Decía el poeta Eliot que la vida es ese combinado de memoria y deseo. Dos líneas que incorporan al hombre a las coordenadas de las cuatro dimensiones espacio-tiempo, haciéndole recorrer, con una direccionalidad inquebrantable, el marco de la existencia. “Línea del Universo” lo denominó el matemático (grupo) Bukovski donde la variable tiempo incorpora una dinámica imparable. Sin embargo las dos líneas no son simétricas ni siquiera homogéneas. La primera (el pasado) es única, inmodificable, rigurosa, en cambio la otra se abre en un abanico incierto de posibilidades.
Pero el pasado no coincide con la memoria. Aquí aparece la gran quiebra, lo que hace de esta variable también, un inmenso carrefour repleto de caminos diferentes.
Y es que la memoria, en la subjetividad del recuerdo querido, entra a formar parte sustancial de la vida. Somos, como nos dijo el poeta, no pasado, sino memoria de los que fuimos. Pero ¿Qué fuimos?. Aquí la memoria deviene ya colectiva, fruto de un recordar plural en el que la sociedad –la comunidad de los que somos- articula sus recuerdos. Los griegos lo llamaron “kleos” –la fama-, sobre ella se articulaba el comportamiento de los hombres y sus héroes. Tetis lo ofrece a Aquiles dos opciones: vivir largos años rodeado de amor y de hijos o morir joven junto a las murallas de Ilión y lleno de gloria para ser recordado durante siglos. En verdad la profecía se ha cumplido con creces y esos siglos se han convertido en milenios. Ulises, en cambio, teme morir en el mar, “más me hubiera valido morir en medio del combate para ser recordado”. Ni siquiera la muerte es neutra si no hay posibilidad de recuerdo. Las Musas y las Sirenas representan, así, el doble y contrapuesto destino, las unas al incorporar la memoria a la Historia (Clio) hacen del guerrero un héroe, en las otras, el canto condena al más puro olvido.
El olvido se incorpora, así, de una forma obsesiva al poema homérico. Flores de loto, que hacen olvidar, el pharmakon de la hechicera Circe, las dulces caricias de Calipso, y frente a ellas la lucha continua por el retorno (nostos) que haga del recuerdo de su viaje la base de su fama imperecedera. El retorno como metáfora del recuerdo: retornar a los momentos queridos.
Pero los poemas devienen historia y donde antes hablaban los héroes pronto pasan a hablar los pueblos. Ahora bien, ¿Tienen también los pueblos una memoria propia?. La respuesta deambula entre el sí y el no. No por nada la nación se funda en el olvido. Ernest Renan pone así el dedo en la llaga. Historia, olvido, memoria e invención terminan siendo una misma cosa, pero, a pesar de todo, algo nos lleva a reclamar ese recuerdo como base de lo que somos.
Algo nos lleva a identificar nuestra esencia, ese lo que somos, con el relato de tiempos pasados. El alemán se alegra al recordar a Goethe, Federico II o a la fortaleza de esos germánicos que describe Tácito y a los que señala como sus ancestros. Como el francés recordando las glorias de Napoleón o el verbo culto de “les Lumières”. Sin embargo, ¿Tiene algo que ver con cualquiera de ellos, con esos nombres que rememora? Al tratar de la nación apuntábamos la duda y la necesaria carga de futuro sobre la que construir el concepto, sin embargo, como decimos, el pasado es también parte de nosotros.
El tema de la memoria despierta, así, sentimientos contradictorios. Memoria de uno mismo y su familia, de su pueblo –su terruño- como lugar concreto donde se amontonan los lugares queridos. Pequeñas cosas que alegran el alma o la llenan de nostalgia. Será justamente ahí donde se incardine fundamentalmente ese concepto. Memoria de lo inmediato, donde la historia de cada uno termina siendo su único patrimonio arrastrado a lo largo de la vida. Una poética del espacio que, cargada de añoranza, se incardina necesariamente en el pasado. El espacio poetizado deviene tiempo de recuerdo: línea del universo.
