Como un pequeño homenaje a Karl Olivecrona
Hemos comentado la presencia central de la fiesta. La fiesta con sus risas, con su chanza, algarabía, humor y locura. Ese desenfreno de sexo, imaginación y ocurrencias, esa danza donde los cuerpos se encuentran hasta devenir uno sólo. Nuestro interés es averiguar cual es la relación entre este lugar, el lugar de la fiesta, y la creación de las instituciones. Nuestra primera intuición es que la fiesta es el origen de todo ese aparato institucional sobre el que gravita la vida humana en lo que llamamos civilización. Que hablar de cultura, civilización, hablar de instituciones, de derecho, incluso de estado, es hablar de fiesta y con ella del teatro, la representación, el juego. Incluso más. Es hablar de sexo y de goce. Amamos las instituciones como amamos el encuentro con los otros cuerpos. La institución alcanza la expresión erótica de lo femenino, una Madre no sólo nodriza y alimenticia –aunque también y en gran medida- pero sobre todo una Gran Madre sexualizada que nos llena de alimento y de gozo.
Como venimos insistiendo, frente a la tesis freudiana, la cultura no nos aporta dolor y sufrimiento, frente a ese malestar de la cultura hay en nosotros un deseo, un amor, una pasión en los dominios de la prohibición y la censura. Puro juego. Amamos al censor, al poder, al derecho porque es ahí donde se instala nuestro goce. Los niños se imponen mil exigencias y prohibiciones, sólo así el juego deviene divertido. La cultura es ese goce y sólo así pudo instalarse en los dominios del deseo. Por eso, en el principio, antes que el Verbo, necesariamente fue la fiesta. Otra cosa es lo que esconda, lo que oculte, esa profunda neurosis que nos hace humanos.
No nos convencía la propuesta freudiana sobre ese malestar de la cultura. No hay un malestar frente a un paraíso perdido. Si la cultura no implicara también goce, hubiera sido imposible su dominio sobre el animal humano. En el torbellino de aquella quiebra, quiebra primordial, en esa caída que desprendió al mono desnudo de la rama del resto de simios, los papeles de goce y represión se debieron intercambiar continuamente. Un juego dialéctico que nos atrapó desde el principio. Sólo el sexo pudo tener tanta fuerza. Como ese sexo que lleva a la mantis macho a sucumbir devorada por su hembra, así el sexo también arrastró al homínido primitivo al complejísimo mundo de la cultura.
Nuestro proyecto analítico se propone en este capítulo analizar la potencia erótica de la fiesta y hacerlo como específica cuna de las instituciones. Nuestro análisis continúa el trayecto emprendido. Repasemos las premisas sobre las que avanzamos. De entrada la realidad de la evolución. En los orígenes de un nuevo órgano ya sea biológico o etológico hay una necesaria indeterminación entre su desarrollo y su eficacia. La evolución nunca es teleológica, ni mira a un futuro del que se desconoce todo. Por el contrario, se asienta sólo sobre el pasado, en la experiencia acumulada.
Un paseo por la biología nos introduce en las claves. Tomemos tres casos: la mano, el ojo y el vuelo. Tres modelos del desarrollo evolutivo. De entrada el vuelo. Las escamas de los saurios no pudieron devenir plumas porque así contribuían mejor al desarrollo de la capacidad de volar. Eso sólo se supo millones de años más tarde. Aquel reptil a penas se despegaba del suelo a pequeños saltos y para esos saltos funcionaba mejor cualquier aparato de membranas entre sus extremidades que un incipiente sistema de plumas sin una especialización suficiente. Las plumas se debieron desarrollar desde otras necesidades, desde otras propensiones evolutivas, sobre algo ya definitivamente instalado. Y así parece que lo acredita la paleontología. Los primeros dinosaurios plumados, definitivamente, no estaban necesariamente vinculados al desarrollo del vuelo, con aquellas plumas cubrían otras necesidades. Nuestra conclusión es que, también en este caso, su función era específicamente sexual. Las primeras plumas aparecen así como sistema para potenciar la vistosidad de los machos en los encuentros eróticos. Es sobre ese sistema sexual sobre el que se consolida el desarrollo evolutivo que lleva de las escamas a las plumas.
