Las bases eróticas de la teoría económica del valor.
Piojos cría el cabello más preciado,
Legañas tiene el ojo más hermoso,
Y en la nariz del rostro más precioso
El negro y verde moco está encerrado.
El coño de la guapa y de la fea,
Que a dos dedos del culo de hondo mora,
Echa sangre, suda y mea.
Si esta es la beldad que el hombre adora,
Me jodo en la mujer y su hermosura.
Cuando me lo enseñó mi padre lo atribuyó a Quevedo. No he podido confirmar ni la autoría ni el rigor de sus versos, sin embargo nos resultan suficientemente ilustrativo para nuestros fines. Tan cercano y tan lejano a la diatriba de Inocencio III.
El poema tiene una expresiva carga satírica inexistente en el desprecio al cuerpo que manifiesta el Papa. Pese a la acumulación de exabruptos, Quevedo o el poeta que lo escribiese, no puede evitar decirnos: “¡Y que asco tan rico!”
Hemos iniciado esta antropología jurídica de lo obsceno desde el reconocimiento de la risa, esos versos fesceninos donde bien podríamos incorporar esta brutal letrilla. Decíamos ahí que esa risa era expresión de un modelo comunitario. Que el edificio social encuentra en ese reír la sustancia de su cohesión. El miedo puede que junte nuestros cuerpos, pero esos cuerpos compactados, ateridos de pavor, todavía no constituyen un grupo. A duras penas son una masa informe lista a ser devorada por la manada de lobos. La crisis societaria, la eclosión de la nación, se produce justamente en la superación de ese miedo, en el estallido de entusiasmo que lleva a esa masa a proclamar su voluntad de vencer. El grito de guerra, el peán, convierte la masa en ejército. Pero ese grito, lleno de ansias de vida, de violencia alegre, entraña un escalofrío en la piel más cercano a la risa que al llanto. Es el reír del “venceremos”. Un reír vinculado al sexo como recuerda Tácito en esa costumbre germánica que llevaba a las mujeres de la horda a exhibir sus pechos ante sus guerreros, a veces, también su entrepierna levantando sus faldas. Era un deseo sexual confuso donde el clímax del orgasmo solo se alcanzaría con la victoria.
En este cuarto capítulo tratamos de adentrarnos en este misterio y lo hacemos desde la teoría económica del valor.
Es cierto que aún nos queda mucho que trabajar sobre los conceptos de risa y sociabilidad y que, como apuntamos, nos llevarán necesariamente a las expresiones pandillescas de la masa-grupo. Es ahí donde, frente a la economía del sexo, vinculada como hemos querido demostrar, al régimen imaginario de la noche, lo erótico encuentra también su dimensión diurna. Es en ese grupo, masa, muta, pandilla, horda, pueblo o nación, donde el sexo alcanza su expresión más pública, ese régimen diurno donde sexo y derecho, Eros y Thimé, identifican su sustancia, donde, como veremos, la antropología jurídica de lo obsceno deviene no sólo economía política, sino auténtica política de lo erótico.
Pero para ello requerimos un paso previo. Alcanzar una teoría del valor. Sexo y valor, identidad que, como ya intuíamos, nos conduce necesariamente a los dominios de la estética.
Comentábamos en el anterior artículo que la auténtica esencia de la humanidad no era tanto la sociabilidad (el zoom polytikon) apreciable, también en numerosos animales sociales, ni tampoco el lenguaje, cuyos rudimentos se aprecian en la capacidad comunicativa, tanto en el lenguaje oral y fonético, como en el gestual existente en numerosos otros seres. El gran cambio, la gran crisis, es precisamente económica. Es el homo oeconomicus el punto de inflexión que conduce desde la animalidad al hombre. Hay algo que parece sencillo y natural pero que entraña un juicio previo absolutamente trascendente: el reconocimiento del valor. Cuando dos homínidos se encuentran y deciden intercambiar el cabrito que uno ha cazado por la lanza que el otro tiene, formalizan una abstracción fabulosa, ambos han alcanzado la conciencia de una identidad de valores. El cabrito “vale” lo mismo que esa lanza. Esto entraña apreciar un valor autónomo en las cosas. Un valor que puede ir de una cosa a otra. No podemos evitar comparar esta apreciación con una verdadera teología del alma. El mundo queda, así, doblado; las cosas y su valor. Un valor, a partir de ese momento, identificable fuera mismo de los objetos, autónomo –como lo es, también, el alma frente al cuerpo. ¿Fue ese el momento en que ese hombre empezó a pintar en su cueva? Cuando aquel hombre pinta un bisonte en Altamira, es consciente que no es un bisonte de carne y hueso, es solo una imagen, ¿Quizá su alma?. Su valor. Tenemos que hacer un gigantesco esfuerzo de abstracción para acercarnos a ese acto pictórico. Los conceptos de arte, incluso la voluntad votiva, son inasumibles en aquella conciencia. Aquellas pinturas remiten necesariamente a algo distinto, más inmediato, más apreciable en esa mente primitiva. Una metonimia más que una metáfora, la inmediatez de algo que contamina y no algo que representa. Un alma y no una imagen. Puro valor.