El problema, sin embargo, subsiste. ¿De qué nos acordamos?. Ese almacén donde se depositan los recuerdos, los “amplios palacios” de la memoria que nos refiere San Agustín en sus “Confesiones”, pese a su completitud, terminan siendo selectivos y más que la memoria del contable que redacta un inventario, es memoria de poeta, siempre dispuesto a embellecer –a trastocar- el rincón más oscuro de la misma. No todo se almacena, ni somos capaces de actualizar todo cuando recordamos ese pasado. Borges ironiza hasta el absurdo en su espléndido cuento “Funes el memorioso”: si nos acordáramos de todo, de absolutamente todo, el tiempo de la memoria desbordaría la propia vida del sujeto. Pero aún así los recuerdos nos son absolutamente necesarios y la buena memoria es parte de la vida de los pueblos. Sin memoria (real o inventada, en el fondo es lo mismo) no somos nadie, “hijos del aire”, sin solidez ni raíces. Calderón intuye incluso un peligro adicional: el que no tiene pasado puede ser un hambriento desolador del futuro, así le ocurre a la bella Semiramis, “Hija del Aire” aunque reina de Babilonia.
Nación, pueblo, costumbres, la misma estructura de la lengua y su depósito semántico radican necesariamente en la memoria. Esos grandes palacios anclados en el tiempo y que hacen de la variable cronológica un marco aún más tiránico que el espacio geográfico. Agustín intuye ahí toda una nueva filosofía que hace de la historia el centro de todo lo humano. Agustinismo político. Frente al “Eterno retorno” de los viejos mitos mediterráneos, Occidente se abre con una teología sotereológica, auténtica Historia Salutis.
Pero el salto se produce pronto: ¿Memoria individual o colectiva?, ¿Suma de la memoria de cada uno o conciencia colectiva del pueblo? Paul Ricoeur nos coloca sobre los términos de esta dialéctica. Se pregunta: ¿A quién es legítimo atribuir el pathos correspondiente a la recepción del recuerdo y la praxis en lo que precisamente consiste la búsqueda del recuerdo?. Pathos y praxis, la emoción y el esfuerzo de la remembranza, pero también el necesario olvido como pronto veremos. Aquí se coloca el quid de la cuestión en su vertiente jurídico política, la exigencia de rescatar unos recuerdos y sepultar otros en una economía del relato que permita narrar con coherencia discursiva unos hechos que vayan del pasado al presente, imagen especular del mismo transcurrir (transire) del tiempo que de un futuro opaco pasa, por el instante del presente, a los fondos oscuros del pasado. Nace, así, la Historia como conciencia, hasta terminar su ciclo en la Fenomenología del Hegel.
De entrada un pathos individual donde recuerdo y olvido se articulan en maraña abrumadora en esos millones de “líneas del universo” que articulan la vida de cada uno dentro de un espacio cartesiano al que se añadiría, ya hemos dicho, la cuarta dimensión del tiempo. Frente a este tejido espeso la dimensión social ordena estos relatos radicalmente individuales en una cadena discursiva ya de carácter colectivo. Ordenación de hechos del pasado que abandona y censura necesariamente los acontecimientos que quedan fuera del relato. Herejes, traidores, gentes sin historia desaparecen de la memoria como hilos sueltos arrancados por el peine de un telar gigantesco al quedar fuera de la línea principal que cuenta lo acontecido. La propia semántica lo denuncia ”hereje” de “hairetikus”, es decir, el que elige ir por su cuenta, fuera de la línea marcada por la historia, el que queda, en definitiva, fuera de la Historia misma.
Ahí se quedan todos los otros, interés, a lo sumo, de la arqueología, dominio de un saber sobre la muerte. ¿Qué fue de los galos después de Cesar?, ¿De los griegos en tiempos de Roma, de Roma en tiempos de los bárbaros, de los incas tras la conquista?. Los libros de texto diseñan una línea absoluta que no deja espacio muerto: Asirios, egipcios, persas, griegos, romanos, bárbaros, y luego la historia particular de cada nación en nuevo olvido del resto. El interés del recuerdo se desplaza, en línea quebrada, según los focos de esa Historia, definidos esos hitos según la cualidad de los vencedores. Historia de los vencedores, que arrastra al olvido a los vencidos.
