¿Quién me dará posada
en el desierto
para dejar a mi pueblo
y alejarme de ellos?;
pues son todos unos adúlteros,
una caterva de bandidos;
tensan las lenguas como arcos,
dominan el país con la mentira
y no con la verdad;
van de mal en peor,
y a mí no me conocen
-Oráculo del Señor-
Depravación de Jerusalem
Jeremías
Es cierto que da nombre a todo un género que, de reiterado, casi ha devenido bufo: “las jeremiadas”. Esos lamentos sin cuento que llenan el discurso con anuncios de tragedias. Pero responde justamente al modelo que nos interesa analizar. La construcción del discurso ético.
Antes de proponer una excursión hermenéutica sobre la ética, es bueno proponer una análisis de lo que hoy entendemos por ella. De entrada una serie de rasgos nos marcan los ejes sobre los que transita. La idea de un canon de conducta, un modelo a seguir, normalmente riguroso, con un alto coste de esfuerzo. Un reproche frente a los comportamientos desviados –el camino fácil- y, en lo posible, el rigor de la amenaza de una sanción. Esta es la mecánica, el contenido resulta igualmente variopinto abundando las referencias a Dios y a su culto, a la familia, al resto de la humanidad y, como no, al sexo. Los versos transcritos mencionan el adulterio, el robo, la maledicencia, la mentira y la maldad en general. Y sin embargo, resulta difícil encontrar un denominador común a todos estos factores que no sea la misma ética. Lo único que es capaz de aglutinar conceptos tan dispersos es el mismo, el sólo discurso ético.
Nos interesa la estructura ética porque, en muchos aspectos será coincidente con el orden jurídico. Es más, en muchos casos termina siendo idéntico, sobre todo en los mismos orígenes de los pueblos. El “No matarás” de las Tablas mosaicas, ¿Es un principio ético o jurídico?. El honrar el cadáver del hermano muerto como hará Antígona, ¿Es una ley natural o un sentimiento afectivo? Nos cabe, así, la duda. Saber si son procesos mentales que aparecieron de forma simultánea o meramente confluyeron más tarde, en algún momento de la historia, quizá incluso en la prehistoria, pues nos referimos a etapas muy tempranas de la idea del hombre.
Así, tras un esfuerzo analítico, nos encontramos con todo un espectro de factores que, entrelazados, constituyen el marco de la conducta humana. Lo bueno es que, si en algunos de ellos se aprecia una cierta coincidencia con comportamientos instintuales que también habitan en la psique animal, en otros nos resultan radicalmente humanos. Esa “pietas” que impone a Eneas la obligación de asistir a su padre anciano no hay forma de reconocerla en el mundo animal. La leona defiende a muerte a sus crías, pero le resulta imposible reconocer a sus progenitores y menos sentir esa necesidad de protegerlos. Y aún menos a un “padre”, a ese macho de la pareja, cuya paternidad resulta siempre incierta. En lo biológico no existe vínculo y resulta muy complicado construirlo en lo social. El animal viejo es arrastrado a la muerte. La solidaridad inrtergeneracional solo se proyecta sobre los hijos y sólo en la vulnerabilidad de la infancia ¿De donde, pues, pudo surgir esa voluntad de proteger al anciano? Y la cosa no perece nueva. La antropología arqueológica, parece ser, ha descubierto rastros de esqueletos que debieron pertenecer a personas deformes o discapacitadas, viejas heridas imposibilitantes. La supervivencia de estos seres a lo largo de los años, sólo pudo ser granjeada por sus semejantes ¿Qué movió a los miembros de la tribu a ese derroche de energía sobre seres que, a duras penas, podrían devolver nada de la comunidad? Necesariamente tenemos que buscar una respuesta al margen de las exigencias de la biología. Una respuesta que resulta ya necesariamente humana. Ahora bien, ¿Por qué? Y no confundamos el discurso. No es que la “humanidad” nos venga a dotar de esa sensibilidad adicional. Es al revés, es a ese conjunto de quiebras respecto al comportamiento “normal” el que nos construyó como seres humanos.
