Lo malo de las normas es el carácter universal al que aspiran. Perdón por esta ironía, pero es lo mínimo que se me ocurre. Todo esto viene a cuento por la actual polémica sobre los derechos de propiedad intelectual y los famosos cánones. Es ridículo pretender que las normas solo se lean en la dirección que nos interesa. Por eso suenan pueriles las quejas de entidades como la SGAE.
Veamos los términos del conflicto, pero quizá antes saquemos algunas de estas reclamaciones de su estructura subjetiva y veamos su eficacia universal.
Cojamos el último episodio noticiable: “La SGAE reclama el canon de uso de la propiedad artística a las peluquerías por la difusión de música en sus locales” Creo que fue así como oí la noticia. La razón se fundamenta en que, siendo un negocio, la música, en cuanto armoniza el local comercial, es un factor generador de ingresos y debe cotizar el cano debido a beneficio del autor. La primera pregunta es la siguiente: Aquí, ¿Cuál es el objeto gravado? Según la SGAE, esa música, al ambientar el local, se constituye en factor generador de ingresos que redundan solo en beneficio del peluquero olvidando al compositor y cantante. Si esto fuera así, el cliente sordo podría reclamar, también en nombre de la SGAE, un descuento al peluquero, ya que, en este caso, este tipo de cliente no disfruta de ese plus de servicios, interesándose sólo en la labor del corte de pelo. En esta línea, no es mala la respuesta del gremio de peluquerías, que propone pedir al cliente que se venga con su propia música, lo que dejaría sin objeto el canon, ya que, si el disco ha sido comprado legalmente, el cliente no hace otra cosa que disfrutar de la propiedad adquirida, aunque lo haga en un local público. También cabría otra respuesta, la música no se pone para disfrute del cliente, sino para distracción del operario que, como el portero de una finca, el guardia jurado, la costurera o el albañil de una obra, dado lo monótono de su trabajo, gusta hacerlo con música de fondo. ¿Cabría el canon en este caso? Entiendo que estamos ante un uso privado. Es más, más de una vez le he pedido a mi peluquero que quite la música o la baje, dado que prefería leer mi periódico. El taxista y su música, ¿Correrán también con el canon?
Un problema de enorme complejidad pero que, sin embargo gravita sobre dos ejes o conceptos, cuya armoniosa combinación será básica para buscar sus soluciones: la obra y la autoría. De la misma manera, el derecho moderno, como la misma vida, tambien ha ido construyendo la distinción entre la construcción intelectual, que habita en la mente y el corazón del artista, y la realización material de la obra que, como los hijos, adquiere pronto su autonomía. Esto resulta de aplicación a todo el actuar humano, sea artístico o no, de ahí la complejidad de instrumentar soluciones que garanticen la perennidad de sus vínculos.
Cuando tanto la concepción como la ejecución estaban unidos en la persona del autor, el problema que hoy afrontamos resultaba desconocido. Los cuadros de Goya que conserva el Museo del Prado resultan una unidad en cada caso. Lo mismo sucedía con la obra manuscrita de los escritores medievales, escrita de su puño y letra. El arquitecto de wl Partenón debió vivir largos años al pie de la cantera, como para disfrutar del Shakespeare actor no había más remedio que desplazarse y llegar a Stratfond on Avon, y adquirir una entrada para el corral de comedias.
Sin embargo, a lo largo de los siglos e impulsado por el deseo de expandir la obra se fue creando una distancia entre autoría y ejecución. De esta manera apareció la copia. De entrada la labor de los monjes en el monasterio, como también en pintura las obras eran copiadas por otros artistas lo que permitía conocer ese cuadro en otras ciudades y países, músicos con buena memoria, tocaban las obras que habían oído. La obra artística alcanzaba, así, un cierto carácter público pero sumamente gratificante para el autor. Pero todo esto, como se aprecia, resultaba muy minoritario. La imprenta, sin embargo, supuso el gran salto. Con ella autor y obra alcanzan definitivamente la distancia.
El primer estadio fue, por lo tanto, la inmediatez. Durante esta época, el artista o era rico o vivía de la cercanía al poder. Lo que, en honor al ministro de Octavio, se denominaba mecenazgo. El ansia de reconocimiento por parte de príncipes y reyes, o de la Iglesia o las mismas ciudades, llevaba a los poderosos a rodearse de estos artistas a los que mantenían como parte de su Corte. El artista era así un cortesano. Este modelo llega hasta mediados del siglo XVIII, y condicionó la temática de la obra artística: Retrato de reyes y duques, colecciones de sonetos dedicados al noble de turno, catedrales con el sepulcro del cardenal donante.
