Un fantasma recorre Europa: el multiculturalismo. Las sociedades europeas descubren, perplejas, la complejidad del “otro”. En medio del diálogo que viene a construir la Europa unida aparecen nuevas tensiones que, de pronto, se sienten disgregadoras. Reducido a puro folklore las diferencias entre los países europeos, encontramos la diferencia asentada en nuestros propios barrios.
Los conceptos se mezclan sin que los viejos parámetros nos sirvan para medirlos. Las antiguas oposiciones que orientaron la explicación de nuestro mundo durante más de un siglo, se vuelven confusas y contradictorias. La escala de valores “Izquierda-derecha” deja de ser un instrumento válido para analizar las nuevas realidades, en especial el fenómeno de las migraciones. Pero lo mismo sucede con los conceptos “feminismo-machismo”, “democracia-dictadura”, “orden-terrorismo”, “libertad-opresión” que pierden rápidamente su capacidad explicativa.
En el debate acerca del “velo” islámico, que se reintroduce sospechosamente cada “equis” tiempo, resulta difícil reconocer el origen doctrinal de las posiciones en disputa, pese a la violencia que alcanza en algunos momentos. En nombre de los derechos de la mujer, la libertad en el vestir, el respeto al otro, la defensa del más débil, se pasa a imponer, con igual consistencia, la exigencia de arrancar ese cuadrilátero de tela en la cabeza de las niñas como otros despliegan respecto al derecho a llevarlo. Pronto la crisis se desplazará a nuevos campos. Una elemental mirada antropológica nos bastará para comprender la potencialidad del conflicto.
Pero, ¿hay realmente conflicto?. El problema, sin embargo, ésta es quizá su virtud pero también su mayor riesgo, radica más que en “ellos” en nosotros mismos. La contradicción se deposita en nuestro propio derecho, reflejo de eso mismo que somos o que aspiramos ser como sociedades abiertas y democráticas.
La oposición entre individuo y grupo se ha vuelto la frontera conceptual de nuestro proyecto democrático y con ello, del derecho occidental que viene a regularlo. La Persona Humana deviene así el centro del Universo, asentando sus derechos –ya como derechos inherentes- como base, incluso, de la integridad de todo el sistema. El grupo, la cultura, el Estado, la nación, la etnia aparecen como resultado, producto derivado de esa potencia irreductible del individuo, único sujeto básico del derecho.
Esta proclamación, no carente de belleza, da consistencia a todas nuestras constituciones como constituciones democráticas. Será sobre esa simplicidad apolínea sobre la que hemos venido a construir todo el derecho que reconocemos como propio. Pero, ¿Ha resultado esto posible?. Una sombra dionisiaca se resiste a creerlo. El individuo no es sujeto de derecho sino en su condición de persona. Magistralmente nos lo recuerdan autores como Defoe en su Robinson, en ese antes y después de descubrir a Viernes, o en el Segismundo de Calderón o en el Prospero de Sakhespeare en su discurso final ante “Caliban”. En todos ellos contrafigura del hombre pleno (y blanco) frente al “otro”, definido a la postre por su raza, y esa relación requiere todo el mundo de símbolos en los que nos movemos. La vida -y con ello el Derecho- está recorrida por cientos de señas de identidad, todas ellas parte de esa concienia desde las que se construye la individualidad de cada uno. Ese “yo y mis circunstancias”, es decir, mi lengua, mis saberes humanísticos y técnicos, mis valores y con ellos, o como sostén de todos ellos, mi religión, mi patria, mi cultura, mi familia, mi etnia.
¿Es posible respetar mis derechos como individuo y marginar mi lengua materna, esa en la que encuentro una comunicación verdadera?. ¿Qué sería yo sin poder comunicarme?. Esto no es un mero problema filosófico. De nada me vale mi formación como abogado, o arquitecto, o médico, en medio de una cultura que no me entiende. Aquí soy un alto profesional, me siento respetado y querido, trasladado a China como emigrante, por ejemplo, a duras penas serviría para el servicio doméstico. Problema lingüístico que podemos conocer, incluso, en realidades más cercanas dentro del mapa de nuestras lenguas nacionales. ¿Cuál es el índice de fracaso escolar en chavales arrancados de sus propias lenguas en inmersos en aulas donde se habla de otro modo?. Pues de la misma manera trabajan los otros códigos simbólicos que articulan el lenguaje de mi existencia.