Aquí nuestra propuesta metodológica no viene a apuntalar las anteriores propuestas, sino que necesariamente tiene que apoyarse en ellas. Si hemos visto en la ética, la teoría del valor, en la misma idea de poder, etc., una inconfundible etiología erótica, nos sentimos tentados a vincular también la teoría ética con la potencia del sexo. No digo que la casuística de la ética encuentre su origen en le sexo, cosa que sucede en muchos casos, de ahí la existencia de una ética sexual abrumadora. De todos los mandatos éticos, y en todas las culturas, más del cincuenta por ciento son mandatos sobre el sexo. Donde queremos ir va mucho más allá, es al mismo origen de la ética. Nuestra propuesta no es otra que la consideración que esa mecánica del “ethos”, el mismo concepto de ética, se construye sobre las piezas del instinto erótico. No una ética de lo erótico, sino una erótica de lo ético. Ahora bien, ¿Qué tiene que ver el fornicar con la usura? ¿Qué identifica la mentira con el onanismo? ¿A qué viene la común sanción entre desear la mujer del prójimo con la brutalidad del homicidio?. El cristiano no se lo pensará mucho, nos dirá: todos ellos son pecados. Y quizá aquí esté la respuesta. Todos estos actos condenados son “manchas” que ensucian (“pecata”). De nuevo el lenguaje nos aporta las pistas. Aplicando el microscopio “conductual” será difícil adivinar factores de identidad y diferencia y, sin embargo la ética se construye sobre ellos. Será de nuevo la arqueología de la lengua la que nos marque las huellas del pasado. Entre los conceptos se nos cuela la idea de pureza, de lo limpio, de ese miedo atávico a lo sucio, quizá los excrementos. Un miedo construido sobre ese asco tan profundamente vinculado a lo obsceno.
Es cierto que éticas ha habido muchas. Como estéticas. Idea a la que unas veces se contrapone. Sin embargo, pese al carácter misceláneo de las conductas acumuladas, resulta fácil apreciar la identidad del concepto. Ese Eneas llevando a hombros a su padre Anquises constituyó para griegos y romanos –sobre todo para estos últimos- la expresión más radical de la piedad. La pietas, vínculo que une el vigor de la generación presente con las que le precedieron. La exigencia de un amor filial. Compromiso que lleva a Orestes a asesinar a su madre para vengar a su padre. Ella sólo es el huerto sobre el que germina la semilla de los Atridas. Sangre de su sangre. Puede que hoy esas éticas nos escandalicen. Matar a una madre por el honor de un padre –como Hamler-, en el caso de Orestes, o abandonar a la esposa, y hasta dos veces, por esa misma devoción filial en el que era, además, el hijo de Afrodita, en el caso de Eneas. Pero tampoco nos dejan indiferentes las exigencias de Yavhé a su pueblo: Lot para honrar a sus huéspedes, esos mismos ángeles que vienen a anunciar la caída de Sodoma, la ciudad del sexo, no dudará en ofrecerles el calor nocturno de sus hijas, él mismo nos aclara que vírgenes. Se las ofrece en un gesto de hospitalidad difícil de comprender hoy día. O esos dos sacrificios tan parecidos, de Isaac y de Ifigenia. En ambos el escándalo que producirán en las generaciones posteriores llevará a sus respectivos sacerdotes a inventar ingeniosas soluciones, esa increíble salvación en un gesto teatral de sus dioses. Enterrar a los muertos también se presenta como una exigencia ética. Atenas impondrá la pena de muerte, y ya en pleno siglo IV, a los almirantes de la escuadra que olvidaron ese compromiso con los caídos en la batalla de las islas Arginusas. La presencia de enterramientos es hoy la mejor pista para achacar a esos huesos antropoides la condición de humanos. ¿De dónde nos viene ese respeto a los muertos? Un culto carente absolutamente de toda dimensión biológica. Sólo nos cabe incorporarlo al saco de lo ético.
Mil normas sobre mil aspectos que viene a constreñir el comportamiento bajo el principio de la ley. No cabe duda, la primera ley es ética pero en absoluto de una ética que hoy podamos reconocer. Es más bien una ética que impone extrañas conductas, complejos ritos cuya única razón común es la evitación del pecado. ¡Ojo!, Cuando hablamos aquí del pecado nos referimos únicamente a “la mancha”. Una ética de lo puro, de lo limpio. Algo hizo temblar de pánico a aquellos seres y les llevó a construir esa compleja mecánica que alcanzará la grandiosa estructura de las instituciones. Un pavor a algo que, no sabemos por qué, identificó con “lo sucio”. Enterrar a los muertos, más que un honor hacia el fallecido, fue al principio el gesto de proteger a los vivos de las “miasmas” de un cadáver que podía a contaminar a la tribu.