El segundo estadio se impone con el desarrollo industrial y varía de unas artes a otras. En el caso de la obra escrita, la gran transformación la provoca la imprenta y no antes del siglo XVIII. La Enciclopedia de Diderot fue, quizá, el primer éxito editorial. A partir de aquí el autor cambia de vinculación y nace lo que pudiéramos llamar la obra de masas. El romanticismo y toda la producción artística de los siglos XIX y XX se realiza bajo este modelo. La reproducción con el disco de vinilo extendió la eficacia de la imprenta a la música que, con los libros de imágenes consiguieron llevar la creación a cualquier punto del globo. Ahora bien, aunque con este modelo reproductivo autor y creación se separan, sin embargo todavía no se rompe el vínculo que los une. El artista sigue vinculado a su obra, de forma que, a partir de ese momento, va a poder vivir directamente de ella. La obra no sólo lleva su nombre, sino que también se vincula económicamente al mismo. Es el público el que concede el reconocimiento y, según el número de las ventas de sus ejemplares, el que determinará sus ingresos. Ya no hay contacto inmediato con el artista. La relación artista-público deja de ser inmediata para convertirse e contractual. Ya no disfrutas de la voz del artista sino que pasas a poseer una copia de su voz. De una relación de servicios se pasa a un negocio de compra-venta. En definitiva, frente al recitado de poemas, el libro; frente al concierto, el disco; frente a la obra de teatro, el cine. Fuera de la reproducción de la industria no cabe más que la copia a mano, y esto carece de importancia.
Sin embargo el proceso de reproducción no se detiene, el progreso industrial incorpora nuevas técnicas. La fotocopia, la cinta magnetofónica, etc. Un proceso que facilita mecánicas de reproducción fuera del sistema de contratación que controla el número de ejemplares que remuneran al artista. Sin embargo, este modelo todavía no rompía el contrato entre el público y el creador, las copias de cintas, o el fotocopiado a duras penas suponían más que el fraude del que se colaba en el cine.
El problema surge cuando estos métodos alcanzan la alta tecnología y el soporte se vuelve virtual. Del vinilo, del papel, de la película, se pasa al e-soporte. A partir de aquí la reproducción se puede multiplicar hasta el infinito. Y es aquí donde se instala el conflicto. Cuando comprabas un vinilo (o un libro encuadernado) adquirías el servicio –la música o el poema- con la propiedad del soporte. Las enormes dificultades de copiar a su vez ese vinilo fundían en uno el contrato entre el artista y su público: cada disco suponía un cliente-oyente. Si lo compartía con un amigo esto no alteraba las cifras, se asumía ese uso compartido. Era parte del contrato que asumía el público, expresión de su admiración por el artista.
La diferencia hoy no es sólo cuestión de números, sino también de sistemas. La producción de vinilos o libros en papel requería de una industria muy compleja y esto dificultaba hasta el extremo la posibilidad de la copia privada. Pero esto ha cambiado. Los primeros síntomas los dieron la cinta magnetofónica y la fotocopia. Con el magnetófono podíamos copiar, ya sea con micrófono o en grabación directa, otra cinta. Pero todavía esto se desarrollaba en el marco de lo privado, no podía haber delito. Es algo que haces en tu casa, con una cinta que ya habías comprado. ¿Es, acaso, ilegal copiar un texto a mano?, ¿Sería también ilegal memorizarla?, ¿Me impide algo prestarla a un amigo?, ¿Y si este amigo, a su vez, la copia? Ninguna de estas prácticas podría ser condenada sin caer en el ridículo. El problema surge cuando la potencia de la copia industrial se instala en cada casa. Sin embargo, ya con estos inicios, la “semilla del mal” estaba echada.
De esta manera, la obra solamente fue de forma absoluta de su autor mientras mantuvo su identidad inmediata en la creación. Cuando escuchar un poema requería oírlo de la propia voz del poeta. Una vez que lo convirtió en un libro, la obra alcanzó las bases de su autonomía. Como una silla, también es obra del carpintero, pero al comprarla adquiero el derecho a sentarme en ella las veces que quiera, y en las posturas que quiera. Como si utilizo el libro para calzar una mesa, podrá ofender al escritor, pero no da por nulo el contrato por el que adquirí el ejemplar ¿Supondrá, el encontrarle un uso distinto, la generación de nuevos derechos de autor? Verdaderamente suena a ridículo. Sin embargo, ahora, al universalizarse la reproducción, la autonomía resulta ya absoluta.
A partir de aquí la lucha por recuperar el control de la obra es una guerra perdida. Bastará un nuevo paso de la tecnología y los muros legales más altos caerán como por encanto. Hoy internet todavía requiere el soporte físico de los grandes servidores, pero con ellos pasará como con los grandes ordenadores, en diez años se volverán microscópicos y lo que hoy hacen las grandes compañías, lo podremos hacer desde la consola de nuestro despacho. Millones de micro-servidores harán imposible todo control. Como en la peluquería, cada uno llevará su propia música.