Pasó lo mismo con los aparatos biológicos de la mano y el ojo. Aparatos que alcanzaron la perfección en tiempos muy remotos, el ojo ya en los primeros vertebrados (en los invertebrados también se desarrolla, pero evoluciona en un modelo distinto) El ojo humano a duras penas se diferencia del ojo del mero. En todos los casos, una estructura doble, incorporada al marco diferenciable de la cabeza. Alcanzado su cenit técnico, especies y familias animales sólo desarrollarán mecánicas de protección (la mata de pelo de cejas y pestañas en los mamíferos) o su ubicación a la búsqueda de la mayor eficacia. Así los hipopótamos y cocodrilos, pese a lo alejados de cualquier tronco común, optan por una posición semejante, en lo alto del cráneo. De esta manera mantienen la capacidad de visión exterior incluso semisumergidos. O los herbívoros de la pradera, con los dos ojos opuestos en la esfera del cráneo para garantizar una visón panorámica de casi 360º, atentos a cualquier enemigo. O los felinos, en un mismo plano, para dominar la mirada en profundidad, fundamental para el salto y la caza.
A la mano le aconteció lo mismo. Su estructura de cinco dedos uñados se alcanza desde la etapa de anfibios. A partir de ahí recorrerá un amplio abanico desde la garra de los depredadores a las alas de los pájaros.
Un aparato plenamente desarrollado tira de las especialidades que aporta cada especie evolutiva. Hemos mencionado las cejas y pestañas, con ello el mamífero peloso crea una tupida celosía para proteger un órgano tan delicado. Algunos reptiles optarán por un párpado trasparente que les permitirá mantenerlo siempre abierto. Es el pelo o la estructura de una epidermis escamada lo que se especializa, pero lo hace, como decimos, sobre un órgano plenamente desarrollado. Adaptándose a la carrera, el animal busca la máxima longitud en la palanca lanzadera de las extremidades, no es extraño que termine apoyándose en el extremo del dedo más largo. El resto de dedos terminarán atrofiándose, perdida toda función en ese proceso. Surge así la pezuña ya sea de uno o dos dedos. Pero el proceso, nuevamente, se asienta sobre un aparato plenamente consolidado.
Lo mismo debió ocurrir con el sexo. Otro aparato que, como el ojo o la mano, recorre casi todas las especies. La reproducción sexual, con todo su complejo sistema social, mantiene una unidad mecánica con un doble aparato, uno orgánico y otro etológico. Y todo ello recorrido por una fuerza –ese Eros que tan bien comprendieron las religiones místicas- que puede llevar a la locura y al suicidio. ¿No se complace la mantis macho en ser devorada por la hembra tras el espasmo del orgasmo? También acontece tan compleja y suicida práctica entre algunos arágnidos. No será extraño que, en ciertos de sus desarrollos, reclame también rarísimos comportamientos cuya complejidad nos parezca entre caprichosa y absurda. Algo así debió suceder en los homínidos.
También así debió suceder con las aves y sobre sus ancestros entre los dinosaurios. Esa urgencia de vistosidad alcanzó el paroxismo de las plumas. Una verdadera apoteosis de vistosidad fatua, mero oropel, cada vez más ligero para posibilitar complejas estructuras de color. Imagino una cresta o una cola cuya extensión debiera ser impresionante, pero por eso mismo necesariamente hueca. Resistente al viento para su exhibición como pancarta, pero exenta de todo peso para no agotar el paseo presumido de los machos. Solo que, un día también permitió recoger las corrientes de aire en un majestuoso salto que, con el tiempo, llegaría a inspirar el vuelo. Quizá esos mismos saltos tuvieran que ver, en un principio, más con el sexo que con cualquier otra estrategia utilitarista. Una danza entre colores y pasos, con frenéticos movimientos y prodigiosos saltos bajo el empuje del viento. Como luego sucederá en los pavos reales, la vistosidad de sus colas carece en absoluto de función aerodinámica, como le sucede también a la melena del león o el aparatoso ramal de los cuernos del ciervo que se quedaron en puro aparato vistoso. Quizá antes que volar, aquel incipiente “gallosaurio” danzó retando a así a los otros machos. Luego las plumas siguieron un extraño camino que las condujo al vuelo y, desde una función meramente decorativa, se convirtieron en la gran apuesta evolutiva en el dominio del espacio aéreo.