El concepto se mantiene, lo que varía enormemente es la casuística de los temas relacionados. La ciudad, en el discurso de Pericles, el respeto a los dioses en las exigencias proféticas de Israel, o la cólera divina por el olvido de los sacrificios en las teogonías olímpicas, el homicidio, el dinero –de siempre tan vinculado a la mierda (psicoanalisis dixit)-, los bienes de la tierra y, como no, la mujer y su sexo. Estos fueron los objetos construidos. Estos los temas que asaltan la preocupación de esa ética que pronto devendrá derecho. Las leyes vendrán a establecer lo que el instinto descuida. Un olvido que nos recuerda su extrañeza a la condición biológica. En esa higiene no hay una exigencia animal, es más, a ese mismo hombre le costará miles de años configurar sus contornos. Mientras, como si realmente fuera un mandato divino, fue edificando su rechazo. En lo ético, los espacios de lo puro frente a lo contaminado y lo sucio, en lo estético, alumbrando el concepto de lo bello en oposición a lo feo y repugnante, pero también en lo jurídico confrontando lo bueno y lo condenable, lo justo y lo injusto y luego en lo social en la dialéctica entre lo elegante y lo zafio, o en lo cultural en lo inteligente frente a lo torpe y estúpido. Hasta las mismas exigencias higiénicas de hoy día que opondrán lo saludable y lo enfermizo. Y, cómo no, también en algunas religiones y su oposición entre Dios y el Diablo. Entre lo alto y lo bajo (y su potencia metafórica)–curioso que las letrinas siempre desagüen hacia el arroyo, los bajos fondos, las cloacas donde se depositan excrementos, malas gentes y pecados. Luz y oscuridad, lo blanco frente a los oscuros colores de lo sucio. Sobre esta extraña casuística de pares tendremos que buscar las claves que buscamos.
Partimos así de una tesis que unifica todos estos conceptos. Ese instinto ya humano, o mejor aún, sólo humano, de la pulcritud y que nos lleva a la condena de lo impuro, se vincula necesariamente al sexo. Un vínculo que no dudamos en interpretar como metonímico, estructurado en la cercanía e identidad entre los órganos excretores y los eróticos: los genitales y el ano. Y sobre estos cimientos, la construcción de todo un sistema social basado en esa mecánica de atracción y rechazo.
Todo ello, insistimos, un proceso radicalmente humano. Es cierto que vemos al chimpancé y a otros homínidos en la tarea de despiojarse mutuamente. Acto social que reúne al grupo y fomenta el contacto cálido de las manos sobre el cuerpo ajeno. Actividad que no dudaría en describir también como erótica y de la que las caricias y besos no son más que el desarrollo posterior. También los pájaros buscan mantener el nido limpio para no atraer, con el intenso olor de los excrementos, a posibles depredadores. Es posible que haya ya factores instintuales grabados en la conciencia animal tras su repetición durante millones de años, pero en ningún otro animal hay tanta conciencia de la limpieza del espacio y, sobre todo, en el desarrollo de una repugnancia hacia el excremento como sucede en el ser humano. Hay ahí un punto de quiebra cuyo origen se nos escapa, pero que hizo saltar los resortes en el proceso de creación de una conciencia nueva y ya definitivamente distinta.
El proceso hay que verlo todavía a un paso de su conversión en instinto. Es decir, todavía construido en el marco del comportamiento aprendido pero ya en los estratos más profundos del alma humana. Un subconsciente que, como una garrapata, se fue agarrando a los nódulos que edificaban los mecanismos del comportamiento, a la vez que los fue modelando a su imagen y semejanza. Es ese rechazo de lo impuro lo que hará nacer las instituciones. Ahí nacerán los ritos, las religiones, el derecho. Un cruce contradictorio entre deseo y repulsión, entre apetencia y asco. Un cruce entre la pulsión a chupar, a saborear con la lengua y los labios, y la arcada que cierra nuestra garganta. Nuestra tesis principal: Es esa quiebra, esa contradicción, la que nos hizo definitivamente humanos.
Un proceso complejo y dialéctico que, como en el caminar del ciempiés, es difícil saber que paso se dio primero. Una repugnancia recorrida, como ya hemos dicho, por fuertes impulsos de deseo. Una contradicción que hacía del objeto de anhelo una fuente también de rechazo. Una construcción, en definitiva, profundamente contradictoria y, por lo tanto, no resuelta en los mecanismos del instinto. Rechazo y deseo. Un deseo que pronto será sublimado arrastrando, así, la figura misma de lo odioso y repugnante. El sadomasoquista sabe mucho de todo esto. También la teología se construye en ese marco del misterio, como también le sucede al Derecho y al mismo Arte ¿Tenemos claro el orden de lo sublime?
Y un tercer paso. También dialéctico. El traslado de ese juego de anhelos y rechazos al resto de comportamientos humanos. Hemos dicho que el valor, como potencialidad económica de una cosa, no pudo surgir de la mera reflexión utilitarista ni, en absoluto, fue común a todos los objetos. Por el contrario, debió aparecer sobredeterminando determinadas cosas. Lo mismo sucede con la estética, claramente vinculada a esos objetos calificados como bellos y sublimes o con el mismo derecho y su dialéctica de premios y castigos. De alguna manera tuvo que producirse esa explosión de exigencias en las relaciones de ese homínido con su especio externo.
