En medio de la euforia ultraliberal que arrasó durante los últimos años -¡desde los “ochenta”!-, de pronto oímos pronunciar una palabra que creíamos definitivamente desterrada: “La crisis”. El concepto nos atraviesa como la alarma de un barco a punto de hundirse. Sin embargo, pese a los pánicos que desprende el vocablo, pese a sus connotaciones de caos y violencia, pese a la imagen de ser un túnel del que desconocemos la salida, la realidad es que su mismo uso –la palabra crisis- entraña ya parte de las respuestas. No es sólo ese primer paso de reconocer la crisis como la mejor manera de encararla, es más aún. El definir la situación como crisis ya nos abre a un verdadero espacio de soluciones. Por eso no sería malo reubicarnos en el marco conceptual donde alcanzan su sentido todos estos términos.
¿Qué es la crisis?. No lo pregunto desde un punto de vista económico, de eso ya hablaremos, ahora me provoca su conceptualización sociológica y jurídica. He comenzado confrontando el concepto con el liberalismo. Con ello no me detengo en la mera leyenda del pensamiento liberal de un mundo de crecimiento constante, no es ahí donde se ubica la contradicción. Para su comprensión plena debemos de acudir a sus mismas raíces ideológicas. De esta manera mi pregunta es, desde ese liberalismo ¿Es posible concebir, más aún, pronunciar la misma idea/palabra de crisis? Si nos paramos a pensar, vemos que cuando hablamos de crisis nos remitimos necesariamente a una idea de sociedad. Crisis individuales las ha habido y las hay constantemente: empresarios, trabajadores, rentistas, se desarrollan, crecen y mueren y esto tanto respecto a sus propias vidas como a sus negocios. En definitiva, se arruinan y desaparecen. Incluso desde la lógica económica, la muerte, y eso nos atañe a todos, supone una crisis para toda unidad productiva, sea empresarial o humana, al morir se extingue nuestra capacidad de producción. Morir es, desde ese punto de vista, entrar en crisis. Por otro lado, el paro ha existido siempre y es, haya euforia económica o depresión, una tragedia para el que lo sufre, la carencia de recursos, el desahucio de la casa donde se vive, la ruina de la empresa, arrastran a la desesperación y, no pocas veces, al suicidio. Pero no nos referimos a esto cuando hablamos de crisis. Desde el individualismo, la crisis, como el éxito, es la constante de la vida. El concepto de crisis, para devenir expresión económica, entraña una dimensión social que contrasta necesariamente con la ideología liberal, una ideología que reclama como único interés la mónada del individuo. Y fuera de la perspectiva social, a nadie se le escapa que, incluso en medio de esta crisis, es más, gracias a esta crisis, a muchos les va soberanamente bien. La crisis no es sólo oportunidad de negocio, como dicen los slogans al uso, sino un magnífico coto para algunos desaprensivos. En defiitiva, desde un punto de vista liberal hay una imposibilidad misma de hablar y pensar la crisis.
Concebir la crisis nos obliga, así, a una posición colectiva, es decir, social. Es la sociedad y no el individuo lo que entra en crisis en el sentido que se ha propagado su uso. Sin embargo todavía hoy concebimos esta realidad desde un análisis individual. No es tanto la crisis de unos valores o de un proyecto social lo que configura el discurso actual de la crisis sino esas ristras de datos estadísticos, sumatorios de realidades que atañen son embargo a cada uno. Tasa de paro, deducida de los números absolutos de los que no encuentra empleo, quiebra de empresas, en la suma de la desesperación de uno a uno hasta sumar a miles de empresarios; número de créditos, hasta el mismo PIB no es más que una acumulación de datos individuales. Desde ahí se trata de dibujar un rostro numérico de la sociedad. Pero, ¿Qué sentido tiene entonces hablar de crisis si las soluciones remiten nuevamente a la condición de los individuos? Si para resolver un problema lo primero que nos reclama el maestro es comprenderlo, de la misma manera, para salir de la crisis se hace cada vez más necesario el comprenderla desde su verdadera dimensión social. Sólo desde esa verdadera perspectiva social tiene sentido referirnos a la crisis como una realidad actual y vivida.
De esta manera el discurso de la crisis nos reinstala en una dimensión olvidada desde hace más de una década, tras la disolución de un modelo organizativo que hacía gala de su específica construcción socializadora.
Ahora bien, el mismo concepto de crisis es, estricto senso, un concepto que nos remite a lo inestable, de ahí que reclame una mirada periférica, evolutiva. La lógica de su etimología (“cambio”) nos exige contemplar su sentido en la temporalidad de la existencia. Un antes y un después que enmarcan un punto de tránsito, es decir, como decimos: pura temporalidad, Frente a la solidez de una realidad definida desde la variable espacio el carácter fluido y siempre transitorio de la variable tiempo. Podríamos decir que, como el presente en la metáfora agustiniana, no es más que el umbral entre el pasado y el futuro, donde las “multitudes” de acontecimientos posibles por venir, se solidifican en un pasado que viene a ocupar esos grandes palacios de la memoria (Agustín dixit) El concepto crisis viene así a proponer una exigencia de transformación. Deviene el reverso radical de ese “fin de la historia” con el que nos amenazó Fukuyama, en su contenido semántico hay el regusto de un “triunfo de la Historia”, retorno, no sólo de la dimensión tiempo y de su continuo devenir (“cambio”), sino también de esa Historia con mayúsculas, narración de la comunidad como colectivo. La sociedad recupera –o puede recuperar, a eso queremos llegar- un renovado protagonismo.