Nuestra tesis se reitera en el tema de las instituciones. Aquellas plumas, decimos, iniciaron una línea evolutiva que arrastró a aquellos dinosaurios a la nueva familia de las aves. Aquellas cuatro o cinco plumas que embellecían su cabeza y su cola, aquellas plumas vistosas, ondulantes ante el viento como verdaderas banderas, rescribieron su función e iniciaron un proceso que les llevaría a dominar el mundo aéreo. Con las instituciones debió pasar lo mismo. Nacieron para alguna función pero luego, en medio de las azares evolutivos, terminaron edificando templos para sus dioses.
Al lenguaje le pasó lo mismo. Un lenguaje que nació con la fiesta, con el juego. Un lenguaje repleto de sonidos, como el trinar de los pájaros, con una complicada retórica, como lo son los juegos, con sus reglas, su incipiente gramática, pero todo ello en el mundo lúdico que hemos calificado de fiesta. En un mundo necesariamente erótico. Alrededor siempre de un aparato dominante perfectamente desarrollado. Antes de hablar, casi seguramente el hombre conoció el canto.
El estudio de las comunidades de primates superiores abre nuevos caminos para la comprensión de estas mecánicas de la conducta humana. Pero insistimos, no es un tema de objetivos. No se van “aligerando” las escamas hasta devenir plumas para facilitar el vuelo. Cuando aparecieron las plumas no había en aquellos dinosaurios propensión alguna a cruzar los aires. Cuando nacen el lenguaje y las instituciones no lo hacen en un proyecto que arrastrara a aquellos homínidos hacia un mundo repleto de símbolos. No buscaban crear un sistema sobre el que asentar el mundo de la cultura. Ahí no había nada desarrollado, con sus a penas cien sonidos tenían de sobra para todo lo que había que decir. Aquellos homínidos desarrollaban sólo un juego de seducción sexual; componían, quizá, al unísono, la letra de una canción.
Lo mismo sucede con el resto de aparatos sociales. la ciudad no es el fruto maduro de la denominada unidad biológica de la familia. Entre una y otra se cruzan los artefactos de miles de instituciones. Como el comercio no es la evolución del “natural” intercambio de cosas. Ya dijimos que la mera idea de intercambiar es absolutamente imposible en el animal, porque es ya una actividad plenamente humana. Como el arte no nace por la natural tendencia a hacer más bonita la cueva en que uno habita, ni los dioses surgen de la reflexión impaciente en la estruendosidad de la tormenta. En todos ellos se intercalan artefactos sociales: la lengua, las instituciones, la teoría del valor, lo numinoso, lo sublime. El reto es vincular su origen con alguno de los aparatos biológicos de aquel homínido incipiente. Y vincularlos en alguna de sus funciones ya plenamente desarrolladas, como mero complemento, como esa mata peluda de la ceja que incorporaron los mamíferos o, mejor aún, como esas plumas que, introducidas para llenar de color y vistosidad a aquel bicho, terminaron recreando el majestuoso vuelo de las águilas. El aparato al que vinculamos todos estos artefactos sociales no es otro que el sexo.
Sin embargo, para apreciar en su totalidad el componente erótico de las instituciones, tenemos que ampliar la base conceptual de nuestro análisis. Tenemos que ser capaces de reconocer los factores de identidad sobre los que gravitan prácticamente la totalidad de los lazos sociales. Dejamos, de entrada, por ser el más obvio, el del matrimonio. Como decimos puro sexo pero también puro derecho. Aquí no hay duda del incuestionable factor erótico que atraviesa la institución (remedio a la concupiscencia, decía el catecismo católico) Nuestro trabajo es deducir esa identidad también en el resto de factores capaces de aglutinar al grupo. Vínculos generacionales (la pietas), pero también sincrónicos: amor fraternal, al terruño. Amor a la patria. Amor a la humanidad. Ni el mismo estoicismo se libra de la pasión amorosa.
Sin embargo no es suficiente detectar esa sustancia amorosa en el marco de las instituciones, tendremos que ir más allá y percibir que sus mecánicas responden radicalmente a este aparato. Pero vallamos por partes. De entrada nuestra reflexión debe acercarse a ese mismo concepto de amor con el que definimos todo el sexo.