Partamos de la economía que bien pudiera ser la clave del proceso. Objetos con alma no lo pudieron ser todos. La sobredeterminación debió recorrer una serie limitada sobre los que se concentró el valor. Como ya apuntamos, frente a lo que dice la teoría clásica, la moneda debió ser anterior al trueque. Una prohibición de consumo aisló esos objetos hasta hipostasiarlos. Sólo así nacieron aptos para el intercambio. Un intercambio primero ceremonial (¿Nos hemos parado a comprender el carácter litúrgico de la compraventa romana en la institución del “per aes et libram”?) para pasar luego a ser definitivamente económico. El proceso tuvo que tener una identidad de mecanismos en el resto de abstracciones. Es más, en algunos casos es tan tardía su conversión en económica que aún encontramos suficientes registros míticos en un tiempo ya histórico.
El ethos primitivo tuvo que ser una mecánica sobre lo “pulcrum”. Todavía aparece así en nuestra conciencia lingüística. “Limpieza de corazón”, “pureza de espíritu”. Todavía en el siglo X antes de Cristo los griegos dudan en qué lugar del cuerpo colocar el pensamiento y la voluntad: la cabeza, el corazón, los intestinos… En todo caso ya distinguen los humores que lo hacen sano y alegre o enfermizo y apesadumbrado: la bilis. Una bilis –kholos”- de color oscuro o directamente negra –“melos”. Ahí sitúan la enfermedad del espíritu, -“meloskholos”-, la “melancolía” que enferma el alma y nos aleja de nuestros semejantes. La locura. Negra y sucia. Pronto pasará a denominar el pecado. Una mancha que contamina nuestro espíritu. La ética no es un tema de clases sociales, ni de castas, como creerá Nietzsche, esto sólo pudo serlo mucho más tarde.
Demasiado esfuerzo institucional como para que gravite sobre el instinto. Es más, todo ese conjunto de instituciones viene justamente a contradecir la fuerza del instinto. El instinto es otra cosa. El instinto me lleva, cuando tengo hambre, a coger ese manzana que tan hermosamente veo expuesta en un cesto junto a la acera de mi calle. La institución me vendrá a decir el “NO DEBO”, y pasa a exigirme que antes la compre y pague su precio. El instinto me lleva a forzar a esa hembra que despierta mi apetito sexual, la ley viene a prohibírmelo si antes no celebro un contrato de matrimonio. A mi instinto le gustaría echar una meada allí donde me entran las ganas. Las normas de urbanismo me reprimen. No hay ley natural. Todo lo contrario, toda ley es antinatural. A dentelladas expulsaría de mi presencia a quien me desagrada. Como el Cíclope que vive en los extremos del mundo, o esos pueblos “hiperbóreos” carentes de civilización, carentes de leyes y que desconocen las normas que hacen de un grupo de hombres una sociedad civilizada. La cultura es la represión del instinto natural.
Aunque su construcción es ya tardía, también resulta interesante ver la vinculación de la ciudad, es decir, ese núcleo de viviendas recorrido por calles, con los valores supremos de la ética de lo pulcro. “Cives”, “urbs”, “polys” son términos de donde derivan palabras estrechamente vinculadas a la idea de limpieza. De ahí proceden vocablos como “civilización”, “urbanidad”, “politesse”. Es decir, fue ahí donde surgió la urgencia de una especial limpieza y orden. Soy consciente de la pequeñez de una muestra lingüística reducida a las lenguas romances, pero puedo deducir desde ahí la dimensión en un área como el Mediterráneo. Un orden, pero no un orden cualquiera, ni siquiera un orden ansioso de la racionalidad que reclama la supervivencia. No estamos para racionalidades ni monsergas en, digamos, el siglo doscientos antes de Cristo. El nuevo orden se construye únicamente vinculado a la limpieza. Una sencilla norma de urbanidad nos prohibe poner los pies sobre la mesa. En cambio sí nos permite poner las manos, no es, por lo tanto, una mera cuestión de contacto, de higiene moderna, es pura exigencia de pureza. Quizá es el hecho de que esos pies hayan caminado por la tierra, una tierra sobre la que caminan los reptiles y los insectos, una tierra de la que nacen las plantas y las flores, una tierra que empieza a definirse como Madre. Quizá, en definitiva, la prohibición tenga más que ver con tabúes religiosos que con la salubridad de las costumbres.
La ciudad es una construcción absolutamente humana. Muchos otros animales construyen espacios para una convivencia colectiva: hormigueros, colmenas. También los animales llamados superiores. Pero ninguno vincula el armazón de esa convivencia sobre el principio de lo limpio. Hablamos de ciudad cuando, entre las casas, se establecen calles. La calle no busca facilitar la comunicación. Este no es su objetivo. Un animal como el hombre podía transitar entre azoteas y tejados. Las calles no son tanto para circular los hombres como para que circulen los excrementos. Hundir la calzada entre las dos aceras se hace desde hace miles de años. No es un tema de coches, es formar un arroyo para evacuar la mierda. De ahí surgirá pronto la cloaca. La ciudad resulta tributaria de las heces.
