Vengo aquí a proponer una serie de reflexiones sobre la relación –demasiado estrecha- entre Violencia y Sociedad, meras pinceladas que configuran hasta cuatro escenarios alrededor del Estado. Nadie duda que el Estado es fruto de la violencia, él mismo es violencia institucional. Sobre este principio construyó Hobbes el Leviathan y sobre ese terror se puso la primera piedra de la democracia. Violencia y política forman así un continuo, Clausewitz, en los márgenes del Estado, deduce: “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, Derecho, Política y Guerra –o “terror”- forman un iter a lo largo de la Historia.
Los estados han reconocido siempre su derecho a ejercer la violencia, no tendría sentido en otro caso su estructura militar. Eufemísticamente lo llaman “Defensa”, pero el ejército adquiere una dimensión más potente en el ataque. Además fue siempre un política exterior eficaz: “Santa alianza” contra el enemigo.
Pero la violencia no se ejerce sólo hacia fuera, también reaparece en el marco íntimo de la sociedad. Desde su nacimiento, el Estado es pura violencia. Sin miedo podemos dar el paso adelante: puro terror.
Hay una obra que todos debiéramos leer cuando hablamos de terrorismo: “En el corazón de las tinieblas”, obra maestra de J. Conrad. Nacimiento de un Estado –el Estado Libre del Congo- metáfora infernal del mundo que venía. Allí el capitán Kurtz, minutos antes de morir, deja escapar un grito de ansiedad. “El horror, el horror,…” repite ante un Marlow asmático de tanta angustia vivida. Horror y terror serán las parteras del estado moderno. ¿Es el horror la realidad humana sobre la que se funda la sociedad?, mito, historia y literatura describen aquí un escenario complejo y asfixiante. No será casual que Conrad coloque su tragedia en el corazón del río Congo –como Coppola la trascribe a la profundidad del Mekong- estados de naturaleza primigenios, donde tierra y agua se confunden. Mundo previo a la “separación de las aguas”, mito “creacional” por naturaleza donde nace el Estado. Leviathán también surgirá, armado con la espada y la esfera, del mismo fondo del Océano. Saco así mi primera conclusión: el primer terror nace con el Estado. Hablar de terrorismo es hablar, de entrada, de terrorismo de estado. Sólo después y de forma infinitamente menor, aparecerá un terrorismo antiestatal y anárquico.
Tres variaciones para ensoñar este itinerario místico: de la no-ley a la ley y el derecho: el nacimiento del estado como violencia específica del Poder Constituyente, momento justo antes de la “Grundnorm” kelseniana. Este escenario deberá recorrer toda la iconografía de la Revolución de los siglos XIX y XX. Aquí la escena se presenta como inaugural, acción taumatúrgica sobre una víctima propiciatoria. Todo estado –“Occidente”- se basa en un crimen primordial donde, sobre la muerte de uno -¿Por qué siempre un inocente?-, surge el Estado como instancia de reconciliación: Sacrificio de Isaac (¿a quién convence su salvación “ex machina”?), o de Ifigenia (también salvada en la versión del mito en “Taurice”), o de Mariantonieta (¿quién se acuerda hoy de Luis?), o los “Zarevich”…, asesinato ritual de toda la familia del Emperador . La misma Atenas –la “democrática”- se funda sobre otro crimen, quizás el más horrendo: el parricidio de los Atridas (terrorismo en estado puro). Pero también, a partir de ahí, surge la solución a tanta muerte: los espíritus de las víctimas –la Eríneas- devienen germen de la reconciliación democrática –Euménides- que harán de la ciudad la patria de las libertades. Quizá pura propaganda de la revolución de Clístenes. Sin embargo, Esquilo lanza ya a pregunta fundamental: ¿quién puede perdonar en nombre de las víctimas?. Dostoievski –“Crimen y castigo”, “los Demonios”,- cierra el círculo en nombre de la fe: “solo Cristo puede perdonar ya que él mismo murió por todos nosotros”, así lo proclama Alihosa en “los hermanos Kamarazov”. Cristo y su Iglesia; eso sí, esa Iglesia Oriental –“Cesaropapista”- donde el núcleo de la fe –el misterio- deviene Estado en sentido lato. Mi segunda conclusión:Sobre el Terrorismo se ha fundado el Estado Moderno.
Por otra parte el nacimiento del estado moderno también fue visto como violencia absoluta; desde Maquiavelo hasta Tocqueville –en “La democracia en América”, el pacífico y buen liberal de Alexis propone usar el Terrori contra los indios y negros (¿un proto-Ku_kus-Klan?) para imponer el orden frente al caos-; desde la Revolución Francesa –“La Terreur”-, hasta la Soviética –“El Gulap”-. Siendo la finalidad del estado la felicidad, los medios no dejan de parecer terribles. Ejemplos modernos no faltan: Indochina, Argelia, India, Marruecos, África Negra, Irlanda, …Kosovo. Una tercera conclusión: la Democracia también se basa en el Terror.
