del norte como el del sur, de España y de Europa. Ese vecino de la Alcarria, la Guadalajara española, se siente más en su casa en las calles de Amsterdam que en las de San Diego, Buenos Aires o Managua.
La Cumbre de Estoril nos ha permitido ver las cosas con toda su claridad. Los fracasos aportan más enseñanzas que los triunfos. Y esto es bueno. Lo malo es mantenerse, como eso viejos que se agarran al pasado –y conocemos al menos media docena- a los que se les sigue llenando la boca de gorgoritos sobre “madres-hijas patrias”, retórica acartonada que nos conduce irremediablemente al más abrumador vacío de contenido.
A mis amigos iberoamericanos –porque todo esto que hablo y comento, se refiere a los países, no a las personas, también me jacto de tener amigos chinos, rusos y malayos y no se me pasa por las mientes proponer una Secretaría o una Unión que respondiera a las siglas “EChRM” –“España. China, Rusia y Malasia”. A esos amigos les digo: de Europa os debe bastar con retener a Kant cuando, hablando de la Ilustración, la define como la “mayoría de edad” de una sociedad que ve definitivamente su destino como algo propio. Iberoamérica está a punto de alcanzar esa definitiva plenitud. Nunca las estrellas han sido tan propicias. Hay muchas cosas a su favor. De entrada una expresión de liderazgo fuerte, la posibilidad e un combinado de países que avanzan hacia un alto grado de desarrollo económico, un modelo democrático suficientemente aparente y una crisis que reduce la capacidad de las hegemonías históricas y que les obliga a redefinir sus espacios desde una óptica más minimalista. A esto se añade que los nuevos poderes –China, la India, de nuevo Rusia- pondrán buenos ojos a ese definitivo “desenganche” iberoamericano. Por otro lado, nada de sentimientos de culpabilidad, Europa y España –Y España ya no es otras cosa, ni debe serlo, que una “provincia” europea- tienen su propio proyecto donde Iberoamérica funciona, a lo sumo, como mero mercado, ni siquiera como socio.
Esto entraña una conclusión táctica inmediata: todo proyecto que se denomine iberoamericano debe revisar su estrategia y socios. No se puede hablar de Iberoamérica incorporando España, Portugal e, incluso, Andorra. Esto ya no funciona ni como cabeza de puente. Está mal visto. Encamina al fracaso. Máxime si colocamos una presidencia española o una sede en territorio español. Y esto tanto en proyectos políticos, o de cualquier tipo. Crear o mantener una Organización bajo la retórica del “puente” entre los dos continentes, es hacer el ridículo más completo. Llamar telefónicamente a Iberoamérica resulta incompatible con marcar el prefijo “34” o escribir el sufijo “.es” en los correos electrónicos. Quizá hemos tardado 200 años en darnos cuenta, pero la independencia es una realidad. ¡Viva México!, o sea ¡Viva Iberoamérica!
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