Ahora bien, una abstracción de este calibre no pudo surgir desde la racionalidad de una teoría del valor tal y como hoy la explicamos en economía. ¿Contabilizaba aquel hombre su esfuerzo como trabajo? Resulta ridículo pensar esto. Ese valor no es la abstracción de un trabajo ni de una utilidad, es otra cosa más cercana al espíritu religioso que a la ciencia económica. Esa abstracción requirió necesariamente de una altísima carga emotiva. Un valor más cercano a su compromiso con los dioses –si es que ellos mismos no eran ese mismo valor a través de las estructuras totémicas- que a la utilidad del comercio. No podemos olvidar que ese “valor” tuvo que ser descubierto todavía en una etapa pre-humana, casi todavía en la fase animal del último homínido. Digámoslo claro, ese eslabón perdido no fue ni un sacerdote, ni un poeta, ni un político, fue necesariamente un economista.
Pero esto entraña encontrar la mecánica que posibilitó el descubrimiento de ese valor y lo tuvo que hacer, no desde la incipiencia de una racionalidad casi en sus albores. Es cierto que los estudios más avanzados sobre comportamiento de los simios, aprecian modelos de comportamiento ya pre-racionales, pero el salto tuvo que requerir un esfuerzo gigantesco imposible de ser aportado desde ese cerebro a penas cuajado. Los órganos que se movilizaron para el descubrimiento de ese valor debían estar ya plenamente consolidados. Tuvieron que ser instancias psicológicas sumamente desarrolladas y con una poderosísima capacidad organizadora de la psique. Por ello no dudo en apreciar en este proceso un inconfundible rasgo erótico. El valor, antes que nada, antes que económico, antes que religioso, antes que político, tuvo un carácter sexual.
La mención a Altamira no ha sido casual, con ella he querido ya acercar el tema al mundo de la estética. Quizá sea esa idea de “lo sublime” que tan magistralmente identifica Longinos, donde la conciencia del arte nos pueda servir de guía. Hay en el arte esa potencia, a la vez simbólica y a la vez económica. A la vez erótica y a la vez política. A la vez trascendental y a la vez inmanente.
La expresión de lo artístico tuvo que ser el camino. Ese lienzo caóticamente anchado de tierras de colores se convierte en un objeto de inmenso valor por el solo hecho de su identificación como obra de arte. Su valor no nace, no puede ser, de la calidad de los materiales, tampoco del trabajo acumulado, ni, pese a lo que se cree, a su autoría. No es que sea una obra de Picasso, es “un picasso”, como sería “un vlaminck” o “un kandinski”. La obra alcanza su valor por sí misma, su valor se encuentra en su mismo objeto, es desde él, en su inmanencia, como trasciende. Es arte, no por lo que representa, sino por que es sublime. El valor ahí, en el arte, no responde tanto a una teoría de la utilidad como a una teoría de lo sublime. El objeto tiene un alma que lo trasciende, como le sucede a esa estatuilla donde “habita” el genio, o en el poste totémico que pronto reclamará su competencia para el intercambio social (ese primer mandamiento que nos describe Freud en “Tótem y Tabú”: “no comerás del animal totémico”). Desde ahí se fue trasladando al resto de cosas. El valor nació, así, concentrado, unido a esos objetos sobredeterminados, asociado a cosas que devenían sublimes, sagradas, confundidas con los dioses, henchidas de divinidad, repletas de ese soplo divino…, “infladas”, como ese phallo que se hincha como una “flauta” al ser soplada. Tampoco aquí es casual la común etimología de las palabras, ni la identificación del alma con el aire, soplo divino también, pneuma que dota al saco informe de pellejos, huesos y músculos que es el cuerpo, de la gracia de la vida.