Quizá fueron los griegos los que mejor comprendieron el concepto: Eros. Hoy estos dos vocablos, amor y eros, derivan hacia una dimensión biológica, el sexo. No obstante para los griegos no es que el concepto amor, ese eros, fuera más amplio y contuviera otras modalidades de pasión, es que todas esas posibles modalidades, desde el mismo amor a la sabiduría, diría Sócrates, hasta el goce más mundano, estaban recorridos por la carga semántica del término erótico. Desde esta perspectiva, ni siquiera el actual término “Solidaridad” se desprende de ese componente sexual. Pese a su propuesta secularizadora, sigue bajo los dominios de Eros. Concepto entre jurídico y erótico. No por casualidad el término solidaridad deriva de “Sólido”, como la deuda que une a los obligados, es decir, en esa unión tan radial que hace de dos o más cuerpos uno sólo. “Soldar” es así unir dos metales –fundiéndolos- hasta hacer de ellos un solo cuerpo. Toneladas de cultura nos remiten a un incuestionable contenido apasionado.
……….
Tu sexo fundiste
con mi sexo fuerte,
fundimos dos bronces.
Yo triste, tú triste…
¿No has de ser entonces
mía hasta la muerte?
“Mía” de Rubén Darío.
Pero aún nos queda un largo recorrido.
Por eso, para averiguar la vinculación erótica en la estructura institucional, e incluimos aquí la institución del lenguaje, necesitamos reflexionar sobre la potencia misma del hecho erótico.
“¿Por qué lo llaman Amor cuando quieren decir sexo?” Fue el título de una película española de hace algunos años. El marbete jugaba con la complicidad de todo interlocutor, escondiendo un escarnio hacia el amor. Venía a decir: ¿Cuántas veces no hemos titubeado sobre la condición de nuestro deseo? ¿Amor al otro o apetencia erótica?. Como decimos, el mismo término de “eros” remite a esta ambivalencia. El título del film nos devuelve a la realidad cotidiana.
El saco que llena Platón con sus teorías sobre el amor resulta, a primera vista, extraño a la fisicidad del sexo. Incluso ha dado nombre, “amor platónico”, al amor des-sexualizado. Un deseo casi “institucional”. Luego veremos que, incluso, va más allá. Deseo de paz, de amistad, de sabiduría. También en el marco humano: a la infancia, a la humanidad en general o a un objeto más directo: al padre, al hermano. Un ser querido que se podría extender a ciertos animales o incluso a objetos especialmente apreciados: “amo a la pluma con la que escribo”, puedo incluso llorar su pérdida más allá de su valor económico, como a mi coche, mi pueblo, mi patria… Todo esto ¿Queda fuera del ludibryum?
Aquí se enlazan muchas cosas. Muchos sentidos diferentes. Sin embargo hay en todo ello un nexo común. No se requiere de demasiada perspicacia para aprender que en todos estos casos, sin ningún tipo de reparo, la lengua, las lenguas, optan por el concepto “Amor” sin miedo alguno a su carga erótica. Ahora bien, Cuándo decimos amor, ¿Queremos decir también sexo? Más de uno llega a decir: “Me “corro” cuando acaricio mi coche”. La pulsión erótica también se instala aquí. Pero ¿Esto es una respuesta o el origen del deseo? En definitiva, He trasladado mis experiencias erotico-amorosas desde el placer del encuentro sexual hasta los nuevos objetos erotizados o, al revés?, En definitiva, ¿Erotizo a la Patria, como lo hago con mi automóvil o realmente tanto mi coche como mi patria son objeto natural del amor que llena de plenitud las pulsiones de mis hormonas? Vínculos sociales, espasmos místicos, plasticidad del lenguaje, erotismo del arte. Hasta los mismos objetos los vemos recorridos por la potencia del sexo.
Psin embargo, para comprender el fenómeno nos vemos obligados a buscar estaciones intermedias.
Un nuevo concepto nos sirve de vehículo: el concepto “ternura”. Con este concepto se incorporan muchas de esas mecánicas sexuales a los objetos y seres en los que depositamos ese amor sin que necesariamente llegue al orgasmo- ternura hacia el viejo, hacia el niño, hacia ese animal indefenso que tenemos en las manos. Se le acaricia, se le besa incluso, sin que se despierte el instinto sexual. En muchos casos esa ternura está más cerca de la manduca que del orgasmo (aunque entre ellos, como ya hemos dicho, hay muchos factores en común). Las expresiones lo confirman: “¡Qué niño tan rico!, está para comérselo”, mientras se acerca a la boca sus manitas o sus piececitos y, entre beso y beso, se practican pequeños mordisquitos. La misma palabra se reitera en la masticación: “esta carne está muy tierna”, es decir, blanda, masticable, sabrosa, incluso. Dos actos demasiado cercanos en la mente para no reproducir procesos semejantes. Así nace una primera dependencia. El niño despierta esa ternura que nos lleva a querer adoptarlo como propio si lo vemos indefenso. Como al perrillo abandonado y que no mira reclamando piedad y atención. “Míralo, está para comérselo”, volvemos a decir también respecto al mismo. Un amor más cercano a la manduca que al sexo. Una ternura que nos lleva antes al deseo de acoger entre los brazos que a desahogar nuestro pene. La potencia de lo erótico, sin perder un ápice de sus cualidades emocionales, e incluso sexuales, desborda la vinculación procreativa.