Pero hasta aquí sólo apreciamos la identidad entre conceptos. Nuestro viaje debe llevarnos a profundizar todavía en algunos procesos. De entrada y de nuevo, esa ambivalencia entre deseo y rechazo donde el componente erótico resulta absolutamente manifiesto. Pero también en los otros procesos: la institucionalización como mecánica para resolver ese conflicto y la construcción sobre él de todo el complejo de la ética. En el marco de lo humano no hay instinto, por eso la urgencia de cubrirlo con la institución y la ética. Sin embargo debió ser anterior la institucionalización. La ética, tal y como la conocemos no pudo nacer hasta mucho más tarde.
Mecánica de deseo y repulsión. El psicoanálisis constituye aquí todo el núcleo de su teoría social. Ese “malestar en la cultura”, la perversidad, en definitiva, de todo lo cultural, es decir, de toda institución. Pura neurosis. La urgencia de crear instituciones represivas competentes para imponer ese pseudo-instinto social. Una mecánica que necesariamente se tuvo que apoyar en una base biológica y, por lo tanto, fuera de toda racionalidad. Sin embargo aquí se equivoca el análisis freudiano. Ahí no había malestar, todo lo contrario, aquella represión debió ser fuente de un inmenso goce. Aquella estructura institucional a la vez que reprimía, debía hacerse amar y desear. Un castigo gozoso, placentero, que a la vez que recreaba la prohibición nos hacía amar la ley. Puro masoquismo. O mejor dicho, el masoquismo reprodujo, miles de años después, aquel inmenso deseo de goce.
Hay que ser conscientes que ahí está la clave. Frente al animal en su estado puro donde el instinto individual coincide con lo que pudiéramos llamar instinto social, aquí, en ese hombre naciente, ambas tensiones se habían separado radicalmente. El hombre, como individuo tiende a un objeto que le es rechazado como especie. Aquí hablamos de los conflictos que puedan surgir entre el individuo y su grupo zoológico, no de meros conflictos comunitarios. También el león joven intenta hacerse con parte del grupo de hembras frente al rechazo de una manada ya plenamente constituida. Tras una lucha violenta, pero casi nunca mortal, el grupo terminará expulsándole de la zona para que no incordie. Si se hace realmente fuerte, algún día se hará con las hembras que apetece. Pero todos, ese león joven, las hembras y el resto de machos, todos ellos, participan de un mismo proceso mental. Mera recolocación de fichas, no contradicción de fuerzas instintuales. Todos esos machos y hembras del grupo participan de un mimo mecanismo de construcción erótico-social.
Sin embargo aquí, en ese mono caído, el proceso resulta radicalmente distinto. Grupo e individuo se someten a fuerzas contradictorias. Por eso, en esa manada de leones o de lobos, o en ese grupo de chimpancés, la estructura social no es institucional y normativa, sino meramente biológica. En cambio, en el hombre, el grupo construye su sociabilidad sobre normas, sobre leyes e instituciones. Frente a los instintos biológicos, la mecánica de lo institucional, tan radicalmente distinta. La pregunta es ¿Por qué?, ¿Por qué construye todo ese aparato tan contradictorio y que, en expresión del psicoanálisis, entraña un profundo malestar? ¿Por qué provocar esa quiebra en la naturaleza que arrastra al hombre a la enfermedad de la neurosis? Un factor nos llama la atención en este proceso. Como decimos, en un momento de la historia, de la prehistoria, el deseo por antonomasia se cruzó con una repulsión que identificó con lo sucio: La “miasma”.
Necesariamente fue aquí donde surgieron las normas. De entrada unas normas que afectarían solo algunos espacios. Un rito patológico ante determinados estímulos. El entramado de pulsiones sociales haría el resto. Quizá fue ahí donde nació la idea misma de lo Santo.
La pulcritud de rito, el cuerpo no contaminado para el sacrificio, la suciedad, la mancha, el “pecado”, el mestruo, la sangre. ¡Qué curiosa colección de objetos!. Complejos sistemas de asociación se irían desplazando de uno a otro. Una magia contaminante trasladará la condición de sagrado -“sacer”- de un punto a otro. El sacrificio, ese “sacer facere”- reclamará una especial limpieza (aún no sabemos limpieza de qué). Santificar, sancionar, sanctionar, hacer sanctus, en definitiva, supondrá poner bajo el dominio social –y de los dioses- ese objeto separado. Como el cuerpo de la víctima propiciatoria –sacrificial-, extraída del consumo humano para ser entregada a las divinidades. Como la moneda de oro -¡Y más aún, el papel moneda!- vacía completamente de uso para pasar a ser puro valor. Apartado, rechazado del espacio secular, convertido en inútil para la vida cotidiana, un objeto deviene santo. Nace el ídolo, la moneda, la institución, el arte. Aparece la misma figura de Dios.