Pero también hay otra perspectiva, también es cierto que el emigrante busca el cambio. Emigrante estudiantil en Francia hace ya largos años, me recuerdo ansioso de parecer en todo francés, lo que, es cierto, a duras penas conseguía. Mi acento, mis maneras, la forma de saludar, todo ello me delataba, como lo hacían mis recuerdos personales y culturales. Mis referentes culturales me remitían siempre a Cervantes, Clarín, de Rojas, Góngora o Quevedo, frente a los Rabelais, Voltaire, Molière o Cèline que usaban los otros. Pero si renunciaba a mis “autores” quedaba reducido a la ignorancia, condenado a proyectar una imagen de iletrado ferozmente contraria a mi identidad como persona. Extremando el cambio, en medio de una cultura árabe u oriental, mi ignorancia rayaría el escándalo.
Tensión entre lo individual y lo colectivo –es decir, el mundo de mis relaciones- donde se asienta esa personificación del grupo: nación, cultura, religión, patria… que hace que, a veces, resulte preferible para algunos la renuncia a la individualidad, incluso la vida, en pro de lo social donde se siente alguien. Es el héroe nacional o el mártir religioso que sacrifica su cuerpo para salvar su alma, es decir, su yo social que le hace definitivamente humano.
Y estas tensiones terminan confundiéndose en sus extremos. ¿No supone el Romanticismo nacionalista esa flecha al infinito donde individuo y nación terminan confluyendo?. Será la radicalidad de esta proclama individualista sobre la que terminará asentándose la orgía de los derechos inalienables del grupo, como en la metáfora de Shiller, la fuerza que tensa el arco del héroe le lleva de su radicalidad individual a su negación más absoluta en pro de su pueblo.
Y todo esto ha ido confluyendo en nuestro modelo jurídico, donde la prioridad de los derechos de la persona han terminado por arrinconar el jacobinismo del Estado. Esa sombra dionisiaca que comentábamos termina haciendo de la Razón partera de monstruos, y del sueño del individualismo vivero de las nacionalismos más violentos. Me basta un ejemplo: la equivoca figura legal del genocidio deambula por esta indeterminación jurídica. En negación de la supremacía de la persona viene a sacralizar con mayor radicalidad –con mayor pena- la esencia del grupo y el atentado contra el “pueblo” se entiende como más terrible que el asesinato de uno de sus miembros. De nuevo el sujeto genérico termina devorando al sujeto humano.
Así, de forma subrepticia, van apareciendo nuevos conceptos, conceptos todavía indeterminados cuyo sentido será necesario construir a base de un profundo desarrollo doctrinal: Integración, tolerancia, pertenencia, solidaridad, …, conceptos que, en la necesidad de configurar el nuevo aparato normativo, se van depositando en la trama de nuestras normas: en la Constitución, en las leyes, en los reglamentos, en los Planes gubernamentales, en las proposiciones parlamentarias, en el quehacer continuo de los Poderes Públicos, pero sobre los que todavía sabemos muy poco envueltos, como están, en un marco excesivamente filosófico y sociológico.
Viejos y nuevos conceptos asociados a nuevas propuestas éticas. Nuestro derecho va, de esta manera, configurando sus contenidos a la vez que reconstruye la estructura de nuestras sociedades. En esto lleva razón Satori cuando reclama una nueva koinonia ante la quiebra del estado-nación sobre el que se asienta nuestra manera de entender el derecho.
Individuo y grupo se van, así, solapando, pisándose uno a otro en la prioridad en su proclamación etiológica y jurídica, deducido su discurso directamente de la voluntad de defensa de la persona, en el sueño inalcanzable de un derecho a la felicidad constitucionalizado en el mismo origen de la Democracia moderna. Sólo nos cabe una respuesta: la tolerancia, esa virtud cuasi aristotélica (Phrónesis) que tantos improperios recibe últimamente. Pues fuera de la prudencia que propone, residen realmente pocas soluciones.
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Abril 16th, 2010 a las 7:06 pm
hola!la tolerancia es pilar importante en el devenir de los dias para evitar conflictos políticos-sociales-culturales etc
Abril 16th, 2010 a las 7:16 pm
…por lo que está muy bien recomendarla, escribir sobre élla” y sobre todo practicarla.(tu comentario, lo expone magníficamente )éste blog me gusta y si me permites lo visitaré a menudo.gracias saludos