Las televisiones de medio mundo contaron una historia que asumimos como cierta: en una de esas gigantescas reservas de África, una leona, que al parecer había perdido recientemente sus crías, adoptó sin reparo a un cervatillo. En algún momento, por algún error, se había roto la cadena de la caza y, atrapada esa cría entre sus garras, pasó de devorarla a quererla. La boca, en vez de morder y desagarrar, se fundió en un beso. En algún momento equívoco, se cruzaron los cables de aquel ser y, frente a la natural reacción devoradora, sintió una enorme ternura hacia la joven gacela. La fiera devoradora optó, como decimos, por besar y lamer. La convivencia duró varios días hasta que otra leona, supongo que pasmada por el ridículo de su congénere, dio al traste con ese idilio de ternura y mató al cérvido. Pero mientras, y esto es lo que aquí nos interesa, se dio el milagro del amor. No deben ser extraños en la naturaleza acontecimientos como este, perros criando y dando de mamar a gatitos y viceversa lo hemos visto hasta en nuestras casas. Pasa en los humanos, no podía ser imposible en otras especies. Lo importante aquí son dos factores, de entrada la cercanía entre las dos pulsiones, de nuevo Eros y Tánatos, amor y muerte, como dos mecánicas del deseo. Pero también la irradiación de ese tipo de amor a otros objetos fuera del principio de la sexualidad. O mejor dicho, la extraordinaria fenomenología de esa sexualidad capaz de atravesar los muros mismos del instinto.
Los cachorros reciben el impulso de seguir la imagen de la madre, es lo primero que ven, la formidable masa del adulto. Los patitos se pondrán a seguir el movimiento de esa masa. Una verdadera atracción gravitatoria les ata a esos volúmenes. Se pondrán a seguir cualquier objeto que pase primero por delante. Podrán tener por su madre al carrito que tira un niño con una cuerda. Aquí no hay más que instinto, no hay nada más que identifique un posible pariente, no hay siquiera un reconocimiento. A duras penas madre y crías tienen nada en común en su aspecto fisiológico. Pero en el adulto la reacción tiene que ser distinta. El mecanismo es mucho más complejo. Los zoólogos nos explican que hay un difícil punto de equilibrio, una masa crítica que hace que se pueda optar por el más fervoroso de los amores (matará o se dejará matar por sus crías) o devorarlas directamente. Un punto crítico donde puede que actúen los instintos, pero junto a ellos actúan también cien otros resortes. En pleno desenfreno de la pasión maternal, para aquella leona terminó resultándole idéntica la ternura hacia sus crías que hacia el cérvido. Una ternura tan poderosa como el sexo. Puro Eros.
Amor, sexo, ternura …., hasta aquí la reacción es meramente orgánica. Actúa sobre nuestros cuerpos con mecánicas cercanas al instinto. Proceso verdaderamente fisiológico donde las glándulas reaccionan actuando sobre nuestro comportamiento. La saliva se amontona en la boca, el pene se levanta, el olfato se agudiza, la piel se sensibiliza, se acelera la circulación sanguínea. Sexo, pero también ternura, pasión, en definitiva, deseo. El problema es pasar de esa tensión todavía animal a la realidad institucional que define al hombre. ¿Cómo desde ese amor profundamente sexualizado, se pudo pasar al complejo sistema institucional que nos hizo humanos?