No ha carecido de razón teológica los esfuerzos iconoclastas a lo largo de la Historia. El profetismo judío, como los mandatos del Coram o la propia crisis de Bizancio, pero también Platón o la moderna “abstracción”, como negación de la representación en las artes plásticas, se proyectan como desafío a la idolatría, a la adoración de los iconos, en definitiva, a la sustitución de los dioses por sus imágenes. Si un Dios alcanza el valor único –en el monoteísmo, pero también en la abstracción de la filosofía- hay que destruir todas las otras monedas que puedan degradar su valor. Un verdadero Bretton Woods del espíritu: un solo dollar para el comercio mundial. Borges ironiza magistralmente el proceso en uno de sus cuentos: aquella secta herética que condeno el uso de espejos por doblar la imagen de las cosas: un desafío a la competencia creadora del Altísimo. “No hay dos césares en la tierra ni dos dioses en el cielo”. Podríamos añadir, “ni dos monedas en un mundo globalizado”, ¿No tiene la crisis actual del dollar un cierto tufillo teológico?.
Difícilmente este concepto de valor (como hoy sucede con el arte) pudo nacer en una aplicación universal. Hoy todas las cosas se doblan en esa idea de valor, desde los alfileres de A. Smith hasta el palacio más lujoso. Esto no pudo ser así en un principio. El valor tuvo que tener una cierta sustancia totémica, concentrada en algunas realidades específicas como ya hemos apuntado. ¿Cómo nació esta sobredeterminación de algunos objetos? No puedo por menos que buscar una interpretación vinculada al sexo. ¿No es el amor, el enamoramiento, la pasión erótica, un valor disparado sobre la imagen del otro? El texto de M. Yurcenat apuntaba algunas claves. Esas parcelas de piel, por el mero hecho de pertenecer al cuerpo amado, despiertan en nosotros un deseo de caricias y besos capaz de hacernos perder los sentidos. Como decía el tango:
“Porque fui sordo, fui ciego,
y aunque aquella boca mentía,
el amor que me ofrecía,
por aquellos ojos brujos hubiera dado siempre más”
El paisano hubiera dicho Encoñamiento. Pero ¿Cuál es el atractivo del “oro” en la economía?, ¿No hay también un “en-oroamiento”, pese a la racionalidad de la que presume el capitalista?. Por aquellos ojos hubiera dado siempre más. Valor especulativo. Como ese pedazo de roca dorada cuyo valor se dispara en las bolsas. Puro valor. Como bromea Quevedo, pese al asco que enuncia la naturaleza del cuerpo (mocos, pedos y orines), nos corremos de gusto atraídos por el valor de un sexo que nos encandila. También escribió un poema dedicado al oro. El valor no es más que esa cosificación del amor.
Llegados aquí surgen algunas dudas: ¿Y si el proceso no fue, como nos proponen los economistas clásicos, el paso histórico del trueque a la moneda? Desde la propuesta que planteamos, ¿No resultaría más fácil construir el entramado de la moneda que la abstracción general que reclama la idea de trueque? Quizá fue más fácil apreciar el valor en algunos objetos desde donde luego pasó a la generalidad del mundo que nos rodea. La idea del “Tótem” como objeto saturado de valor, nos proporciona un ejemplo inmejorable: cubierto de tabúes que impiden su consumo solo sirve para el intercambio ritual de divinidades (como esa moneda que va de mano en mano sin ser consumida jamás. Se puede atesorar, pero nunca consumir). Nos excitamos más ante algunos cuerpos, mejor aún, ante algunas partes del cuerpo ajeno. Cubrir el sexo, ¿No es, en el fondo, la forma de protegerlo en su exceso de valor? Como venimos insistiendo, el vestido, al vestimenta, no tiene una función protectora contra las inclemencias del tiempo, si de algo nos protege es del valor excesivo que dimana de las partes erógenas. Desmund Morris, en “El mono desnudo” lo interpreta como la solución ante el cambio de postura que entrañó el caminar sobre las dos piernas y la exhibición directa del sexo que incorporó esta nueva postura. Como también ocultamos la bolsa de dinero para evitar las tentaciones del ladrón. El homínido pronto aprendió la potencia de ese juego. Era natural, lo hacía ya desde etapas biológicas muy anteriores, como lo hacen no sólo el resto de mamíferos sino prácticamente todos los animales de reproducción sexuada, donde el instinto sexual reclama una enconada lucha con el resto de congéneres, tanto en el capítulo de la seducción como con la competencia entre los del mismo sexo.