Hablar de crisis es, así, hablar de sociedad, de la urgencia de respuestas definidas desde la sociedad. Frente al carácter cerrado, la posibilidad de futuro, de apertura, cambio, de crisis en definitiva.
Y es aquí donde el concepto, más allá de los discursos ramplones de que “la crisis está llena de oportunidades”, proyecta una realidad nueva en la que, de pronto, lo social, el mundo como realidad que es también colectiva, se incorpora a la realidad cotidiana.
Desde esta perspectiva, el problema ya no es encontrar soluciones a la crisis, sino encontrar un nuevo modelo organizador de la convivencia. La crisis, en definitiva, no es una realidad en sí, como venimos diciendo desde el principio, sino la expresión de una perspectiva diferente. Como hemos comentado, siempre ha habido tragedias personales, quiebras, caer en el paro, la ruina. Lo diferente no es solo una cuestión de números, incluso en este ámbito de los números la diferencia es sólo cuantitativa. Las diferencias a duras penas alcanzan un par de dígitos ¿Cuál es la diferencia entre un 5% y un 10% de paro?, ¿O entre un 30% y un 40% de cualquier otra cosa? La angustia del que está en paro no se modera por los números cuantificadores de la realidad nacional o internacional, es una angustia personal, intransferible, derivada de la desaparición de unos ingresos que le son imprescindibles para vivir. Manteniendo la mirada desde lo meramente individual, salvo que el “boleto” de la lotería –en esa lotería negativa de la Babilonia de Borges- te toque, ¿En qué se podría apreciar la actualidad de la crisis? Hablar de crisis es, por lo tanto y necesariamente, un ejercicio colectivo.
En definitiva, quién habla de crisis, y por las meras exigencias de la lógica, propone la urgencia de una mirada colectiva y, desde ahí, la exigencia de una transformación social, un reconstruir las ruinas de una comunidad fragmentada hasta el individuo. O sea, desde el liberalismo, no hay ni puede haber crisis. El fracaso individual solo es la consecuencia, puro darwinismo social, de la dureza de la competitividad a la búsqueda del éxito. Sólo desde una mirada colectiva podemos apreciar la crisis, pero, al hacerlo, ya estamos expresando una respuesta. Eso sí, una respuesta que necesariamente desborda al individuo para devenir definitivamente social. Con esto vengo a decir que, hoy más que nunca, hay una necesidad de organización social y también de la economía. Una exigencia que se está instalando, querámoslo o no, en el mismo discurso de la sociedad.
Al igual que en lo ecológico hemos atravesado el umbral de la autodestrucción, y que haqce que la potencia industrial del hombre se convierta en un riesgo para sí mismo y su existencia, también, y definitivamente en este siglo XXI, hemos atravesado el dintel de la ordenación individual de la economía. El mercado ya no existe como “mano invisible” organizadora de forma natural de la vida económica. La vieja fábula de Mandeville se tuerce definitivamente, los vicios privados ya no son virtudes públicas.
Recogiendo la violencia expresiva del capitalismo tardomoderno en esa frase reiterada hasta la nausea: “la democracia es el mercado”, podemos asumirla en su integridad semántica, eso sí apreciando la plena eficacia de las posiciones de sujeto y predicado: la democracia es el auténtico mercado. El sujeto es y debe ser la democracia. Urge así una profundización democrática de la organización económica. Así como ya no es posible dejar al mero desarrollo industrial a las virtudes de la ciencia, ni siquiera a la capacidad de autocontrol de esa misma industria (nos basta el ejemplo de la extracción incontrolada de petróleo, –y ese discurso sobre la imposibilidad técnica de fallos- que nos ha llevado desde el “chapapote” gallego hasta el infierno de BP en el Golfo de México) de la misma manera la dinámica económica ya no encuentra sus bondades en ni en supuestas manos invisibles, ni en imposibles equilibrios del mercado.
Se hace necesario retornar a la verdadera voluntad popular en los contenidos de la economía, es decir, incorporar el consenso y el juego de las mayorías en su voluntad política también a las formas de distribución, no tanto de las riquezas, término engañoso y desolador, sino a los recursos existentes y –recordémoslo- limitadísimos si el mundo en su integridad alcanza el nivel del viejo consumismo. Y aquí, conceptos como planificación, economía social, aprovechamiento racional de los recursos, etc., vuelven a recuperar su pleno sentido.
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