Y, sin embargo el paso se dio. Me explico. Lo que realmente queremos demostrar es que esa estructura instintual, pese a presentarse como un gran salto desde el mono a la humanidad (religión, lengua articulada, derecho, arte, etc.) no es más que una específica mecánica expresión de esas pulsiones. Unas pulsiones que, englobadas, no tenemos mejor término para seguir denominándolas que el de eróticas. En definitiva y resumiendo, que la gigantesca máquina de la sociedad humana, con sus literaturas, sus monumentos, sus imperios, sus dioses, sus tecnologías, no es más que sexo. En conclusión, que el hombre llegue a la luna… no es más que una compleja forma del ritual erótico de una especie de la rama de los primates. Un complejísimo rito sexual como el que desarrollan prácticamente todas las especies sexuadas, con sus danzas, sus juegos y combates, sus aderezos biológicos pero que en el hombre alcanzó la forma de las instituciones. En el fondo, también mero plumaje. La riqueza de colores de sus escamas, plumas y voces se expresó en ese homínido como un complejo juego con sus impulsos y prohibiciones. Un ritual que, desde el punto de vista zoológico ha servido de forma eficacísima para el desarrollo poblacional de la especie pero que, hipertrofiado cada vez más, puede también conducirla a su fracaso. Si el éxito biológico de una especie se aprecia en el número de sus miembros, también en ese terrible crecimiento es el que puede llevarlo a la misma extinción.
Decíamos que las raíces eróticas del matrimonio, de la institución matrimonial, resultan meridianamente claras. La urgencia es apreciar ese vínculo sexual en el resto de instituciones, y esto tanto jurídicas como meramente sociales: de nuevo la religión, la lengua, la política, el arte…. ¿Podemos deducir ese vínculo con el sexo de institutos tales como la “hipoteca”, la “compraventa”, o en la función del adjetivo, la teología o el descubrimiento de los números primos? No es que haya dioses vinculados al sexo, ni que haya una literatura erótica, es que todo ello no es más que sexo. Un mecanismo sexual como lo es la gigantesca cola del pavo real o la berrea que atruena los bosques en el periodo de celo de los ciervos o el trinar de los ruiseñores en la primavera. Es ahí donde la naturaleza, el instinto, la biología decimos, inscribe su orden semántico. Es ahí donde aparecen los complejos códigos del sistema. Pero lo hacen, no sobre un incipiente proceso absolutamente indiferenciado en un primer momento. No me cabe duda que hay una Gramática Universal tal y como nos propone Chomsky. Una gramática que no pudo construirse en la paulatina y lenta evolución desde los primates. Una gramática que ya debió aparecer plenamente construida cuando aquel homínido, hace más de un millón de años, empezó a balbucear el lenguaje. Pero aquella gramática no pretendía convertirse en una lengua, nada le impulsaba a ello. Como las plumas incipientes que adornaban la cabeza de aquel saurio, no era más que puro juego –la estructura del complejo juego- del ritual erótico desarrollado por aquella especie. Como sucede con los ruiseñores. Su complejísimo canto a duras penas tiene nada que ver con el pobre trinar de sus primos los gorriones. Su ritual sexual les llevó a las cumbres del canto. Ese derroche de color, sonido y gestualidad sólo es imaginable en la gigantesca maquinaria que impone el complejo erótico. ¿Qué derroche de amor!, dirá la canción. Pero sólo sobre ese derroche se pudo construir la gramática.
Un ritual que se desarrollaba cantando, danzando, diciendo complejas frases que, imagino, debían ser pronunciadas en coro. Un juego que sancionaba al que se equivocaba y le dejaba en ridículo ante las apetitosas hembras. Recuerdo el que hacíamos de niños mientras nos pasábamos una piedra que goleábamos contra el suelo. Las frases empezaban simples, lentas, diáfanas: “Des-de Cór-do-ba a Se-viiii-lla, han mon-ta-do una pa-red”. A cada sílaba tónica un golpe. Las frases pronto se hacían complejas mientras se aceleraba el ritmo: “Por la pa-red va la víiii-a. Por la vía, por la vía, pasa el tren, tren, tren,… tren, tren” Ahí el juego se hacía especialmente complejo pues al iniciar la serie “tren-tren-tren” en vez de pasar la piedra había que mantenerla provocando equivocaciones y llenando de risas la expresión de los niños. El que se equivocaba salía del juego ante el jolgorio de todos. También hay una gramática en esos paseos por la calle donde los niños se imponen complejas cláusulas: “quien pisa raya pisa medalla, quien pisa cruz, pisa a Jesús”, provocando complejas contorsiones evitando los bordes de las baldosas. En un solo juego, gramática, ley y religión. Como en los juegos de los “Maestros cantores” de la ópera de Wagner, donde el canto deviene ordalía para conocer el mejor de los jóvenes. El ritual erótico de este concurso queda explícito desde un principio. Un canto cada vez más complejo pero siempre colectivo. Sólo en ese juego al unísono pudo nacer la gramática. Aquellos signos y voces utilizados para la información se incorporaron al juego en medio de canciones. Un “piedra, papel y tijera”, ese juego que reclama del niño la incorporación de un orden específico. Cada uno mata al otro, pero el error delata al perdedor que, de nuevo, es expulsado entre risas. Reglas y prohibiciones, normas con sus premios y castigos. Como en el baile “un pasito adelante. Un dos tres, un pasito atrás”. Sin reglas y prohibiciones no hay juego, ni leyes, ni gramática, ni arte ni religión. Y, lo que es peor, no había ni fiesta ni risas.