Levy Strauss descubre ahí el complejo juego de las relaciones intercomunitarias: intercambio de objetos, mujeres y palabras. Aquí la sociedad ya es patriarcal y el intercambio cosifica a las mujeres, pero otras culturas intercambiarían jovencitos, sucede en determinados grupos de monos. O ellas o ellos pasan de un grupo a otro. Solos/as en un grupo ajeno, sin lazos de parentesco ni de amistas, pronto quedaron sometidos al poder del otro sexo. El dominio sexual deriva necesariamente de los modelos de matrimonio. Christa Worlf lo describe magistralmente en “Medea”, la heroína griega, definida como “la extranjera” se ve condenada a la sumisión o a la muerte. Un sexo convertido en moneda.
Ese sexo a cuya vista nos excitamos funciona así como el oro. Visto al microscopio no aporta nada respecto a otros objetos u otras pulgadas de piel ¿Por qué sentimos ese escalofrío, ese deseo, esa excitación, ante la visión de un pene o un clítoris y no ante un dedo meñique o el sobaco? Como decimos, se ha cargado de valor erótico. Una mecánica como la que consolidó la potencia del oro en el mundo de las mercancías. “Como”, o mejor dicho, “derivado de”. No es un mismo modelo de comportamiento, es un mismo y único comportamiento, un mismo gesto. La parte erótica de las cosas. El dinero deriva así directamente del sexo. Es el sexo de las mercancías. Pronto le pasará igual a las palabras, la tercera mercancía de la interpretación estructuralista. Una buena narración erótica incita mejor el deseo que una mujer inexperta (Ovidio dixit)
El psicoanálisis pronto intuyó la vinculación. Pero no es con los excrementos con los que se establece la identidad: ese <dinero igual a excrementos> que propone Freud en la interpretación de los sueños de Lutero. La relación no es metafórica sino directamente metonímica, deriva de la inmediatez de los órganos sexuales con la función escatológica. Esa vinculación entre sexo y excremento a la que tanto debe la función social de la risa, ahora se extiende al valor. El comprador ansioso no es más que un obsceno compulsivo que busca un goce perpetuo, la búsqueda de un orgasmo reescrita en los objetos, ahora bien, no en la “utilidad” de los mismos, ese “valor de uso” de Marx y los economistas clásicos, sino en el precio, el valor de cambio. Los pujadores en las subastas de Sotheby quedan atrapados más en la escalada de los precios que por la calidad del objeto. Lo que encarece la puja es más la excitación de los compradores que el supuesto valor del objeto. Su valor –de eso sabe mucho el arte moderno- deriva de su precio, del precio que llega a alcanzar en el mercado, ni siquiera del artista que lo firma. Puro sexo, como decimos. Se equivoca Machado: el precio es lo que vale, aunque seamos todos necios.
El proceso se asemeja a la reacción de esa jauría de perros macho que caen atrapados por la sola presencia del olor de una hembra en celo. No la ven, directamente se lanzan al cubil donde dejó las huellas su rastro. No es que el olor delate la presencia de una hembra, es mucho más, su “fragancia” es el objeto mismo de su deseo, como le sucede al fetichista, atrapado por un simple objeto contaminado por su deseo: un zapato, unas bragas. El Príncipe Carlos corrido ante “tampax” de su querida nos proporciona más información sobre el valor que una legión de profesores de Oxford.
Pero también aquí es donde gravita el espanto.