¿Supondrá esto el holocausto de la creación? No lo creo. Solo, nuevamente, cambiaremos el modelo de gestión en las relaciones entre la obra y el artista. Ya hemos dicho que, a duras penas hace dos siglos, el sistema se basaba en la figura del mecenas. Entiendo que puede venir un modelo parecido. Me explico. La venta de la obra a través de su soporte separado no es más que una de las formas del negocio. Los músicos tienen también los conciertos en directo. Lo mismo sucede con el teatro, el actor de teatro tiene poco miedo a la reproducción de la obra, le parecerá más bien anecdótico. Como lo mismo sucede para el escritor. Los ciclos de conferencias, los cursos de verano, las entrevistas, etc. que conceden los artistas son cada vez más una de sus más estables fuentes de ingresos. No hay que acudir a la publicidad, como amenazan algunos, el modelo simplemente impone otras formas de resolución económica. Las televisiones, fundaciones, universidades, periódicos, etc. devienen los nuevos mecenas de la cultura, sea de alto nivel o popular. En el ámbito universitario los autores prácticamente no reciben derechos, tanto las revistas científicas como las universitarias recogen los artículos sin remuneración alguna. El investigador y docente los entrega solamente por el prestigio. La publicación contribuye a su currículo y le hace ser, si no conocido, sí reconocido y dotado de prestigio. Esto le abrirá otras puertas: cátedras, dirección de fundaciones, asiento en los consejos de editoriales, etc. Será llamado a dar conferencias fuertemente remuneradas o a entrevistas en la televisión con un alto caché.
Algunos dirán que este modelo arrebata al público la competencia para coronar al artista. Ya no será la democracia del mercado lo que lo ensalce, será el capricho del nuevo príncipe el que lo consagre como elegido. Pero a esto caben tres respuestas sobre las que no sería malo reflexionar. Primero, así fue durante siglos, Velázquez no alcanzó la fama de la mano del mercado y su elección no parece desafortunada. Segundo, respecto al mercado, su carácter caprichoso es de sobra conocido, y su racionalidad más que dudosa. Por último, tampoco había anteriormente un sistema tan puro de mercado. En la época de Flaubert, Dickens, Hugo o Dostoiewski, el número de editoriales estaba muy cercano al de escritores, digamos una a diez. Hoy no hay más de una cada diez mil posibles escritores. Y digo posibles porque hasta el poetastro de la esquina conseguía publicar sus sencillos versos, hoy, fuera de internet, las posibilidades de encontrar editor son casi imposibles. Por eso la gente se desplaza a esas ediciones informáticas, por eso, los blog sustituyen poco a poco el resto de literatura. Leía una carta en la que alguien confesaba haber desertado de los libros y sólo acudir a la literatura de origen informático. Un verdadero nuevo género.
Personalmente reconozco la labor del editor y la sigo considerando imprescindible. Antes de comprar o pedir un libro en la biblioteca, ya sé mucho de él simplemente al reconocer la editorial y la colección en la que se inscribe. Lo que te puedes encontrar en un libro que se llame, por ejemplo, “Historia de los mundos” puede ser muy distinto si se edita en una editorial u otra. Puede ser una novela, un tratado de astronomía, o de historia de las ciencias o, perfectamente, un libro de patrañas pseudocientíficas. De nada me sirve leer el nombre del autor, un tal doctor X., ni encontrar su currículo, lleno de reconocimientos internacionales, me dice la solapa del libro. Pero si sabré, si lo veo en alguna de las editoriales con las que trabajo, y aunque no conozca al autor, que el libro puede ser interesante. Esto entraña una labor de selección, de análisis, de corrección, que constituye la labor editorial. Pero nada de lo que hemos dicho debe suponer un peligro para esto. Esta labor de edición que decimos, también puede hacerse desde otras instancias. Universidades, fundaciones, editoriales clásicas también, quizá desde posiciones más modestas, seguirán llamados a una labor tan importante. Así se hizo también durante siglos.
Es cierto que esto supuso acallar la voz de muchos autores, marginados por su heterodoxia o contrarios a las ideas del Príncipe. También hoy las Fundaciones y Universidades pueden marginar a otros autores y no sólo por sus carencias científicas o literarias, basta que incomoden a las empresas donantes que financian sus fondos para entrar en el “indice”. Pero es que la democracia de mercado tampoco resulta muy rebelde. A mitad del siglo XIX, en cualquier librería de París había más diversidad de obras que las que hoy encontramos en la FNAC, taponada la entrada por una auténtica montaña de libros, pero todos del mismo título, el “best seller” de turno. Cuatro libros han acaparado los escaparates este invierno.
Pero a pesar de todo, la obra artística y la científica que busque revolucionar la sociedad y la vida, sabrá siempre encontrar su camino.
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