Y frente a la historia narrativa, el archivo. Frente al valor de la narración de los datos, el contravalor de su depósito, que hace del archivero un proto-revolucionario, representación de la disponibilidad simultánea de todos los otros aconteceres, historias particulares, como esas que rescatan en un futuro lejano esos extraños científicos que describe Buero en “El tragaluz”, puro caso de archivo, historia sin importancia, de un “don nadie”, pero tan vivida como la del mayor príncipe de la tierra. El “archivo” en definitiva, se revela contra la gran Historia.
Se hace así necesaria una nueva teoría de la Historia. Término complejo cuya etimología nos delata ya su sentido profundo: Historia, de histor, derivado de eidos, eidea, serie que en latín no es otra que gnosco, gnarus, narus, narratio, es decir, el que conoce y por ello narra; serie de palabras donde el narrador-conocedor va desgranando sus recuerdos. No es erróneo designar a Herodoto como padre del invento en sus narraciones repletas de cuentos verdaderos y falsos. Pero incluso en los cuentos verdaderos la mecánica del recuerdo –o de la poesía, o de la voluntad, o de la estrategia narradora en el discurso forense o político- puede incorporar medias verdades, o directamente verdades falsas que distorsionan el sentido. No podemos olvidar que la vida, la complejidad de las mil líneas que se entrecruzan en cada acto, devienen necesariamente una sola línea por exigencia radical de la narración. La razón narradora impone un discurso unitario.
No es extraño que hoy acontezca la enésima crisis de la Historia. Fin de la Historia declaró pomposamente Fukuyama intuyendo una nueva realidad que no supo captar del todo. Frente a los grandes relatos, frente a esa enunciación de un discurso lineal que subjetiva la vida de los pueblos, hoy aparece una línea fragmentada, repleta de pequeños relatos, deshilachados hasta la individualidad de cada uno. Proceso paralelo a la misma crisis de la novela, disuelta en medio de la infinidad de los cortos relatos. Triunfo, en definitiva, del archivo y del cuento, del fragmento sobre la obra acabada. De las Sirenas sobre Clio.
El sueño noble de la profesión historiográfica, tal y como lo concibe von Ranke o Meinecke, empresa sobre la objetividad de unos hechos y que pretendió mantener el pasado alejado del presente y sus intereses, objetivado, convertido en objeto de estudio, externo a la vida y sentimiento del historiador, cae definitivamente. Con Ankermit podemos decir que ya no existen textos, ni pasado, sino mera interpretación de textos. Rotas las líneas de investigación en esas mil líneas en las que se proyecta hoy el esfuerzo historiográfico, lejos de esa historia teórica que quiso evitar la pulverización del pasado, aparece una superespecialización de las ciencias históricas que termina cegando esa misma observación del pasado. La Modernidad convirtió a la Historia en ciencia, pero la ciencia requiere una continua falsación que hace que solo los hechos discutibles sean realmente verdaderos. Por eso hoy solo es verdadera Historia, es decir, ciencia histórica, el “revisionismo” de esa misma Historia.
Y es que toda historiografía termina siendo pura ironía, sustitución académica del pasado: interpretación de datos. Derrida nos aclara: “las pruebas y datos no son la lupa a través de la cual vemos el pasado, sino que se parecen más a las pinceladas del pintor para conseguir un determinado efecto”. Un pasado reconstruido, tal y como hace el arte con todo objeto: frente a la reproducción, la sustitución del mismo.
Por eso, nuevamente, el estilo no debe ser anatema, como pretendió la ciencia en el sueño de una razón objetiva, por el contrario, la manera, la forma de comprender ese pasado, la misma necesidad de decir, termina siendo la pieza clave para comprender lo acontecido, de ahí el carácter esteticista de la historia postmoderna, alejada de toda pretensión de realidad absoluta, porque, ¿Existe realmente lo que realmente ocurrió?. Una estética que ya emprendió la Escuela de los Annales al reinventar continuamente nuevos objetos de estudio, o el propio Duby (“le style c´est l´homme”) y que deduce lo más importante en lo que no se dice, lo obvio –lo que siempre se olvida por estar dado- pues es ahí donde radica la auténtica esencia. La Historia Moderna buscó desesperadamente la esencia de cada época, cuando esa esencia, nos dice la historiografía postmoderna, radica en lo que jamás fue contado. Un verdadero renacer de la parte más oscura de Tolstoi y sus dudas sobre una ciencia a la que quiso dar un contenido que la desbordaba.