Ese alma de los objetos ha terminado por separarnos definitivamente del mundo. Y es aquí donde sexo y lenguaje alcanzan también su identidad. Si ese pene o ese clítoris no son solo un pedazo de carne y pellejos para convertirse en el sublime objeto del deseo, si esa onza de oro no es solo un pedazo de metal dorado, si ese cuadro no es solo un trozo de tela manchado de tierras coloreadas, sino la encarnación del valor monetario el uno y del arte el otro, es porque su pura coseidad se ve duplicada en un alma que lo excede. Como le sucede a ese mismo hombre cuyo cuerpo, una vez caído muerto –como le sucede al pene extinguido su vigor- deviene una fofa masa de carne y huesos. Ya Homero nos describe esa psique (pneuma) que alcanza la independencia del cuerpo con la muerte y que el cristianismo, y su propuesta de vida eterna, hipostasia hasta el infinito. El alma. El Tótem. El nombre. ¿No supone nombrar también una forma de duplicar las cosas? ¡Por qué todas las cosas y todas las personas tienen un nombre?, ¿De donde surgió ese afán de nombrar? En la Biblia, Yaveh-Dios crea nombrando. Cabe la duda si el nombre es, incluso, anterior a la cosa como lo es el alma. Un alma que se insufla en esa masa orgánica que es el cuerpo. Hálito de vida, aliento, soplo divino. Como, y así lo proclamarán los románticos, el mismo arte donde el genio llena de vida el objeto artístico. Como lo es el sexo que también se insufla (puro viento) en el falo ¿No descubrimos también la raíz “phlatus” –viento- en ese pene erecto (phallos)?
Pero podemos ir más lejos. ¿No se originó aquí la preeminencia, hasta el actual monopolio, del lenguaje oral (phlatus vocis) sobre el lenguaje gestual con el que tuvo que nacer unido? Ese viento invisible cuya potencia huracanada debió llenar de espanto, terminó siendo la imagen invisible de todas las cosas. El valor que daba vida a los objetos inertes, ese que hace de ese pedazo de carne y piel el objeto del goce más maravilloso, que convierte a esa moneda en intercambiador universal de las cosas. Sólo el soplo de un dios podía alcanzar semejante misterio. Como es divina también la inspiración (“inspirare”, llenar de aliento) que realza la obra de arte, que da nombre a las cosas, a los hombres.
Sólo de esta manera alcanzamos la simplicidad que reclama la definición de las causas últimas. Un halo erótico recorre el proceso de abstracción que nos distancia del mundo para zambullirnos en el universo simbólico. Solo un aparato plenamente construido, como el que construye el instinto sexual, pudo ser el origen de toda esa gran transformación que llevó al mono primigenio a la perversidad espiritual del hombre. Solo después pudieron aparecer los otros resortes: la utilidad, la razón, la belleza. Pero antes de todo esto fue necesariamente el sexo.
Pero para esto se tuvieron que requerirse cientos de miles de años, quizá millones, de proceso evolutivo. El salto no pudo granjearse desde una mera intuición intelectual apoyada en el débil razonamiento de un primate. Algo muchísimo más fuerte tuvo que impulsar el cambio. Un error en la cadena de pulsiones eróticas, un desvío, una perversión, pero en un órgano plenamente desarrollado, en un instinto consagrado por una eficacia atestiguada por millones de años. Desde los mismos reptiles. Nunca en la incipiente esfera racional del cerebro, nunca en una lógica que aún requería de millones de años para aparecer.
Una abstracción erótica que, con una potencia contaminante, fue contagiando objeto tras objeto, devenidos, así, puros fetiches. Pene, oro, altar, cuadro, cetro alcanzaron el grado de lo sublime. Dinero, arte, dioses, palabras, todo esto fue el resultado, fruto de esa obsesión erótica tan sublime que hizo perder a aquel primate la conciencia misma de su finitud. El mundo institucional, el espacio político, la divinidad, todo esto tuvo que venir más tarde. No lo podemos olvidar, la conciencia mana del inconsciente. Lo primero que se crea es el mundo de las pulsiones, el instinto se llena de miedos y deseos que condicionan nuestro comportamiento. Desde ahí, luego, nacerán los símbolos sobre los que se construye la conciencia. Pero es en ese inconsciente donde nacerán los diques que terminarán por separarnos del mundo animal. Es en el inconsciente donde tuvo que edificarse la “in-conciencia” del valor. Pero con esto sólo habremos comprendido el estallido, el salto, desde la conciencia pre-homínida hasta el actual cerebro humano.
La pregunta de esta antropología apunta sobre esa estructura inconsciente del derecho ¿Cuál fue el sistema pulsionar sobre el que surgieron las estructuras jurídicas? Unas pulsiones necesariamente anteriores a los símbolos. En definitiva, el origen de los arquetipos que soportaron el peso de una conciencia jurídica. Nuestra antropología jurídica deberá ahora comprender como se llegó a todo esto. Es aquí donde aparecerá el Derecho.
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