¿Tienen que ver las migraciones con el progreso?. Es cierto que las gentes viajan y emigran a la búsqueda de nuevos conocimientos o para mejorar su vida, todo ello formas de progreso al menos desde el punto de vista individual. Pero ¿Y las sociedades?, ¿Podemos hablar del factor migración como instrumento motor del progreso humano?. La repuesta que seamos capaces de dar a este interrogante deberá ser factor de consideración en la vida y la política de los estados.
Esta reflexión me interesa incardinarla en la actual patología europea. La presencia de esos otros –la nación difusa- entre nosotros y a la que se atribuye parte de la responsabilidad de una crisis que amenaza con devolvernos a la caverna, (a esa cueva de cada uno) ¿Se articula como instrumento de progreso o como riesgo de involución como algunos han denunciado?. De nuevo la idea de progreso se ha convertido en eje central en el debate europeo.
La Historia, es cierto, proporciona ejemplos en uno y otro sentido. Las migraciones de los pueblos del Norte supusieron la caída y derrumbe del Imperio Romano, como Pérgamo y su mundo helenístico vivieron con el temor a la siempre anunciada invasión de los Galos. Pero, por el contrario, la movilidad de los primeros homínidos, como la misma puerta abierta que supuso la isla de Ellis han constituido la base del desarrollo del hombre actual o de la potencia de la nación americana en su caso. En su magnífica novela “Esperando a los bárbaros”, Dino Buzatti refleja toda la tensión del encuentro, justamente antes, incluso, que ese mismo encuentro se produjera. Miedo y deseo, anhelo de cambio y angustia ante lo nuevo, he ahí las espoletas continuas del devenir de la historia, presentes, ¿Quién lo duda?, en los votos reaccionarios que sacuden Europa. Hemos mencionado a Buzatti, también debemos recordar a Cavafis. La angustia puede estar justamente en que no vengan los bárbaros.
Con ello avanzamos que las crisis migratorias reflejan un mundo complejo en una realidad continuamente en cambio. La nación y el viejo mito de sus raíces, choca frontalmente con esa otra idea que lleva a los hombres, como esas aves de tránsito que evoca el poema goliardesco, a recrear en el camino la idea misma del hogar perdido. Como en ese otro “Paraíso Perdido” que escribiera Milton y donde, nuevamente, se cruzan las mil preocupaciones migratorias de los comienzos de la Modernidad. El desarraigo, traición radical a esas raíces míticas de la idea de nación, el deseo de lo nuevo, como idea, pero también como “carne”, como demostraron los complejos árboles genealógico-raciales que se construyeron en tierra americana, todo ello debe, necesariamente, devenir centro de una reflexión moderna sobre el Progreso.
Y es que también en lo negativo se descubren esos factores que empujan al mundo en pos de lo nuevo. Ya Turgot argumentaba –quizá un proto-modelo de darwinismo social y político- que sin locura e injusticia no habría habido progreso alguno. ¿No encuentra, en definitiva, el optimismo de Voltaire su fuerza en esa terrible descripción de la Historia como “ramillete de crímenes, sinrazón y desdichas”?. La locomotora del Progreso –metáfora recurrente- ha tenido que aplastar infinitud de sueños de paz y de sosiego y no pocas veces las propias cabezas de sus soñadores.
Vicios privados –ese egoísmo de cada uno y que despierta con especial potencia en los momentos de crisis de la vida- generan virtudes públicas, proclama Mandeville, proponiendo esa extraña fábula cuyo amargo sabor no ha dejado de impresionar a sus lectores durante siglos. La Historia, con esa mayúscula que reclama su definición aplicada a la vida de los estados y las civilizaciones, necesariamente se ha construido sobre el dolor, la miseria y el olvido, y debajo de todo esto, de las mil pasiones subterráneas, traiciones y dobleces que alimentan tanto dolor y locura. ¿No fue esa locomotora a toda marcha el símbolo del Futurismo de Marinetti?, Y ¿No fue justamente este Futurismo el caldo ideológico que alimentó los extremos de la guerra civil europea a lo largo de todo el siglo XX?. Fascismo, comunismo, pero también el liberalismo y sus propuestas de libre competencia, se han formulado siempre bajo el señuelo apologético de la idea de Progreso, como si su mera enunciación librara ya a la Historia y a los hombres de toda responsabilidad sobre sus víctimas. Con ello el concepto Progreso se tiñe así de profundos claroscuros. Conclusión que ya intuyera el mismo Rousseau en su crítica a la civilización y que inicia, desde las mismas premisas de la Modernidad, el amargo contradiscurso del pensamiento reaccionario.
Pero la pregunta la formulamos para un hoy y hacia un mañana y dentro de la potencia que encierra el Preámbulo de la Constitución Española. Y ahí, lo primero que nos sorprende es la doble perspectiva con que el constituyente aprecia la idea de progreso: en la economía y en la cultura, es decir, en el campo de la riqueza y en el universo de los símbolos. Pero, eso sí, condicionando todos estos factores a un objetivo claro: “asegurar a todos una digna calidad de vida”.
El marco constitucional condiciona de esta manera la misma idea de progreso donde ya no caben todas sus posibles manifestaciones. Deja de ser el mero sumatorio de esos mil proyectos y fracasos de donde algunos deducían el nacimiento de una “nueva sociedad”. Como tampoco es el resultado de la evolución “natural” de la especie, producto de las sucesivas “Edades del Hombre” donde una madurez sana y atlética sucede a la supuesta infancia tecnológica de los siglos pasados: apoteosis de la revolución cibernética –la “Globalización”- donde hoy se justifican todas las atrocidades del siglo.
No existió –ni existirá- ninguna “Edad de oro”, como el propio Quijote intuyera mientras proclamaba sus virtudes ante la pequeña corte de pastores y labriegos que se detienen a oírle en el remanso de la noche. No existe civilización que entrañe el espacio de una utopía ni tiempo vivido como auténtica edad dorada. Sin embargo la idea de Progreso no deja de ilusionarnos, máxime en la versión utilitaria que nos propone Bacon y de donde no convendría salirse, so pena de caer en nuevos sueños de la razón y en sus monstruos de siempre.
Es justamente aquí donde debemos retomar la pregunta: ¿Existe vinculación entre migraciones y progreso?. La respuesta, sin embargo desborda ya el marco conceptual de la filosofía política y nos adentra necesariamente en la reflexión postmoderna del siglo XXI. El concepto Progreso reclama la urgencia de nuevas variables contextuales que sepan incorporar aspectos como la sostenibilidad medio-ambiental o las nuevas dimensiones de un mundo global, aspectos axiales que olvidaron los políticos cuando construían y explicaban la razón de ser de Europa.
Las migraciones no son neutras. Como no es neutro ningún acontecimiento que venga a trastocar los parámetros de la Historia. El cruce de pueblos, fruto de crisis lejanas en el espacio o cúmulo de agravios antiguos, incorporan nuevas formas de responder a los problemas que acuciarán nuestro futuro. La idea de nación se disuelve pero reaparecen otras más dinámicas –pero a la vez menos controlables- como las de pueblos, civilizaciones, espacios estratégicos, etc. El encuentro con nuevas culturas, como la presencia de individuos entrelazando con nosotros sus propias identidades, resultará clave en este devenir histórico. El que sepamos hacer de todo ello el marco de un auténtico desarrollo hará de estas migraciones el motor de ese progreso que tanto necesitamos.
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