El segundo escenario aparece ya dentro del estado constituido. Estado violento, hemos dicho, de ahí nuestro interés por entender la reacción del súbdito. Perdida la felicidad prometida, ¿Tiene el súbdito derecho a reaccionar?. La pregunta presenta a Locke frente a Aristóteles, teoría de los fines: Praxis frente a Poiesis: ya estamos en el Derecho a la Rebelión. La reflexión, aquí, nos lleva a millones de luchas a lo largo de todo el mundo, desde Sansón (¿el primer terrorista-mártir-suicida? ¿Sansón como militante de Hamas?) hasta el hoy mismo en cien rincones de la Tierra, pasando por los Trasíbulos, Espartacos, Jacqueríes, Frondas, “Resistencias” y “bandidos” en general. Siempre serán considerados bandidos y terroristas a la postre. Pero aquí se impone un toque de atención: a través del romanticismo se incorpora la imagen del “héroe”, héroe trágico donde la individualidad radical deviene violencia social: terrorismo nacionalista: Schiller –“los bandidos”, “Guillermo Tell”- da buena cuenta de ello: volo, ergo sum.
Como denunciaba Carl Smith, la constitución burguesa carece de “telos” heroico, lo que busca no es la potencia, el brillo o “la gloire” del Estado, sino la “Liberté” y felicidad de sus súbditos. Es ahí donde Locke ensueña ese estado pacífico, construido sobre la división de poderes y basado en el consentimiento de hombres libres. Pero, ¿que sucede si se confunde esta separación y legislativo y ejecutivo, confabulados, pretenden la esclavización del pueblo?, el filósofo de Wrigton resuelve angustiado: en ese caso “al pueblo no le queda más que apelar a los cielos”: o sea, resistir. Resistencia, insurgencia, rebelión forman parte de este segundo escenario donde la violencia –terrorista- se vuelve cotidiana. Nueva conclusión: sólo ahí se concibe el terrorismo desde fuera del Estado.
Aquí se incardina otra pregunta: ¿son compatibles terrorismo y revolución?. La respuesta requiere definir previamente el concepto de pueblo, la plebe de los autores latinos, y que con tanto protagonismo actúa en “las guerras civiles”. Adelantamos una definición, deducible de Marat y sus panfletos revolucionarios (L´ami du peuple): “Pueblo es aquella parte de la sociedad políticamente activa, constituida por los desheredados y las capas más bajas de la burguesía”. Sólo incorporando aquí la pregunta tendremos una respuesta convincente. El escenario se complica con figuras que van desde Catilina hasta Lenin.
Y aún nos cabe un cuarto escenario: Terrorismo y Guerra. La guerra como negación del derecho se acerca demasiado a la violencia del terror. El general Sherman, en el sitio de Atlanta, dijo: “La guerra es el infierno” (o sea, el Terror. Todo acto de guerra es, de pñor sí, un acto de terrorismo), justificaba, así, la destrucción inmisericorde de una ciudad por motivos estratégicos. Su frase sirve como descripción y como proclama ética, viene a juzgar, o mejor dicho, a eximir de todo enjuiciamiento: No es responsable quien mata, nos viene a decir, sino quien provoca el enfrentamiento. En definitiva: el fin justifica los medios (en definitiva, los terroristas son los argelinos en frente a la Francia de Le Clerq, los franceses frente a la Alemania Nazi, los vietnamitas frente a las tropas expedicionarias americanas, los palestinos frente al Teshal israelí….. ¿Puede haber una guerra civilizada?, parece preguntarse en una negación acordada; el propio Liddell Hart lo pone en duda en su análisis de la “escalada militar”: la violencia desaforada conduce irresistiblemente a la pérdida del control de la batalla.
Sin embargo le norma existe. Esfuerzo gigantesco que viene a disolver la ecuación entre guerra y civilización, y que hace de aquel que no lo distinga –de Sherman, por ejemplo- un terrorista y no un auténtico militar. Esfuerzo que nos lleva a aborrecer la bomba sobre Hiroshima o los bombardeos sobre Berlín y Dresde con la misma náusea que las bombas sobre Gernica, Londres o Varsovia. Al terrorista suicida como al artillero “ciego” a los “daños colaterales”. A la “bomba-lapa” como a las millones de minas antipersonal que siembran los campos de medio mundo. Me da lo mismo que la bomba sea casera que desarrollada por la industria militar. Terrorista a secas en todos casos. De nuevo, con Esquilo, la respuesta -¡pura interjección!- está en las víctimas. ¡Cuidado!, de todas las víctimas. Todo ejército es, por lo tanto, terrorista.
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