Por eso insistimos en que aquello tuvo que ser necesariamente una quiebra. Es cierto que la “rama” ya cedía por muchos puntos y que, quizá, es más, seguramente, se rompió a la vez en más de alguno de sus brazos. La cercanía genética debió facilitar esas múltiples rupturas. Hoy el chimpancé a duras penas tiene nada que aprender del hombre –ya no puede- pero en aquella época los intercambios debieron ser más intensos y efectivos. Entre alumno y maestro la distancia no puede ser infinita, de lo contrario se disuelve la potencia del mensaje. Una poligenesia que permitió ese avance genético en un grupo de especies lo suficientemente cercanas como para aprender esos usos. Luego la distancia devino inmensa y el salto se volvió imposible.
Es cierto es que incluso en los monos de hoy se aprecian factores altamente sociales. La medicina como arte curatorio –mastican ciertas hojas para depurarse de parásitos- el liderazgo político con sus machos dominantes, los intercambios sociales con el cruce de sus elementos más jóvenes. Pero nada de esto tiene que ver con el hombre. La comunidad chimpancé aparece ya profundamente estructurada, pero su modelo es radicalmente distinto a los artefactos culturales. También en ellos hay un enorme sistema comunicativo, pero está constituido por signos extraños a toda gramática. Algunos etólogos calculan en pocos cientos el conjunto de signos-voces que son capaces de pronunciar, que necesitan pronunciar, fuera de esas cien cosas, todo es parloteo. El resto, como diría Ortega, no es más que poesía. Si el hombre desarrolló otra cosa es porque tenía necesidad de esa poesía: Cantó a su amada antes de pensar en decir algo.
Lo mismo sucedió con la economía y el resto de construcciones humanas.
Ahí funcionó la prohibición del incesto y su condena a abandonar el propio grupo, el confort del propio grupo. Ese mundo con sus conocidos, con la madre protectora y los hermanos con los que construyó vínculos afectivos desde el nacimiento. El derecho matrimonial viene a reconstruir este doloroso proceso, pero lo hace en medio de una economía del goce fácilmente identificable. Placer y dolor son aquí administrados cuidadosamente, recreando el juego de caricias y afectos desde la verticalidad materno-filial, en la estructura originaria de la infancia, a la horizontalidad de los esponsales, tras el tránsito del joven (de uno u otro sexo) al grupo exógeno al que viene a instalarse. Prohibición y goce, de nuevo, íntimamente unidos.
* * *
En definitiva, lo que venimos a decir es que ni la guerra, ni los imperios, ni las teologías, ni la ciencia tienen un origen utilitarista. No es la utilidad y mucho menos la razón lo que construye las instituciones. Tras todo este gigantesco esfuerzo social no hay más que sexo. Pura fiesta de deseo, leyes y goce.
Resulta imposible concebir el desarrollo de una Gramática Universal sobre el elementalísimo sistema de signos comunitarios del grupo biológico de los simios. Sobre sus, a duras penas unos cientos de signos no se requiere la compleja estructura de una sintáctica. Para avisar de un peligro basta la inmediatez del grito. Esa gramática sólo pudo construirse sobre un sistema mucho más complejo, más dinámico, más elaborado, sobre una necesidad infinitamente más compleja. Ese sistema existía y reclamaba una dinámica de crecimiento. Era propio de una especie de homínidos, los “homos”, como lo es la melena de los leones o el tipo de cresta de algunas gallináceas. Puros atributos sexuales. Aquella familia de monos especializó sus rituales eróticos en un especial juego donde se combinaban sonidos, muecas y movimientos colectivos. Los ciervos llenaban de berreas y combates el bosque cuando entraban en celo, aquellos primitivos primates resolvían sus deseos sexuales en un complejo ritual que aún –un par de millones de años después- seguimos definiendo como fiesta.
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