Todavía en la Grecia histórica se contaba el mito de cómo surgió la ingesta de la carne. Antes los hombres, decía el cuento, jamás la habían probado. Todo el cuerpo de la víctima era patrimonio de los dioses. Fue un sacerdote el primero que la probó cuando, en medio de la hoguera del sacrifico, una pieza se salió de las brasas y calló al suelo. Aquel sacerdote, continuaba esa vieja narración, la agarró con la mano para hacerla retornar a la hoguera sagrada y, abrasado por el calor del fuego, se chupó los dedos como haríamos cualquiera de nosotros. Probó así la carne y le gustó y a partir de ahí no puso dejar ya de comerla. Es cierto que fue castigado por los dioses que vieron reducido su banquete. Pero a aquél sacerdote le siguieron otros y el consumo se generalizó entre los mortales. El cuento nos da las claves. La carne resultaba así, en un principio, extraña a todo consumo, cargada de tabúes y sancionada por los dioses. ¿No queda también el condenado a muerte fuera de todo comercio? La sociedad más que castigarlo, lo diviniza: lo “sanciona”, lo hace “sanctus”. Así lo percibía también el ritual romano de la pena de muerte. Como una víctima sacrificial, el reo alcanza la condición de sagrado, santo, santificado, en definitiva, sancionado con el hacha, no tanto del verdugo sino del sacerdote. La muerte de Cristo como reo en la cruz también alcanza esa ambivalencia entre ejecución y sacrificio, entre acto jurídico y teológico. Religión, derecho, teología, estética e institución, se encuentran justamente ahí, en el objeto separado, el tabú, el ídolo, el valor, …la miasma. ¿Quizá las heces que tanto nos repugnan?
A este respecto nos llama la atención algunos factores. De entrada ese imperio de la ley que atenaza a las personas. Frente a la idea roussoniana que imagina un salvaje –un buen salvaje- fuera de las exigencias de la sociedad, lo que la antropología nos muestra es un hombre primitivo aún mucho más cumplidor de las normas que el hombre moderno. La capacidad de obligar que tiene la ley sería inconcebible sin esta pulsión a la obediencia. No es un problema de sanción (castigo) en sentido moderno, no es el temor al castigo lo que fortalece su competencia deóntica, la ley se obedece porque sí, porque está ahí con esa sustancia normativa, porque gozamos al cumplirla. Hay una “servidumbre voluntaria” como ya apreciará, a finales del XVIII, Etienne de la Boetie y que descubre asombrado Malinowski entre los primitivos de las islas Trobiand. A la ley se la ama. Aquí no hay racionalidad, es puro deseo.
Un segundo punto de reflexión nos lo proporciona el objeto de ese conjunto de prohibiciones y mandatos, ese deber de hacer y no hacer como todavía hoy se define el derecho. No solo es cuestión de lo variopinto de los objetos jurídicos, sino también la carencia de toda lógica racional y tardohumana. En breve, no es la vida lo que viene a salvaguardar la ley, sino el rito. Lo sustantivo no es el contenido sino la forma. La ley no busca la convivencia ni la pacificación social. No viene a proteger la vida y los bienes de los hombres, ni sus negocios y su familia, sólo le interesa mantener su propio aparato. Puro rito. En definitiva, frente a la subversión que proponía Jesús el Nazareno, eran los fariseos los que llevaban razón. Es el hombre el que está hecho para la ley y no la ley para el hombre. Lo que importa a los dioses son las leyes, el sábado, el sabaoth al que se consagra todo lo humano. La religión, -¡La misma ética!- es sólo liturgia.