Sociedad en red que hace de la historia un hilo deducible de mil entradas diferentes. Pura informática que pone a disposición del historiador mil acontecimientos simultáneos. Estructura en red, decimos, y que permite utilizar distintas vías para alcanzar el mismo objetivo…. y viceversa, una misma vía por la que llegar a sitios completamente diferentes. Fin de la historia es cierto, pero no del discurso de la vida, sino solo de su ciencia, de la ciencia histórica y de su ideología historicista que soñó un sujeto colectivo, vieja racionalidad eurocéntrica que creía posible deducir la Historia del mundo como el progreso de Occidente. El nuevo relato, por el contrario, entraña dispersión, conciencia ahistórica que relata, a la manera de Popper, la potencia de cada uno, del mero individuo.
Salimos así de la Caverna, ese agujero donde Platón encerró al hombre y lo condenó a ver, en meras siluetas, los acontecimientos del mundo. Liberados, la línea de esas sombras se vuelve espesa, profunda, repleta de nuevas dimensiones, desbordando toda posibilidad de relato. Lo simultáneo como negación de la Historia.
Así hoy se vuelve posible una memoria de los otros. Memoria de los derrotados, víctimas, desalojados desde Herodoto de las coordenadas del relato, y que reclaman hoy su derecho a ser reconocidos. Memorial frente al olvido, “in memoriam” frente a la muerte. Revisionismo histórico, sí, pero en todas las direcciones negando la posibilidad de toda historia global. Historias de cada uno, con sus sueños, sus pesadillas, sus deseos, sus realidades. Rescate de los mil hilos deshilachados que el peine arrebata al telar para reconstruir con ellos sus propias historias. Modelo antiheroico que pone en solfa los grandes acontecimientos. Un “Hundimiento” (Joachim Fest.) de Hitler repleto de inocentes que toman el té mientras hablan de perros y literatura. Terrorismo de Estado, ruina de derechos humanos en medio de amables democracias, corrupción y chapuza junto al prestigio de universidades, todo sazonado con pequeñas intrigas familiares y pecados escondidos que corroen los grandes principios. De nuevo, como decimos, Tolstoi en estado puro.
No es casual que este revisionismo reclame también la revisión de los hechos jurídicos. Muertes olvidadas que exigen el levantamiento de sus viejos cadáveres, enriquecimientos encubiertos por la historia que se enfrentan a los viejos propietarios, crímenes atroces que despiertan de su letargo. La Edad Postmoderna se niega así a la prescripción de las acciones y derechos, cómodo olvido sin perdón que deja a la historia como benévolo tribunal que siempre absolvió a los triunfadores. A los verdugos triunfadores. Frente a eso reaparecen derechohabientes, viejas víctimas calladas durante años, también debieran despertar las que aguantaron incluso siglos, familiares deseosos de conocer los huesos de sus deudos, una historia que rehabilitar donde poder mirarse sin oprobio.
Comisiones de la Verdad. Declaraciones de imprescriptibilidad para los crímenes amparados por la Historia. ¿Quiénes?, la lista de agraviados –de víctimas- es enorme: millones Negros en un Occidente que se construyó sobre la sangre de sus antepasados –y su propio destino desheredado-. Gitanos marginados durante siglos. Judíos encerrados en el guetto. Eslavos masacrados. Pero también las otras mil tragedias Dresde, Berlín, Hiroshima. Y más aún, el genocidio sufrido en las fábricas, las minas, en el campo y que asoló a millones de personas. Sin olvidar que gran parte de la riqueza que contemplamos (Londres, París, Moscú, Nueva Cork, Berlín…) no es más que la sangre petrificada –monetarizada- de estos millones de desgraciados. Un grito que parece decir, previo a todo perdón: “Víctimas del mundo, ¡Uníos!”.
Y sin embargo, también hay un derecho al olvido. Aunque difícil, el perdón también es posible y necesario.
Popularity: 6% [?]
Si disfrutaste nuestro artículo, siéntete libre de suscribirte a nuestro feed rss








