Hace ya, creo que dos años, tuve la oportunidad de presentar un libro muy peculiar: “La protección de los periodistas en los conflictos armados”. El libro era del general Gonzalo Jar y vengo a recordarlo como homenaje a un militar que ha sabido destacar por muchas cosas, pero sobre todo por sus profundas convicciones democráticas. Gonzalo murió la pasada Navidad, aquí refiero algunas reflexiones que intercambiamos en aquella conferencia. A mí me tocó destacar el importante papel que debe representar el derecho en esa exterioridad al marco jurídico que supone la guerra, él tomó la palabra de su otra vocación, la de periodista. El recuerdo de periodistas muertos en medio de estos conflictos y la absoluta conciencia de la antijuridicidad de estas muertes –los casos de Couso y Anguita, por ejemplo- reclamaban la urgencia de de este diálogo.
La presentación de este libro incorporaba una reflexión que iba más allá de la mera estructuración jurídica de unos sistemas de protección penal. ¿En que se diferencia ese periodista del resto de actores que “conviven” en medio del espacio bélico?. En algún momento se dijo, quizá en un exceso de humildad, que el periodista no era distinto al resto de víctimas cuando fallece. Me voy a permitir discrepar de este punto y a realzar una diferencia radical: el periodista representa al cuerpo general de la sociedad para la que escribe, de ahí la extrañeza que sentimos cuando muere.
Y es que la profesión periodística, y sobre todo la de los corresponsales de guerra, se encuentra hoy en medio de un dilema donde se juegan su auténtica naturaleza y razón de ser. Por un lado está esa nueva técnica que promueven gobiernos y ejércitos en lo que ya se denomina “personal incrustado” en medio de las unidades militares. Periodistas, como otro tipo de auxiliares civiles –ONGs entre ellos- entran en módulos sobreprotegidos y sometidos a su misma disciplina militar. Desde esa posición privilegiada contemplan la guerra en directo, sí, pero desde el ángulo y óptica diseñado desde esa misma autoridad militar. La violencia se percibe en su totalidad, es cierto, pero necesariamente vinculada al esfuerzo de esos soldados que desarrolla la unidad en la que se incrusta. Frente a este modelo aún sobrevive un corresponsal independiente pero al que esas mismas autoridades militares reprochan el riesgo que asume y la imposibilidad de brindarle la protección que requiere para realizar su trabajo. A veces, detrás de este reproche “buenista” se esconde el rechazo a una mirada fuera del control de las autoridades. Uno representa la “guerra en directo” pero con un cierto guión previamente escrito; el otro, es cierto, se pierde la emoción del fuego, pero alcanza mejor el contacto con las gentes.
¿Debe asumir el periodista estos riesgos? ¿La urgencia de presentar los hechos es suficiente para reducir el ángulo que los describe? Dice un dicho que lo importante es contarlo, que sólo con este esfuerzo de acercar la realidad del conflicto ya se contribuye a superarlo. Una cierta “buena conciencia” nos invade y nos lleva a reclamar el mínimo riesgo para poder “disfrutar” de esas imágenes rodadas en el fragor del combate. Pero ¿Podemos asumir todos los costes?, ¿Incluso el coste de una mirada dependiente?
Sin embargo el problema es más complejo. A la vez que el mundo se achica sometido a la presión de los nuevos medios de comunicación físicos y virtuales, y quizá consecuencia de ello, se produce un proceso paradójico de inimaginables consecuencias. La potencia de los medios de comunicación hace que conflictos y catástrofes penetren en el confort de nuestros hogares. Cuando la prensa era solo escrita, el esfuerzo de la lectura imponía la distancia necesaria que nos permitía dejar el conflicto en el lejano territorio de la barbarie. Ahora, en la facilidad de la imagen, víctimas y verdugos terminan compartiendo el espacio de nuestras estancias más íntimas. Proceso paradójico pues, si por una parte nos acerca a los conflictos y a sus inquietantes consecuencias, a la vez trivializa su realidad dando a unos y a otros la consistencia del mero espectáculo. El desarrollo de los medios no ha sido extraño a este proceso, en directa competencia con los efectos especiales a los que nos ha acostumbrado el cine. Las muertes de los otros que contemplamos aparecen como parte del guión, la muerte del periodista, sin embargo, nos introduce de nuevo en la brutalidad de la escena. En medio de nuestra cotidianidad.
El periodista deviene así la víctima por antonomasia del conflicto, y lo hace de una manera abrupta. El disparo que le mata a la vez que destroza su aparato fotográfico o que hace saltar el micrófono que porta, nos alcanza directamente en la imagen y en la conciencia. No es, nos dice, un mero cuadro teatral, es la realidad de lo que se cuece sobre el terreno. Esa es la sensación que todos hemos tenido cuando vemos escenas como la de ese tanque levantando el cañón para apuntar al cámara que filma la escena.
Así, frente a sus propias posiciones ideológicas, e independientemente de ellas, la muerte de un periodista en medio de un conflicto deviene el acto más radical contra las guerras. Como venimos anotando, ya no es bastante con “contarlo”, el testigo de la prensa se ha convertido en demasiado anodino como para levantar las conciencias. El rostro aterrado de las víctimas no es suficiente para provocar el despertar de las sociedades contra la barbarie, la muerte sólo es real cuando alcanza el otro lado de las cámaras, ese lado desde el que miramos nosotros.
Gonzalo Jar nos hacía reflexionar sobre todo esto. In Memoriam.
Popularity: 9% [?]
Si disfrutaste nuestro artículo, siéntete libre de suscribirte a nuestro feed rss