Un ejemplo: El homicidio. Frente a la estructura instintual que privará a la mayoría de animales de su ferocidad hasta la muerte cuando se trata de sus semejantes, en el hombre es justamente la ley la que impone la obligación de matar. Al hombre le cuesta matar tanto como al resto de animales, ese es también su instinto. Toda la instrucción militar, la disciplina, las medallas, sus himnos y banderas, no buscan del soldado un heroísmo que le lleve a entregar su vida, la barrera no es el sacrificio sino el asesinato: la instrucción militar busca hacer de ese soldado, no un ser para morir, sino un ser para matar. Será la sociablidad –es decir, el marco social radicalmente humano- lo que le llevará a superar el instinto de contención hasta hacerle capaz de matar. Será la Ley la que le lleve al homicidio contra la inhibición que se desprende de la carne. La ley está hecha para matar más que para salvaguardar la vida. Los ritos de sangre, tan reiterados en los ambientes marciales, acreditan esta pulsión al asesinato. Fuera del acto de caza, ni siquiera el león es agresivo. En la ceremonia sacrificial el hombre acomete, en nombre de la piedad, el más horrible homicidio, Y lo hará, incluso, fuera del calor del combate. Los altares aztecas se llenaban todos los días de las vísceras cardiacas de los jóvenes sacrificados. Pero la culta Grecia se estremecía de gozo en la violencia asesina en las hecatombes. Y cada domingo los cristianos reiteran el tormento de su Cristo. ¿Qué pensaríamos de una religión que, en su altar mayor, exhibiera los tableros de una horca? Solo las ratas, sometidas a la tensión del hacinamiento, son capaces de matarse de esta forma, pero sólo en esos extremos. En cambio el hombre mata, no por instinto, ni por miedo, ni por la fuerza de la “salvaje naturaleza”, sino por imperio de la ley, por pura ética. Mata porque es bueno.
Y de nuevo la pulcritud. Hemos dicho que frente a la ausencia de repugnancia del animal, el hombre está lleno de tabúes frente al excremento. La calle como cloaca, la invención de las letrinas, la exigencia de defecar más o menos en privado. La marginación del cuerpo en sus funciones excretoras carece de parangón en el mundo animal. Es más, en el mismo hombre es una tendencia que ha ido en crecimiento. Nada de esto tiene que ver con la higiene clínica ni con un instinto biológico. Así nos lo acredita una doble prueba: de entrada la carencia, como decimos, de ese instinto en el resto de animales. El perro no sólo lamerá con gusto el ano de un congénere, sino que no tiene reparo alguno en saborear su mierda y comer excrementos de otro perro si aprecia en ellos contenido alimenticio. No hay repugnancia alguna como sí la hay en el hombre. Pero también el carácter ambivalente con que responde la conciencia humana. El psicoanálisis prueba este carácter aprendido. El tránsito represor de la fase anal al comportamiento adulto. El niño gusta incluso de jugar con sus excrementos. No es sólo un proceso de creación de su instinto erótico, sino también una indiferencia material. Como tampoco ese rechazo ha tenido la misma consistencia en todas las culturas y épocas, por el contrario, la radical privaticidad del modelo moderno no se alcanzó hasta bien entrado el siglo XX. Antes, es cierto que marginado, sometido a chanzas y vilipendiado, sin embargo aún se consumaba el acto de defecar sin tantos escrúpulos y miramientos.
Esta ambivalencia alcanza también a las instituciones. Si hemos dicho que la ley se estructura en ese punto de pulcritud, también esa ley encuentra sus vueltas, lo que demuestra a fortiori su carácter construido. Se habla de limpieza, pero también se ama y adora el estercolero. Prácticamente todos los pueblos han tenido divinidades consagradas a estos puntos negros. Egipto antiguo, Grecia y el mundo Olímpico, Roma y el mismo judaísmo. Propuestas teológicas como las constituidas por divinidades como Cloacina, diosa de las cloacas, o Stercus o Estercutus, que santificaba los estercoleros nos recuerda la fuerte ambivalencia de lo sucio. El capitán Burke, ese antropólogo cuyo libro sobre escatología definió como valiente el mismo Freud, nos reitera las pistas. Nos dice: “Judíos y maobitas recurrían al mismo ceremonial ridículo y desagradable en el culto a Belfagor. El fiel presentaba al altar su propio trasero desnudo y aliviaba los intestinos, haciendo ofrenda al ídolo de las fétidas emanaciones”. Una ambivalencia, decimos, pues simultáneamente también se marcaba la repulsión. De la época de Tito nos llega esta inscripción: “Duodecim deos et Dianam et Jovem Optimus Maximum habeat iratos quisqui hic minxerit aut cacarit” Mas o menos nos dice, “que incurra en la ira de Diana, Júpiter y de los doce dioses el que mee y cague en este lugar”. El que puso el cartel debía estar harto de los que pasaban a escondidas por su finca. Herodoto también nos informa que los egipcios se alivian en su propia casa pero comen fuera. Él mismo saca la conclusión que lo que es indecente debe hacerse en privado, mientras que lo que no lo es puede hacerse al aire libre. ¿A que animal se le ocurre esto?
Pero es que es el mismo cristianismo el que también termina sintiéndose atraído por esa dinámica de lo sucio. De entrada en la construcción de la negatividad divina. Satanás, también denominado Belcebú, ese Baal Cebú, de la tradición semítica, dios de las moscas y de lo sucio. El ritual de las brujas y la insistencia continua de vincular la boca –con el beso- al ano nos proporciona algunas de las claves. Un verdadero culto a las heces configurado alrededor de la figura del Demonio. Dante coloca justamente en el ano de Satanás el centro mismo del Infierno, a través de él tendrán que pasar nuestros héroes para llegar al Purgatorio. No podemos por menos que resaltar esta nueva identidad que vincula el ano y el poder y que alcanza en el florentino la dimensión teológica. Sólo así podemos entender la iconografía de El Bosco cuando, en su Infierno, resalta la figura de un Diablo sentado en un retrete que semeja un trono. El retrete alcanza así una nueva categoría al vincular la función excremental con la gloria y el poder. En definitiva, si el Trono es el punto neurálgico del Poder y la Gloria, no podemos olvidar lo cercano que está del culo y el ano que se apoyan sobre él.
La ambivalencia se reproduce en una mecánica que fácilmente se traslada al círculo deseante. ¿No hay en la insistencia excremental del hombre, que ya vimos en el Papa Inocencio III, un rechazo a la belleza –pulcritudo- que reclama el saber pagano? ¿No hay, también, una vis atractiva en las prácticas escatológicas de algunos santos? El rechazo a la limpieza del cuerpo –Isabel la Católica no se cambió de camisa hasta la toma de Granada- ¿No se convierte en expresión de un rigorismo católico?. La humillación del cuerpo enlodado de mierda que practican algunos misticismos como expresión de su abandono del cuerpo. El “sacrificio” de vivir en las letrinas como acto de suprema humildad y constricción que practicaran los atletas de Cristo en su retirada al desierto. ¿No supone una sobredeterminación de lo sucio? En definitiva, una coprofilia que viene a competir normativamente con la ética de lo pulcro. Una escatología del cuerpo coincidente con la escatología del misterio. Una escatología construida con los mismos materiales y conceptos que esa otra escatología que sazona el humor y los chistes de todos los tiempos. Una escatología que termina unificando inquietantemente tantos rituales a primera vista tan opuestos y contradictorios. La diatriba de Inocencio III contra el cuerpo y sus miserias, los versos soeces de Quevedo, los arrebatos místicos de la beata Ana Catalina Emmerick y sus estigmas putrefactos o las pequeñas sátiras que despertaban la risa en los banquetes de los romanos, todos ellos, revueltos, pese a su proyección diametralmente opuesta, terminan siendo una unidad en la conciencia.
La ética se construye así, para horror del monje español de “El nombre de la rosa”, en los mismos dominios de la risa y el chiste. Juego especulativo que viene a perturbar la pacífica indiferencia biológica y que alcanzó a construir el gigantesco mundo de la cultura. Ya el psicoanálisis descubre ahí el hueco por el que se fuga nuestra identidad como animales. Sin embargo las contradicciones perduran. ¿Qué son, en definitiva, cincuenta o cien mil años de neurosis? La psique zoológica reaparece a cada vuelta, entre los repliegues de nuestra conciencia, en los sueños, en la infancia, en la locura, en los actos fallidos donde se revela el instinto, en nuestro propio ser continuamente aplastado por la exigencia del sistema normativo. Pero a la vez continuamente recuperado. Una fuerza inercial que nos arrastra confrontándonos a la nueva capa de instintos aprendidos. Un estrato psicológico que, milenio a milenio, siglo a siglo, va consolidando sus mecánicas. Quizá depurándolas en su multitud de contradicciones y que, puede, algún día desemboquen en una psiqué definitivamente humana. Mientras, no tenemos por menos que reírnos con Swift cuando, en “Los viajes de Gulliver” nos narra el encuentro con los Yahoo, un pueblo salvaje y asqueroso –todavía nadie concebía el salvaje como bueno- que vive dominado por los elegantes houyhnhnms. Lo curioso aquí es que esos yahoos son justamente los humanos y los otros la posible evolución culta y majestuosa de una raza de caballos. Como en “El planeta de los simios”, Gulliver vive un encuentro con una humanidad equivocada y equívoca, sacando, entre risa y risa, enseñanzas para sí y su época:
( Mi amo me contó) que en la mayoría de las manadas había un yahoo dominante que siempre es más deforme de cuerpo y de condición más perversa que cualquiera del resto. Que este líder tenía generalmente un favorito tan parecido a sí mismo como podía encontrarlo y cuya tarea consistía en lamer las patas y partes traseras de su amo y llevarle las hembras yahoos a su covacha… Este favorito es odiado por toda la manada, así que para protegerse se mantiene siempre próximo a su jefe. Por lo general continúa en su empleo hasta que encuentra otro peor. Pero tan pronto se le destituye, su sucesor, marchando a la cabeza de todos los yahoos del distrito va y descarga sus excrementos sobre él de pies a cabeza. Pero en que medida podría aplicarse esto a nuestras cortes, favoritos y ministros de estado, dijo mi amo que sería yo quien mejor podría determinarlo.
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